viernes, 20 de julio de 2007

LA MALA SUERTE

Hola a todos y a todas. Hoy como estaba previsto pasamos a publicar los textos que nos han sido enviados. A pesar de ser 26, los /las participantes que en un principio se apuntaron, solo hemos recibido 17 textos (que no está nada mal)
Antes de que paseis a leerlos os refresco un poco la memoria con lo que teneis que hacer.
Primero, leer los textos, claro está xDD. Una vez leidos, teneis que votarlos. ¿cómo? Pues mandareis a nuestro correo vustras votaciones. Se harán de la siguiente forma.
Al texto numero ( x) le doy 5
al texto numero (y) le doy 4... y así hasta 1. Hay que repartir todos los puntos (en total 15) ¿no os recuerda esto a eurovisión? ja ja.
El número del texto es el que se encuentra justo encima del mismo, no debajo. vale?
Con cualquien duda mandad un correo que os ayudaremos gustosas.
Acordaros también de que las votaciones serán hasta el jueves próximo, es decir, 26/07, ya que el 27 se propondrá nuevo tema.
Teneis que recordar que no vale votarse a uno mismo. ok?
Creo que no se me olvida nada. Sólo desearos mucha suerte y sobre todo que lo paseis bien.
Ah, una última cosa. Los que no han enviado texto no podrán votar, ya que están fuera de concurso. Lo sentimos mucho, porque no sabemos el por que ha sido así, pero las normas las establecimos así, y se han de cumplir.
Suerteeeeeeeeee.
La Rizos os manda besos. Ahora mismo se encuentra ausente indagando por ahi cuel puede ser el próximo tema. xDD
Besos para todos/as.



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1


Papi, hoy he visto un gato negro. Lo intenté coger, pero trás arañarme los dos brazos se me ha escapado.De regreso a casa, no pude esquivar una escalera y al pasar por debajo me golpeó algo en la cabeza. Un señor en lo alto de la misma arreglaba un letrero de la fachada y se le debió de caer algo. La cuestión es que ni se enteró.Por culpa de eso y de ir mirando para atrás, he pisado y roto un espejo precioso que había en la acera en un puesto de los hippies. No me he cortado mucho, pero el médico me ha dicho que la cicatriz la tendré al menos durante 7 años. Eso me pasa por llevar sandalias. Además lo tuve que pagar.Al asusterme con lo del espejo dejé caer mi bolso al suelo, y sin darme cuenta me ha desaparecido el monedero, así que para pagarlo tuve que pedir dinero prestado a un amigo que vive por ahi cerca.Con el pie dolorido, debiendo dinero por algo roto, y un mosqueo de campeonato contunúo la vuelta a casa y con lo grande que es nuestra calle, pasan dos pájaros y uno me “caga” encima. Rebusco en mi bolso, pero no encuentro clinex, así que me limpié con los dedos. Total, ya estaba cerca de casa y me iba a poder lavar. Además no me creía con tiempo de que me pasara algo mas.Y ahora que estoy aqui, me dices que hoy a corte de agua general por lo de la sequía.

Papi, ¿que día es hoy?

-Viernes 13, ¿por qué?




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2



Nadie me lo dice abiertamente, pero yo nací con suerte.
Mi familia gozaba de una buena posición; y a mí y a mis hermanos nunca nos faltó de nada. Adinerados como eran, mis padres nunca rehuyeron sus deberes como tales; y rarísima era la noche en que no nos leían un cuento, como tampoco dejaron de sonreírnos, abrazarnos y, en definitiva, querernos y educarnos siempre.
El colegio también me gustaba, ¿veis la suerte que tuve? Mis compañeros me apreciaban, sacaba buenas notas sin esfuerzo e hice grandes amigos allí. Aprendí mucho; como persona y como estudiante, y cuando me llegó el momento mi mano no tembló: marqué la casilla para estudiar Derecho.
Me gustaba mucho mi carrera, y concentré todas mis energías en destacar por mis méritos, esforzándome al máximo. Los profesores no daban crédito, mientras yo acumulaba una matrícula tras otra. Ayudé a mis compañeros en cuanto pude, y más de uno aprobó gracias a mí. Conocí una chica maravillosa, inteligente, guapa y sensata, con la que hoy comparto mi vida.
Miro a mi alrededor y me empapo de mi propia buena suerte. Se ha enamorado de mí, y con eso me basta. Son diez los años que hemos pasado juntos, y muchos más los momentos.
Sin embargo, a veces una sombra extraña cruza sus ojos. Me mira y sin embargo no me ve. No sé, pero no importa. La quiero y basta. Y ella me quiere, sé que me quiere, como mis hijos… ¿No os lo he contado ya? Tengo dos niñas y un niño, que ayer me llamó “papá” por vez primera. Tienen los ojos de su madre, pero la nariz es mía.
¿Veis? Soy feliz. Lo era ayer, lo soy hoy y lo seré mañana. Ella, sin embargo, no lo verá. Está muerta. Veíamos la tele tranquilamente sentados hasta que dijo aquello. Sus ojos estaban anegados de lágrimas cuando se precipitó a abrazarme. Se derrumbó. No escuché mientras me decía que vivía una mentira, que no me quiso nunca. Estaba condenadamente hermosa mientras me decía que me odiaba, así que me zafé de sus suaves brazos, agarré un cuchillo y se lo clavé en la garganta.
No me pasará nada. Nunca me ha pasado. Tengo suerte. Con ella son cinco chicas que hicieron lo mismo conmigo. Me odiaron, y yo las maté. Pero nadie lo sabe. Ni lo sabrá.
Nunca.
Por eso, porque tengo tan buena suerte, he escrito esta nota junto a mi gato. Es inconfundible por su pelaje azabache, aunque con la edad cada vez brilla menos. Bueno, para sus trece años no está nada mal, juguetón como un cachorro.
Mientras me remango la camisa, me está observando. Ha maullado cuando saqué la navaja de mis años de scout, y saltó sobre mí bufando cuando el brillante filo mordió mi piel… Me gustaría acariciarlo, para que se tranquilice, porque claro… Él no sabe que yo nací con suerte.






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3







LA CAMISETA DE LA MALA SUERTE

Alguien me dijo alguna vez que ser supersticioso da mala suerte. No se... puede que tuviera razón. Así que por si acaso no soy supersticioso. Por eso mismo el 13 es mi número de la suerte, tengo un gato negro, y cuando veo una escalera me lanzo a pasar por debajo.

Claro que eso no significa que vaya rompiendo cada espejo que vea. Si acaban rotos, es por los efectos que producen los reflejos de mi fealdad... vamos, que los espejos se suicidan al ponerme yo delante.

Y lo que da mala suerte de verdad... es seguir diciendo estas tonterías. Más que nada, porque lo más fácil es que alguien te suelte un cachete para hacerte callar...

Es cierto que no soy supersticioso, al menos no mucho (creo que todos tenemos alguna superstición). El 13 es un número que me gusta, pero no hasta el punto de ser mi preferido. También es cierto que tengo un gato negro, y las escaleras... miro hacia arriba antes de pasar. Si están pintando, no paso por debajo. Si no usan nada que me pueda caer encima... no me preocupa.

Y manías... muy pocas. La más importante es comprar un décimo de lotería de navidad el 8 de septiembre. Eso si... aún no me ha tocado nunca.

Muchos tienen prendas de la suerte, Una camiseta, una gorra, ropa interior, calcetines... lo que sea. Algo que dicen que les da suerte, aunque si la da... es porque da confianza. Yo no tengo nada de eso...

Lo que si tengo es una camiseta de la mala suerte. Es lisa, de color verde oscuro. Naturalmente, yo no decidí que fuera la de la mala suerte... simplemente, cuando la llevo, las cosas no acaban bien.

Pero sigo llevándola. ¿Y por qué?, preguntaréis, ¿No es mejor tirarla o dejarla en el fondo del armario, para no llamar la mala suerte? Pues no.

Porque esa camiseta me gusta. Y que me dé mala suerte no hará que deje de ponermela. Porque no soy supersticioso, y aún espero que le cambie la suerte. Porque sé que la suerte le cambiará, nos cambiará. Ya lo veréis.


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4

La mala suerte… A través de los tiempos se ha especulado sobre eso. En algunas culturas el martes 13 era un día gafe y maligno (en otras culturas, el viernes 13). Y se ve bien por esas creencias anteriores, que en la gran mayoría de culturas el 13 es un número gafe. También se dice que si rompes un espejo, pasas bajo una escalera o un gato negro se cruza en tu camino, también es mala suerte. En otras culturas, acciones tan inverosímiles como abrir un paraguas dentro de casa, decir «buena suerte», ser zurdo, ver una urraca o dejar un sombrero en la cama también trae la mala suerte (entre acciones como matar una araña dentro de casa o una mariquita). Sin embargo, ¿acaso todas estas supersticiones son verdad? Debemos recordar que cuando el hombre creó estas supersticiones, la mujer era su esclava (o algo parecido) y creían que estaban creados por fuerzas y mentes más poderosas que las suyas e incluso que algunos humanos estaban designados por esas mentes “más poderosas” para dirigirles en las vidas. También creían que los pobres no tenían derecho y que los ricos eran los mejores (de fuerza, espíritu, etc). Por lo tanto, ¿acaso debemos creer en algo que el hombre inventó cuando creía que los ricos eran mejores que los pobres por el simple hecho de tener más dinero? Abordando el campo “científico” de la mala suerte, no hay ni pruebas ni fundamentos que demuestren que la mala suerte realmente exista. Siguiendo este criterio (sin pruebas totalmente sólidas) la mala suerte no existe. Pero, dejando de lado esos criterios, ¿qué es la mala suerte? La mala suerte es una superstición (creencia de que ciertas acciones voluntarios o involuntarias cambien el destino o la suerte de alguien) por la cual alguna acción (en su mayoría involuntarias) causa desgracia o tristeza. Pero yendo un poco más allá, nos damos cuanta de que la mala suerte existe de verdad. Pero no de la forma que pensábamos antiguamente. Y es que, observando un poco, nos damos cuenta de que las acciones para tener buena suerte son voluntarias, y las acciones para tener mala suerte son involuntarias. ¿Qué quiere decir esto? Que, mientras que la mala suerte se gana trabajando duro (acciones voluntarias, pero no las que se creen que dan buena suerte) la mala suerte se gana no haciendo nada. Sin esfuerzo, se consigue la mala suerte, con esfuerzo, se consigue la buena suerte.






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5


ARPA

Se llama Jeremías. O eso me dijo aquella vez. Es alto y desgarbado, delgado y anodino. Es gris, como su pelo; desaliñado pero no sucio.
Jeremías es un mendigo.
Me lo suelo cruzar en el camino de vuelta del trabajo pero, ahora que aprieta el calor, frecuenta parques y sombras. Hace una semana que no le veo.
Jeremías lleva una vieja boina de cuadros marrones y verdes, y se la quita educadamente para saludarte. “Buenos días, señorito. Deme algo, señorito”. No puedo dejar de sonreír ante semejante tratamiento, que siempre me hace deslizar los dedos en el bolsillo para rebuscar unas monedas.

A pesar de ser hombre de pocas palabras, un día Jeremías me contó una historia.

-Igual que los hombres no venimos al mundo con ropa, yo no nací pobre, señorito. Pero llegué desnudo a esta tierra, y desnudo me iré. Lo he ido perdiendo todo en el camino, ¿sabe usted? Y eso no es algo que se planee. Es sólo la mala suerte, señorito, la mala suerte que antes o después te llega. Eso de que nacen con estrella o estrellados no es verdad. El de ahí arriba nos regala un paquetito a todos, aquello que llaman alma. Ya puedes ver la luz envuelto en terciopelos o en un saco de papas, que todos tenemos alma. Y también nos dio el libre albedrío, señorito, que es la libertad para hacer lo que uno guste en cada momento; pero asumiendo las consecuencias. Ay, consecuencias. La mala suerte rehuye al alma, porque el alma brilla pura y blanca. Pero a poco que la mancilles, que la vayas manchando, la mala suerte te ronda.
-¿Quiere usted decir que las personas fabricamos nuestra propia mala suerte, Jeremías?
- No lo dude ni un segundo. Míreme a mí. Yo no he sido bueno en esta vida, señorito-Jeremías se seca el sudor de la frente con un pañuelo de color indefinido-. Y por eso las desgracias vinieron poco a poco, para cogerse luego de la mano y rodearme.
-Pero, escuche un momento- le interrumpo, entre divertido e interesado-. Debe haber alguna manera de limpiar el alma ¿no? Y no me refiero a confesiones, penitencias, y demás historias de sacristía. Si las malas acciones atraen la peor suerte, es de todo punto lógico que las buenas consigan alejarla. ¿Lo ha intentado?
Se quita la gorra y se peina los ralos cabellos con humildad, un gesto que me hace enrojecer por haber encontrado divertida la situación. -¿Me ha visto usted bien? Yo ya no soy nadie, no tengo nada. ¿Qué quiere que haga? Tengo yo poco remedio, ya. No cuento con muchos recursos para lavar mi pobre alma perdida. Lo único que me salva el día a día, que me da segundos de más en esta bola de barro, es apreciar las pequeñas cosas de mi alrededor. Esa es mi buena acción, señorito. Apreciar lo que nadie aprecia.
-¿Y qué tipo de cosas son ésas, Jeremías?
-Pues... no sé. Cosas- se le nota avergonzado, pero de repente se ilumina su mirada-. ¿Conoce a alguien que se pare a mirar la luz anaranjada de un semáforo? Yo lo hago. Tiene un color tan bello que se me clava justo aquí- y se señala el entrecejo-. También acaricio sombras. No me gusta pisar las sombras que tienen una forma bonita. Ni las hojas secas. A veces hago música con las baldosas, tal que así- y desliza con fuerza los pies por encima de las losetas abotonadas de un paso de peatones-. Esas cosas hago, sí señor. Y aquí sigo.

Este sábado, al fin, he visto a Jeremías deambulando por la Calle Mayor. Le sigo a una prudente distancia. Como me contó aquel día, se detiene en un cruce y mira ensimismado la luz ámbar del semáforo, que parpadea. Y parpadea. La gente pasa, lo esquiva, lo analiza de reojo, pero él mira. A la luz. Luz Naranja. Negra. Naranja. Negra. Naranja.
Al rato, continúa caminando, Voy detrás, aún a sabiendas de que, de alguna manera, invado su intimidad. Sus pasos lo conducen al extremo de un pequeño parque arrinconado en una zona solitaria, que se encuentra iluminado por algunas farolas y rodeado por una verja de barrotes de hierro forjado. Veo con asombro como Jeremías comienza a dar saltitos, ejecutando una extraña danza. Un pasito aquí, otro más adelante, brinco y vuelta a empezar. Al mirar hacia el suelo que recorre, observo las alargadas sombras de los barrotes de la verja, y cómo los pies de Jeremías evitan pisarlas, con suma delicadeza. Las punteras de las viejas alpargatas recorren el breve espacio entre los trazos oscuros con seguridad de años de práctica. Tan sólo se escucha el viento entre los árboles del parque, pero Jeremías está tocando música en un arpa fabricada de sombras, cada barrote una cuerda, sus pies hábiles dedos.
Al girar por el estrecho callejón, perpendicular a la salida del parque, le veo extender los brazos y juguetear con las manos. No puedo hacer mas que imitarle. Mimetizo sus movimientos, cómo extiende los dedos y parece atrapar invisibles hilos de telaraña. Entonces lo siento. La brisa corre rápida por la pequeña calleja, y se engancha entre mis manos. Ondas de viento suben y bajan, mis extremidades cabalgándolas con suavidad. Jeremías le hace el amor al aire. Y yo con él.
Pero se detiene. Otea allá en lo alto. Hay un lucero solitario, brillando en la noche, desafiando las luminarias eléctricas y estériles de la ciudad. Jeremías se gira y me sonríe.
Y yo comprendo.

Esta noche he limpiado un poquito mi alma de mala suerte.






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6




El reflejo doliente del espejo de la sala de estar proyecta la imagen de una mujer madura, sentada en una butaca mientras acaricia a un gato negro llamado Moisés. Lo recogió hace aproximadamente un año, en la esquina del mercado más próxima a su casa, cuando el animal se resguardaba de la lluvia bajo el toldo acartonado de una pescadería cerrada por defunción. Las bolsas cayeron al suelo y se impregnaron de barro, y sus miradas quedaron cruzadas para siempre, en una suerte de empatía mujer-gato que se produce de vez en cuando. En una milésima de segundo vislumbró en el animal todas las virtudes que adoraba y nunca encontró en el sexo masculino. Miró el reloj y decidió que era la hora de dar un cambio a su vida. Había escuchado en una tertulia vecinal que nada mejor que un animal de compañía para combatir lo que llaman depresión post-menopausia, pero en su momento no presto demasiada atención. Lo acurrucó en su pecho sin la menor resistencia por parte del felino, y recogió las bolsas, repletas de verduras y pescado, encaminándose hacia el rellano de la puerta de su casa, atravesado tantas veces con la indiferencia llenándole de un peso húmedo la parte que transita desde la nuca a los talones. Aquella mañana había llorado más de lo normal, con sus dos brazos cansados sujetando su cabeza, y éstos a su vez apoyados sobre la placa vitrocerámica manchada con los restos de la última cena, que nadie había recogido aún. Tomó una pastilla, y colocó otras dos en el fondo del monedero, por si acaso, por si olvidaba las llaves y tenía que quedarse en la calle esperándole hasta la noche, con el pescado desprendiendo un olor de ultratumba que le habría llenado la cabeza de indicios y asociaciones destructivas. “Llevo años, siglos, esperándote, y has aparecido hoy, justo cuando más te necesitaba. Te llamarás Moisés”.
Moisés parecía moverse con una perfección rítmica cercana a las danzas más ancestrales, y la hacía sentirse de nuevo parte esencial en el universo. Guardaba para él los mejores desperdicios del pescado –a veces le entregaba su almuerzo sin vacilar-, y pronto aprendió a leer en el negro opaco de sus ojos llenos de muerte y de fuerza. Podía pasar toda la jornada observando su especial forma de ubicarse entre las cortinas moradas del salón, y le entusiasmaba comprobar lo humano de sus gestos, sorprendida, halagada, cuando pasaba junto a ella y la rozaba un instante para impregnar a su hembra y acotar el terreno. Aquel día quiso ser gata, y comenzó a maquillarse de nuevo para ir al mercado, orgullosa, felina. A pesar de que solía dedicar no menos de dos horas seguidas a conversar con su vecina de enfrente, ya no hablaba tanto como antes; ahora prefería observar con detenimiento y precisión casi profesional el devenir del microcosmos vecinal, para después sacar sus propias conclusiones en la penumbra del salón, junto a él, recostado plácidamente en la alfombra, escuchando los sonidos que le eran tan propios, absorbiendo su olor y sus rasgos como se asimilan los gestos en una pareja de enamorados. Llegó a olvidar sucesos pasados, y las marcas del rostro comenzaron a adoptar formas sinuosas y elegantes, y ya le iban doliendo cada vez menos cuando, cada mañana, se situaba delante del espejo y se disponía a lamentarse, viendo cómo brotaban progresivamente una, dos, tres, cuatro, infinitas lágrimas transparentes y vacías que recorrían sus heridas y se precipitaban por el desagüe dejando un rastro invisible. Indiferente.
Su marido llegaba tarde y le hacía partícipe, una y otra vez, de la parte más ingrata del carácter de un hombre hastiado y escasamente cuidadoso. Desdeñaba su forma de dirigirse a ella, tan poco sutil, y comenzó a intuir en su figura rasgos simiescos que la divertían en secreto. Aprendió a repudiar su olor, su forma de pronunciar ciertos fonemas, y acabó por escribir en su cabeza un tratado propio de desprecio al ser humano. Cuando los puños se precipitaban sobre su rostro de forma repetitiva, ella únicamente empezaba a contar como doloroso el séptimo de los impactos, apartando en saco roto los siete primeros como vidas gastadas de un felino que cada día renueva su cuota existencial. Todo ello sirvió para ir aliviando progresivamente su penitencia silenciosa en la penumbra del salón, junto a Moisés.
A veces le respondía, no siempre, y en esos instantes ella descodificaba la sabiduría milenaria del animal en palabras de andar por casa. No dejaba de hacerle preguntas, mientras le confeccionaba una prenda para el invierno que él, lógicamente, no iba a necesitar, tras tantos inviernos en la intemperie, o quizá en otros salones, devolviendo miradas en forma de respuestas inefables. A cada “por qué”, el gato le devolvía una mirada cargada de cuchillos, que atravesaban sus sienes y le hacían sangrar la conciencia durante unos minutos sordos. Se enjugaba los restos de su miseria con un cojín deshilachado y a continuación le invitaba a acercarse, y le acariciaba mientras observaba el techo agrietado de la estancia.
- Maldito gato, ha vuelto a colarse en el salón, le voy a pegar dos tiros al hijo de puta, se pasea por mi casa como si fuera suya, porque está tan sucia que cualquier bestia haría de estas paredes un hábitat perfecto, ¿me estás oyendo? El salón es una pocilga perfecta para este bicho inmundo.
- Déjale, el animal anda vagabundeando de aquí para allá, pobrecito.

El suelo, las cortinas, el sofá, lucían impecables desde el primer día, aunque él gritara lo contrario, y Moisés no podía resistirse a invadir la hora y media de televisión del marido, que maldecía la pose altanera del felino cuando se desplazaba de un lado a otro del salón, delimitando su territorio. Después, saltaba por el balcón y se perdía en la negra intensidad de la noche, y el estómago de ella se encogía y se llenaba de alfileres puntiagudos, temerosa de que algún día no encontrara el camino de vuelta. Subestimando, sin duda, la capacidad del animal para orientarse entre edificios de monótona apariencia, volvía a estrecharlo entre sus maternales pechos cuando, a media mañana, el ronroneo se hacía más y más presente en el silencio del hogar, únicamente aderezado por el rutinario siseo de la olla en la cocina. Después, Moisés se separaba de ella mediante un salto brusco, casi violento, y recorría los cuatro extremos de la diminuta alfombra sin retirarle la mirada un solo segundo. Ella asentía avergonzada, vencida, sin nada que objetar, a la insidiosa postura del gato, inquieto e incómodo, reprochador.
Una noche, Moisés se coló por el balcón entreabierto, se desplazó sigiloso entre las cortinas, y se plantó con parsimonia frente a la butaca, ocupada ahora por un hombre de rasgos hoscos y pocas palabras. Tan sólo precisó de unos segundos para clavarle un puñal en el alma en forma de silencio felino y oscuro, y el hombre, con los puños doloridos, se irguió inesperadamente y lo estrelló de una patada seca y limpia contra el enorme espejo de la sala, que vio quebrada su anatomía con una grieta diagonal y profunda, que no llegó, sin embargo, a hacer saltar los pedazos. Y Moisés desapareció.
Desde aquel incidente, la mujer volvió a ocupar con abnegación el lugar que le era asignado en la estampa de su vida, y volvió a atravesar infinitas veces el umbral, convertido en guillotina, de la puerta de su casa, y las afiladas hojas le iban descuartizando el corazón hasta convertirlo en viruta espesa.
Unos meses después, mientras subía las escaleras con las manos apretadas en sus resentidos riñones, la sobresaltó un alarido en eco que llenó todo el edificio. Su vecina gritaba mientras dos operarios del servicio de emergencias retiraban la figura inerte de un hombre que aquella mañana no se había levantado para ir a trabajar. Ella ni siquiera había notado que él seguía en la cama cuando se despertó temprano para ir al mercado.
El reflejo deformado pero nunca más doloroso del espejo roto de la sala de estar. proyecta la imagen de una mujer madura, sentada en una butaca, sonriendo, con un gato negro en su regazo.


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7






Yo que siempre había alardeado de vivir a mi libre albedrío, y los últimos meses los he vivido como si formara parte de un enorme dominó en el que cada ficha empuja a la siguiente sin posibilidad de hacer frente a la inercia. La mala suerte, en la que nunca creí, hizo que un martes y trece se me cayera un tiesto desde alguna terraza del cielo en la cabeza, con tan buena suerte, en la que tampoco creí jamás, que tú estabas trabajando ese día en Urgencias. No te tocaba, pero tu compañera tuvo la mala suerte de ver un gato negro, y en el santiguarse se despistó y no vio el alcorque que daba cobijo al enorme plátano de paseo que da sombra a su portal, y metió el pie en él, mala pata sin duda, con el resultado de un esguince de rodilla y de que me curaras tú las heridas en vez de ella. La mala suerte del martes y trece propició la conversación mientras que me cosías el tiestazo de la sien. Tú creías en ella y yo, galante como pocas veces y valiente como casi nunca, te dije que para mí había sido una enorme fortuna ser diana del maligno, lo que me sirvió para provocar una sonrisa nerviosa por tu parte, para conseguir un zurcido picasiano por el tembleque consiguiente, que le da carácter desde entonces a mi cara insulsa, y para conseguir el número de tu móvil. Me dijiste que sería difícil que coincidiéramos y yo te contesté que menos de lo que te pensabas, que también era difícil hacer un ocho mil pero que si se llegaba al último campo-base el último esfuerzo merecía la pena. Te dije que si te llamaba y no contestabas, tiraría kilos de sal sobre la mesa, rompería todos los espejos de mi casa y espejos ajenos, y me iría al Leroy Marlin para pasar por debajo del mayor número de escaleras posibles, que así me garantizaría un buen accidente que me llevaría de nuevo a ti, ahora que creía por fin en la mala suerte. No me reconocía a mí mismo, dado como soy a la duda y a llegar tarde a todos los sitios. Lo achaqué al golpe; al golpe de suerte.

El caso es que el día acabó bastante peor de lo que empezó. Casi llegando a casa, me robaron el móvil mientras que te describía a un amigo por teléfono. Y mi suerte cambió y ya no ha vuelto a cambiar desde ese día. Probablemente todo sea más sencillo, pero quise recuperarte de la misma manera que te conocí, pero no hay manera. He hecho de todo para accidentarme, pero es como si tuviera una burbuja de buena suerte protegiendo mi perímetro vital. Cuento con mi pavor a los cortes, que me resta mucha eficacia, y con el vértigo que me impide lanzarme desde las alturas. Pero, tal y como están transcurriendo últimamente las cosas, estoy convencido que un buen tajo en la yugular cicatrizaría más rápido de lo que se sube una cremallera, y si saltara desde un quinto piso caería suavemente sobre una bandada de palomas o sobre el suelo almohadillado por una buena capa de su guano. La buena suerte no me abandona. He acertado todas las porras de la oficina completamente al azar, me han tocado un par de pellizquitos en la quiniela. Los coches me evitan como bailarines de hip-hop cuando cruzo sin mirar. Me tomé una buena dosis de pastillas y estaban caducadas, y sólo me produjeron una magnífica diarrea...

No sé, a estas alturas de la película estoy completamente desconcertado. Ya no sé qué es la buena o la mala suerte. Supongo que buena suerte fue conocerte. Estoy seguro de que mala suerte fue conocerte y no retenerte.






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8

Ataque de pánico
(De espejos rotos y gatos negros)

No llega nadie y es tan tarde, ¿dónde estarán, Dios mío? nunca me he quedado sola en la noche , y menos en el campo, lejos de cualquier ayuda y necesito del ruido de fondo que produce el quehacer citadino al compás de mis acciones, demasiadas veces febriles, y que, sin embargo, hacen que me sienta viva, con proyección.

Este silencio me agobia, siento mis palpitaciones como si fueran pasos de fantasmas, espíritus de esos seres que nos precedieron y no descansan en paz en las historias de este sitio que --con esta luz mortecina del cielo encapotado-- estoy a punto de creer que son verdaderas.

Me reí cuando la vieja Aurora me contó que el joven Alfonso ahogó a María Luisa con sus propias manos en el abrevadero de los caballos en los tiempos de las diligencias que recorrían estos páramos. No le creí, pero ya no son producto de mi imaginación esos chapoteos y resoplidos allá afuera... ¡Ay!, ¿cómo voy a creer ahora las supersticiones de las que me he burlado siempre? ¡si hasta hay un gato negro en esta casa que estoy aborreciendo! y el minino es tan tierno, pobre criatura, estigmatizado por la ignorancia...
¿o no? …me debato entre mi incredulidad moderna y los mitos y leyendas locales. ¡Cómo sufro mientras los minutos de angustia se acumulan como ceniza pegajosa sobre mis sentidos y mi razón! mi pulso se acelera y mi respiración se agita, voy a enloquecer.

Estoy encerrada en el dormitorio con el espejo al frente y tratando de no pensar en Drácula, el conde de Transilvania que no es visible en ellos, así tengo una perspectiva de lo que hay a espaldas mís mientras vigilo la puerta. Por la ventana no debiera venir el peligro numinoso, aunque.... ¿qué mueve las cortinas si todo está cerrado? ¡Señor, esto es hooo- rri- bleee, no pue....do sopor..tar..lo! ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOooooo! ¿Dóooo...oon..de están tooo...dooos? ....¡Ahhhhgggggggg! y está mojada, no, es sannnn...greee...

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Grabación encontrada al lado de María Dolores García Pérez, 36, muerta por un corte en el cuello, producido --aparentemente-- por un gran trozo de espejo que se rompió al tropezar con la alfombra y caer sobre el en circunstancias que se investigan.








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9






LA ISLA NOS PONE A PRUEBA

Tiene gracia que el primer post de este concurso trate sobre el concepto de suerte (o de mala suerte, para ser más concretos) y que tenga yo que dar mi opinión al respecto. ¿Por qué faceta de mi personalidad puedo empezar? Y es que, dependiendo de a cuál le preguntéis, os dirá una cosa u otra. Os puede hablar el forofo futbolero que constantemente achaca a la mala suerte cada vez que su equipo falla un gol clarísimo o encaja uno en el último minuto. Os puede hablar el maniático que actúa de manera casi ritual, colocando sus zapatillas niveladas al lado de la cama, volviendo a entrar en su piso cada vez que sale de él para comprobar que ha cerrado el gas o ha apagado las luces, o incluso haciendo las cosas un número impar de veces. Todas manías que, de alguna u otra manera, piensa que le pueden servir de talismán, al igual que mucha gente lo hace tocando madera o huyendo del 13 y el amarillo (número y color que me gustan mucho). O también os puede hablar ese discípulo de Murphy al cual le pasan infinidad de anécdotas tocapelotas, ya sea que se le cague una gaviota encima o teniendo que soportar cómo la chica que le gusta le humilla en el botellón en el que se supone que la iba a conquistar. Si a cualquiera de esas personalidades le preguntáis si existe la mala suerte, aunque sea en pequeñas dosis, os dirá irrefutablemente que sí.

Ahora bien, me gustaría puntualizar algo. Todos los “talismanes” que se inventa la gente para controlar la suerte son sólo producto de la angustia que provoca el pensar que no se posee el libre albedrío, que las personas no son dueñas de su propio destino. Destino, ésa es la palabra clave. Ahora es cuando va a dar su opinión otra de mis facetas: la de seguidor empedernido de LOST (Perdidos). En dicha serie aparecen dos personajes que representan muy bien estos dos conceptos: Locke y Hurley. Locke es un tipo que está obsesionado con el concepto de destino y en la “misión” que la Isla en la que viven le tiene encomendada a su persona, y que debe cumplir pese a todos los obstáculos que ésta le ponga por delante. Hurley, por contra, está obsesionado con unos números que cree que le traen mala suerte. En cierto modo estoy de acuerdo con los dos, aunque tengo mi propia teoría sobre el asunto: no existe el destino prefijado de saber que una persona será astronauta, político o minero nada más nacer. No, el destino pone el tablero de juego de lo que es la vida, y nosotros decidimos los pasos que damos en él basándonos en nuestro libre albedrío. Hay que saber adaptarse y no renunciar a tu sueño mientras te lo permitan las circunstancias, claro está. Y si no es así, busca un nuevo sueño y vuelve a empezar.





Los golpes de mala suerte son sólo pequeños contratiempos que no deben sino hacerte más fuerte y empecinado en conseguir tu objetivo. La buena suerte también llega cuando se la busca, y cuanto más la busques más probabilidades tendrás que ésta llegue. ¿Que tu delantero falla un gol a puerta vacía? Pues que siga trabajando hasta que tenga otra oportunidad, y que esa vez la meta por la escuadra. ¿Que me quedo sin poder estudiar lo que me gusta por una centésima? Lo volveré a intentar al año siguiente. ¿Que una chica te da plantón? Ya querrá volver a quedar si realmente le gustas, y si no, ya querrá otra. Estamos destinados a hacer grandes cosas, como diría el gran Locke, y la Isla nos pone constantemente a prueba. Demostremos ser dignos de su confianza.




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10





En la barra de un bar

Habia bebido más whiskies de los que su cuerpo era capaz de tolerar, pero eso no le impidió pedirle otra copa al camarero, en cuanto terminó la que tenia en la mano. Tenia la mirada fija en la pared, donde un enorme espejo, reflejaba a los ajetreados pasajeros, que pasaban frente al bar del aeropuerto camino de sus terminales.

Pero él no los veia, como tampoco vió al anciano regordete que se sentó junto a él y pidió una soda.

No bien hubo dado el primer trago, se fijó en el joven de aspecto deprimente, rodeado de vasos vacios. La curiosidad le picó demasiado como para mantener la atención fija unicamente en su vaso.

- Perdone amigo, ¿se encuentra bien?

Entonces se dió cuenta que no estaba solo. Miró al viejo de arriba a abajo. El típico provinciano del medio-oeste, que piensa que todo el mundo es como su pequeño pueblo.

- ¿Piensa que alguien que esté bien estaria sentado en la barra de un bar a las 11 de la mañana bebiendose el agua de los floreros?

La borderia no desanimó al anciano, que de inmediato comprendió qué sucedia.

- Es una mujer ¿verdad?

En circunstancias normales, se hubiera levantado y le hubiera dejado con la palabra en la boca, pero estaba demasiado borracho como para resistirse a contar su historia.

- Me casé hace diez años con la mujer más maravillosa del mundo. Al principio todo iba bien, pero pronto el trabajo comenzó a absorber gran parte de mi tiempo. Mis ausencias de casa eran cada vez más prolongadas y llegó un momento en que supongo, se sintió abandonada por mi.

- ¿A qué se dedica usted?

- Soy policia

- ¿Lo era antes de casarse con ella?

- Si

- Entonces su mujer ya sabia a que se exponia, no debió de pillarle por sorpresa.

- Supongo que una cosa es imaginarselo y otra, sentarse cada noche ante una mesa vacia a cenar. En cualquier caso, llegó un momento en que ella no pudo más. Cuando me trasladaron a esta ciudad, no quiso acompañarme. Necesitaba un tiempo para reflexionar, me dijo.

- Esas cosas pasan si.

- Tuve que dejarla allí, era mi obligación acudir a donde me llamaran. Ser policia es lo único que sé hacer, pero a medida que pasaban los días, me dí cuenta de que sin ella, no valia la pena vivir. Ayer la llamé, le dije que iba a dejar el cuerpo y que volveria con ella. No me creyó. No la culpo, no es la primera vez que se lo digo. Estaba recelosa. Me puso como condición para volver a intentarlo, que nos vieramos hoy a las...

Miró su reloj con cierta dificultad, el mundo parecia dar vueltas a su alrededor.

- Bueno, hace diez minutos que hubiera tenido que reunirme con ella en nuestra casa. Ahora pensará que me entretuve en un caso, o vaya dios a saber que, no me volverá a dar una nueva oportunidad.

-¿Y que ha pasado? ¿Por qué no está allí?

- Perdí el avión. Claro que antes, estuve retenido en el arco de seguridad durante diez minutos, en los que no dejó de pitar y el escaner manual estaba averiado, el unico agente masculino habia ido a buscar uno de repuesto. Hubiera sido un retraso aceptable, de no ser porque pinche una rueda de camino hacia aquí. Al ver que la grua no llegaba, corrí durante cuatro kilometros hasta que pude conseguir un taxi. Nada de esto hubiera sido un problema, pensaba llegar con dos horas de adelanto, pero se fue la luz en mi apartamento y no sonó el despertador.

El anciano bebió de un trago la soda que le quedaba y suspiró profundamente.

- Caray amigo, es la peor racha de mala suerte que he escuchado jamás. Por cierto ¿a que ciudad iba usted?

- A Michigan

- ¿Sabe usted que un avión que se dirigia hacia allí, se estrelló hace una hora? - comentó sorprendido

Miró al anciano con ojos vidriosos, clavó su mirada en la suya durante un largo y silencioso segundo, volvió a su copa e hizo un leve gesto con la cabeza, señalando al televisor del bar, donde se podian ver los restos llameantes de un avión, ardiendo sobre un campo de maiz.

- Sí, era el mio.






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11

Quiso la suerte….

Quiso la suerte que aquel sábado perdiera el tren que la iba a llevar a Vigo para pasar una noche de marcha con sus amigos de allí.

Quiso la suerte que al regresar a casa, y tras coger una pieza de fruta de la nevera, se sentara frente a su portátil con la sana intención de entretenerse con algún amigo del Messenger con toda la noche por delante.

Quiso la suerte que, siendo un sábado de primavera, todos sus contactos se hallaran como no conectados y se sintiera terriblemente sola.

Quiso la suerte llevarla a buscar entretenimiento en los blogs que tenían sus amigos enlazados.

Quiso la suerte que encontrara el blog de un chico que parecía simpático y agradable, que además tenía su dirección de Hotmail anunciada en su blog y que además la sugerente frase de ‘Siempre dispuesto a compartir palabras’.

Quiso la suerte que al agregarlo no recibiera respuesta por su parte, quizás también ausente en las calles de la noche, y siguiera sintiéndose sola.

Quiso la suerte ser mala con ella desde el principio, más quiso ser ella más fuerte que la suerte.

Quiso ella ser fuerte y acabó siendo mala, como la suerte.

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12





A José Marchena le llamaban de siempre “El Pepito”, y no era supersticioso. Decía que daba mala suerte. Para él, la suerte consistía en otra cosa. Porque él no se cruzaba con gatos negros, o pasaba debajo de una escalera, no. Eso era de principiantes. Él se cruzaba con el “Caraperro”, conocido como el navajero más peligroso del barrio, para dejarle sin su dinero conseguido con mucho esfuerzo a lo largo del día, o bien pasaba debajo del “Pitu”, el demoníaco niño del tercero que con doce años ya tenía ocurrencias como lanzar petardos a la cabeza de los que entraban al destartalado edificio.

Ya era mala suerte vivir en aquel bloque de sabandijas, en un lugar feo y apartado de Málaga, pensaban sus fieles clientes, pero Pepito sabía que en cierto modo estaba condenado a vivir allí, sin más bienes materiales heredados de sus difuntos padres que aquel ático inmundo, una capacidad para los estudios más bien escasa y una juventud de obligada dedicación al bar de su padre hasta que se fue a pique el dia del incendio.

Aunque no todo era malo. Había personajes, cuando menos, pintorescos. Por ejemplo, aquel barrio no se despertaba con los gallos, o con los rayos de sol, puesto que siempre estaba a la sombra de un monte, sino con “La Loli”. Era una mujer algo retrasada y generosa de carnes, pero con un tremendo torrente de voz. De bien temprano le daba por hacer un brillante repaso a la copla española. Con los ojos bizcos, y esa presencia suya poco agraciada, nadie de fuera se explicaba de dónde le venía tanto arte. Los de dentro del barrio no se lo preguntaban nunca, porque para ellos las cosas siempre eran como eran, sin más, excepto para “El Pepito”.

Él se levantaba temprano para seleccionar. Tenía un don para detectar al instante la mejor calidad, el mejor género, y entonces regateaba para conseguirlo más barato. Una vez en la plaza intentaba colocar sus boquerones frescos o su ramos de girasoles a aquella señora elegante de gafas, a la chica de la falda rosa, o a aquel hombre que parecía buscar algo para su mujer. Nunca atosigaba, y con un poco de paciencia sabía que encontraría a alguno de sus clientes habituales. Aquellos que sabía que le comprarían sin pestañear porque se fiaban de su habilidad para llevar siempre algo original y de calidad, a buen precio. Le preguntarían por su salud y él les diría que muy bien, con la mejor sonrisa que le permitían sus tres dientes afortunados.

Aquellas gentes de sombreros, elegantes trajes, maquillaje y finos modales sí que tenían suerte, pensaba él. Pero algo de esa suerte le tocaba de refilón estrechándole la mano y dándole una palmadita en la espalda, y lo que es más importante, le proporcionaba el pan para su subsistencia. Quizá a la hora de comer pensarían en la desgracia que les venía encima si derramaban un poco de sal, pero era mejor sin duda que romper accidentalmente una garrafa llena de aceite de oliva, perdiéndose por una alcantarilla, como le ocurrió el otro día.

A veces “El Pepito” se fumaba un Ducados desde su ático, viendo el atardecer tras los tejados, y entonces le embargaba una sensación extraña. Se sentía afortunado porque aquello tan simple le hacía feliz, pero por otro lado sentía nostalgia de ciertas cosas, como por ejemplo de las veces que brindó con agua. La mala suerte no era la que venía después. Era la de nunca tener champán.

Una tarde volvía de la plaza con la sensación de que era un día especialmente bueno. Tenía varias horas por delante y un generoso puñado de euros. En el momento que los contaba, “La Loli” le cogió inesperadamente del brazo, como para arrimarse a su pequeña fortuna, y emprendió la marcha, junto a él, sin saber adónde se dirigían. Él, enjuto y de andares menudos; ella, enorme y bamboleante. Caminaban por la acera haciendo una curiosa pareja. Al doblar la esquina, el “Caraperro” aguardaba sentado en el suelo, pero por suerte, se encontraba en estado comatoso tras una fenomenal borrachera, con los ojos entreabiertos.

- ¿Aónde vá tú, Pepito? – masculló entre dientes, con voz amargada.

- ¿Yo? A la calle Larios –repuso sopesando sus euros mientras miraba a “La Loli”-. A invitar a mi novia a merendar y después a una copa de champán.

Y entonces pensó que la suerte a lo mejor sí existía y aquella tarde le sonrió.






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Debió ser por la rutina del cántaro de la fuente
el caso es que se rompió el espejo.
no fue en los 1000 habituales pedazos, sino con una grieta ultrafea que distorsionaba los caretos en macilentos rostros paleados.
Y claro la culpa fue del gato, se lo tengo dicho a tu sobrino:
El gato se lleva en el coche junto a la rueda de repuesto y la llave de bujías.
¿Que carajo hacia en el cuarto de baño del garaje en ese extraño equilibrio sobre el terrazo?
Habrán ido a surfear y como no les cabían las tablas.....
¿A quien se le ocurre salir a la carretera sin gato?
¿Y quien paga el espejo?
A tu sobrino le tengo un mes lavándome el porche y que se olvide de que yo le voy a pagar la moto de agua, porque ya esta bien de que tenga que ser yo el que pague siempre los platos (¿espejos?) rotos y no quiero oir ni un maullido porque ademas....le estoy cogiendo gato


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Superstición, sabiduría… yo diría estupidez

A lo largo y ancho de esta gran bola azul, los hechos inexplicables han ocurrido desde tiempos inmemoriales, de sol a sol, sin parar ante tempestades o la caída de los mercados. Así, han creado el extraño concepto de la suerte, los objetos que atraen la buena, alejan la mala, y las acciones y fechas que se asocian a ella. Algunos de ellos han tenido sus bases en la típica recurrencia de sucesos, las sabidurías ancestrales e incluso la ignorancia popular sin sustento lógico.

Por ejemplo, mucho se ha hablado de los gatos, especialmente los negros, que si por desgracia cruzan nuestro camino, algo horrible ha de ocurrirnos. Lo cierto es que tanto en el antiguo Tibet como en Egipto, estos animalitos fueron venerados por su inteligencia, capacidad de comunicación telepática y sabiduría espiritual. Por ello, eran guardas de tesoros y documentos importantes y daban su aporte en la investigación de diversas materias de interés para astrólogos y sacerdotes. Luego, en la época medieval pasaron a menos por su asociación con las brujas, mujeres sabias que sí conocían los poderes ancestrales de los felinos y la utilizaban para su protección y ayuda. Tristemente, las capacidades bondadosas, beneficiosas y altruistas de los gatitos han caído muy bajo por la ignorancia del ser humano.

Por otro lado, tenemos el asunto de los espejos rotos y lo que debe hacerse con los restos de ellos para evitar influencias maléficas. En diversas culturas, los espejos aún son vistos como objetos que reflejan el alma de las personas y que al romperse, de alguna manera, representan el deterioro de quien se ha reflejado en ellos. De allí, la creencia original de que al romper un espejo se tendrá mala salud -cosa que no es ni tan descabellada si se piensa en el reflejo del alma- ha degenerado en la falsa creencia de los 7 años de mala suerte. Y 7 simplemente por su asociación cabalística y porque, nuevamente, la ignorancia de ser humano, ha generado algo simplemente improbable.

Finalmente, la prueba definitiva de individuos que siguen creencias populares absurdas se refleja claramente en el temido y lúgubre viernes 13. Poco o nada se puede asociar a esta fecha como cualquiera otra en el calendario más que un sólo suceso de la historia que conocemos.

Del reino vicio y la iglesia sometida
el rey hermoso y el papa clemente
en 1307, octubre, un viernes
a los caballeros trajeron muerte.
De la realeza y la santidad
la orden oscurecieron simplemente
callando los tesoros de sabios
para terror llevar a la gente.

Y de esta manera, se pueden enumerar muchas otras creencias con respecto a la mala suerte que por simple ignorancia y pura sugestión hacen al ser humano generarse a sí mismo esa energía negativa que atrae sucesos desventurados o se sincroniza con acciones pasadas cuyas consecuencias ha de afrontar. Por mi parte pienso que la suerte no es más que algo etéreo, inmaterial y poco comprobable, pues no es sino la fluidez positiva o negativa de las acciones propias de cada cual. Sea que provengan de superstición popular o sabiduría ancestral, tales creencias no reflejan más que la gran mala suerte que ha tenido el ser humano de tener una estupidez sin límites.


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15





De espejos rotos y gatos negros.

En su carné de identidad debería poner de profesión: gafe. Desde luego no se dedicaba a romper espejos, al menos no le pagaban por ello, pero la mayoría de los que se cruzaban en su camino acababan hechos añicos. Tampoco se dedicaba a buscar escaleras ajenas para pasar por debajo a propósito, aunque casi todos los días cruzaba por debajo de alguna. Y aunque odiaba a los gatos, cada día, uno se cruzaba varias veces en su camino, pero el hecho de que fuera negro no era lo que más le molestaba.

En el trabajo todos lo llamaban “Dark”, aunque el sabía que a sus espaldas, preferían llamarle “Capitán Gafe”. Así que al inicio de cada turno, justo antes de salir de los vestuarios, después de haberse enfundando en su traje amarillo, esperaba pacientemente a que el sargento le lanzara grotescamente el casco y le dijera:

- Dark, cómo sigas vistiendo así, nunca conseguirás acabar con tu mala suerte.

Las carcajadas inundaban entonces el vestuario, y la veintena de hombres y mujeres que se hallaban en el, comenzaban de nuevo a sentirse en casa. Siempre pensó que era una buena manera de empezar un turno de veinticuatro horas, así que siempre respondía:

- Entonces tendré que ir pensando en cambiar de trabajo ¿Verdad chicos? – Una discreta sonrisa se dibuja en su cara, y salía de la habitación dejando atrás las risas y burlas de sus compañeros.

El trabajo de bombero no es el más fácil de realizar, ni el más divertido, así que cuando las alarmas suenan todo el mundo debe estar listo para actuar. El entrenamiento y la rutina hacen la mayor parte del trabajo pero el instinto y las órdenes de un buen jefe, son las dos cosas que a la hora de la verdad pueden salvar una vida. Porque cuando el fuego te rodea por todas partes, y a pesar del traje sientes que la piel te empieza a arder, y el oxigeno apenas llega a tus pulmones y a tu cerebro, cuando todas las luces se apagan, y se apoderan de ti unas ganas terribles de salir corriendo en cualquier dirección, cuando la situación se vuelve completamente desesperada entonces, sólo puedes confiar en que la persona que tantas veces antes ha hecho lo correcto, vuelva a hacerlo. Por eso, durante esas veinticuatro horas, Dark, sólo era: el capitán, y sus órdenes, las palabras de un Dios hecho hombre, no se discutían, ni se ponían en duda, simplemente se obedecían. Sólo después todos volvíamos a ser iguales.

La brigada número 13 del cuerpo de bomberos tenía una costumbre. Al finalizar cada turno se reunían en “La taberna del pelirrojo” y antes de pedir la primera ronda esperaban a que llegara el capitán.

Dark, siempre retrasaba unos minutos su llegada a la taberna, en parte para dejar que los chicos empezaran a bromear sobre el “ritual” y así dejar que las tensiones vividas se fueran alejando, poco a poco de sus mentes. Pero también lo hacía por él, para poder desprenderse de la responsabilidad que durante todo un día había cargado sobre sus hombros, de la tensión acumulada e ir recobrando de forma paulatina su carácter jovial y despreocupado. Lo hacía para poder quitarse el disfraz de superman y convertirse en una persona real, para reencontrarse consigo mismo. Y cuando conseguía que su mente volviera a preguntarse si le habría dejado suficiente comida a “Merlín”, y por qué ese estúpido gato se había convertido en algo tan importante para él, a pesar de su arisco carácter y de que sólo lo dejara acariciarle cuando tenía hambre o ganas de jugar un rato. Cuándo, de nuevo, se preguntaba en que demonios estaría pensando Susana para regalarle a él un gato. Cuándo recordaba que ese había sido su último regalo, antes de hacer las maletas y largarse sin más despedida que una nota que decía que nunca encontraría un amigo mejor, ni una pareja peor. Cuándo sonreía al pensar que “Merlín” más que un regalo, había sido, quizá, una pequeña venganza. Cuándo la sonrisa se ensanchaba y se convertía en carcajada, sabía que estaba listo para iniciar el “ritual”.

Llegaba de buen humor, buscando con la mirada el rincón dónde se encontraban sus chicos y sus chicas, alborotando un poco más de la cuenta, mientras alguien se acercaba a la barra para pedir la primera ronda. El ritual había comenzado.

Se sentaba en la mesa y David lo hacía frente a él. Le mostraba los chupitos que le acababa de dar Jaime, uno en la palma de cada mano, los colocaba boca arriba sobre el sucio tapete verde y después sacaba el dado. Todos alrededor comenzaban a reír y a efectuar apuestas, que luego quedaban sólo en más risas, y se hacían comentarios de todo tipo, hasta que alguien avisaba, a voz en grito, que el “Capitán Gafe” volvía a tentar a la suerte. David apenas disimulaba su sonrisa y tampoco la hacía Dark, que con aire divertido, adoptaba la posición final. Cerrando los ojos lentamente, con gesto fingido de concentración. Entonces se hacía el silencio y los chupitos comenzaban a rodar por la mesa, el dado se encontraba dentro de uno de ellos y se oía claramente, en su ir y venir de un lado a otro, rebotar contra el cristal del vaso que lo contenía.

De repente el ruido cesaba y Dark abría los ojos, encontrando de nuevo los dos chupitos frente a él. Todo el mundo estaba expectante, esperando el momento, así que el capitán extendía el dedo índice de su mano derecha y señalaba uno de los pequeños vasos. David acercaba lentamente su mano hacía el objeto señalado, la ponía sobre el mismo y aguardaba unos segundos, las voces de sus compañeros lo increpaban para que se diera más prisa, pero todo formaba parte del ritual.

David levantaba el vaso y debajo de este no había nada. Todo el mundo comenzaba a gritar y reír a pleno pulmón, sin poder, ni querer contenerse. Dark sonreía mientras se echaba las manos a la cara y su brigada le daba palmaditas en la espalda y le daban las gracias. Una noche más, él pagaría la primera ronda.

Todo era como debía ser, pero esa noche, mientras bebía a pequeños sorbos su cerveza y disfrutaba con su verdadera familia de uno de los mejores momentos que la vida puede ofrecer, Dark pensó, que en casi dos años que el ritual permanecía inalterado, no había conseguido adivinar que vaso escondía el dado, ni una sola vez, y para que eso sucediera, no cabía ninguna duda, de que había que ser un poco gafe.

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16




Érase una vez un pueblucho sin mar una noche, después de un concierto, aunque este dato sea irrelevante en el tema, pero mola meter a Sabina en los relatos.

También se era, por que no puede dejar de ser para que el cuento sea cuento, aunque la realidad nos aborde y nos acongoje, un tal Gepetto que, lejos de ser el entrañable anciano que se esperaba y al que nos tenían acostumbrados, era un abuelo aburrido con problemas hormonales y un reloj biológico la mar de chungo.

Ante semejantes datos iniciales, ya pueden imaginarse el percal y la verdadera historia que Leyenda me contó un día tomando cañas y que yo voy a pasar a narrarles por que me resulta abrumadora y tenía que compartirla y por que, qué narices, es digna de ser explicada por ahí o en su defecto, aquí mismo.

Resulta que mientras el tal Sabina empezaba a beneficiarse a la tipa aquella de los ojos de gata, Gepetto empezó a beneficiarse algo también. Concretamente una cantidad ingente de chinchones que acabaron dando como resultado la conclusión evidente que, si Ancha era Castilla y nadie decía nada, él iba a ser ancho también. Ancho y papá por la gloria de su madre, por que tenía la necesidad y por que qué narices, el chinchón era fuertecillo y andaba el hombre animadote, animadote.

Total, que sin pensárselo demasiado fue, cogió un tronquito y se puso a engendrar algo a golpe de cincel como quién se pone a comer pipas.

Una vez acabado y con un pedal importante, llamó a gritos a Hada, que apareció a los cinco minutos subiéndose las enaguas y cagándose en todo lo que se meneaba en general y en el putoviejodeloscojones en particular.

- Gepeeee, qué coño quieres, que andaba yo con la varita del mago del cuarto tercera rimando y jugando feliz, joder!

- Uuhh… Hadaaaaaa, haaaaada, hics, necesito que me prestes la vaaaara esa un ratittitito… hics… uis, Hada,uish… qué bonicastastanosche…hic… no? Qué bonitos calcetines…

- Gepe, apestas a chinchón que-te-peich, chavalote! Y a tu petición, te la deniego, que te he dicho 20 veces ya que mi varita no te cabe, hostias. Que luego todo son quejas y puntos de cruz y ya cansa!

- Que noooooooooooooo, que noooooooo, dejarmehablarrrrrr, nomedejanhablarrrrr, que la quiero para que de un porrazo, le des vida al muñecote este que me he hechooooooooo…

- Que te has hecho un qué? Joder, cada día estás peor, Gepe, qué degenerao eres… ¿Y esa pedazo de nariz que le has endiñao ? Pero tio… ¿Además de borracho, pederasta? Qué nivel… Maribel…

- Buaaaaaaah, quiero ser papuchiiii, buaaaaaaaah! Aaaanda, se buena… venga… Mira que como no me lo hagas ya no te hago más varitas de esas especiales con rugosidades, eh…!!!

- Uaaala, pero qué cabrón eres! Eso es Chantaje, eh!!
- Po zí. ¿Cuelaaa? En serioquestásguapiisisisima… hics… vaaaa… Si? Eh? Si, si, eH? Cuelaaaaa???

- Cuela, mamón, cuela… te vas a cagar… y que sepas que la próxima la quiero que quepa en un vasocubata, eing! Estamos?! Pos eso!


Y así fue como Gepetto se hizo papá mientras a Sabina le daban las diez, las once y hasta las doce menos cuarto.

El resto de historia y el final de la canción ya se conoce… Gepetto llamó Pinocho al crío y este fue haciendo de las suyas y tal, a Sabina le dieron puerta un año más tarde… esas cosas.

Lo que no saben por que el cuento real no lo explica ya que va detrás de la ingesta de las felices perdices es que Gepetto no tuvo en cuenta es que las maderas, como todo lo demás, crece. Y se expande.
Y que aquel pequeño pinocho de simpáticas facciones también creció por que el tiempo, señores míos, pasa. Joder que si pasa. .

Y que Pinocho llegó a la edad de merecer, a la edad de la revolución, a la peor de las edades… a la pubertad y demás edades eroticofestivas.

Entendió entonces por qué Hada, al nacer, le había dicho que iba a tener unos problemas de narices en cuanto creciera.

¿Ustedes han visto Garganta Profunda?
Pues Pinocho tenía cierto parecido, pero nasal.

Y es que la historia no narra, por que sería demasiado triste que Pinocho se enamoró perdidamente de una joven rama de nudos bien puestos, ojos pintados a brocha gorda y corazón tallado a navaja con dos nombres extraños dentro que tenía cierto domino comiendo Palodul que lo volvía loco y que ella accedió a salir con él por motivos de raíces.

Y que un día, andando por la calle, llegó el otoño sin llamar a la puerta cual señorita de Avón.

Y que, mientras ella en un acto de amor dulce y garrapiñao le pedía a Pinocho que le fuera siempre fiel a cambio de su amor verdadero parasiemprejamás, Pinocho tuvo la desgraciada idea de coger aire y levantar su cabeza de madera de alcornoque al cielo… viendo así como millones de árboles se deshacían de sus hojas para él y le mostraban sus turgentes ramas de preciosos y nudos. Que todas las ramas de los árboles habían decidido desnudarse para él y dar así cabida a la mayor fantasía sexual que Pinocho habría podido imaginar nunca.

Casi creyó oír en el aire que las ramas ululaban su nombre y le hacían proposiciones indecentes tales como sonarle la nariz durante horas…

Evidentemente, y como son cosas de la edad, Pinocho se puso pinocho. Bruto. Cachondo perdido… y fue incapaz de disimularlo.

Por que la nariz, ante semejante espectáculo, le empezó a crecer y crecer y ponérsele tiesa y evidente.
Fue imposible hacer entender a Rama que las palabras de amor le ponían a mil, no coló.

Ella entendió que Pinocho sería como su padre, un Ramero adicto al chinchón y decidió dejarlo y eso mismo hizo, Snif, snif.

Fue así como Pinocho, por culpa de un millón de ramas en pelotas, un otoño por sopresa y una imaginación desbordante, perdió la oportunidad de casarse con la primera Rama con la que había estado, de palantar semillas y tener hijos con hojas a borbotones, de ir a comprar en chándal al Carrefour todos los sábados y de comer los domingos en casa de Doña Urticaria, la que hubiera sido la perfecta suegra de manual, picores incluidos de serie.

Y qué lástima y que… ¿Mala suerte? Sic!






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17

La mala suerte:



Aun me quedan diez minutos para intentar escribir algo, pero no puedoo, mi jefe me pide que le sume el millon de talones que tiene que llevar al banco. Para colmo una excursión del inserso acaba de entrar en la tienda...Dios mio entre todos ellos deben de sumar la edad del mundo biblico, seis o siete mil años por lo menos.

Quieren el vino que yo vendo, lo que me faltaba, una reunión de momias borrachas...Pero un momento, se supone que en la oficina no pueden entrar. Uno de ellos dice que está sordo y que le tengo que hablar más fuerte.

Y he allí yo, dandoles más vino a ver si me dejan escribir el texto de la mala suerte. Parece que por fin puedo escribir el primer parrafo, esto va bien, aun me quedan seis minutos para enviarlo.

Oh, ¿y ahora que quieren? ¿Más vino? Lo siento señores y señoras pero se han bebido todo el vino de degustación. Otra vez entra el sordo en la oficina -Oiga señor que le he dicho que no puede entrar.

¿Por qué abre la boca de esa forma? ¿No ve que se le van a caer los dientes? Pero oiga, que les he dicho que no entren ¡¡¡ Intento quitarmelos de encima, los empujo, pero aunque los pies artrosicos les fallen, sus huesudas manos tienen mucha fuerza, supongo que ellas han lavado muchos años en el rio, y ellos debieron de trabajar en la mina, tantos años de trabajo les ha dado sus frutos en la vejez.

Escribo estos textos desde mi agonia, uno de los viejos me ha dado un bocado diciendo que con el vino tinto él siempre come algo de carne. Otro viejo me ha mordido un deo y lo veo salir chupeteandolo como si fuera un alita de pollo. Unas abuelas se estan poniendo las botas a base de cortarme trozos de culo con el cuter de la oficina.

Ya solo me queda un minuto y medio desangrada les ruego que, al menos me dejen escribir las últimas lineas.

Y estas son. Espero que aunque el texto llegue un par de minutos fuera de su hora, sepan apreciar estos "mis últimos momentos".

Los viejos casi han desaparecido, aunque ahora ya no son aguelos.

La mujer que me arranco el dedo indice, parece más joven que yo. Se ve que mis carnes los han devuelto a la juventud y lo que antes fue una reunión del inserso, ahora es una ambietada reunión de jovencitos y muchachas con ganas de juerga.

Solo espero contagiarle mi alergia al polvo.


























6 comentarios:

Eingel dijo...

joer... y antes que ningun comentario serio... mensajes de spam

Pues nada.. que todos leidos, y que estoy preparado para votar como una pelota contra la pared

Suerte a tod@s

Eingel dijo...

habeis recibido mi voto?

Alemama dijo...

¡Dura tarea nos han puesto, muchachas! Menos mal que no debo leer el mío al menos, jeje, es que los que he alcanzado a leer, están TAN buenos, que a cada uno me digo: ¡5 puntos para éste! para seguir en lo mismo al siuiente...¡ay dolor! sólo 15 puntillos....

El Churruán dijo...

Tiene razón Alemama, fue duro escoger. Pero no hay otra!! Suerte a todos.

Mae dijo...

Holaaaa. Gracias a los que ya habeis votado. Se que la cosa no es fácil. Pero quiero recordar que le jueves termina el plazo y que hay muchos de vosotros que aún no habeis votado. Besos y suerte a todos!!!

Mariano dijo...

Espero que os haya llegado mi votación, si no, pegad un grito y las reenvío.