viernes, 21 de septiembre de 2007

All the good things come to an end...

(Haciendo pucheros) -Maeeeee...snif... ¡¡¡que hemos acabao!!!


-Hola Rizos... síp, parece que llegó la hora de poner punto y final al concurso... Es una lástima, ¿verdad?


-Pues sí, una verdadera pena, que ha sido divertido. Pero en fin, ya lo dice Nelly Furtado... todo lo bueno se acaba :P


-Bueno, pues empezaremos por saldar cuentas pendientes. Lo primero, tal y como prometimos, es decir los nombres de cada texto rutinario. Aquí tenéis la lista, para saciar esas curiosidades traviesas:


-1: EINGEL


-2: ALIZE


-3: CHURRU


-4: PEGUI


-5: MIKIWIKI


-6: ALEMAMA


-7: EL ZURDO


-8: E.


-9: REINA MORCILLA


-10: ROBOTO


-11: ANDY


-12: ANTONIO JOSÉ


-Ahora, como datos extra (que os lo habéis ganado), os diremos sólamente los autores de los textos más votados de cada semana. Os diremos la autora del texto candidato a Miss mas votado y el del candidato a Mister.



-Primera semana: LA MALA SUERTE. Autores más votados: ALIZE Y CHURRU


-Segunda semana: EXPERIENCIAS, ANÉCDOTAS Y AMORES DE VERANO. Autores más votados: REINA MORCILLA y un empate entre E. y ANTONIO JOSÉ.


-Tercera semana: TEXTOS SENSUALES, PICANTES Y ERÓTICOS. Autores más votados:

REINA MORCILLA y EL ZURDO.


-Cuarta semana: RECUERDOS. Autores más votados: ALIZE y E.


-Quinta semana: RUTINA. Autores más votados: REINA MORCILLA y CHURRU


-Como habréis comprobado, el nivel ha estado bastante elevado durante todo el concurso... ¡qué bien escribís!


-Si, sorprendido me han. Con participantes así da gusto leer y releer tanto texto... En fin, que vayamos ya al meollo de la cuestión. Es decir.... ¡El ganador y la ganadora!


-Ays, qué nervios... ¿quién lo dice?


-Las dos, las dos. Y sin más dilación...


LA AUDIENCIA DE LA PRIMERA EDICIÓN DE MISS/MISTER BLOGGER 2007 HA DECIDIDO QUE LOS GANADORES SEAN:




(redoble de tambores)


......................REINA MORCILLA



....................................E.



-Por favor, un fuerte aplauso para ellos... Y para los demás, que todos os lleváis parte del mérito.


-A los ganadores nos queda informarles de que en unos días os enviaremos al correo los banners para colgar con orgullo en vuestros blogs, y que Mae y yo nos pondremos manos a la obra en la creación de los post-homenaje que os prometimos en nuestros respectivos blogs.



-Gracias a todos los participantes, a los desertores, a los lectores silenciosos, a los que han soportado sin rechistar nuestros mails recordatorios, a los que nos ayudaron con la plantilla del blog, a los que nos han animado desde el principio...


-A los que han ido por ahí con una libretita apuntando ideas para sus textos semanales y a los que ya nos están pidiendo otro concurso, porque gracias a ellos el esfuerzo y trabajo que lleva organizar algo así parece minúsculo... En fin, ¡que gracias a todos!


-Esperamos veros en las posibles ediciones siguientes del concurso (nunca se sabe :P)


-Cuidaos mucho, id por la sombra y no dejéis de escribir. Tanto el blog naranja de Mae como el mío estarán ahí para lo que necesitéis.




**************Besos para todosssss*************




jueves, 13 de septiembre de 2007

RUTINA

-¡Hola a todos! Otra vez, siguiendo con nuestra agradable rutina bloggeril, estamos aquí la chica de naranja y una servidora...



-¡Holitasss! Esperamos que esta rutina no apague el fuego del concurso y que sigáis pasándolo bien , jijij Bonitos textos nos habéis enviado esta semana, ¿eh?



-Y eso que la rutina es rancia...
Bueno, sin más espera os dejamos aquí los textos semanales para que votéis. Os recuerdo que después de votar os diremos de quién es cada texto, para que os quedéis con buen sabor de boca.



-¡Sí! Que ésto se termina, Rizos... Es una lástima... Pero en fin, habrá más concursos, ¿verdad?



-Por supuesto. Nos comprometemos a organizar algo más adelante si la peña se apunta ;) Ya sabes, Mae... siempre nos quedará Blogger xDDD



-Pues ale, de momento os recordamos que tenéis hasta el viernes 21 para votar y decidir, con éstos últimos puntos, el ganador y la ganadora del certámen Miss-Mister Blogger 2007.



-Muchísima suerte a todos y, sobre todo, gracias por participar y aguantar hasta aquí ;)



-¡Besotes!



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1

No hay dias de fiesta. No hay vacaciones. A media mañana cojo la bolsa con los cachivaches, me despido de la jefa y salgo al bosque.

Lo primero, a por las plantas. Hierbabuena, romero, regaliz, raiz de ciprés, setas varias... Aprovecho para recoger hormigas, mosquitos y luciérnagas. Como ha llovido por la noche, no tengo problemas en llenar el zurrón.

Después a las trampas. Para ratas y ratones, lo que iba a ser un delicioso almuerzo se ha convertido en su última cena. La jefa no estará muy contenta, hoy no habrá ni alas de murciélago ni ojos de tritón. Por supuesto, sabe que la culpa no es mía.

Y ahora, al riachuelo. Tengo que recoger agua para los filtros y para limpiar la marmita. Hoy tengo tiempo, asi que aprovecho para tumbarme un rato a la sombra. Los duendes están pescando, mientras las hadas juguetean en el agua, moviendo sus pequeños cuerpecitos de un modo que quita el sentido. Aprovecho para compensar la falta de murciélagos, y me dispongo a recolectar un poco de leche humana, que es muy necesario para muchos brebajes, incluidos filtros de amor. Por eso el ayudante ha de ser del género masculino.

Después de la ronda, de vuelta a la cabaña. A limpiar la marmita, a barrer la casa y a poner a secar las plantas. Cuando acabo con todo, estoy tan cansado que no me apetece hacer nada.

Y es que la gente no sabe la cantidad de trabajo que tiene ser el aprendiz de la bruja.

Y menos aún sabe que el trabajo de limpiador es muy aburrido, y la mente se pierde en mundos extraños.


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2


… Aunque no quisieras, pensabas que debían de ser muy felices juntos.
Formaban lo que se dice una pareja perfecta, así que todo el mundo a su alrededor se consumía lentamente en la ácida envidia de pensar en lo afortunados que eran.
Tanto él como ella eran jóvenes. Atractivos los dos, inteligentes. Bondadosos. Sus defectos –porque, sí, los tenían, aunque nadie en realidad supiera verlos- eran irrelevantes, en absoluto graves; y no hacían más que sumar puntos a su encanto.
Se complementaban como pocas veces se veía en una pareja. No se agobiaban; tampoco dejaban nunca de lado su relación. Los trabajos de ambos se confundían con sus respectivas vocaciones. Sus vacaciones coincidían inexorablemente y jamás alguno de ellos tuvo que reivindicar su espacio.
Conservaban amigos de la infancia, propios, compartidos, recientes… Y todos ellos reales. Tuvieron tres hijos alegres, vivaces; y los educaron bien. Colmaron de dicha a sus padres estudiando una carrera y consiguiendo una buena vida, tal y como ellos la soñaron alguna vez.
(…)
Y tras celebrar las bodas de oro, su matrimonio seguía unido y bien avenido. El ardor y la pasión de la juventud habían dado paso a una serena madurez y un profundo cariño entre ambos. Su amor era reposado y dulce como el aroma de los buenos vinos.
Así hubieran continuado los años que les quedaban.
… Hasta que un día él apareció con un ramo de rosas y unos billetes de avión. Ella lo dejó tras escuchar su loca propuesta de unas vacaciones sorpresa.
Se había acostumbrado tanto a la rutina de la felicidad sin incertidumbres, al bienestar firme y bien asentado, a la inenarrable seguridad de conocer los motivos de su tranquilidad, que no pudo soportarlo.
Y se fue con un divorcio bajo el brazo.
Él maldijo la nueva situación de su soledad, y la novedad de la soltería terminó por matarlo.


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3


Es Lunes. Me levanto a las seis y media, en ese momento de la mañana en que la única luz que se cuela en el cuarto es la de la farola que alguien puso criminalmente cerca de mi ventana. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua decide si despertarse o no.Alcanzo cómodamente el autobus de las siete, que va casi vacío. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol asoma tímidamente entre dos edificios de ladrillo visto. Interludio. Me gusta predecir lo que va a pasar al día siguiente.


Es Martes. Me levanto a las seis y media, en ese momento de la mañana en que la única luz que se cuela en el cuarto es la de la farola que alguien puso criminalmente cerca de mi ventana. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua decide si despertarse o no.Alcanzo cómodamente el autobus de las siete, que va casi vacío. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol asoma tímidamente entre dos edificios de ladrillo visto. Interludio. Me gusta predecir lo que va a pasar al día siguiente.


Es Miercoles. Me levanto a las seis y media, con la sensación de que me falta algo. Hay una oscuridad casi tangible en la habitación. Al asomarme a la ventana compruebo que la dichosa farola no funciona. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua decide si despertarse o no.Alcanzo cómodamente el autobus de las siete, que va casi vacío. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol asoma tímidamente entre dos edificios de ladrillo visto. Interludio. Me gusta predecir lo que va a pasar al día siguiente.


Es Jueves. Me levanto a las seis y media, la farola sigue averiada. No me gustan los dígitos del despertador, llenan la estancia de una luz roja enfermiza, que la farola difuminaba eficientemente. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua finalmente muere. Caliento una olla de agua para asearme. Pierdo el autobús de las siete pero consigo agarrar el de las siete y veinte. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol me ciega momentaneamente, y al girar la cara para protegerme, te veo. Interludio. Me duermo pensando en el día siguiente.


Es Viernes. Me levanto a las seis y media, la farola sigue averiada. No me gustan los dígitos del despertador, llenan la estancia de una luz roja enfermiza, que la farola difuminaba eficientemente. La rebanada de pan integral arde en el tostador, olvidada a un destino de incinerada indiferencia, mientras el calentador del agua ríe silenciosamente . Caliento una olla de agua para asearme. Pierdo el autobús de las siete a conciencia, esperando con impaciencia el de las siete y veinte. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real. Subes en Puerta Real. Tu presencia me ciega momentaneamente; torturo mis retinas con desesperado placer, mientras el sol calienta poco a poco mi nuca. Interludio. Me duermo pensando en el día siguiente. Pensando en tí.


Es Lunes. Me levanto a las seis y media, la farola vuelve a curiosear entre las cortinas de la ventana. La rebanada de pan integral espera en el supermercado con el resto del paquete, alguien olvidó comprarla. El piloto del nuevo calentador de agua parpadea desconcertado. Pierdo el autobús de las siete a conciencia, esperando con impaciencia el de las siete y veinte. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real. Subes en Puerta Real. Tu presencia me ciega momentaneamente; torturo mis retinas con desesperado placer, mientras el sol calienta poco a poco mi nuca. Te sientas a mi lado. Con la excusa de pedirte el diario de la mañana, trabo nerviosa conversación contigo. Interludio. Me duermo pensando en el día siguiente. Pensando en tí.


Es Martes. Ha pasado un mes. Me despierto a las seis y media, en ese momento de la mañana en que la única luz que se cuela en el cuarto es la de la farola que alguien puso criminalmente cerca de mi ventana. Las rebanadas de pan integral se esponjan lentamente, con el rocío de la mañana. Te das la vuelta y deslizas tu brazo enroscando mi cintura. Te beso en la frente. Me murmuras que es hora de levantarse. Tomémonos el día libre, te sugiero. Es bueno romper las rutinas de vez en cuando.


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4


Me he perdido en tu sonrisa desde que dejaste que me adentrara en ella la primera vez.

Busco la forma de salir de la cárcel de tus ojos que me mantiene prisionero desde que se cruzaron con los mios en aquel amanecer.

Paso por tu calle todos los días deseando encontrar alguna pista que me lleve a ti.

Cojo el mismo autobús en el que coincidimos a la misma hora. Aquel que me dió la oportunidad de respirar tu perfume al sentarme detás tuya.

Persigo cada tacón negro con la esperanza de que seas tú la que lo calza.

Mi mundo se ha convertido en una búsqueda incesante del tuyo y empieza a preocuparme que mi rutina sea ello.

Pero no me cansaré. Existes, lo sé, y eso es suficiente para repetir paso a paso, mil veces si es necesario, lo que hice aquel día en el que supe como sonríe un ángel.


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5



El pesado mecanismo urbano se despierta con monótonos quejidos, como desperezándose con la primera energía del sol. Más o menos como yo, pero en mi caso, lo hago con el despertador marca "Hijo de Puta" y su pitido infernal que invita a acordarse de sus antepasados repetidamente. Siempre suena demasiado pronto. Y créanme que los amaneceres prematuros acaban por anidar en el contorno de los ojos y en las comisuras de los labios, excepto para unos pocos privilegiados de excepcional genética y la mayoría de los famosos televisivos, que como todos sabemos, tienen un pacto con el diablo (o sea, con un cirujano plástico).


Avanzo bamboleante por el pasillo, me bebo un vaso de leche templado, siento el frescor del agua en mi cara y mis manos (dejo correr el agua hipnotizado) y me visto con la ropa preparada la noche antes. No sabría decir en qué orden hago qué cosa. Con un poco de suerte lo habré hecho bien y pocos minutos después habré montado en el coche correctamente vestido como buen autómata programado para la rutina. Una idea obsesiva siempre ronda mi cabeza. Normalmente es un simple nombre o una canción. Parece querer decirme algo, pero es sólo cierta actividad de mi mente somnolienta, no hay que darle más importancia. Cuando arranco ya soy un glóbulo circulando por las venas de la ciudad, con el tiempo justo. Hay que darse prisa.


Me toca entonces cruzar la jungla en menos de 20 minutos. El humo, los impulsos, los frenazos, las esperas... aporrean a destiempo como en un piano de martillos insensatos. Todo es continuo amago de ritmo indescifrable, marea de toneladas que no encuentran su acomodo. Sólo tengo libres mis pensamientos. Los semáforos en rojo son verdaderos ladrones de tiempo, pero en ellos noto el palpitar de mi corazón. Mientras veo el pringao de la izquierda, el niñato sin casco, y la vieja pelleja cruzando (este lenguaje es fruto de mi mal humor mañanero, no me lo tengan en cuenta), me pregunto si le pediré hoy al jefe que me cambie de actividad, si me mirará Susana como el otro día, o si alguien entre nosotros, insensibles conductores encerrados en sus cabinas, añora aún -por ejemplo- el áura de la luna en una paradisíaca isla desierta, o cualquier otra cosa contraria al horror del tráfico... ¿Será?.. Pero no hay tiempo. Al salir es como si hubiera un gusano frenético que se retuerce chirriante bajo mi acelerador, aplastado sólo lo justo y necesario para no estamparme. Peatones y vehículos son notas impredecibles en un pentagrama rígido de carriles pintados, farolas y vallas equidistantes, semáforos y señales que apenas pueden contener un mar de cucarachas desbordadas. Y yo soy una cucaracha más.


Ya en el trabajo el tic tac me envejece imperceptiblemente. Los malos entendidos, los intermediarios que distorsionan las órdenes de trabajo (por si no fueran ya suficientemente confusas de por sí), los proyectos que no acaban, programas que no salen, la radiación persistente del monitor... también anidan en el contorno de los ojos, como los amaneceres. Alguna vez todo se hace una montaña que hago caer en un "pffffff" junto con mi culo en la silla y me quedo mirando de reojo, inmóvil, al poster de Honolulú de la pared. Pero hay que seguir. Rápido a acabar la tarea. Menos mal que, como las cuñas publicitarias, a veces tengo charla deportiva con Manolo, consumado entendido en tenis, los esquivos ojos de Susana (para alimentar secretamente mi fantasía maltrecha), los desternillantes comentarios -por lo descabellado- de Javi o el bocata mixto vegetal a media mañana con mi adorado jefe... Pero al final... Todo más bien es una cuenta atrás esperando la campana entre asalto y asalto, la hora del almuerzo, las 7 de la tarde, el viernes, las vacaciones de agosto... Y más a largo plazo ¿qué?.. No hay tiempo para pensar en el futuro, en mi vida, hay que acabar la tarea...


-Y no, mañana tampoco habrá tiempo para ello, Peláez, déje de mirar al póster de la pared y concéntrese...


Lo siento, ahora tengo que dejarles.



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6


Visita del pasado


Mientras el agua borbotea, corro a ver el correo. ¡Nada interesante! ni el spam, que es el mismo Cialis de siempre, que lata. Pero a ver, espera un momento, aquí hay uno de la Rosita, que va a venir después de todos estos años, ¡y yo con esta peluca de siete colores, impresentable, que me hace mayor de lo que soy!.... pero, nada, a ella también le han sumado los años; para nadie pasan en vano, vinieron como okupas, para quedarse, malditos sean.



Bueno, cambio de planes, anota: pe-lu-que-ría, cita urgente con François le sensualité, como dice que le decían en París y que ahora acá le dicen Pancho, el zaz. Tiene arte este personaje, de verdad, logra hacer de una cincuentona una joven de buen ver, ¡y vaya si lo necesito! no me gusta estar viuda, sola y más encima, desaliñada, fea y deprimida.



¿Qué será de Pedro, su hermano? supe que le ha ido regio en sus negocios pero en su vida privada más o menos; bien desgraciado que ha sido el bombón de nuestros sueños adolescentes. ¡Aaaaayyyyyyssss! Como que no quiere la cosa, le sacaré algo a mi amiga, si no se pudo antes, capaz que ahora quememos algún petardo. Bueno, manos a la obra.



Pasa la mañana, pasa la tarde, todo como siempre, pero el corazón camina más rápido, quién lo pensara, un recuerdo y todo cambia, aunque sea por un rato. ¿A qué hora vendrá la Rosita? ¿Atrasada como siempre? ¡qué nerrrviosss! ¡Ding-dong! ¡dong-ding! ya la tengo aquí, y está regia, regia, regia, flaca, buena ropa, elegante, como nunca, ha aprendido en estos años, bien por ella; ¿qué impresión le estaré causando? nos miramos como dos inquisidoras buscando arrugas disimuladas, cirugías, cejas tatuadas, postizos, presbicias, pero nada, está impecable.O no ha sufrido, ha estado en hibernación, o tiene un cirujano extraordinario. Casi no me atrevo a compararme, salgo muy mal parada. Ay, cómo no me quedé como cada día sorbiendo mi café, leyendo las noticias que suceden bien lejos de mi, donde basta con una lamentación abstracta, sin complicaciones que me involucren, mientras, sé cada paso de mi agenda aunque ni mire el reloj. ¿Quién me mandó a armar panoramas que remuevan el pasado que bien estaba bajo capas de cómoda rutina? Ahora ya he invertido en mi pelo; he trabajado extra para ordenar mejor la casa, a la que no le dedicaba una mirada de extranjera para mejorar los detalles --que de tan vistos ya no los veo--; me he pasado películas imaginarias con Pedro, en las que aún somos jóvenes con futuro --tan viejos no somos-- pero en realidad no tengo ni ánimo para el esfuerzo que implica una nueva relación, y menos si ni siquiera sé en qué está Pedro hoy.



¿En qué momento he renunciado por una tarde a mi rutina protectora ante los avatares; los años acumulados; las inseguridades ante nuevos desafíos; revolver recuerdos que creía dormidos y que con su despertar me hacen daño? Bueno, la Rosita ya se va, regresará a su hogar en el norte donde se conserva como en los recuerdos. De Pedro, nada, no vaya a ser que sea como ella: inmarcesible. No me atrevo a embarcarme ni en el intento, no digamos aventura.



Nos despedimos mientras se cierra la puerta. Nos dijimos lo que se esperaba que dijéramos, es buena y simpática, como siempre, soy yo la que se marchita, pero --mientras no tenga un espejo para comparar-- todo estará en el lugar de siempre, del que no debiera haber salido y del que seguramente no saldrá, pues yo se lo habré impedido.


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7

Que sí, que te quiero... Que pases buen día. Si no vengo a cenar te llamo... ¿Me da un metrobus? (los lunes)... Buenos días, parece que hoy podemos guardar el paraguas (o tenemos que sacar la ropa de invierno, o tendremos que ir con piedras en los bolsillos para no salir volando)... ¿Puedes venir? Tengo un problema con el Outlook (o me he quedado sin red, o si abro más de dos documentos se me peta el ordenador)... A ver Fermín, ¿con qué nos vas a envenenar hoy?... Hasta mañana, que será otro día... Nada de particular, ya sabes, lo de siempre... Que tengas bonitos sueños tú también.

Podría haber elegido más frases u otras. Son mis andamios de bambú con los que sustento mi rutina diaria, esa de la que reniego con la carótida hinchada pero de la que no me separo ni un milímetro, como esa calle paralela a la de tu casa por la que nunca has pasado porque dicen que hay gente con malas pintas.
Cada mañana suena el despertador a las 6:45. Mi mujer, sin abrir los ojos (sin despertarse diría yo) dice como cada mañana desde hace años: Buenos días, cariño, ¿aún me quieres? Yo contesto mecánicamente que sí, que la quiero, y ella se da media vuelta y sigue roncando. Me ducho. Desayuno. Beso a mi esposa y le digo al oído que pase buen día y que si no voy a cenar que la llamo (aunque siempre veo a cenar). Los lunes compro mi metrobus de diez billetes. A las nueve en punto entro en la oficina. Saludo al vigilante de seguridad con un buenos días y algún comentario alusivo al tiempo que hace. A media mañana, aproximadamente, llamo al de informática para que me resuelva algún problema de mi ordenador, con el que trabajo pero que no entiendo. A las dos, bajo a la casa de comidas para dar buena cuenta del menú del día. Bromeo con Fermín, el camarero de toda la vida, sobre el veneno correspondiente del día administrado en dos platos y postre. Me despido del de seguridad al acabar la jornada (esta acaba cada día a una hora dispar) con un hasta mañana, que será otro día. Llego a casa y mi mujer me espera con la cena preparada y un ¿qué tal el día, cariño? Mi respuesta: nada de particular, ya sabes, lo de siempre. Nos vamos a la cama. Mientras que leo un poco, ella apaga la lamparita de su mesilla de noche, me besa y me desea dulces sueños. Que tengas bonitos sueños tú también, le respondo. No volveré a decir una frase hasta el que sí, que te quiero de la mañana siguiente.
Siempre me consideré preso de la rutina hasta que conocí a mi compañero de despacho. Nunca habla, pero un día se arrancó y me contó algo que convirtió mi rutina en suaves raíles por los que caminar a diario:

Estaba harto de que a todas horas le dijeran que era un maniático, que era metódico hasta el ridículo, que era el ser más previsible que uno se pueda encontrar. Y estaba harto principalmente porque era verdad. ¿Lo ves?, era la frase que oía más a menudo a su alrededor. Gente empeñada en demostrárselo, como si él no lo supiera. Como si él quisiera ser así. Como si fuera tan sencillo dejar de serlo. Como si no lo deseara.
Fue maniático y metódico desde bien pequeñito, pero hubo un antes y un después. No recuerda qué provocó la reafirmación, pero sabía que algo pasó. Fue el hecho, por ejemplo, que le llevó a unos grandes almacenes a comprar ropa para los siete días de la semana multiplicada por diez, para garantizarse que durante una larga temporada vestiría igual cada lunes, cada martes, cada miércoles, cada... Los graciosos le decían que como engordara se le iba el negocio a freír espárragos. Él sabía que eso era imposible porque mantenía un régimen estricto, repitiendo el menú también por días, de lunes a domingo, desde hacía años y con revisiones periódicas de su endocrinólogo. ¿Un cambio en el metabolismo? Improbable. Todos los varones de su familia habían vivido y muerto flacos como astillas. Vivía solo desde hacía mucho tiempo. Nadie quería vivir con alguien que tenía la vajilla colocada al milímetro y que tenía controlada las vueltas de papel higiénico que quedaban para que se acabara el rollo. Él no quería vivir con nadie que en un descuido descolocara por milímetros la vajilla ni que descontrolara por aleatoriedad su control de las vueltas de papel higiénico que quedaban para que se acabara el rollo. Ninguna mujer aguantaba al lado de un tipo que era incapaz de sorprender ni en la frecuencia del parpadeo. Él no aguantaba ninguna sorpresa que pudiera interrumpir su frecuencia de parpadeo. Le costó encontrar un trabajo que no le tuviera con el alma en vilo por los sobresaltos habituales de cualquier trabajo. Le costó conservar los trabajos porque era incapaz de rendir cuando aparecía el más mínimo problema que le obligara a improvisar. Desde hace años trabajaba picando textos en un despacho para él solo, con temperatura constante, sin ruidos y sin mayores sobresaltos que los que le pudiera dar el ordenador. Pero eso también estaba solucionado. Tenía tres ordenadores iguales para no tener que interrumpir su trabajo si la informática le jugaba una mala pasada. Le pagaban muy bien porque era muy rápido y muy eficaz. Su jefe sabía que con él se cumplían los plazos y no había lugar a las erratas. Le quedaba algún amigo. Nunca quedaba con ellos porque ellos sabían dónde y cuándo encontrarlo. Los viernes de nueve a once iba al mismo bar, se sentaba en la misma mesa y tomaba las mismas tapas y el mismo número de cañas. Todos los viernes. Los sábados introducía una variante que podría parecer engañosamente un alarde de espontaneidad. Tenía cuatro bares para los sábados e iba cambiando. Con una pauta enrevesada que podría engañar a un conocido pero que no lo hacía con sus escasos amigos.
Estaba harto. Jamás quiso ir a un psicólogo. No quería pagar para que le dijeran lo que él ya sabía.
Estaba harto y algo tenía que hacer. Necesitaba introducir cambios en su vida para no volverse loco. Así que un sábado por la mañana cogió un taxi, se fue a unos grandes almacenes y se compró ropa nueva: ropa repetida para los lunes, para los martes, para los miércoles, para los... Pero eso sí, esta vez sólo compró cinco de cada prenda.

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8



A través del parabrisas sucio del coche, Gabriel observa a la gente. Es febrero y llueve en Madrid, y a menudo le viene a la mente el recuerdo de su padre esperándole en la esquina al salir del colegio, con una bolsita de piñones en la mano para él. Por encima de todo se acuerda de su olor a tabaco y madera, y de la calidez de sus manos curtidas que le agarran con firmeza y le parecen el lugar más seguro del mundo. ¿Qué has aprendido hoy en la escuela? Tienes que aprender mucho para ser una buena persona y sacarme de trabajar cuando te hagas mayor. Venga, que se hace tarde y Mamá nos espera.

Hoy no espera nadie en casa. Gabriel mira a una mujer que camina por la acera cargada de bolsas y se pregunta si a ella la estará esperando alguien, y se da cuenta de que su mirada no llega a traspasar sus ojos, sino que rebota dentro del cristal de sus pupilas y vuelve hacia sí misma de forma permanente, apagando la calle y la gente a la que esquiva de manera automática. La calle está vacía para Gabriel, es tan sólo una rutina inevitable. Al llegar a casa las llaves caen muertas sobre el mueble de la entrada.

Mira, chaval, cuando la madera se lija hay que hacerlo con firmeza, pero con cuidado de no astillarla, como las mujeres. Gabriel observa a su padre con una mezcla de devoción y entusiasmo, y su interés por el mundo parece acotarse a un pequeño taller cubierto de serrín por todas partes, y algunas figuras que el carpintero ha esculpido en sus ratos libres. Una de ellas representa el busto de un torero inclinado hacia un lado, tallada en dura madera de pino, y el padre le cuenta que los ojos del diestro tienen vida, y sufrimiento, y que la carne es como la madera, e incluso más dura a veces. "E incluso más dura a veces", -parece repetir el torero, con los ojos opacos, recorridos de estrías en las que se repliega una y otra vez la piel muerta que el carpintero arranca con un formón de hierro gastado, en una esquina del taller, ensimismado, entregado. Gabriel acompaña con pueril fruición el vuelo de cada viruta desprendida, y juega a reordenarlas en el suelo para imaginar nuevas realidades que brotan de retazos que al torero sobran, el negativo de su fotografía rasgado por la ira de quien esperaba tras la puerta. Un animal salvaje en postura defensiva, la mano de un sacerdote acariciando la frente de un niño, un billete de tren rasgado, la munición de toda una guerra vertida sobre la tierra yerma que no alumbrará descendencia.

La endeble anatomía del sillón de su modesto piso produce un crujido doloroso cuando Gabriel se sienta a ver la televisión. Ya no hacen muebles como antes, ya nadie imprime cariño en hacer nada, ahora el trabajo es un medio para ganar dinero y pagar alquileres solitarios. En la pantalla, personajes sin rostro mantienen una discusión absurda, y todo lo que le rodea le parece una mierda, un engaño. Su trabajo ya no le llena como antes. Cuando era joven soñaba con firmar brillantes columnas en diarios de tirada nacional, y le gustaba imaginar que sus palabras se convertían en misiles que estallaban contra la cara de los mentirosos. El problema es que ahora son los mentirosos los que pagan por sus palabras. Por eso un día decidió rebelarse, y a partir de entonces ya nunca ha vuelto a escribir de manera consciente. Cuando teclea una noticia en el ordenador se concentra para salir de sí mismo y hacerlo como si fuera una máquina la que escribiera, un ente sin voluntad que mancha páginas con titulares y entradillas que se repiten constantemente, cambiando tan sólo las iniciales para referirse al marido envalentonado de turno que decidió meter dos palmos de acero en la espalda de su mujer o colillas en los ojos que un día miraba con ternura, o la declaración entrecomillada de un político que desafía los límites del analfabetismo. Y qué más da, el mundo seguirá dando vueltas con o sin él, su pluma no deja rastro en un papel podrido, y la tinta que al principio vertía con verdadera pasión no ha fermentado en la mente de nadie, y todo sigue igual.

Al fondo del taller, su padre hace cálculos con un lápiz rojo y grueso que ha decidido rescatar de su oreja derecha por un instante. Los garabatos que plasma en la encimera de roble le parecen ecuaciones soberbias. El mueble es un regalo para su madre, y a Gabriel le divierte muchísimo toda la parafernalia que su padre lleva a cabo para intrigarla cada día que suben a comer. Ambos se cruzan una mirada cómplice cuando su madre les dice que haría falta un nuevo mueble para el salón junto al ventanal, y ella sonríe también. Ni siquiera le dolió demasiado cuando un día tuvieron que llevarle al hospital con la mano ensangrentada por una de las estacas que llevaban un mes torneando, por encargo de un hombre que las necesitaba para delimitar sus terrenos. La estaca quedó impregnada con su sangre muy roja y tibia, y cuando el terrateniente viera la mancha en ella pensaría en un zorro o algún animal que hubiese tratado de sortear sus vallados sin éxito, y su sangre estaría ahí para siempre. Por eso no le dolió tanto la sensación del palo mientras la punta de éste se hundía en su manita, madera y carne fundidas en un gesto de dolor que para él encerraba un matiz de heroísmo, una herida de guerra, como las cicatrices en las manos de su padre.

Las heridas de la conciencia duelen mucho más. Repetir un guión una y otra vez puede resultar asfixiante. Contemplar cómo se va diluyendo la ilusión sobre los poros de un tabloide, y no ser capaz de evitarlo. Componer día tras día pequeñas actas de lo vulgar, manifiestos huecos, espacios en blanco que siempre se quedan en blanco. Le habría gustado poder hundir el formón de acero de su padre en la pantalla fría y plana de su ordenador, y crear formas sin ataduras, figuras libres y verdaderas, auténticas, como la cara del torero. Pero el papel es madera prensada, un recipiente de verdad encorsetada, plana y monótona, y no da lugar a desplantes ni actos de ruptura. En la penumbra, Gabriel reflexiona y llega a la conclusión de que en ocasiones el vacío es lo único a lo que aferrarse, y aunque esto suponga una paradoja. Es difícil explicar la sensación que produce la ausencia de sensaciones, aunque sus efectos trasciendan de lo metafísico y se plasmen en el tapiz de lo cotidiano hasta diluirse y hacerse imperceptibles. Es entonces cuando el vacío hace mas daño, cuando se agarra al estómago y absorbe el impulso vital de manera inconsciente.

El vaso de whisky deja un cerco en el mueble que un día su madre encontró tapado con una manta en el salón, un círculo de humedad que resbala y no es capaz de traspasar el barniz envejecido. Tenía un olor intenso y muy dulce, mezclado con el agrio del disolvente cuando su padre lo extendía con una brocha deshilachada a lo largo del tablón. A Gabriel le fascinaba aspirar ese aroma, que llevaba consigo el final del trabajo y la obra terminada, como un enamorado que se pone perfume con esmero un momento antes de salir de casa en busca de unos labios recién descubiertos y que pronto absorberán el aroma y lo harán suyo. Ahora sus labios ya no besan a nadie. Eso es otra historia, pero probablemente se quedó sin ganas de hacerlo a partir del momento en que empezó a encontrarse sólo, perdido, y sus manos dejaron de ser sensibles a las caricias del mediodía y su boca no era capaz de percibir ningún sabor en la piel de nadie. Fue perdiendo la capacidad de comunicar, de transmitir su cariño. Probablemente por influencia de su trabajo empezó a considerar estas cosas como algo secundario, y repetía cada vez las mismas frases, los mismos gestos, las mismas caricias que cuando inciden sobre el mismo trozo de piel una y otra vez con idéntico movimiento ya no dejan la misma sensación.

La luz tenue y errática de una farola entra por la ventana del bajo donde Gabriel se esconde del mundo y de sí mismo. Tantos sueños, tantas ideas, para acabar perdido en el salón de su propio hogar, acompañado por el zumbido eléctrico que viene de fuera y que marca un ritmo quejoso y apesadumbrado. Hace frío, pero el viento sigue entrando en la estancia desde hace más de media hora, y hace crujir algunas cosas, como el endeble sofá que estaba en el piso antes de llegar él y que nunca le ha permitido sentirse como en casa. Gabriel nunca se ha sentido como en casa desde que llegó al mundo, con la excepción del taller cubierto de serrín donde a veces creyó vislumbrar la verdad de las cosas. Mañana tiene que estar en la redacción a las ocho de la mañana, para continuar dibujando un cuadro en el que no hay personajes, únicamente sombras sin rostro que deambulan perdidas por un lienzo blanco y poroso, una vida en dos dimensiones que brota de su propio miedo y se expande implacable por todos los recovecos de la realidad hasta hacerla estéril.

El cerco de whisky ha desaparecido del mueble de su padre, salpicado ahora por los restos de su conciencia mutilada, madera y carne fundidas en un gesto de cobardía

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9


Durante mucho, mucho tiempo he intentado que Rutina no consiga encontrar una neurona de alquiler en mi coco. A priori no era muy complicado, tampoco tengo tantas, pero en la fase práctica del asunto se jodía el asunto… La cabrona se aferraba a cualquier opción de compraventa o alquiler, aunque fueran precios desorbitados y parece ser que ha conseguido su objetivo, el encontrar alojamiento en mi cabeza, aunque todavía no se muy bien cómo.

La cosa estaba en que yo me dedicaba a acojonar a mi Pucherito de la siguiente manera; Neurona que le dejara alojarse o le permitiera entrar en ella ofreciéndole lo que fuera menester, neurona que yo, sin que me quedara más remedio por que en realidad las tengo en alta estima, emborrachaba a base de cervezas y gintonics con tal de que Rutina se quedara grogui y yo pudiera echarla a la calle, fuera de mí, antes de que despertara del letargo alcohólico. Las resacas eran monumentales y la tristeza por la pérdida de una de ellas también, pero era necesario. Otros métodos utilizados fueron subir el Euribor de mi mente a más de un 8% para ver si era incapaz de pagarse nada, extorsionar a las Ninfas Hipotalámicas para que no se les ocurra dejarla entrar a vivir con ellas por mucho que les prometieran nuevas actividades ludicofestivas por la parte del Cerebelo, un porrón de vidas extra o un apartamento en Torrevieja, e incluso, en mi insistencia por no vivir una vida Rutinaria por el pánico que me daba, fui capaz de tapiarme los párpados de forma desproporcionada para que fuera incapaz de entrar de forma visual y acabar con mi estado de vitalidad constante y de alegría reinante por el simple hecho de ser y estar.

Pero ha conseguido entrar, la grandísima hija de Satanás, la jodida Rutina de mierda ha conseguido colarse.

¿Saben cómo?
¡Pues por las orejas!

Así de fácil!

A través del Oído, puesto que Martillo se ha vendido por los Siete Clavos de Cristo.

¡Vamos, no me jodas!

Pues sí. Va a ser que sí. La muy hija de perra ha conseguido entrar en mí y crear en cero coma una especie de velo rutinario que propicia la falta absoluta de vigor y espontaneidad y ya ni comentarles el tema de la imaginación y la inspiración literaria.

Un fraude.

Y es que la Puta Rutina se ha alojado en el ala Este de mi cabeza, ¡Que igual se cree que es Angela Chaning o algo!... por que es que, además, resulta que me ha dejado en el hall todas sus maletas cargadas de hastío y cansancio, sus bordados absurdos de telas de araña y como no, su inseparable armamento de berberechos en escabeche a la espera de que venga el botones a buscarlo. También, creyéndose que todo el monte es orégano y toda mi cabeza jauja, me ha montado una sala de juegos estúpidos que me hacen perder la concentración en el lóbulo central. Ni que decir tiene que en un abrir y cerrar de ojos se ha apalancado justo, justo, al lado del cerebelo y ha invitado a su hermano Aburrimiento a que venga a visitarla cuando le apetezca, que seguramente será muy a menudo, por puro masoquismo hacia mi persona.

Dice que no piensa irse, es más, me chilla mientras patalea y ha conseguido que Memoria le haga más caso a ella que a mí misma a través de sus malas artes y se descojona cada vez que intento recordar qué narices tenía que hacer con urgencia y por qué narices llevo un lazo rojo atado en el dedo meñique en forma de recordatorio.

Me tiene frita.

Todos los días consigue que me de cuenta de que mis actos son similares y que nada nuevo nutre mi vida. Siempre está al acecho por si Novedad tiene a bien mandarme un correo electrónico también llamado mail, poder borrarlo convenciéndome de que es SPAM y que a mí, en realidad, no me gusta viajar, así que no vale la pena leer las ofertas que me mandan mis amigos. Ni me gusta conocer, que no soy curiosa y que, por ese motivo, es tontería apuntarse a nada que incentive el hacer algo con mi vida que no sea el levantarme, desayunar, ducharme, trabajar, llegar a casa, ver la tele y dormir. Y que lo más inteligente y lo más necesario para mí es, sin duda, seguirla a ella, todos los días, para siempre. Caer en ella. Vincularme a ella de forma inmediata y eterna.

Tener una Rutina instalada en mi cabeza que me haga ser autómata.

Y ¿Saben que les digo? Que no.

Que m, revelo..

Y que lejos de echarla, se va a joder. Va a tener dos tazas por querer una bien grande. Que en unos días Rutina va a morirse del asco y va a cansarse mogollón.

Que en unos días Rutina va a querer mudarse y no la voy a dejar salir, por lista.

Me voy a tapar los oídos con cera de aroma Canela y se va a tener que acostumbrar al cambio, movidito, dinámico y repleto hasta los topes de hiperactividad en estado puro.

Voy a adoptarla y la voy a hacer multiplicarse y mis Rutinas serán un ejército de actos curiosos que generen risas y estados eufóricos. De actos divertidos. De actos simplemente entretenidos que, no por ser diarios, vayan a tener que asquearme.

Por que Rutina no sabe en qué cabeza ha entrado.

No tiene ni idea.

Muajajajá.

Se va a joder.

Palabrita.

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10

-Ah rutina, destructora de pasiones, peso que al espiritu hunde, en la sima del abotargamiento. ¿Acaso deberia la rutina ser la via por la que transitan nuestras vidas? ¿No seria mejor acaso montar a lomos de la sorpresa y dejarnos llevar por los campos agrestes de la incertumbre?

- Anda niño, no protestes más y ve a sacar la basura de una vez, que estoy harta de aguantarte el mismo rollo todos los dias.

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11






Tiempo circular





Circular el tiempo
que pasando va




- por ti, por mí -




sin nosotros pasar

Así, regresando
al mismo lugar




- cada vez -




volvemos igual

Juega el ciclo
con lo irreal




- de la rutina -




de la verdad

Inalterable, eterno
suspendido está




- el amor -




el tiempo circular

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12







Rutinas.




Vuelve septiembre y con el la rutina de la vida cotidiana. Llega el momento de despedirse de los amores de verano, de las aventuras de una sola noche, de los aquí te pillo, aquí te mato. De los besos frenéticos en el asiento de atrás de un coche.




Vuelve el sonido del despertador a las siete de la mañana, la cara larga frente al espejo, los saltos en la ducha cuando se acaba la botella de butano, el tráfico de la ciudad. Llega el momento de dejar que Dark descanse en el fondo de algún cajón, hasta que, quizá, vuelva algún otro concurso literario que lo haga despertar.




Y vuelve el barullo de la oficina, el sonido estridente de teléfonos, impresoras y gente por los pasillos que viene y va. Las broncas del jefe a todas horas, la hora de encontrar las malditas ganas de trabajar. La pantalla en blanco de mi ordenador y tú. Sobre todo tú.




Vuelven tus piernas largas, tus ojos infinitos, tu sonrisa y el sonido de tu voz a mis oídos. Vuelve la hora de olvidar notas sobre tu mesa, de enviar correos a tu cuenta, de enredar miradas entorno a tu falda, de convocar reuniones en la sala de juntas, a las que sólo asistiremos tú y yo. De retomar esta historia que nunca empieza, pero que no acaba.




Vuelven tus labios a mi boca, tus manos a mi cuerpo, tu cabeza a apoyarse contra mi pecho.







Vuelven las noches de los besos dulces, de las caricias sin prisa, de desnudarte pausadamente, de besarte detenidamente. Vuelven las horas de hacer el amor al ritmo de tus caderas, de susurrarte las palabras que provocan tus besos improvisados, que aceleran el ritmo de nuestra respiración, las horas de verte dormida sobre mi colchón, de ser el guardián de tus sueños, de soñar que algún día ya no te querrás marchar.




Quizá después de todo, no eche tanto de menos el verano.

lunes, 3 de septiembre de 2007

De vuelta al trabajo, monotonía y rutinas varias

-¡Hola Rizos! De nuevo aquí y ya acercándonos al final del concurso, el fin de las vacaciones, vuelta al trabajo... ¿cómo pasa el tiempo, verdad?



-Hola Manda... sí, pasa volando. El último tema ya... es una lástima que termine el concurso, pero yo tenía ya ganas de que llegase Septiembre...



-¡Y yo! La verdad es que tú y yo hemos tenido mucho trabajo este verano, y aparte no soy de las que adoran el verano en general. Por cierto, tenemos que agradecer a todos los participantes el haber aguantado hasta aquí, ¿no?



-Cierto, cierto, que se lo han currao. Que sepan todos que ha sido un placer para las dos organizar este concurso, y que hemos pasado ratos muy divertidos y vivido anécdotas bastante curiosas, jijijij...



-Síii... Nos ha encantado y agradecemos vuestra participación y esfuerzo. Que además nos habéis soportado estupendamente, ¡con la lata que os he dado con los mails recordándoos las fechas de votación!



-Jajajja... pues sí, Mae, eres peor que la Rotermayer esa xDD Pero bueno, lo dicho. Que gracias a todos y que esperamos que hayáis disfrutado tanto como nosotras. Y bueno, pasemos al tema de esta ULTIMA semana...

Se me ocurre que con ésto de la vuelta al cole, al curro, al frío invernal... el tema está claro, ¿no? Adivina adivinanza... ¿qué es lo que mata relaciones, ilusiones, lo que más nos apaga y mustia a todos?



-Puesss te conozco poco, pero si no me equivoco te refieres a la RUTINA, ¿no?



-¡Premio para la chica de naranja! La RUTINA en general es un tema crudo pero del que todos tenemos mucho que decir, seguro.



-Sí... así que ale, todos a escribir los textos. Os recuerdo que tenéis hasta el jueves 13 para mandarlos, y que no tardéis mucho a ver si esta semana que es la última no tengo que ir a buscaros al correo :P



-Jajjaj... bueeeno... y también se me ocurre que ya que los candidatos y candidatas se han portado tan bien, deberíamos permitirles algún capricho, ¿no?



-¡Pues sí! Pero sin que sirva de precedente, que les malcriamos xD



- Vale, pues decidido. Que sepáis todos que al finalizar el período de votaciones de este tema (RUTINA) publicaremos los autores de cada texto, aunque solo sean los de esta semana. Para acabar con broche de oro, vamos...



-Sí, que bastante murga nos han dado con el tema del anonimato, seguro que les hace ilusión y no es plan de ser malas hasta el final :P



-¡Pues nada más! Suerte a todos y hasta la semana que viene, Manda :*



-Hasta pronto, Rizos :*

viernes, 31 de agosto de 2007

RECUERDOS

-¡Bueeeeno ya estamos aquí! Ays, qué melancólicos nos hemos puesto todos esta semana, ¿verdad Mae?


-Bueno, si, melancólicos... es que a veces recordar duele, y otras veces hace que no puedas parar de reir. Ya nos queda menos, y por fin dejaremos der la lata a nuestros pobres concursantes que vaya mesesito de agosto que les hemos dado.


-¡Por cierto! Los concursantes tendrán curiosidad y no es plan de ser tan malvadas... Mi texto gorrino era el número 8, ¿y el tuyo?


- ja ja ja, el mio es el número 6. (me pongo colorá) xDDDD
Quizás nos hayan identificado, o no!.
Tenemos que decir que esta semana volvemos a tener una baja. Albret, por motivos que desconocemos no ha podido enviar su texto y lo sentimos pero queda fuera del concuerso. La verdad es que a esta altura es una pena.



-Pues bueno, para no romper el halo mágico y tierno os dejamos sin más con los textos. Recordad que tenéis hasta el jueves 6 para votar, y que el próximo viernes os daremos el último tema del concurso. Esperamos que lo estéis pasando bien, que de eso se trata ;)





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1


Cuando te quise olvidar aparecías a cada instante en mi cabeza, como una mala reposición de Verano Azul, perdón, quise decir del capítulo de la muerte de Chanquete en Verano Azul. Ahora te quiero recordar y sólo consigo hilar detalles descabalados que apenas me llevan a nada, que juntos no sirven ni para andamio de bambú que sostenga a un simple recuerdo. Sé por qué te quise olvidar, eso no lo he olvidado, pero ignoro cuál es el motivo de quererte recordar de nuevo. Fue un olor el que provocó este cambio de intenciones. Eso sí lo sé. Pero no sé por qué en ese preciso instante ese olor me llevó a ti; me intentó llevar a ti, porque de momento no lo ha conseguido. Es un olor cotidiano que durante años te ha ignorado: el olor de las palmeras de chocolate recién hechas de la panadería del barrio. Las primeras las comí contigo, cuando en plena adolescencia las comprábamos camino del instituto para devorarlas en el recreo. Ahora la compro y me la como solo. Camino del trabajo. Es mi pequeño vicio matutino. Y mi desayuno.
Nos conocimos en 1º de BUP. Ese año frecuenté tu espalda sobre todo, porque eras mi compañera de delante. Apenas cruzamos palabra. Holas tímidos y adioses de cortesía. Y chivatazos en los exámenes. Yo te chivaba en letras y tú a mí en ciencias.

En 2º descubrimos que vivíamos cerca. Lo que no sé es cómo nos habíamos esquivado durante tanto tiempo habiendo sólo un camino para llegar al instituto. Parece que vivíamos lo mismo con un intervalo de minutos de diferencia. Empezamos a acompañarnos a la ida, y más tarde también a la vuelta. Empezamos a compartir palmeras de chocolate.

Y no miento cuando digo que no consigo recordarte. Estos recuerdos son previos a lo que me gustaría recordar. Mis recuerdos se borran como las chozas de paja bajo un tornado cuando llegamos al verano del 85, recién finalizado 2º de BUP. Vuelven los recuerdos años después, justo al día en que decidí olvidarte. En ese preciso instante. Ni un segundo antes. Un instante convertido en un volcán en plena erupción, ausente de lava, pero a reventar de reproches.
Una lágrima recorre mi pómulo, despacio, como si en vez de bajar subiera. Una lágrima por recordar ese instante. Y detrás otra por no recordar lo que quiero. La dependienta me regala una mirada de ánimos mientras que me da la vuelta de la palmera de chocolate.



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2


Recordaba mucho; demasiado. Olvidaba poco.
Fue su memoria lo que le destruyó. Vivir mendigando retazos, risas que ondeaban por todas partes, palabras siempre incompletas… Aquello era lo único que sabía hacer.
Tal vez por aquello era lo que muchos llaman un bohemio. Bajo su aparente indolencia –que muchos juzgaban provocada por algún tipo de droga- él hervía.
Pero nadie lo sabía. Por eso estaba solo.
Buscaba sin cesar algo que nunca había conocido. Aunque sólo podía intuir la grandiosa y fresca calma que traería a su agitada existencia –una tranquilidad frágil y caprichosa- él continuaba, sin descanso.
Los demás sólo veían un hombre desaliñado sentado en cualquier banco, mirando al suelo con un desgastado pitillo en la boca. Un vago, un chupasangre más, un número en el INEM.
Evitaba mirar a su alrededor a toda costa. Si alguien le conociera bien diría que parecía huir del mundo que le rodeaba por una buena razón.
Y seguía solo.
Nadie sabía que estaba enfermo. Tanto que varias veces estuvo a punto de morir. No podía evitar recordar todo lo que escuchaba, veía, sentía, tocaba. Tenía una memoria tan prodigiosa que los mil detalles de cada momento se le incrustaban al instante en el cerebro.
No sabía como detenerse.
¿Cuántas veces salvó vidas recordando todos los pasos de la reanimación artificial sin asomo de duda? ¿A cuántas mujeres arrancó una sonrisa –fugaz- al hablar durante una eternidad de cuadros en museos? ¿Cuán valiosos le fueron sus recuerdos ante las dudas?
Sin embargo, no era feliz. En un par de ocasiones sintió que la cabeza le ardía. Tuvo que olvidar su nombre, su familia, sus recuerdos más antiguos y preciados –también los más profundamente anclados en su memoria- para dejar hueco libre a maravillosas y nuevas experiencias.
Era aquello o morir. Sólo podía olvidar cuando peligraba su propia vida. Y necesitaba esa parcela blanca en el cerebro, sencillamente para poder soñar, respirar, vivir.
Por si esto fuera poco, nadie parecía reconocerlo. Los que lo conocían por la calle y charlaban con él, olvidaban su existencia tras despedirse apenas se giraban para continuar andando. Nadie sabría dibujar con precisión sus facciones, recordar el timbre de su voz, sus aficiones.
Era el olvidado.
Por eso sacó aquella corbata gris y anodina del armario; la única pertenencia que no removía nada entre sus recuerdos. Por eso la ató del ventilador del techo y se colgó una medianoche.
Por eso dejó una nota de suicidio que decía "¿Recordaréis quién soy ahora?"



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3


Tu recuerdo acude en oleadas, ya de tarde en tarde, como una marea desorientada que se resiste a desaparecer. Algo tan simple como una palabra, un olor, una canción, dispara la energía y el mar de mi mente comienza a bambolearse, golpeando las paredes del pobre refugio que he construido con sudor y lágrimas. ¿Sabes que hay canciones que ya no escucho? Para qué, si perdieron su sentido original en algún giro de nuestro laberinto privado.
En el armario conservo todavía aquel par de zapatos Clarks que me regalaste. Zapatos de un solo uso, solían lastimar tus pies y los míos tampoco son una excepción; no importa lo que insista, no hay manera de suavizarlos, de amoldarlos, de domarlos. Pero adivina qué: una vez al mes, me los calzo y camino con ellos. No mucho, una media hora, no más. Pues el dolor también es una manera de recordar.
Las fotos yacen en un cajón, desterradas a un triste simulacro de olvido. Un gesto tópico, repetido hasta la saciedad en la historia del hombre. Me pregunto qué sentido tiene encerrar un trozo de papel bajo siete llaves, si no existe fuerza en este mundo que consiga arrancarte de mis entrañas. Tiempo, me dicen, deja correr el tiempo. ¿Acaso no saben que el tiempo no existía cuando nuestras miradas se cruzaban? ¿Entiende alguien eso? ¿Puede alguien contestarme?
Quiero que sepas que mi ventana está abierta. La planta se secó en el alfeizar pero una de sus hojas secas duerme entre las páginas del libro. Sueña con tiempos mejores.


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4


Recuerdos Ella recordaba aquel tiempo en el que estaban juntos, hace tanto ya, en las colinas verdes al lado del mar. Los acantilados les dejaban sentir esa brisa salada y fresca cada tarde cuando llegaban a soñar sobre las rocas. Las horas pasaban tranquilas y fáciles, a veces sin palabras, sin contacto, sin miradas, pero juntos en la felicidad de la compañía mutua. Los caballos pastaban tranquilos y a lo lejos escuchaban la melodía rítmica de las olas al llegar a la playa, la fuerza enorme de la tormenta que anunciaba a veces una tempestad o simplemente la caricia del viento sobre los pastos de siete tonos de verde.
Ella recordaba que en ese tiempo estaba completa y era poderosa porque esa compañía la complementaba y la hacía fuerte. Creció viendo esos ojos de luz, compartió sus ideas y sueños y siempre buscó la protección de esos brazos que le daban tranquilidad en sus horas de miedo. Se perdió mil veces en sus labios finos y suaves, en su cuerpo moldeado por las horas de travesía en el bosque y en su olor a cedro húmedo por la llovizna de la mañana. Aprendió por sus palabras y silencios el valor de la amistad, por sus besos y caricias el calor de la pasión, y por sus ojos de luz la fuerza de su espíritu.
Ella recordaba todo de una manera extraña, sin imágenes, simplemente con sensaciones, impulsos e intuición; por eso aquellos ojos que reconocía le transmitían paz, esos labios le llamaban a un beso y ese silencio le parecía tan agradable. Ya era lo mismo si salía el sol o se desataba una tormenta, si estaba en un parque lleno de gente o en el salón de la casa, si alguien llamaba a la puerta o no aparecía nadie. Estar allí recordando, juntos nuevamente después de tanta vida, le hacía apreciar sonidos, aromas y sensaciones que hacía mucho dormían en algún lugar de su memoria eterna, le hacía sentirse nuevamente completa y fuerte.
Sólo una cosa le incomodaba un poco, al otro lado de la mesa en silencio, ¿recordaría él?



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5


Aún recuerdo aquel momento y mis ojos no pueden evitar llenarse de lágrimas.
Fué la misma reacción que tuve aquel día, en aquel momento.
Lo recuerdo y no dejo de maldecir el día en el que te conocí. El día que decidí besarte, el día en el que me enamoré de ti...
Cada palabra tuya me viene a la cabeza día si y día también como jaqueca incesante, para no dejarme descansar.


- "Te quiero", me dijiste. Luego agachaste la cabeza... "Me caso en dos meses".


Te odio por lo que has hecho, pero sabes que en mi corazón llevo tatuado tu nombre a fuego y que en mi segunda piel guardo cada una de las caricias que me regalaste. No solo la piel tiene memoria para lo malo... También recuerda lo bueno.
Desde aquel día, cada lágrima mía es por ti. Cada sonrisa que regalo, es porque tu recuerdo me la arranca. Cada mirada mia te busca, y lo peor de todo es que no te encuentra. No te siento. No te tengo.
Recuerdo mariposas en mi estómago a tu primer besos. Como me temblaban las manos e intentaba disimular la cara de tonta que se me había quedado.
Pero esa frase tuya, la que tanto me dolió, fué el final de algo que ni siquiera tuvo comienzo, pero que hizo huella en nosotros.
Pedirte que no lo hagas no sería justo, ya que yo no soy nadie para meterme donde no me llaman, pero permíteme que te pida una cosa... RECUÉRDAME SIEMPRE.


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6


El tiempo -había escuchado en cierta ocasión- cada vez pasa más rápido. Sujetando un helado, la mirada suspendida a través de la ventana, eterna, inmóvil. El cielo era la parte de dentro de un melocotón. A esas horas, su dulce aspereza no significaba nada, aún era demasiado pronto, pero apuntaba ya algunos rasgos. En el asiento de atrás nada tiene una importancia definitiva. Los paisajes se suceden. Rostros, árboles, horizontes. Nada. "El tiempo cada vez pasa más rápido."

El verso incorrupto de la confianza. La puerta abierta, el suelo inclinado hacia abajo. "Me gustaría estar en todas partes." El sabor de un helado de limón al lado del mar. La sonrisa. Un ejército irreverente que cruza el umbral una y otra vez hasta desgastarlo y hacerlo invisible. Un círculo perfecto donde cualquier parte es el inicio y el final de cualquier cosa. "Estoy en todas partes."

La primera vez que acarició la nuca de una mujer. "Las proporciones nunca son exactas hasta que el agua te llega por las rodillas. Nunca habría pensado que algo así podría caber dentro de la palma de mi mano." Llegado el momento de redefinir las dimensiones de sus expectativas, la dibujó firme, pero ágil, casi escurridiza. Un lugar donde depositar todos los momentos de la vida. Pero escurridiza.

La huida constante de su cintura, en danza centrífuga respecto al centro de sus miedos. El miedo a dejar de mirarla. "No todos los amaneceres son iguales. Hay veces que el aire muerde la garganta." La mirada suspendida a través de la ventana, el manto grisáceo apoderándose del perfil de todo lo que estaba a su alcance. Había llegado el momento de volver a describir las cosas.

El reflejo de sí mismo en el cristal. "¿Qué estás haciendo aquí?" El paso lento, interrumpido, imposible de acompasar. Una tarde de digestión difícil. Una mariposa aplastada. La carretera inclinada ligeramente hacia arriba, el agua vertida escapándose por un abismo estrecho y profundo. Las cosas -había escuchado desde el asiento de delante- tienen su propia lógica. "No se puede forzar la vida."

La primera vez que tocó el fragmento que transita colgado de las agujas de un reloj. "El tiempo cada vez pasa más rápido, alternándose con momentos en que no pasa nada." El peso de una ausencia, en su espalda. Mirando el suelo, con la mente en otra parte. Escuchándose a sí mismo. El ritmo de sus respuestas. "Me gusta mirarte, pero no amanezcas nunca. Te prefiero inacabada, pero latente, aquí."

La derrota pintada de color ocre. El golpe amortiguado contra su propia nuca, mientras deshojaba una flor muy parecida a tantas otras. "Al fin y al cabo, de esto se trata. Deshojarnos poco a poco hasta llenar el suelo con el mosaico de nuestras concesiones." La perspectiva nítida, pero inalcanzable. La sensación de ir un paso por detrás de todo lo que ocurre. El silencio un instante después de cerrarse una puerta.

La mirada suspendida en la pared de la habitación, eterna, inmóvil. "No sabes, mi amor, lo que daría por tener tu nuca entre mis manos, en vez de sujetarme a mi mismo, y tomar a tu lado un helado de limón." Como la primera vez, despejando incógnitas con la punta de un lapiz afilado que se va gastando hasta perder la capacidad de escribir nuevas historias. El tiempo -le habían susurrado un par de segundos antes- cada vez pasa más rápido.



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7



Recuerdo cuando sonreías y podía verte las caries de las muelas creadas por tu adicción a los ositos de goma.

Recuerdo cuando te los metías a bocajarro en esa garganta profunda tuya. Recuerdo cuando te conocí, justo ese minuto, el primero.

Recuerdo tus gritos de alegría cuando aparecía con alguna película de Bill Murray, aunque la hubieras visto cientos de veces.

Recuerdo tu record imbatible por ninguna otra de ser la más rápida subiéndote las bragas cuando oías voces en los pasillos de la universidad. Recuerdo cuando no llevabas bragas.

Recuerdo como cantabas en la ducha, con esa curiosa habilidad tuya de destrozar todas y c
cada una de las canciones que te daba por cantar.

Recuerdo la rabia absoluta con la que mirabas los escaparates más glamorosos de la ciudad y cómo me mentías cuando decías que tú, eso, ni en broma te lo comprabas ni con el dinero saliéndote por esas graciosas orejitas tuyas.

Recuerdo cuando birlabas tizas y dibujabas rayuelas en el suelo de las calles para no jugar nunca después. Recuerdo que el primer número que escribías era el dos.

Recuerdo tu pasión por las calles estrechas y las bombillas grandes.

Recuerdo tu colección de fotos absurdas a calcetines ajenos.

Recuerdo todas y cada una de tus palabras la primera vez que te dije que eras especial.

Recuerdo esa tendencia tuya a las pastillitas de colores. Recuerdo el sabor de tu coño en mi boca y tus labios relamiendo los míos en busca de experimentar ese mismo gusto.

Recuerdo tu cara de consternación cuando te enteraste que estaba enfermo.

Recuerdo cuando gemías flojito por que tenías miedo que la vecina le contara a tu gato que oía cosas obscenas y que carecíamos de televisión.

Recuerdo cuando te bebiste siete tequilas con limón y acto seguido te measte en los pantalones.

Recuerdo cómo te reías tu misma de esa húmeda contrariedad mientras comentabas absolutamente ebria que parecía que iba refrescando.

Recuerdo tus refranes dicharacheros.

Recuerdo tu camiseta de Blas y cómo marcaban tus pequeños pechos.

Recuerdo cuando corrías por casa, trotando, para no llegar a ningún lado en concreto.

Recuerdo todas y cada una de las veces que lloraste.

Recuerdo todas las veces que me hiciste llorar a mí.

Recuerdo nuestras escenas de sofá enmarcadas en colores vivos.

Recuerdo cuando tus piernas se dieron impulso desde lo alto, mientras yo te gritaba histérico.

Recuerdo tus palabras mustias.

Recuerdo tus brazos inertes,DANZANDO solos, tocando las nubes, sin intención.

Recuerdo lo bien que bailabas.

Recuerdo tu cuerpo rozando el gris asfalto.

Recuerdo tu amor por el amarillo limón.

Recuerdo tu cabeza abierta, tus sesos desparramados, la sangre manchando mis zapatos nuevos.
Recuerdo tus viejas bambas rojas.

Recuerdo tus ojos abiertos sin mirada y sin brillo.

Recuerdo la marca de tu rimel.

Recuerdo mi odio.

Recuerdo tu agonía.

Recuerdo mi impotencia.

Recuerdo tus pocas ganas por acompañarme en mi final.

Recuerdo mi asco hacia ti en ese momento.

Recuerdo tu traición que aún perdura.

Recuerdo mi angustia y la soledad abrupta que me invadió y me invade.

Recuerdo tu cobardía.

Recuerdo mi asco hacia ti.

Y lo había olvidado, pero ahora lo recuerdo…

Recuerdo tu nombre, Amanda.



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8

SAMUEL

Yo sólo lo conocía de vista, pero puedo decir que en la facultad no era popular. Dicen de él que era un tanto solitario, y poco hablador, pero también dicen que de voz amable y cálida, cuando se le preguntaba.

Su abuela comenta con un punto de enfado que era imperceptible. A veces no sabía si estaba en casa o no, y también se quejaba de que no le expresaba que la queria, o de que nunca sabía lo que pensaba. Pero a pesar de todo, era su nieto favorito.

En su barrio, lo veían andar silencioso por la calle, con las manos en los bolsillos, normalmente mirando al suelo. Si le preguntan a Silvia, la dueña de la panadería, les dirá que era un chico normal. Pero si charlan con ella más detenidamente, es posible que acabe por contarles que le encantaba mirarlo a los ojos cuando le daba el pan del día, o la vuelta, porque tenía una mirada que encerraba muchas cosas (pero que esto era un secreto, que no lo contaran por ahí, que si no se muere de la vergüenza).

Su madre no dice nada. Sólo aprieta los labios y suspira. No quiere dejar de hacer las labores de la casa y se aferra a ellas con más ahínco - como la pinza de la ropa, como el estropajo a la grasa del plato- cuando se acuerda de él, cuando repara en que mientras hace lo más simple y cotidiano, puede pensar igual en cosas importantes.

Su padre cuenta en secreto que encontró unos poemas entre sus cosas, y aún no ha tenido valor para enseñárselos a su mujer. Prefiere esperar. Cuando redacta los informes a veces le tiembla el pulso, y yo no sé si porque sabe que él nunca podría escribir versos semejantes, o porque se alegra de haberle conocido esa sensibilidad desconocida, aunque fuera tarde. Quizá fueran ambas cosas.

Virginia era quien lo conocía realmente. Decía que bajo aquella imagen de chico tímido se escondía un inesperado manantial de ternura queriendo abrirse paso, y que ella fue la afortunada de tal hallazgo, y pudo disfrutar durante dos años de sus sonrisas y sus caricias, y aún más, de sus sentimientos plasmados en fantásticas historias medievales de princesas y dragones, en exclusiva para ella. No les dirá mucho más, porque entonces apartará su vista al horizonte, se encenderá un Chester y permanecerá en silencio.

Para mí es un fantasma del que siento celos. Es una nebulosa de recuerdos dulces que rondan la mente de Virginia y acaban siempre en un punto de amargura, interponiéndose entre ella y yo, colándose de noche entre las sábanas. Es la causa de sus ausencias, aún estando presente, pero también de la ensoñación que le languidece el alma, y eso le hace aún más sensual, pero al mismo tiempo, en esos momentos no puedo mirarle a los ojos, porque le han volado.

No sé si calificar como curiosidad lo que me ha llevado de nuevo al punto kilométrico 134 de esta poco transitada carretera nacional, pero aquí estoy. El lugar sigue solitario y polvoriento. La cuneta parece un mosaico de pedruscos cortantes donde imagino a Virginia encajando los recuerdos, como un puzzle. Han pasado tres años y parece que todo está igual -aún se ve el lazo atado a un árbol-, si no fuera por las flores muertas, ya irreconocibles, zarandeadas por el aire. Permanecen mudos y secos los árboles de troncos inmóviles y ramas espantadas. Sólo se oye el viento huidizo, y de vez en cuando, la letanía cesa, y entonces anida el silencio. De pronto, me percato que del tronco doblado por el impacto, moribundo, nace una ramita de hojas verdes, hermosa.

Tras un rato hace frío y el viento arrecia, como queriéndose llevar lejos el recuerdo del accidente, mientras hago cábalas de cómo sería Samuel en realidad, y sobre todo, qué le contaría a ella acerca de mi atrevimiento de esta tarde. Pienso la manera de describir aquella rama como un signo de esperanza. Ojalá así sirva para ayudar a cerrar y olvidar heridas. De vuelta a casa, seducido por la idea de la cena que estaría preparando Virginia, trato de recordar los versos que aprendí hace muchos años, en la escuela, del olmo seco de Machado.



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9




Estrenando memorias, las más antiguas.
Oigo ladrar perros en la noche. Son perros alerta, perros de casas, perros que cumplen un deber y alegran un hogar. Son ladridos de canes cautivos, amigos del hombre: personas que los aman y los cuidan. Buena alianza desde tiempos inmemoriales de mutua conveniencia. ¿Cuando nos descubriríamos mutuamente?

Desde mi más tierna infancia los perros y sus comunicaciones nocturnas están presentes. Siempre hubo de estos primos de los lobos y dingos cerca de mi hogar. Mi madre los ama y tiene una paciencia y un don para educarlos que yo no he cultivado por tener una familia de gatos un tanto extensa, incompatible con los mastines, pero amigables con mi jardín. ¡Punto en a favor para los mininos!

Los ladridos entrañables que me retrotraen a mis tiempos de las visitas invernales a la abuela Mimí en Villa Alegre. Inviernos en que las luces legañosas de la calle daban sombras fantasmagóricas dentro de la galería laaaarga ¡como vagón de ferrocarril! sombreada en verano por el viejo nogal que en invierno, ya desnudo, sólo dejaba caer de vez en cuando alguna nuez olvidada que rodaba por el techo de zinc haciendo su "toco-toco-toco-toc-toc-toc" característico.
Junto a los perros son los sonidos nocturnos más especiales y --creo-- los primeros de los que yo haya tenido conciencia y que hasta hoy me llevan a ese hogar que mantenía ardiendo el amor de mi abuela, y, curiosamente, también me hacen volar hacia tiempos pasados en las noches de campo en Carrizal, con su silencio alterado sólo por los ladridos, quietud que desde muy lejos permitía oír venir algún vehículo por el camino ripiado, con sus cerros cortados que se iluminaban a su paso, para seguir de largo haciendo saltar las piedras que pegaban contra su panza de metal sin molestar mucho por ello a sus misteriosos ocupantes.





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10


Dark miraba a través de la ventana. Las gotas de lluvia golpeaban el cristal y se deslizaban hasta el vierteaguas. Nunca sabía por qué, pero aquellas tardes lluviosas de verano siempre le hacían sentirse un poco más vulnerable de lo que le gustaría reconocer.


Encendió el ordenador, pensando que quizás aquel tiempo le ayudaría a trabajar un poco. A concentrarse de nuevo en el dichoso artículo de la semana. Ya era jueves por la tarde y aún no tenía escritas ni cinco líneas, seguro que de un momento a otro sonaría el teléfono o un correo electrónico de la directora de la revista, en la que solía publicar sus artículos, le recordaría que el viernes a primera hora este debía estar entregado para el cierre de la edición. Lo cual implicaba que antes debía estar acabado y corregido. Estúpida manía de dejarlo todo para última hora.


Ni siquiera recordaba demasiado bien sobre que tema debía escribir y cuando intentó abrir el archivo para seguir escribiendo, no recordó el maldito nombre con el que había decidido guardar aquellas primeras líneas. Abrió decenas de archivos en el procesador de textos, de los cientos que guardaba en su carpeta de trabajo, de forma casi aleatoria. Nunca guardaba los textos con un nombre por el que poder identificarlos fácilmente, la mayoría de ellos tenían como nombre las primeras palabras que lo componían, o un simple número, "texto14", "texto15", o cualquier otra cosa que pensara en ese mismo instante. Nada demasiado útil.


Tras unos cuántos intentos acabó encontrándose frente a un viejo texto, que había escrito hacía casi diez años. Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo.


Apenas quince minutos después la directora de contenidos de la revista recibió un aviso de su cliente de correo electrónico. Por fin había llegado el artículo semanal de Dark, casi había que dar las gracias por no haber tenido que esperar hasta el último segundo. Abrió el correo y en el cuerpo del mensaje el autor le pedía que no corrigiera, ni una coma mal puesta, ni un acento olvidado, la esencia del texto no residía, esta vez, en su valor literario, sino en el sentimiento que lo había provocado. Después de leer el artículo estuvo de acuerdo con él.


El viernes la revista salió a la venta. En la página número quince, cómo cada semana, los lectores pudieron encontrar el artículo de Dark, en este número su título era: "Recuerdos".


Recuerdos


Me siento en mitad de la nada, y empiezo a ordenar mis recuerdos en orden creciente de importancia, comienzo a amueblar la soledad que me rodea con vagos recuerdos de mi infancia, con compañeras de clase a las que un día les dediqué el tiempo que aún me quedaba antes de que tú llegaras. Con inocentes miradas que les dirigí a chicas que jamás me dijeron nada. Con mis primeros escarceos en el sugerente mundo que se esconde debajo de las blusas y las faldas. Con el día que descubrí, que con la boca y sin hablar, también se puede seducir.


Después ordené mi presente, con miradas de chicas a las que jamás les dije nada. Con besos que para mí, no tuvieron ninguna importancia. Con mentiras dedicadas a la chica, que aquella noche, tu lugar ocupaba. Con la terrible sensación de tener vacía el alma. Con la alegría, del día que soñé que regresabas, y con la frustración de aquella mañana.


Finalmente, cuando fui ordenando aquellos que ocupaban los primeros lugares, tuve que retroceder en el tiempo, tuve que volver atrás, hasta que con tú recuerdo, cara a cara, me volví a encontrar. Y fuiste ocupando todas las posiciones de honor, con caricias que mi piel añora cada día más. Con miradas imposibles de olvidar, aquellas que me dedicabas cuando aún estabas enamorada. Con palabras, que quedaron grabadas a fuego en mi alma. Con sonrisas y con besos que hacían que todo lo demás sobrara.



Ocupaste el primer lugar, el mismo día que creí, que por fin, te había conseguido olvidar.











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11


Caminos

El camino... desde que nací hasta el mismo dia de mi muerte mi vida esta atravesada por un camino... mi camino...




A veces una hermosa carretera de ladrillos dorados, otras veces un camino mejor o peor asfaltado, muchas veces un pedregal donde caminar es complicado, los puentes estan derruidos, y las alimañas muerden si te despistas.




Aunque pueda parecer recto, realmente el camino está lleno de encrucijadas. Caminos que se bifurcan, caminos donde hay que parar y elegir.




Por fortuna, no siempre caminamos solos. La enorme carretera que es este planeta hace que mi camino se junte con el de otro, y durante mas o menos recorrido, caminamos juntos, hasta que un nuevo cruce nos haga separarnos.




Todo esto lo pienso en mi duermevela de esta noche, sin hablar con nadie, solo pensando mientras reviso la agenda de mi móvil, borrando aquellos nombres que formaron parte del camino, y ahora forman otros caminos.




Por fortuna, cada nombre que borro, tiene como contrapartida otro nombre, que se incorporó al camino recientemente, y que espero que nuestro recorrido de la mano, sea muy largo.


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12

Juana se deslizó penosamente hacia la puerta. Los años se habian cobrado factura en su cuerpo. Ni siquiera hubiera escuchado que llamaban de no haber ido al salon a recoger las fotos que habia sobre la chimenea.
Tras la puerta se encontraba un estirado hombre trajeado, que portaba una carpeta bajo el brazo, que con cierta desazón inspeccionaba la fachada de la pequeña casa..
- ¿Usted debe ser del ayuntamiento verdad?- adivinó la anciana nada más verlo.
- Asi es señora. Mi nombres es Andres Lopez y vengo a.....
- Lo se, lo se. Pase por favor.
El joven sacó un formulario de la carpeta y la siguió al interior de la casa. De inmediato, Juana comenzó a alabar las virtudes de la vivienda.
- Como ve, el salón es muy espacioso. Soliamos reunirnos toda la familia a la hora de cenar, y no se crea que eramos pocos. Cinco sin contarme a mi. Era un circo, pero eramos felices. Por desgracia hace mucho de eso. Ah, mire la chimenea. Grande, ¿verdad? le aseguro que una vez se enciende, puede olvidarse uno del frio. Una navidad, mi marido bajó por ella disfrazado de Papá Noel, pero estaba tan sucio el tiro, que salió completamente negro....
El funcionario contemplaba con gesto impenetrable cada rincón de la sala, sin hacer demasiado caso de lo que le explicaba la anciana, que continuaba con sus historias sin importarle demasiado si era escuchada o no. Se dirigió con paso vacilante a traves del pasillo, hacia los dormitorios. El burócrata la siguió, intentando no tocar nada.
Habitación por habitación, tuvo que escuchar las pequeñas historias que atesoraban aquellas paredes.
- Aquí la silla en la que estaba sentado Juan se rompió cuando intentaba llegar a lo alto de ese armario donde habiamos escondido sus regalos de navidad... Aquí en la cocina mi yerno pidió la mano de mi hija, fue muy conmovedor, se arrodilló y le puso un anillo con un diamante enorme en su dedo... En aquel rincón, recibi la noticia de que mi Antonio se moria...
Mientras, él no perdia detalle de nada de lo que le rodeaba, apuntándolo todo en la hoja de papel que llevaba. Apenas diez minutos le bastaron para obtener toda la información que necesitaba. Asi que dandole las gracias, se despidió de la octogenaria.
Cuando salió a la calle, echó un último vistazo a la fachada. Lástima de incendio, pensó, debió de haber sido una casa acogedora y con gran pesar marcó en el formulario una casilla: derribo

viernes, 24 de agosto de 2007

Do you remember...

-¡Holas! Una semana más ya estamos aquí... Cómo pasa el tiempo, ¿verdad, Rizos?

-Pues ya ves, Manda, el penúltimo tema del concurso. Parece que fue ayer cuándo lo empezamos... Y hablando del paso de tiempo, ¿recuerdas cuando nos conocimos tú y yo? Esa mañana surgió la idea de este blog en aquel bar donde nos llevaste a Al y a mí y míranos ahora, casi terminando...

-Cierto, el tiempo vuela... pero días como ese no se olvidan fácilmente... pedazo de tapeo nos marcamos, ¿eh?

-Jijij... sis, nos pusimos moradas de comer y de cotillear xD

-Oye, Rizos... ¿y ésto de olvidar y recordar no te inspira para el próximo tema semanal?

-Hmmm puesss ahora que lo dices... creo que podría dar juego, sí. Todos nos ponemos melancólicos alguna vez, así que... Decidido, el tema de esta semana será RECUERDOS.

-Pues ea, a recordar. Seguro que todos los participantes tienen mil ideas y memorias guardaditas por ahí...

-Y si no que se vean el Cuéntame, a ver si se inspiran.

-O que hablen de cómo recordarán en el futuro éste concurso que tan buenos ratos les han hecho pasar :P

- xDDD Bueno, chata... a dormir, que es hora. A todos vosotros, os RECUERDO que tenéis hasta el viernes 31 para enviar vuestros textos, y que quizá la última semana os llevéis alguna sorpresa.
Y a ti, Manda... te RECUERDO que tenemos que repetir ese tapeo un día de éstos ;)

-¡Oído cocina!


¡Besotes a todos!

viernes, 17 de agosto de 2007

DE CALORES Y ACALORAMIENTOS

Hola a todos. Como veis esta semana va la cosa picantona...
Bueno, no me entretengo mucho que no hay tiempo que perder. Paso a poner los textos que nos habeis ido mandando. xDDD. Gracias a todos/as por ser tan geniales.


1

A veces intentaba arrancarle al teclado melodías sin ser éste de piano. A veces no dormía; pensando una y otra vez en los ojos, esos ojos, sus ojos.
Quería y no podía. Sí, eso era lo que decían de él. Lo mismo escribía un gran párrafo insípido que dos míseras líneas ardientes. Se proponía atacar una novela y tan sólo conseguía un relato.
Entonces descorchaba una botella que no fuera de agua, buscando consuelo más que inspiración. Bebía. Cerraba los ojos, y la imagen le asaltaba de nuevo, espoleándolo. Y volvía a intentarlo.
Cuando tres cuartas partes de su sangre eran alcohol se le soltaba la lengua y solía decir que su musa era monja. Los demás se reían de la ocurrencia. Pero él pensaba que no había otro motivo posible por el que no pudiera escribir más de línea y media cuando se proponía describir los cuadros que pintaba en su imaginación.
Por las noches escribía febrilmente, y las horas se le iban buscando adjetivos. Las raras veces en que alguno de sus hallazgos parecía bastar para contener erotismo, lo apuntaba con entusiasmo en una libreta. Aquel cuadernillo tenía prácticamente la edad de su dueño, pero tristemente sólo había llenas dos hojas.
Dos hojas de éxitos. Miles de fracasos.
¿Cómo podría describir aquel placer, aquella sensualidad? Le hervía la cabeza. Deseaba encerrar su locura en unas letras para poder estar a salvo de sí mismo. Veía las curvas, los senos. Todo muy bello. Sugerente. Pero no podía expresarlo.
Y por ello se odiaba a sí mismo.
Un día se decidió. Sacó la libreta e hizo café. Se sentó. Lo pensó un momento y fue a buscar la botella. Leyó uno por uno sus tesoros, sus adjetivos, con avidez. Y comenzó a escribir.
Durante todo el día trabajó en lo que su mente se empeñaba en llamar la novela. Tecleaba sin parar, poseído por una extraña excitación. Presentía algo, como los perros huelen la niebla.
Y el resultado fue horrendo. Soez. Lo rompió en mil pedazos, tantos como añicos se había hecho su corazón de escritor.
Pero no se rindió. No hasta lograrlo.
Había quien lo llamaba perverso, degenerado. Pero él no hacía caso; y seguía escribiendo novelas porno de bolsillo, esperando que entre toda aquella mierda apareciera ella.






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2





Una historia picante En mi patria --para la gente fina-- el ajo, el ají y los aliños fuertes se encuentran proscritos socialmente y jamás se nos ocurre salirnos de esas reglas no escritas de la buena educación. Si alguien los usa --y no dudo de que así sea-- quedan amparados en la discreción que todos guardamos de algo legítimo, normal, pero no por ello es fino ni agradable ventilarlo en historias más o menos públicas. Se da por sabido, y fuera de la incumbencia de los que no son sus directísimos actores.


Comer especias picantes es optativo, y cada uno verá si le afecta la salud o la convivencia, pero si se sorprende a alguien siendo voyerista en estos temas es muy mal visto y deberá atenerse a las consecuencias que su vicio le traerá, porque andar mirando por las rendijas de los comedores para pillar a algunos in fraganti es francamente detestable, y leer historias de este tono es síntoma de debilidad sicológica o franca inmadurez y obviamente nadie lo desea, ¡ni que lo piensen!

Al escribir esta explicación, pues conste que NO estoy haciendo literatura de algo tan vulgar para tratar con extraños, siento que estoy tocando algo pegote, desagradable, y que conviene dar rápidamente vuelta la hoja, cosa que paso a hacer con mucho gusto: necesito ir al baño. Por algún motivo que no voy a declarar-- tengo ardores en el intestino.



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3



Juan estaba enamorado de la vecina de enfrente. Bueno... no era exactamente amor. Simplemente, ella muy guapa, y tenía un cuerpo que era capaz de excitar a los muertos. Entre eso, y que le gustaba andar por casa con poca ropa, y que solía olvidar correr las cortinas... no eran de extrañar los efectos que producía su visión en el cuerpo de un chico de quince años como Juan. Y saber que hacía algo que no estaba bien... sólo hacía aumentar el morbo.



Esa noche hacía mucho calor. Ana llegó a casa empapada en sudor. Entró en su habitación, dejó las cosas tiradas, y abrió la ventana para dejar entrar el aire. Disfrutó de la escasa brisa un par de minutos, y después se dirigió al baño, para darse una ducha.



Juan se encontraba agazapado tras la ventana de su habitación. Tenía el pijama puesto por si su a su madre le daba por entrar. Y esperaba que su amada saliera de la ducha mientras se prometía una vez más que esta vez sería la última.



Pocos minutos más tarde, Ana salía de la ducha con un albornoz muy corto como única prenda. Ni siquiera se había secado la piel para estar más fresca. Cuando regresó a la habitación, recogió las cosas que pocos minutos antes había dejado tiradas. Sentía la ligera corriente de aire rozas su cuerpo mojado, y le gustaba la sensación. Mucho.



Juan no necesitaba mucho más para ponerse a cien. Su pijama ya parecía una tienda de campaña, asi que se sacó el miembro y empezó a sacudirlo frenéticamente mientras veía a su diosa moverse por la habitación.

La brisa estaba excitando mucho a Ana, se metía por debajo del albornoz, como las manos de un amante juguetón. No quería hacerlo, pero sabía que antes de hacer nada, tenía que cerrar la ventana. Cuando se dirigió hacia ella, vio en la ventana de enfrente una cabeza medio escondida, y un movimiento de manos más abajo. Sentirse espiada, en lugar de enfadarle o cortarle, le gustó aún más.

Juan había terminado con lo que estaba haciendo, pero aun así no apartaba la mirada de la ventana de enfrente. En esos momentos le gustaría tenerla a su lado, y poderle hablar y decir lo que sentía por ella... Durante un instante, incluso, le pareció que ella le había mirado. Pero no, porque en lugar de cerrar la ventana, se dio la vuelta y se dirigió hacia la cama. Se detuvo, y lentamente, empezó a quitarse el albornoz. La visión de ese cuerpo perfecto, ese trasero que le encantaría taladrar, hizo que su cuerpo se rebelase otra vez.

Completamente desnuda, Ana se tumbó en la cama. Comenzó a acariciarse los pechos. De reojo, vio que los movimientos en la ventana de enfrente habían vuelto a comenzar. Eso le excitó todavía más. Se metió los dedos en la boca, para hacer que jugaran con la lengua. Cerró los ojos, pensando en su amante misterioso. Recorrió los dedos mojados por todo su cuerpo.

Juan se masturbaba como un loco mientras veía como la vecina hacía lo mismo. Le parecía que mientras ella metía sus dedos entre las piernas, miraba a la ventana fijamente, como si supiera que estaba allí. El miedo a verse sorprendido le ponía a mil.

Mientras jugaba con su sexo, Ana veía a través de la ventana que los movimientos que se producían en el piso de enfrente eran cada vez más frenéticos, más rápidos. El morbo de saberse deseada hizo que ella también fuera cada vez más deprisa, hasta que llegó a un violento orgasmo.
Pocos segundos más tarde, Juan llegaba a su segundo orgasmo de la noche, mientras veía cómo ella se levantaba de la cama, se ponía otra vez el albornoz, se acercaba a la ventana, y sonriendo hacia la suya, la cerraba. Cansado de una noche intensa, Juan se fue a la cama y a los pocos minutos, se durmió.

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Al día siguiente, Juan fue al supermercado para hacerle la compra a su madre. Cuando salía, cargado con tres bolsas, casi choca con Ana. Al ver quién era ella, casi se desmaya del susto y de los nervios. Ana le mostró una sonrisa pícara, y...

(CONTINUARÁ...)


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4


- Conozco la geografía de tu cuerpo, casi mejor que tú. Subo tus crestas, acaricio los pequeños pezones sonrosados de la cima, que se endurecen, trémulos al pasar la yema de mi dedo por ellos. Recorro tu valle, mi mejilla apoyada en la piel ardiente, huele a almizcle y a sudor limpio. El pozo de tu ombligo tiembla con cada latido de tu acelerado corazón. Me detengo al final de la vaguada, en tu bosque espeso y húmedo, donde escondes la cueva aterciopelada en la que quiero dormir esta noche...

... y descansar allípara siempre. Ah! Sus labios entreabiertos, el torso fuerte y protector, su sexo palpitando al ritmo de la respiración entrecortada, aquel brillo encendido en sus ojos ciegos, fijas las pupilas en un punto remoto del universo. Miraba sin mirar, incapaz de percibir luz o sombra alguna; pero en ese preciso momento en que nos uníamos en una misma carne, en el instante eléctrico, breve e infinito a la vez, Henry parecía ver un color extraño y misterioso que nadie más que é conocía...

... y admiraba. La señorita Deveraux encontraba sin embargo detestables aquellas largas y aburridas veladas en el Círculo de Poesía. Sentada durante horas, en aquella sala oscura, calurosa y deprimentemente victoriana. El corpiño presionaba inmisericorde sus pechos blancos y turgentes, encarcelados. Miró disimuladamente hacia atrás, hacia el sofádonde Jacqueline Allach se abanicaba perezosamente. La señorita Devereaux sintió un escalofrío lento y delicioso en la entrepierna, cuando Jacqueline la miró fijamente entre las plumas de marabú del abanico. La misma mirada que le había dedicado el día anterior, entre los rizos del vello púbico de su sonrisa escondida.

Carta íntima de Jon a Nora. 1984

Diario personal de Mark. 2003

Relato de un amor sáfico. 1849


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5



No me puedo quejar como hacen mis amigas. La verdad es que mi vida sexual es, siempre peor de la deseada, pero mucho mejor de lo esperada. Quizás la culpable de este optimismo sea esta sonrisita estúpida que se me ha quedado grabada a escoplo tras una noche maravillosa. Y es que luego dicen que sólo ponen tele-basura, pero ¡bendita tele-basura!

Claro, que no me entendéis. No me extraña. A ver si esta felicidad absurda que me invade me permite explicarme. Ayer mi marido y yo estábamos sesteando tras la comida, y entre el pequeño hueco que dejaban los párpados pude ver imágenes de una película que habían protagonizado Bárbara Rey y Rocío Durcal, una peli de temática lésbica del año 73. ¿Y qué tiene esto que ver para que todavía tenga las piernas temblorosas.



Remontémonos a un día concreto del año 73, cuando yo tenía... 17 años, ¡madre mía!, todavía me sorprendo de que alguna vez los tuviera. Había quedado con mi amiga Amparo, como todos los sábados. Me dijo que tenía una sorpresa preparada, y yo pensé que tendría que ver con ¡chicos!, porque era en lo único que pensábamos las dos. Y no me equivoqué, pero la sorpresa no se quedaba ahí. Al llegar al punto de encuentro ya estaba Amparo, acompañada por dos chicos algo mayores que nosotras. Resulta que Amparo había conocido a Arturo hacía un par de semanas (y por eso el sábado pasado me había dejado plantada la muy...). El caso es que el padre de Arturo era dueño de una sala de cine y nos iba a colar para ver una película un poquitín subidita de tono para la que no teníamos edad ni de coña. Así les brillaban los ojos a Arturo y a su amigo, convencidos de que harían buen uso de la fila de los mancos con nosotras. Bueno, Arturo y Amparo ya hacían buen uso de él sin sentarse todavía, camino del cine, mientras que Enrique, el amigo, y yo caminábamos detrás, con un silencio incómodo que esquivaba las miradas. Yo miraba al suelo y él directamente tenía los ojos clavados en mis tetas.



Llegamos al cine. Ponían una de Rocío Durcal, y ya me extrañó que nos pudiéramos calentar con una película de ella, virginal como solía salir la niña prodigio de la época. Nos sentamos en la última fila. De izquierda a derecha, Enrique, yo, Amparo y Arturo. La película empezó y enseguida me di cuenta de que la Durcal no iba a cantar precisamente. Amparo y Arturo empezaron a magrearse desde que se apagó la luz. Lo mismo hubiera dado que estuviéramos viendo Bambi que las últimas aventuras de Emmanuelle. Enrique enseguida se fue animando y sus manos fueron ganando terreno bajo mi falda a medida que yo iba cediendo. Su cara inclinada para poder maniobrar mejor con su lengua en mi boca no me impidió ver toda la película. Sí, ya sé que es poco romántico morrearse con los ojos abiertos, pero sinceramente, me gustaba más lo que veía que lo que me hacía el amigo de Arturo, que era más bien tosco. Cuando se encendieron las luces nos dio tiempo a recolocarnos las blusas a las dos y a ellos a intentar disimular el paquete henchido como buenamente pudieron. En un descuido le dije algo al oído a mi amiga y ella lo entiendo todo. Así que a la salida del cine les pusimos a los chicos toda serie de excusas y les dejamos con los penes erectos y la esperanza de rematar la faena en la caja de las masturbaciones.



Amparo y yo nos dirigimos a mi casa. En silencio. Una mezcla de vergüenza y de excitación nos hacía caminar deprisa y en silencio. Mis padres se habían ido a pasar el fin de semana al pueblo porque la tía Francisca estaba agonizando. Mi hermano mayor, que supuestamente me tenía que cuidar, se había ido con su novia hippie a no sé qué historia reivindicativa que probablemente acabaría en las cercanías de algún calabozo.




Tras la película sólo pensaba en Amparo. No podía quitármela de la cabeza. Mis pezones lo confirmaban intentando traspasar todas las capas de tela que quisiera ponerles. Y los de Amparo me decían que la película le había causado el mismo efecto. La delicadeza de esas dos mujeres besándose y tocándose contrastaba mucho con la rudeza de los chicos de nuestra edad. Ninguna de las dos era lesbiana, pero a las dos nos asaltó el mismo deseo.




Llegamos a mi casa. No hubo ni palabras ni miradas interrogatorias de “estás segura”. Estábamos decididas. Fuimos a mi habitación, demasiado infantil para estos menesteres, pero el tálamo matrimonial era territorio apache. Estaba anocheciendo. No encendimos la luz porque la luna llena dejaba intuir lo suficiente. Nos desnudamos deprisa. Nuestros vestidos de colegialas de la época no invitaban al erotismo de desnudar, sino a arrancar la ropa para llegar cuanto antes a la piel. Amparo era una chica gordita de grandes pechos que eran la delicia de los chicos del barrio, y ella los llevaba con más alegría de la que le gustaba a su señora madre. Y desnuda descubrí que los tenía grandes, firmes y con unos pezones rosaditos que me estaban esperando erectos. Yo en cambio tardé mucho en desarrollar y tampoco lo hice en exceso. En aquella época tenía unos pechitos turgentes que tenían toda su gracia concentrada en unos pezones oscuros y pequeñitos que siempre me jugaban malas pasadas.

Ya desnudas, nos tumbamos en mi pequeña cama. Durantes hora y media, Amparo tenía que estar en casa a las 10,30 en punto en su casa, recorrimos nuestra piel de arriba abajo despacito e incansablemente. Descubrimos cada poro, primero con los dedos y después con los labios. Nadie en la vida me ha besado con la dulzura que lo hizo ella. Nadie llegó con su punta de la lengua a tocarme en los puntos que lo hizo ella. Jamás he tenido un orgasmo tan largo y placentero simplemente con el roce de dos pieles. Sufrí mucho en los años posteriores porque siempre les pedía a los chicos que repitieran lo que hizo sentir Amparo, y lo hacían con desgana, con la urgencia de quererme penetrar cuanto antes y sin ningún acierto. Me enamoré perdidamente de la piel que en cinco centímetros a la redonda rodeaba a su pequeña y estrecha vagina. Mi mundo por hora y media se redujo a ese círculo. Bebí hasta saciarme. Me vertí sin miedo. Y no lo volvimos a repetir. Desde entonces fue nuestro secreto, que nos fue uniendo y separando según las circunstancias.



El recuerdo hizo que ayer pasara toda la tarde excitada, con una humedad permanente que hacía tiempo que no disfrutaba, con la piel tan sensible que el simple roce con mi marido hacía que se me fuera la cabeza. Se lo hice saber aunque no hubiera hecho falta, porque el deseo eyaculaba por mis ojos sin que yo hiciera nada por disimularlo. E hicimos el amor como sólo se puede hacer desde la madurez, con paciencia, dedicación, ternura. Su pene se convirtió en la más delicada de las lenguas y su lengua en la más delicada de las plumas. Y ayer mi marido encontró los mismos puntos que aquella lejana noche, tanto que grité con la cabeza sepultada en la almohada: ¡Amparo!




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6



Bésame, no seas tonto. Ahora soy toda para ti. Haz de mi lo que tu quieras.
Mira como me quito la ropa, ¿lo ves? , Aprovéchate mi amor, que hoy, solo por esta noche, mi deseo será saciado con tus besos y mi cuerpo encajará perfectamente con el tuyo acompañándote en un baile de caderas en el que solo tú y yo seremos los protagonistas.
Hazme el amor, no pierdas tiempo, ¿no te das cuenta de que mañana ya no habrá otra oportunidad?. Desahoga tu furia contra mi, que estoy dispuesta a aguantar tu embestidura.
Cómeme. Juega con tu lengua en mi cuerpo y convierte mi intimidad en tu juguete preferido para que jugar con el sea un placer para los dos y mientras, la banda sonora de mis gemidos te acompañará.
Déjame que saboree tu cuerpo, tu parte más sobresaliente, la que noto como va creciendo mientras te digo lo que te deseo.
¿Te animas?, ¿si? Pues empieza por donde tu quieras que desde ahora hasta que salga el sol soy tuya, solo tuya y me tienes a tu entera disposición.




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7

Aún recuerdo aquella habitación de hotel. Aquellas caricias tuyas no las podré olvidar.Todo empezó una tarde, un mes de Abril creo recordar.Hubo intercambio de palabras, de sentimientos y de mucho más durante todos esos años sin que nuestras miradas llegasen a cruzarse, pero lo que tanto deseábamos se hizo realidad. Entramos los dos juntos. Tú me mirabas con deseo y a mi me temblaban las piernas.Sin apartar tu mirada de mis ojos hiciste que me sentara en la cama, a tu lado.Me besaste. Tu beso me supo a gloria. Creo que es de los mejores que me han dado en toda mi vida, al menos es el que mejor recuerdo.Empezaste a desnudarme, sin apartar tu mirada de cada centímetro de mi cuerpo que quedaba al descubierto. Me sentía deseada y no puedo negar que me gustaba como lo hacías.Te tendí a mi lado y me dispuse a descubrir tu cuerpo. Cuerpo con el que tantas veces había soñado y el que tantas noches había besado en sueños.Era tal y como lo había imaginado.Mientras tú dedicabas nuestro momento a dejar marcada mi piel con tus besos yo cerré los ojos para no olvidar ese momento jamás en la vida.Te besé en los labios y te dije:“Perdona pero tengo que ausentarme un momento”Tú sonreías mientras yo bajaba por tu cuerpo acariciándolo con mi lengua mientras tu sonrisa se transformaba en gemido y tu cuerpo se estremecía de placer.Alcancé el punto que buscaba y el lugar al que tú deseabas que llegase.Lo lamí con ganas, con las ganas que había guardado durante todos esos años, mientras notaba como tu respiración cambiaba y tus ojos se cerraban abandonándose al placer que te provocaba lo que te hacía.Me volvía loca por sentirte dentro de mí, y no pude resistirme más.Quizás hubieras deseado que prolongara más mi ausencia, pero deseaba notar como penetrabas la humedad que me estabas provocando.Me subí encima tuya y con un suave movimiento de cadera conseguí que tu miembro entrase. Te fue fácil. Noté como sin dificultad llegaste hasta lo más hondo de mí.Te cabalgué con todas mis ganas. Notaba como disfrutabas y yo me excitaba por ello.Te sentía a punto y no quise que aguantaras.Noté como todo tu placer se derramaba en mi y eso hizo que me sintiera un poco mas tuya.Ni dos minutos pasaron cuando con una maniobra maestra me colocaste bajo de ti.Bajaste hasta donde momentos antes disfruté tu erección y acariciando mi clítoris con tu lengua, conseguiste beber de mi hasta saciar tu sed y mi pasión.Aún recuerdo aquella habitación de hotel. Aún conservo tu aroma y aunque el tiempo haya pasado y siga pasando mi piel seguirá llevando tu huella.




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8

Cuando estoy a solas el reloj de la pared de mi habitación ya no susurra ni habla ni respira.

Cuando estoy a solas, con las piernas enredadas entre mis sábanas y tu voz acariciándome los oídos al otro lado de la línea telefónica, tan sólo es el murmullo de mi respiración entrecortada el único tic-tac ahogado que retumba en mis sienes y que marca el ritmo del paso del tiempo.

Cuando estoy a solas tu voz es Dueña y Señora de mis deseos, y es capaz de endulzar la más amarga de mis tardes tan pronto como someterme a sus peores travesuras e ideas. Tus palabras resuenan en mi mente y en mi pecho incluso horas después de colgar el teléfono, estrictas, recordándome en lo que me he convertido que es, a fin de cuentas, lo que siempre fui. Tuya.

Cuando estoy a solas ya no soy esa mujer responsable que planea y prepara, que se apresura por no llegar tarde y que se esfuerza por resolver eficazmente los problemas. Ya no soy la que procura estar siempre en su sitio y que defiende sus ideas sobre todo y sobre todos, la que consigue tener bajo control cada situación cotidiana.

Cuando estoy a solas lo único que me apetece es modelar mis curvas y mi mente y convertirme en esa parte de tu alma que te hace gemir; transformarme en placer ( tu placer) y dedicarme íntegramente a lamer tus suspiros.

Cuando estoy a solas y escucho tu risa (grave, pausada, sabia) un cosquilleo recorre mi espalda y eriza mi piel desnuda sobre la cama. Me retuerzo y ronroneo abrazando la almohada y aguardo, atenta y obediente, durante cada uno de esos silencios que sueles adelantar a cada orden. Mis manos son las tuyas y se deslizan por mi vientre, por mi pubis, por mi alma, encadenándome aún más a ti; el sudor que cae por mi nuca es el calor que desprenden tus labios sobre mi cuerpo. Cuando estoy a solas y me ordenas " AHORA..." muerdo la almohada y el reloj de mi respiración también se detiene.



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9





Desde la atalaya de mi Mundo que es tu vientre, subo y sorbo y beso cada centímetro que lo conforma y asienta.

Y siento.
Siento tu respiración en él, acelerada por mi cercanía y el encuentro.
Y Encuentro. Encuentro la necesidad de rozarlo, de amarlo, de hacer mío el cuerpo que lo transporta, de unirme, de acercarme.
Y me acerco.
Rozándolo, mi índice se queda en retaguardia mientras yo, lentamente, me arrastro, camino de saliva que marca la pérdida.

Y me pierdo.
Deslizándome hacia el final de tu vientre, hacia el principio de mi locura, hasta la frondosa señal de llegada.
Y llego.

Mi nariz llega, mi boca se sonríe y se relame y yo, hipnotizado por el paisaje de tan preciosas lindes, voy absorbiendo los efluvios que tienes a bien, generosamente, ofrecerme.
Y fluye.
Mi lengua fluye. Y lame tu adorado bosque, cenit de mi vida, mi oscura obsesión, nuestra feliz encrucijada y tú te arqueas en una preciosa elipse.
Y me eclipsas.

Eclipsas mi cetro, reina mía, sol de mis días, que te señala mientras crece, erecto y me amorro al detalle sublime de tu universo, descuidando mi virtud en pos de tu centro.

Y me centro.
En tu calidez húmeda, me centro. Y relamo. Con soberana delicadeza, relamo el punto esencial de tu preciosa existencia y allí me quedo a vivir, donde la eternidad existe por un rato, mientras mi lengua, juguetona, crea música que mis oídos no pueden escuchar, bendito silencio, tapados como están por tus muslos aferrados a ellas, pero que tus movimientos, orquestarles y sensuales, consiguen hacerme intuir.

Y huir.
Huir cuando, a dulces y cálidos borbotones, tus gemidos se tornan fluidos y tu boca exige relamer tus propios restos de mis labios, siempre deseosos de complacerte.

Y me acerco.
Oyéndote, ahora sí, susurrarme caricias, me acerco.
Y me aproximo a tus valles, a las graciosas montañas que conforman tus pechos y hago un alto en mi viaje para contemplarte.

Y te observo.
Tu geografía en movimiento es mi Mundo en mayúsculas, quiero seguirte.

Y te sigo.
Y te resigo. Y vuelvo a enzarzarme en tu cuerpo, rozándote con mi lengua, recorriendo el camino de vuelta a tus labios dejando senderos de saliva y amor por tu cuerpo, que es mi patria. Mi dulce patria. Mi única patria.
Y concluyo la subida en tus labios.
Que beso.
Y que me besan.
A mí.
Me besan.
Y el pensamiento se disuelve y fluye y sólo queda la esencia del mismo;
El Mundo, mi Mundo, es un lugar maravilloso.
Y Mi mundo, mi bien, eres tú.




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10



No era la primera vez que la veía. Aquella tarde de verano llevaba un vestido adornado con motivos florales, la tela muy fina, que dejaba entrever la silueta de sus pechos, erguidos, sobre los que reposaba su pelo muy negro y rizado, que el viento mecía con delicadeza.
"20 euros por favor". La chica morena pagó el importe de la gasolina y se volvió hacia el coche, no sin antes devolverle una efímera y discreta sonrisa de soslayo, de esas que se dibujan en la cara de las mujeres que conocen los aspectos más indescifrables de la seducción. Mientras se alejaba, pudo mirar su cuerpo como otras veces, el movimiento rítmico de sus caderas, que suponían una incitación constante, como una danza salvaje y animal de algún lugar del planeta. Ella volvió a girar el cuello, mirando hacia atrás con aparente disimulo, mientras sujetaba con sus dos manos la manguera del surtidor, y la introducía lentamente en el depósito de su Wolkswagen rojo. Un litro, dos litros, tres litros… él casi podía sentir cómo el fluido iba pasando a través de las manos de ella, delgadas, pero que agarraban con firmeza la boca de la manguera. Estuvo durante medio minuto pensando en cómo sería el olor de su cuerpo desnudo, en una cálida tarde de agosto como aquella, las gotas de sudor recorriendo su piel morena, y pudo olvidarse un instante de todo lo que le asfixiaba, y de ese trabajo aburrido. Cuando ella hubo terminado, volvió a colocar la manguera en su sitio, se quitó los guantes de plástico con la punta de sus dientes y se frotó las manos con una servilleta de papel, pasándola por entre sus dedos, ceremoniosa. Desde el interior de la cabina acristalada pudo observar que era una mujer meticulosa, de esas que emplean la calma en todos los aspectos de la vida, regocijándose con frialdad en cualquier cosa. Tiró el papel a la basura y se dispuso a entrar en el coche cuando, de repente, cerró la puerta y miró por encima del techo, como si hubiese olvidado algo. Cerró con llave y se dirigió al lugar donde él se encontraba, donde acabada de pagar hacía casi un minuto. Caminaba con decisión pausada, segura de sí misma, sin retirar la mirada del cristal.
- Disculpe, caballero, creo que me he dejado el DNI.
Era cierto. Ni siquiera había reparado en que el documento reposaba sobre la repisa metálica, justo donde ella lo había colocado. Le observaba fijamente, con intensidad, mientras esperaba a que empujara el cajón metálico donde se dejan el dinero y la tarjeta cuando se paga en una gasolinera de autoservicio.
- Sí… Su DNI, está aquí… se lo iba a decir ahora mismo, que se lo había dejado olvidado… iba a llevárselo, porque no se puede ir sin documentación, ahora con el carné por puntos hay que tener cuidado, además nunca se sabe…
Accionó el mecanismo del pequeño cajón negro, ante la expresión de ella, casi cínica.
- Me parece que mejor me voy sin el DNI –dijo ella, esbozando una sonrisa.
El cajón se había encasquillado. Se puso nervioso y le propinó un par de golpes, pero no había manera. Le hizo un gesto, dándole a entender que no podía hacer nada. A las 9,26 de la noche aún había luz, pero la puerta del establecimiento estaba cerrada, por motivos de seguridad. Se puso nervioso, y no alcanzaba a adivinar por qué sus constantes vitales se aceleraban, y se le hacía un nudo en la garganta, que casi le impedía darle una explicación coherente. Ella miró de reojo su reloj fino de pulsera, con la correa de cuero, y le dio a entender que tenía prisa. Se dirigió hacia la puerta de la tienda y se quedó ahí parada, esperando a que él le abriera. Pero no podía ser, las normas decían que no podía abrir a esa hora salvo en casos de emergencia, y tenía que dar parte a la central de aquel incidente. Esperó unos segundos, empujando torpemente el cajón, y ella parecía impacientarse, con la misma mirada fija en él, en la que pudo adivinar un leve matiz de ira, sus ojos negros encendidos e intensos. Casi de forma automática pulsó el botón que tenía debajo del mostrador, y las puertas se abrieron. El aire entró en la estancia y le trajo de golpe un fuerte aroma a jazmín, mezclado con el olor de la gasolina y el suyo propio, tras una larga jornada laboral. Se quedó inmóvil, detrás de los botes azules de limpiaparabrisas, mientras ella se acercaba parsimoniosamente, con la expresión divertida, consciente de lo extraño de la situación. Puso la mano boca arriba en la encimera.
- ¿Me lo das o no? –le dijo sin mirarle, mientras tomaba una barrita de chocolate que se metió en la boca, inmediatamente, después de quitar el envoltorio de manera delicada, con los dientes, como hacía unos minutos se había desprendido del guante de látex. Él cogió el DNI y lo colocó encima del mostrador, y no tuvo tiempo de apartar la mano cuando ella ya había posado la suya, mirándolo fijamente, como siempre lo había mirado desde que tenía por costumbre ir a echar gasolina a esa estación de las afueras. El tiempo pareció congelarse en ese instante. La mano de ella comenzó a ascender por el brazo de él, fuerte y muy moreno, mientras mordisqueaba la chocolatina con lascivia. Él hacía rato que tenía sus ojos y su mente puestos en la seda de su escote, donde podía ver ahora el inicio de unos pechos oscuros, mientras ella se inclinaba hacia delante.
- Me gusta cómo te queda esa camisa azul claro, realza el color de tus ojos verdes, y tus brazos, morenos y fuertes. Es una pena que ahora todas sean de autoservicio, me gustaría ver cómo pones la gasolina, me gustaría que me pusieras siempre la gasolina. ¿Me harías ese favor? Sé que es un capricho, pero será mi pequeño privilegio.
- ¿Privilegio? ¿Qué le hace pensar que iba a concedérselo, señorita?
- Por favor –dijo cínicamente-. He notado cómo me miras cuando me acerco a pagar. Me miras los pechos, con lujuria, comiéndotelos con la mirada, y cuando me doy la vuelta me desnudas con los ojos, te imaginas mi cuerpo sin ropa, entregado a ti.
- ¿Pero que está diciendo? Yo… -balbuceó con dificultad-.
- ¿Quiéres ver mi cuerpo desnudo?
No hubo terminado la frase cuando se soltó una de las finas tiras del vestido, dejándola caer despacio desde su hombro izquierdo. Después el derecho, dejando a la vista de él sus dos preciosos pechos, de pezones morenos y puntiagudos, mientras daba la vuelta al mostrador y se desprendía de toda la ropa, quedándose únicamente con un pequeño tanga blanco de encaje.
Se agachó, abriendo sus piernas, y desabrochó lentamente, con la boca, los botones de su pantalón, quedando ante sus ojos un enorme y ancho pene, que parecía a punto de estallar. Lo cogió dulcemente pero con firmeza, como hacía con la manguera, y comenzó a acariciarlo de la base a la punta, con suavidad, con la punta de sus dedos.
- ¿Quieres que me la meta en mi boca? Sólo si me prometes que me concederás ese privilegio. Será nuestro pequeño secreto. Odio mancharme las manos con esa sucia manguera…
Comenzó a lamer de arriba abajo el miembro de él, firme y erecto, al principio lentamente y poco a poco con más fuerza, mientras se acariciaba su propia entrepierna, abierta y húmeda, a un palmo del suelo. Él no decía nada. Se encontraba sumido en la excitación y la sorpresa, y sentía cómo los labios y la lengua cálida de ella se deslizaban una y otra vez. Bajó la persiana metálica para no conceder un espectáculo gratuito a algún cliente ocasional, pero ella paró de repente, volvió a subirla y le dijo:
- Quiero que nos vean. Quiero que vean cómo te comes mi coño.
Se apoyó en el mostrador y abrió sus piernas, retirando a un lado la fina tela del tanga y agarrando la cabeza de él, que lamió su rajita como quien degusta un delicioso manjar. La tenía casi depilada, sólo con un estrecho hilo de pelo negro, que besó con desesperación, hipnotizado por el intenso olor a hembra mezclado con el jazmín. Metía su lengua una y otra vez, y mordía con cuidado la bolita, erguida y dura, de ella, que se estremecía de placer, arañándole la espalda. Acto seguido se puso en pie, le dio la espalda, apoyó sus brazos en la mesa y abrió sus piernas, dejando a la vista la imagen de su cuerpo desnudo, su coño muy abierto, como un apetitoso marisco. Él estaba a punto de reventar, y la penetró hasta el fondo, mordiéndose los labios, casi con furia, mientras amasaba con sus dos manos los pechos de ella, duros y empapados. Comenzó a embestirle como un toro embravecido, lamiéndole la nuca y los hombros, pasando la lengua por toda su espalda, al tiempo que entraba una y otra vez en ella, sintiendo su vagina templada y húmeda, sus espasmos de placer, arañando con las manos los brazos de él, que la sujetaban con firmeza y la aprisionaban como en una trampa maravillosa. Tuvo hasta tres orgasmos seguidos, antes de que él parase y ella se colocara en el suelo, de rodillas, sujetando con las dos manos su miembro caliente y durísimo, que se metió en la boca. Apenas bastaron un par de segundos para que sintiera cómo se hinchaba entre sus labios ante el paso del abundante caudal de placer, que regó su cara lasciva y traviesa, como si fuera la primera vez, como una ingenua adolescente en celo. Se relamió satisfecha, y volvió a mirarle, extasiada, con la misma mirada fija e intensa de siempre, con una media sonrisa juguetona y agradecida. Tomó su vestido del suelo, se secó el cuerpo con una toallita fresca que cogió de una estantería, y se vistió lentamente, con la mirada fija en los ojos de él. Se volvió a colocar el bolso, y entonces él pudo observar una marca de color morado intenso, como un ataque de un león furioso y salvaje, que le recorría el hombro izquierdo. Le había mordido, ebrio de placer. Quiso articular palabra, pedirle una tímida disculpa, pero ella no le dejó. Se giró en dirección a la puerta y, debajo del umbral, le miró por encima de su maltrecho hombro, tranquilizándole con la misma sonrisa de siempre, la misma mirada intensa e inteligente:
- ¿Mi hombro? No te preocupes, me pondré un chal de seda, aunque estemos en verano. Por cierto, me encantan tus artículos, una lástima que tu trabajo esté tan mal pagado y tengas que ganarte la vida en una sucia gasolinera apartada. De todos modos, creo que deberías luchar por tus aspiraciones, y seguir intentándolo. Cuando vuelvas a escribir, llámame, te he dejado mi número de teléfono escrito en la mesa, junto al DNI. Por cierto, puedes quedártelo. Está caducado.
Buenas tardes.





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11



Él se llamaba José María. Él, Mahamadou. Uno era de Madrid, el otro era de Mali. Uno blanco como la leche, el otro negro como el corazón de los hombres en estos tiempos intolerantes que corren. A simple vista no tenían mucho que ver y probablemente jamás habrían llegado a conocerse de no ser porque eran compañeros en un club de fútbol de renombre y tenían que convivir a diario, entre entrenamientos y tácticas.
Ambos jugaban en una posición en el campo parecida, por lo cual José María, el más veterano, se sintió en cierto modo desplazado cuando su equipo fichó a su competidor en color ébano. Y más aún con el dineral que había costado. Los celos y la desconfianza en su nuevo compañero eran algo inevitable en José María, por mucho que de cara a la prensa manifestaran que "cualquier refuerzo era bueno para el equipo". Pero, sin embargo, con el paso de las jornadas se fue viendo que Mahamadou no era el sustituto de José María sino que vino para complementarle, para hacerle mejor jugador.
Era una pareja imbatible, y de este buen juego que cada uno sacaba del otro, pronto surgió una buena amistad entre ellos. Tan cercanos se volvieron que incluso algunos compañeros de equipo, como Ruud, Iker o Sergio llegaron a sospechar que tras esa amistad de escondía algo más. Sospechas que quedaron confirmadas una tarde lluviosa de domingo: su equipo no estaba teniendo una buena tarde, y Mahamadou había sido expulsado a poco de comenzar el partido. El tiempo pasaba y, viendo que el equipo no carburaba, el entrenador decidió sustituir a José María, ante el enfado de la afición. Pero, sin embargo, él no parecía enfadado, y es que su mal juego esa tarde había sido intencionado: quería estar a solas junto a su compañero de mediocampo.
Al entrar en el vestuario y encontrarle allí, con su kilométrica extensión colgando, José María (un hombre casado y con hijos) no pudo contenerse y dijo: "REVIÉNTAME EL OJALS, NEGRO, QUE QUIERO CAGAR PELOS". A partir de ahí, sucedió lo que tenía que suceder y el vestuario se tiñó de color merengue por doquier. Sin embargo, lo que parecía una idílica relación acabó por descentrar a la pareja de mediocentros (qué ironía) y su juego se resintió (José María constantemente aducía lesiones rectales para no jugar), tanto que cuando llegó la siguiente temporada el presidente decidió vender a Mahamadou a un Tercera División esloveno, dejando solo al pobre José María sin su compañero de juegos, que tan bien le (com)penetraba. Y sin su mujer, una famosa y sexy presentadora de televisión que tras hacerse público este romance decidió dejarle y lanzarse a la vida alegre, saliendo a diario por discotecas fashion y fornicando alegre e indiscriminadamente con jovencitos y jovencitas. ¿Despecho? ¿Liberación? A saber. Si queréis se lo puedo preguntar en cuanto ella salga de la ducha. Ji.





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12



AHORA




Ahora... y no después…quiero perderme en tu beso
- violento sangrante dulce profundo.-
Ahora... y no después…quiero descubrir tu cuerpo
- completo caliente suave infinito.-
Ahora... y no después…quiero encontrar tu espíritu
- sincero brillante indomable mágico.-
Ahora... y no después…

…quizás también quieras…

…ahora…

…y después.


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13

- ¿Panzoni, tú has leido algún poema alguna vez?
- ....
- (Jejej, mira al Panzoni... cómo agarra su cerveza de litro como si se la fueran a quitar).
-¡Síii! Una vez, uno... de... "Fuckowsky".
- Será Bukowski...
- Algo de eso.. Hablaba de una coño. Joder.. ¡qué morbo!
- ¿Pero de qué iba?
- No me acuerdo bien... Pero me lo leí entero. Venía la palabra "coño" impresa trescientas veces.. Me imagino al ... ¿cómo es?...
- Bukowski.
- ... Me imagino al Bukowski ese, ya mayor, así con pinta de escritor, ya sabéis.. Con gafas de intelectual, así todo formal y aburrido, pero a altas horas de la noche se transforma, y escribe sobre coños y cosas por el estilo... El tío entonces se empalma... Jaja... Como un caballo. Debía tenerla enorme... Y entonces llega la secretaria jovencita, rubia, con minifalda, y él se la saca y se la cepilla mientras escribe al mismo tiempo como un loco.. ¿Os imagináis su letra? Con altibajos más pronunciados en los momentos de mayor "inspiración"... Jaja... No se entendería nada... Lo que pasa que al pasarlo a imprenta, ya no se notaría.
- Normal... A menos que el de la imprenta se estuviera follando a una morena en el momento de la impresión del libro...
- A lo mejor así el Panzoni entendería mejor los libros, al estar esa escritura más caótica cercana a la esencia básica animal.
- A lo mejor esta noche vuelves mejor escocido, al estar mi nabo más cercano al ojete de tu culo.
- Jaja, ¡qué cabrón!
- Se echa de menos al Miler. Él seguro que ha leído el poema ese de Bukowski.
- ¿quién es El Miler?
- Es el tío ese de gafas que saludé el otro día, ¿recuerdas? Yo lo conozco desde pequeño.. Es todo un personaje. El tío flipa con Henry Miller, se ha leído todos sus libros, ¿no? Pues a veces lo veo y creo que vive como él, o al menos se mueve en los mismos ambientes... El tío se droga, vive al dia y folla en los servicios, pero siempre habla con propiedad, parece a la última corriente en todo. Con sus gafas de pasta, y sus movimientos pausados, el tío resulta muy convincente, aparentemente, pero por debajo es caótico, se mueve a impulsos. La otra noche, por ejemplo, en plan de tranquileo, estábamos hablando de literatura y de viajes, porro va porro viene. Estaba también el nieto de este escritor famoso, malagueño.. ¿cómo se llama?.. Bueno, no recuerdo. El Miler parecía saberlo todo, como siempre. Te hablaba de cualquier autor, pais, de cualquier libro, lo que sea, pero eso sí, las copas y los porros rulando como locos. En esto llegó una china, una chica de la China, quiero decir. No sé de donde salió, la trajo un tío largo con aspecto de escocés, me parece, y eran del Erasmus, creo recordar... Pues bien, nos fuimos todos a un bar y el Miler este le ofreció una raya a ella y acabó follándosela en el servicio (además corroborado porque los sorprendieron). A mí no me extraña nada. La china esa estaba buena, pero tenía aspecto de desquiciada, no paraba la vista quieta en ningún sitio más de dos segundos. Era un garito peor que el del Fuqui, tios... Es como follar en un estercolero, en medio de ratas...
- Bueno, bueno, ya será menos... No te metas con mi garito, tío... Además eso tiene su encanto... Lo que tiene más delito de todo es follar sin echar el pestillo, eso sí que es de mal gusto...
- Al Miler ese lo he recogido más de una vez, amaneciendo en la Plaza de la Merced, cubierto de palomas o estorbando a los servicios de limpieza, como un zombi, o con la nariz rota, incluso, una vez tirado en una esquina de calle París.
- Tráetelo un día, y nos partimos el culo...
- Por mi genial, pero no intiméis demasiado, no vayáis a terminar en la cama con gonorrea...
- Que nos la pase, yo nunca he follado con una vasca...
- Jeje, qué malo... Panzoni, ese es otro que folla más que tú...
- Pero seguro que con menos polla.
- Yo ya había oído hablar de él. El Tronchi me contó que ha coincidido con él varias veces por ahí, de marcha. Un día fueron los dos solos a la curva porque él se empeñó en tirarse a una negra. El Tronchi esperaba fuera del coche y dice que ahí se dió cuenta de lo viejo que era. Dice que los amortiguadores estaban hechos polvo y sonaban como una cama vieja. Jeje.. Me rio porque dice que aparcó justo debajo de una farola y se veía todo. La gente que pasaba con el coche aminoraba para mirar el espectáculo. La negra dando botes encima del Miler, en el asiento de atrás, como una loca... El coche no es gran cosa pero dice que el techo acabó un poquillo abollado, y no es coña.
- Con razón veía ahora yo a las putas con casco de ciclista...
- Jeje, y después, mientras ella se ponia las bragas fuera del coche, y supongo que con dolor de cabeza, él le dijo al Tronchi que subiera corriendo, se puso en el puesto del piloto y salieron de allí zumbando... Un "simpa" en toda regla, conduciendo el Miler con los pantalones bajados y el condón puesto.
- Debe estar zumbado realmente... Conducir con condón me parece ya llevar el tema de la seguridad a lo demencial...
- Pero ahí no acabó la cosa, porque después el Miler tuvo remordimientos y volvieron para pagarle, pero en varias horas no la encontraron... El Miler acabó la noche suspirando y llamándole "Mi negrita".
- ¡Jeje, buena historia, MacFlai!.. Hablando de buenas historias, os recomiendo el relato de La máquina de follar, es buenísimo... Es de Bukowski, por cierto...
- Bueno, si acaso después... Ahora es feria y hay que fornicar, nada de leer... No distraigáis vuestra mente de ... "Lo Único".
- Pues... Lo mismo tiene su sentido... Lo leemos primero, y luego se pone en práctica, ¿no?
- Hablando de ferias y de máquinas de follar, ¿sabéis qué le pasó la feria pasada al Armani?
- ¿Quién es el Armani?
- Tú no lo conoces porque esta feria no se le vé el pelo, pero era habitual de las ferias, no faltaba ni un año. Daba asco, el tío. Es alto, moreno, ojos verdes, con un porte y elegancia impolutas y sonrisa automática, cautivadora, según ellas. Las tías siempre le entraban, varias en la misma noche. Ya sabéis que en feria es el único momento del año, junto con nochevieja, donde a veces las tías entran... Es algo que debe estar escrito en algún lado.
- Es un manual secreto enterrado en una isla desierta que sólo conocen las tías...
- Sí, y el plano lo tienen escondido en el fondo del coño.
- Este Panzoni siempre tan poético...
- ...Y más desde que lee a Bukowski.
- Bueno, pues como sea, la cosa es que tú al final te quedas como un tonto mirando y encima dándole consejos, porque el tío al principio no sabía qué hacer, nos preguntaba todo, incluso si a la pava la veíamos bien, si estaba buena.
- Pero eso fueron las primeras ferias, después él cogió seguridad y ya era el rey indiscutible, de acá para allá con las mejores chorbis y tú ahí sacándote los mocos. Después hacíamos recuento y él nunca bajaba de los 10 casquetes.
- Si... El hijoputa me decía a mí que era como La Tierra porque lo mío eran siempre dos casquetes como mucho y probablemente muy fríos...
- ¡Jaja, no contéis esos chistes delante del Panzoni, así sin subtitulos ni nada, que no se entera...!
- ¿Y si os ensarto a todos por el culo, cual pincho moruno, os "enterararíais"?..
- ¡Jeje, joder..! ¿Vas por el tercer litro ya, Panzoni?
- Bueno, ¿vais a contar de una puta vez lo que le pasó la feria pasada al Armani o no?
- Creo que se le puso mala la madre, ¿no? Estuvo meses sin dar señales de vida.
- Ya... Los cojones... Esa fue una versión que se dijo para los pardillos, pero yo sé muy bien lo que pasó, porque lo que pasó realmente es que tuvo un incidente con un tipo que fue compañero mío en guitarra y me lo contó todo.
- Yo sé también lo que pasó, pero quizás no deberíamos contarlo, MacFlai...
- Y una mierda. Esas cosas se cuentan. Yo creo que pasan nada más que con el objeto de que se cuenten, son para descojonarse por el resto de siglos, eras y eones...
- Pero vas a derribar el mito, es nuestro Dios...
- Pues será nuestro Dios hasta cuando pasó lo que voy a contar. Se lo merece. Si ha podido levantarnos una tía, lo ha hecho siempre, ¿no? A mí su reputación me la pela...
- ¿Qué decis de una "repuuta" en "acsión" que la pela? ¿"Cuántozz" cobra?
- Panzoni, calla ya, hombre... ¿Llevas ya 5 litros..?
- ... No, "dllevo sinco" o no "recueddo" muy bien...
- ¡Joder! Bueno, la historia es simple. Le partieron la nariz y acabó haciéndose la estética, como una guarra folclórica. Pero lo mejor fue cómo se la partieron, porque el chaval este me contó que estaba en un bar, ya eran casi las 7 de la mañana y empezó a sentir un refregón por el culo, de una cosa más o menos dura, y se dió la vuelta y se encontró con el Armani empalmao, poniéndose verde y de todos los colores. Porque por lo visto le había confundido con una tía. Aquella noche el hombre no había mojao, como era su costumbre. Ese día por lo visto tenía un herpes en un labio y no se le acercaban. Al final cayó más bajo que un borracho viejo verde. El tío este es un heavy de los buenos, de pelo largo muy moreno y lacio, así como los chinos estos de la mafia, y encima tiene un culo respingón, que yo se lo he visto, (aunque con el mismo efecto que una barra de hielo para mi líbido, que quede claro), y también tiene una gran habilidad para estampar jarras de cerveza en pleno rostro a quien lo merezca.
- Jaja, qué bueno... ¿Y tú qué, MacFlai, no has quedado con la Sonia y la Patri, so guarrón?
- ¡Qué va!... Están en un plan que dan asco... Todo el rato tonteando con tíos distintos para follar... Son lo peor, unas malas putas, paso de ellas...
- Pero están buenas, y si tú quisieras repetías con ellas, tú lo sabes.
- Ya, pero paso de ese rollo... ¡Joder!... Si sólo hablan contigo para llevarte a la cama... Así ya da asco... Oye.. qué buena está esa tía de ahí, la del vestido blanco... Me la follaba hasta por las orejas.
- Las tías con vestido nunca entran a garitos como este.. Prefieren los pijis...
- ¿Para mañana avisamos al Pedro?
- ¡Joder..! El Pedro... No sé.. Ese tío es muy raro y no sé si un poco gilipollas.. Al salir ayer me dijo algo así como que el sentido del humor era lo único que nos libraba de la mediocridad, el tío subnormal...
- Si... No sé de qué va... A mí el otro día me llamó troglodita, por toda la cara, pero bueno... (en tu caso se trataría de una definición, no de un insulto, Panzoni, ¡Joder! Ya ni habla...)
- Pues mejor, avisalo, y así nos partimos el culo todos de él.
En ese momento salí del servicio. María justo había salido delante mía y se fue cruzando entre medio del grupo, sin decir nada. Ella había estado cuidando de mí, mientras se me pasaba el mareo, y reposaba sentado en el báter, despues de vomitar 3 veces. Ahí, inmóvil y esperando que cesaran los sudores fríos, las voces de mis amigos sonaban como una voz en off que me permitió pensar con mayor claridad.
- Tío, Fran, ¿pero qué hacías ahí? No sabíamos que habías salido hoy... ¿Qué es de tu vida?
- Joder, igual que el Miler.. ¡Qué monstruo...!
- ¡Qué cabronazo! ¡Dos horas ahí "dalequetepego"!
- Fuqui... una cerveza para este hombre, que yo invito... Tú ahora te quedas con nosotros y nos lo cuentas todo con pelos y señales...
La noche se alargó varias horas más, en torno a las cervezas. Nadie se fijó en que yo siempre tenía la mía por el principio, sin beber nada, absortos todos en mis palabras... Decidí inventarme una última historia absurda, antes de perder de vista aquel garito por un tiempo. Por cierto, María es sólo una amiga.

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14

No habian tenido el mejor de los viajes. En realidad habia sido un desastre, una travesia por el infierno aderezadacon gritos y silencios a partes iguales. Una odisea capaz de terminar con una relacion o de fortalecerla. Segun las estadisticas, existian mas probabilidades de que todo terminara con un triste y solitario adieu, y todo hacia pensar que aquella, seria una mas de aquellas parejas que terminaban con su historia en comun tras unas vacaciones que no habian salido como lo esperado. Ella limpiaba la cocina, mientras el meditabundo contemplaba el televisor, sin prestar atencion a las tristes noticias de siempre. Tenia la mente en otro lugar, muy lejano, anclado en el pasado, repleto de momentos intimos acaecidos en ese mismo sillón desde el que, impotente, veia a su mujer trabajar sin descanso, liberando asi la furia que la carcomia. En su mente, las imagenes de pasión, se tornaron en otras de desesperacion, en las que su amada, se alejaba de su lado cada vez más, hasta fundirse con el horizonte. Llegado a ese punto, se dijo que no podia dejar que en unos dias, se echara a perder lo que habian construido juntos durante meses. Con paso decidido, y aliviado, pues sabia qué hacer, entró en la cocina. Su mujer terminaba de lavar la fuente de los macarrones de la cena. El suave pelo negro caia en cascadas por su espalda, ocultando gran parte del ajustado top que habia llevado durante el viaje y que delineaba sus sinuosas curvas, que tanto le gustaba acariciar. Se acerco lentamente sin hacer ruido. Acerco sus labios a su oido y le susurro: - Lo siento, he sido un estupido, no soporto estar asi contigo, te quiero. La hasta entonces tensa figura de ella, se relajo, y bajo los hombros receptiva a los besos de su marido, que pronto los recubrio de besos suaves. Sus manos se apoderaron de sus caderas y las atrajo hacia si, mientras sus labios iban dirigiendose a la nuca de su amor, que dejo la fuente en el fregadero, presa ya del incipiente placer que nacia en su bajo vientre. Apoyo sus manos en el borde de la pila y se dejo querer. El no cesaba de besarla y tocarla, colmandola de cariño. Su top pronto se perdio en el interior de la habitacion de al lado, lanzado en un arranque de frenesi por su amado, que la volteo hacia quedar cara con cara, pecho con pecho, sexo con sexo. Se abrazaron como si fuera la primera vez. Las lagrimas de él, surcaron sus mejillas mientras con un prolongado beso, expresaba todo lo que no podian sus palabras. Ella fue secando sus lagrimas, beso a beso. Se miraron fijamente y por primera vez en muchos dias, se sonrieron. Sus fuertes manos, la alzaron hasta colocarla sobre la pila. Ahora sus pechos quedaban al alcance de su glotona boca, que no tardo un instante en hacerse con sus pezones, para jugar con ellos hasta saciarse. Sus dedos contorneaban su estomago, acercandose al monte de venus, aun cubierto por una inoportuna falda, que no tardo en bajar, ayudado por ella, que, libre de tan inconveniente prenda, abrio sus piernas para alojar entre ellas a su amor. Pero este aun permanecia en sus senos,lamiendolos ritmicamente hasta que se pusieron bien duros. Entonces, con su lengua fue lamiendo lujuriosamente su pecho, bajando por su estomago, hasta llegar a la selva que precedia a la gran cueva de su amor. De un salto, atraveso el rizado bello, y cayó en medio de sus labios, introduciendose ligeramente en su vulva, pero lo bastante como para arrancar un gemido de ella. La lengua trató de zafarse de los labios que lo empujaban hacia el interior de la calida caverna, pero por mucho que se movia, no podia salir de alli. A medida que se hundia, ella se iba retorciendo de placer mas y mas, hasta que no pudo aguantar mas. - Te quiero dentro de mi- grito ciega de gozo. Solicito, él se incorporo. Acerco su miembro ya duro a su vagina, y lentamente fue abriendola centimetro a centimetro, sintiendo como esta lo engullia en sus entrañas, de las que no lo dejaria escapar. Una vez estuvo todo su pene dentro de ella, sus lenguas se entrelazaron en un salvaje juego de dominacion, que termino ganando ella, pero poco le duro la victoria, pues cuando él comenzó a sacar su pene de ella, para volver a introducirlo con mas fuerza aun, su boca se abrió en un quedo gemido, que se mantuvo durante unos segundos interminables, que terminaron cuando, tras la explosion de placer de su amor en su interior, le sobrevino el orgasmo mas intenso que habia sentido jamas.

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15

Dark llegó al hotel un día antes del inicio de la convención, e hizo su trabajo. A las ocho de la tarde todo estaba preparado. Las conexiones inalámbricas del hotel configuradas y funcionando. Cortafuegos y antivirus comprobados. Él era el responsable de todo aquel tinglado informático y durante aquellos tres días no quería un solo error. Pero todo aquello no empezaría hasta mañana. Así que decidió aliviar toda la tensión acumulada durante el día en el gimnasio del hotel, una hora de ejercicio y unos cuántos largos en la piscina le ayudarían a descansar mejor esa noche.
Julia llegó sobre las cuatro de la tarde. Sólo tenía veintiocho años, pero sus compañeros la habían elegido cómo oradora principal del "XXX Congreso de Odontólogos de España", todo un honor y toda una responsabilidad. Subió a su habitación, diez minutos después se encontraba frente a su portátil repasando por enésima vez su discurso inaugural. Cerca de las nueve, se convenció a sí misma de que ya no podía hacer nada más, así que decidió dar el trabajo por terminado y buscar algo en lo que entretenerse un par de horas antes de irse a dormir.
Julia deambula por el hotel sin un rumbo fijo, sus pasos la llevaron hacía una gran cristalera que daba a la piscina climatizada del hotel. En ese momento y por la puerta que conducía a la piscina desde el gimnasio una figura sudorosa entró en el recinto. Parecía distraído, inmerso en sus propios pensamientos, mientras se secaba el sudor con una toalla. Se dirigió hacía una de las duchas, la abrió y dejó que el agua comenzara a recorrer su cuerpo. Julia lo observó: tenía el pelo negro y largo, dos o tres dedos por debajo de los hombros, y un cuerpo bien cuidado, abdominales marcados y brazos y piernas bien definidos, pero nada de formas exageradas, sólo un chico al que le gustaba cuidarse. Sí un buen cuerpo decidió Julia. Comenzó a desear que aquellos brazos la rodearan. Sonrió para si misma, cuando de repente, al mirar su cara más detenidamente, le resultó familiar. Ahora salía de la ducha y se dirigía hacía las taquillas de uno de los fondos. No conseguía volver a ver con claridad su cara, pero cada vez estaba más segura de que conocía a aquel hombre, que en ese momento se recogía el pelo, mientras se ponía un gorro de baño y se lanzaba de cabeza a la piscina. Julia contemplaba cómo hacía un largo tras otro largo, con una brazada rítmica y poderosa. Mientras su cabeza no hacía otra cosa que intentar situar aquella cara en algún otro tiempo, aunque cada vez ese empeño era un poco menor y un poco mayor el ensimismamiento que le producía el ver los músculos de su espalda contraerse y estirarse con cada brazada. El deseo crecía y crecía.
Dark, apenas había reparado en la figura femenina que lo observaba a través del cristal, pero al salir de la ducha se dio cuenta que aún seguía allí. Mientras se ponía el gorro de baño, lanzó una rápida mirada y fue él quién la estudió en ese momento. Una chica joven muy atractiva, de generosos pechos, cabello rubio, largo y rizado, vestía un bonito vestido color crema, ceñido y corto, que dejaba al descubierto sus hermosas piernas, las zapatos con un ligero tacón completaban el hermoso cuadro. Justo antes de lanzarse al agua, le dirigió otro vistazo y en ese momento: la reconoció. Era la chica de ojos verdes del año pasado, la de las mirada furtivas que apenas duraban un segundo, antes volver sus mirada hacia el orador de turno. Rápidamente buscó un nombre en su cerebro, estos se sucedían en su cabeza a un ritmo vertiginoso, de repente se detuvo en uno y cómo si de una ficha, con foto incluida, en una pantalla de ordenador se tratase, la encontró, era ella: Julia. Y sintió que ahora era poseedor de una generosa y total erección.
Veinte minutos después seguía allí. No había parado de mirarla cada vez que sacaba la cabeza del agua y sus pensamientos ya iban muy por delante de los acontecimientos. No sabía porque ella no dejaba de mirarlo, pero se proponía averiguarlo.
Julia no era del todo consciente de que seguía con su mirada fija en él. Así que cuando él sonrió y la llamó por su nombre se sobre saltó. Entonces recordó: el informático. Maldita sea, era el mismo chico al no había dejado de mirar cada vez que se cruzaban por cualquier pasillo, o en mitad de alguna conferencia. No recordaba que se hubieran dirigido más de veinte o treinta palabras en tres días. Aún así él recordaba su nombre. Su nombre… Decidió que no importaba, ella ya tenía otras ideas en mente, para las cuales no hacía falta un nombre. Decidió poner en práctica todas las ideas que le rondaban la mente cada vez que lo miraba el año pasado.
Dark intentó hacer un par de bromas. Ella sin embargo se limitó a recordarle que se encontraba en traje de baño y que estaba dejando un enorme charco de agua fuera del recinto de la piscina, así que, directamente, le ofreció subir a su habitación a secarse.
El pequeño pasillo de la habitación les sirvió cómo primera parada. Comenzaron a besarse nada más cerrarse la puerta. Eran besos intensos, feroces, se besaban mientras sus manos recorrían sus cuerpos. Julia contra la pared, clavaba sus uñas en su espalda, intentando atraerlo más hacía ella, incluso cuando ya no había distancia lo seguía intentando. Entonces se descalzó en un solo segundo y comenzó a trepar por las piernas de Dark, las cruzó sobre su cintura y comenzó a agitarse. Dark la sostenía firmemente con sus brazos contra la pared y la empujaba suavemente hacía arriba cada vez que sus sexos se rozaban, cada vez de forma más frenética.
Julia apoyó sus pies en las caderas de Dark y los deslizó hacía abajo, llevándose a la vez el bañador de este, que quedó completamente desnudo. Julia volvía a estar sobre el suelo de la habitación, pero su mente estaba totalmente concentrada en el cuerpo de él, mientras le mordisqueaba el cuello y el pecho buscó con su mano el miembro, completamente erecto de Dark y comenzó a acariciarlo. Mientras él, se dedicó a hacer desaparecer de escena toda la ropa de Julia.
Mientras se acariciaban íntimamente, Dark describía breves círculos, con su lengua sobre los pezones de sus pechos, sentía su rigidez y notaba la piel erizada en todo el cuerpo de ella. El deseo los empezaba a devorar por dentro y sus movimientos sobre la cama y sus caricias, eran cada vez más rápidos, más rápidos, más rápidos. Los besos casi habían sido sustituidos por los jadeos y ella le instó a que era el momento de sentirlo dentro de ella. Él la complació. Volvieron los besos, mientras buscaban acompasar el ritmo de sus movimientos y una vez encontrado, ya no hubo prisa. Volvieron los jadeos de placer y sus cuerpos se movían al unísono. Se sucedían las vueltas sobre la cama, el intercambio de posiciones y su respiración se hizo más agitada. Dark la hizo girar sobre si misma e incorporarse sólo hasta la altura necesaria. La volvió a penetrar y ella gimió de placer, de nuevo buscaron el ritmo adecuado y los gritos y gemidos de placer no cesaron hasta el clímax final. Al menos de momento, porque la noche aún era joven y ellos no tenían ninguna intención de que acabara. La observó completamente desnuda y tan hermosa como era y sin pensarlo dos veces descorchó una botella de champán y lo derramó sobre su cuerpo, ella comenzó a reír y él a beberlo sobre su cuerpo.