lunes, 30 de julio de 2007

VIVENCIAS VERANIEGAS

(Más personas que se quedan fuera de concurso por vagos/as... aissss)
Bueeeno pues aquí estamos otra vez, más morenas y veraniegas que nunca... Esperamos que estéis pasando un buen estío y que, a pesar de que algunos textos enviados tengan un regustillo agridulce, la brisa marina y el olor a tinto con limón y a crema protectora de coco os esté sentando genial ;)

Os recordamos que tenéis hasta el viernes 10 de agosto para votar, así que no tardéis mucho.

Gracias por esos escritos tan chulos que hacen que no necesitemos comprar la Cosmopolitan para entretenernos xD


¡Besos para todos!





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1



Chris de Burgh resonaba en el jardín con su “Lady in red” y las pocas parejas que aún quedaban en la discoteca al aire libre del hotel, bailaban al son de la música. Entrelazando sus manos, susurrándose pequeñas confidencias al oído. Dedicándose cómplices miradas. Sonriéndose y abrazándose. Besándose en mitad de la pista, bajo la luna de Varadero. Bajo las estrellas. Junto al mar.

Dark observaba la bucólica escena con aire distante, aunque divertido. La canción era hermosa, los compases lentos, rítmicos, dulces. El clima perfecto, la noche esplendida. Y todo el mundo parecía feliz. Sí, todo el mundo parecía feliz. Pero para él, la noche sólo acababa de empezar.

Se volvió hacía la barra, le hizo un leve gesto a Miguel y este le sirvió un nuevo y generoso vaso de ron. Saboreó el primer sorbo e inmediatamente después, apuró el resto de la bebida de un solo trago.

Poco a poco los clientes, que aún quedaban en el jardín, fueron pasando al comedor, dónde en ese momento se servía la cena. Todo el mundo se sonreía y se saludaba. La mayoría apenas se conocían desde hacía unos días, pero se trataban como si fueran viejos amigos, que se reencontraran al cabo de unos cuántos años sin verse. Se sentaban juntos, hacían planes para el resto de las vacaciones y se intercambiaban direcciones, teléfonos y correos electrónicos, para seguir en contacto a la vuelta. Aunque lo cierto era, que la inmensa mayoría de ellos no volverían a verse nunca más. Claro, que eso era lo de menos, lo realmente importante era impresionar a los nuevos amigos. Mentir hasta decir basta, respecto al trabajo, la familia, las amistades que decían conocer, o el coche que decían tener. Y si era necesario, incluso respecto a ellos mismos. No. Sobre todo, respecto a ellos mismos. Todo aquello no era más que una mascarada, una charada. Todo el mundo fingía tener vidas que en realidad no tenía y durante aquel viaje querían ser, todo aquello que en realidad nunca serían.

Conocía el ritual. Hacía algún tiempo, él también lo había puesto en práctica. Iban a ser las mejores vacaciones de sus vidas. Llegaron con las maletas repletas de ilusiones, dispuestos a solucionar todos los problemas que tanto les agobiaban. La idea había sido de Marta, un día llegó muy tarde a casa con dos billetes de avión en las manos y una sonrisa que iluminaba su rostro. Esto es lo que necesitamos, le dijo, alejarnos de todo lo cotidiano, desconectar de verdad. Sin teléfonos que suenen a todas horas, ni problemas que no puedan esperar a mañana. Sin servidores de comunicaciones que se caigan un sábado por la tarde justo antes de entrar al cine, o de que nos sirvan la cena en “Casa Roberto”. Sin nuevas sucursales que deban estar operativas antes de año nuevo, o el día de nuestro aniversario. No dejaba de sonreír y hablaba sin parar. Estaba tan emocionada, y llevaba tanta razón que no supo, ni quiso decir que no. Alejarse de un trabajo que le ocupaba todo su tiempo, era justo lo que necesitaba en aquel momento, necesitaba descansar y recuperar a su mujer, porque sabía que la estaba perdiendo.

Pero el sexto día de aquellas idílicas vacaciones, el teléfono volvió a sonar. Hasta entonces todo había salido extraordinariamente bien, habían hecho de todo y todo lo habían hecho juntos. Habían pasado horas y horas tendidos en la playa, o chapoteando en el agua. Habían conocido gente nueva con la que salir a cenar. Habían bailado hasta el amanecer, al ritmo de las canciones de la orquesta del hotel. Habían hecho el amor hasta acabar rendidos, y él había vuelto a enamorase de ella. Sin embargo, aquella llamada lo estropeó todo. Le prometió que volvería al día siguiente. Volaría en un Jet privado, que la empresa había puesto a su disposición, solucionaría el problema y regresaría a su lado. Se lo juró. Y lo cumplió, pero cuando regresó, Marta ya no estaba.

Le dijeron que se había marchado en el primer vuelo de la mañana. Así que aquella noche, durante el primer descanso de la orquesta, y después de los tres primeros vasos de ron, se acercó a Raúl, le pidió que le dejara cantar un par de canciones con ellos, sólo para evitar seguir dándole vueltas a la cabeza. Raúl accedió, pero Dark, ya no se bajó del escenario. Habían pasado cinco años.



La cena había acabado y la orquesta estaba preparada. El público se fue acomodando alrededor de las mesas de la terraza y los camareros fueron a atender a sus clientes. El primer tema de cada noche, siempre era instrumental, así que se giró una vez hacia la barra y llamó la atención de Miguel, que le sirvió de nuevo. Liquidó la consumición sin contemplaciones, revisó su blanco esmoquin y deshizo el nudo de la pajarita, justo antes de dirigirse hacía la pequeña escalera. Aguardó a que cesaran los aplausos e inmediatamente después hizo su entrada en el escenario.

Laura observaba desde la puerta del comedor que daba acceso al jardín. Contemplaba de nuevo, esa extraña mezcla de elegancia desaliñada que le hacía tan atractivo a sus ojos. No dejaba escapar ni uno de los sus movimientos, por mucho que supiera que estaban estudiados y perfeccionados frente al espejo. Mientras se dejaba atrapar por su voz, que cómo cada noche le erizaba la piel y le hacía anhelar el momento de estar de nuevo juntos. Se habían conocido hacía casi cinco años. Ella se encontraba de vacaciones con su marido, hijo del presidente de una gran empresa española, que se pasaba el día con el ordenador portátil a cuestas, consultando cotizaciones de bolsa, o hablando a gritos por teléfono. La segunda noche de estancia en el hotel, lo dejó en la habitación discutiendo con alguien que se encontraba a miles de kilómetros de distancia y fue a escuchar tocar a la orquesta. Al finalizar la actuación, Dark la invitó a una copa. A la noche siguiente, se repitió la escena de la habitación y cuando la orquesta se despidió, ellos pidieron una botella entera de tequila, sal y limón. El domingo, cinco días después de su llegada, su marido tomó un vuelo hacía España, sólo será un día, le dijo. Aquella misma noche invitó al cantante de la orquesta a subir a su habitación. Su marido llegó tres días después.

Desde entonces siempre viajaban a Varadero en vacaciones, y su marido siempre tenía que viajar a Estados Unidos a cerrar algún tipo de negocio, o regresar algunos días a España, mientras duraba su estancia en el hotel. Pero esos días valían todo un año.

La descubrió justo cuando empezó a bajar las escaleras del jardín. Llevaba un vestido largo de noche, de generoso escote, la espalda al descubierto, y una larguísima abertura en su lado izquierdo, que dejaba al descubierto su pierna a cada pequeño paso que daba, bolso y zapatos de tacón alto a juego, de alguna celebérrima marca de París o Milán. Sin duda era la criatura más hermosa que había visto jamás. Ojos azules y sinceros, pelo largo y sedoso, piel de ángel y labios que formaban una sonrisa que, mientras la veía, le hacía olvidar.

Nunca se habían mentido y aquella noche mientras estaban en su habitación ella le dijo:

- Sé que esta es la última noche que nos veremos.- Él la interrogó con la mirada. – Sí, es la última. Porque me he enamorado de ti, y si te vuelvo a ver, sé que nunca me querré marchar.

Se incorporó de la cama, la besó y bajó lentamente la cremallera de su vestido. Los tirantes se deslizaron por sus hombros, el vestido cayó al suelo. E hicieron el amor.

Despertó antes que ella, recorrió de nuevo los lunares de su espalda y retiró la fina sábana que cubría el resto de su cuerpo. Laura despertó, cuando él comenzó a besar su cuello. Y supo que sería la última vez.

El avión comenzó a moverse, por la pista del aeropuerto. Dark miró su reloj, el vuelo despegaba a las diez en punto de la noche, hora de Cuba. Destino: España. Cerró los ojos, reclinó su asiento de primera clase, e intentó dormir. Las vacaciones habían terminado y Varadero quedaría, a partir de ahora, demasiado lejos.





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2


-¿Te acuerdas de la heladería del malecón?- pregunta María a Elena.
-Claro, mujer, no me voy a acordar... Rara era la tarde de verano que no parábamos allí a tomar un refresco, y nos repartíamos a los chicos de la clase, jajaja.
-¡Es cierto! No me acordaba de lo de los chicos. Siempre te pedías a Germán, aquel rubio de ojazos verdes, jajaja. A saber que fue de él.
-¿Y a mi no me rifabais?- interviene Manuel, metiendo la cabeza en el espacio entre las dos mujeres. Sonriendo, Ángel, que camina a su lado detrás de las chicas.
-A ti no te queríamos ni regalado- ríe Elena -y mírame ahora, aguantándote toda la vida, lo mío es masoquismo.
María se une a la risa de su amiga, y se retrasa unos pasos para agarrar a Ángel de la cintura.
-¿Que no me queríais ni regalado? Pero qué bien mientes, princesa... Os moríais por mis huesitos- se pavonea Manuel, elevando los brazos y dando saltitos graciosamente por la avenida.
-¿Cómo que “os”? En todo caso, habla por mí, tontorrón, que María siempre ha tenido mejor gusto que yo- suelta Elena, empujando a Manuel con un gesto burlón.
Ángel besa a María en la mejilla y se une a la conversación- Esta chica también sufrió de “Manuelitis” en su momento, me temo que era un virus muy común en el instituto-.
-¿De “Manuelitis”?- se gira Elena extrañada, pero a tiempo de ver el ligero codazo que le propina María a su novio. Ángel se sujeta el costado y mira a María confundido.
-Qué exagerado eres, Ángel- interrumpe Manuel-. Mujer, se refiere al verano antes de conocerte, que a Mari y a mí nos dio por tontear. Ya ves tú...
-Aclara eso porque me siento la tonta de la reunión- salta Elena, algo molesta-. ¿Desde cuándo habéis sido vosotros novios? Porque lo que es yo, me acabo de enterar.
-Uy, uy, novios. Elena, no vayas a pensar...- intenta explicar María, un poco azorada.
-Tonterías de adolescentes- añade Ángel, que se ha dado cuenta rápidamente de la situación-. Lo típico, ya sabes, mujer. El verano, las hormonas... Si no es nada, yo me reí mucho cuando María me lo contó.
-Pues venga, vamos a reírnos todos ¿no? Ja-ja-ja- silabea Elena, irónicamente.
-No hay nada que explicar, tontina. Si no te lo he contado es porque precisamente no tuvo importancia ¿verdad Mari? Pues anda, que si te tengo que hacer una lista de todos mis ligues antes de conocerte...-Manuel se ríe, quizás demasiado forzadamente, y agarra del brazo a su mujer. María no dice nada pero mira disimuladamente a Manuel, claramente incómoda con la situación.

Esa noche, Elena sigue enfadada con su marido.-Es que no entiendo por qué no me dijiste nada. María ha sido mi mejor amiga desde el instituto y me tengo que enterar por otra persona, que no la conoce ni de hace un año, de que vosotros estuvisteis liados. ¿Tú te crees que eso es normal?
-Mira, Eli, te lo he explicado ya veinte veces. Que no duró ni tres meses, que yo no te conocía aún, que María no te habrá dicho nada por lo mismo que yo, porque no pensamos que mereciera la pena, estás haciendo un desierto de un grano de arena. ¿Quieres dejar ya el temita?

Manuel está encerrado en su despacho. Sentado enfrente de la gran mesa de caoba, mira la foto de su mujer, que preside la esquina derecha del escritorio junto al pequeño marco de plata con el retrato de sus dos hijas. Delante de las instantáneas, hay un pequeño y amorfo pisapapeles. A simple vista, parece una especie de manualidad infantil de colegio, o un extraño objeto de dudoso gusto. Si lo analizas con mayor detalle, compruebas que es un trozo de cemento endurecido, con cinco curiosas marcas circulares, que conforman una suerte de semicírculo. Sin embargo, un lateral de la pieza se haya desportillado, como si le faltara al extraño pisapapeles un gran trozo. Manuel recuerda cuando se lo encontró así, roto, incompleto, encima de su escritorio, y su hija pequeña le confesó que se le había caído jugando. La niña había tirado los trozos rotos a la basura, asustada por el más que probable castigo. Manuel no castigó a la cría pero, si eres perspicaz puedes ver, todavía hoy, un rastro de honda tristeza en su mirada cuando manosea el pisapapeles roto.
En algún lugar, quizás en un vertedero alejado de la oficina de Manuel, yacen los trozos rotos de cemento, bajo estratos y capas de basura de años. Si tienes paciencia y los juntas, y luego compones el objeto completo, puedes ver la huella de un pie, tomada con cemento. Un negativo de lo que un día fue la huella de un pie en la arena; cinco elipses en arco que puntean otra curva más grande. Un pie menudo, quizás de un niño, o de una mujer bajita. En el reverso del cemento, una inscripción.M&M V69. Aquel verano del 69, piensa Manuel... Y tararea a Bryan Adams.




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3



Cuento de un verano lejano

Ronda con olor a frutas

Olor a frutas caídas y ya en descomposición. ¿Mal olor? No, sólo huele a recuerdos de mi verano quinceañero en el campo de mis primos, entre tardes largas de lentos atardeceres que nos impulsaban a buscar amigos que acortaran el “deporte” de contar moscas. Los amigos eran circunstanciales, pero ¡oh, maravilla! : tenían hermanas, y las hermanas primas que le cambiaban el ritmo a las desmayadas horas.

Marcela….¿qué será de ella? Casi no puedo evocar los detalles de su cara y, si me esfuerzo, más se me escapa; sus cejas se arquean y deforman como las nubes en el viento de la memoria. ¿Cómo eran?

Aunque no recuerde sus facciones, hay algo que permanece: el tacto, el toque de sus manos de dedos largos con uñas mordidas. ¡Cómo nos asimos con sorpresa en esa ronda de niños que inventó Josefa, para terminar comprobando que ya no lo éramos!

Tomé su mano, sólo una --la otra la tenía pescada con asco Miguel, mi hermano pequeño—y la acaricié por el dorso, por la palma, cada dedo entre mis dedos, donde mis nudillos se trababan.

Nunca hubo ronda más corta, de recuerdo eterno, donde el olor a la fruta pasada me lleva siempre de regreso a una edad marcada por la emoción recién estrenada de sentir la tibieza de unas manos.

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4

Me enamoré de ti nada más llegar a la playa. Fue el verano pasado. Te empezaste a desnudar despacio bajo la sombrilla y ya no pude apartar la mirada de ti. Se notaba que era tu primer día de playa, porque tu bikini negro dejaba en evidencia a tu piel láctea. La luz del sol filtrada por la sombrilla de vivos colores hacía un efecto de calidoscopio sobre esa piel blanca, que se convertía en una perfecta pantalla sobre la que se proyectaban formas imposibles. Me enamoré perdida e instantáneamente de tus ojos verdes y de tu pelo, aun más negro que la escasa tela de tu bikini. Siguiendo a tus manos descubrí las curvas de tu cuerpo mientras que te protegías de las quemaduras. Dejé pasar la primera mañana de playa perdido en tus largas piernas. Y descubrí que aún me podía enamorar más de ti cuando te vi salir del mar, con las gotas de agua escurriéndose de forma vertiginosa hasta la arena. Y aún más todavía cuando te vi salir del hotel por la noche, con un precioso y liviano vestido rojo. Los días se sucedieron deprisa, como pasan los días felices y tranquilos. Las noches fueron embelleciendo tu piel cada vez más dorada, con tus ojos cada vez más verdes y con la negrura de tu cabello cada vez más intensa. Y conmigo cada día más y más enamorado.
Las vacaciones se acabaron. Todo se acaba. Iba conduciendo camino de casa automáticamente, de esas veces que un sexto sentido se encarga de coger con firmeza el volante y la cabeza se entretiene en pensamientos lentos llenos de matices. Y pensé en cómo me había enamorado de ti, en ese flechazo nada más verte bajo la sombrilla, en tu piel cobrando color como en una película de esas de documental en la que se ve en un minuto el paso de un bosque por las cuatro estaciones. Al llegar a casa aparqué en el mismo sitio en el que estaba aparcado el coche antes de las vacaciones. Miré hacia la derecha. Estabas profundamente dormida. Con tu melena negra cayendo por tu hombro aceitunado, envuelta en el mismo vestido ligero y rojo de la primera noche y me volví a perder en tus largas y bronceadas piernas. Y pensé cómo era posible que me hubiera enamorado locamente de ti ese verano, después de llevar viviendo juntos más de cinco años.


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5


La playa puede ser un lugar mortal: mar picada y corrientes traicioneras en las que ahogarse, niños que arrojan arena a las gargantas descuidadas, suegras que hablan hasta quebrar la voluntad del infeliz que se tumba a su lado, ensaladillas pasadas que causan diarreas mortales, novios celosos que te hacen tragar la sombrilla por mirar más de la cuenta los pechos desnudos de su novia, balonazos que acaban con las ansias de paternidad de quien lo recibe... en fin, hay muchos modos de perder la vida o hacerse daño en tan ocioso y refrescante lugar.


En verano, la primera causa de accidentes estúpidos, es el juego de las palas. Ay de aquel que, desprevenido y ajeno a los dictados de la lógica, se deja llevar por el aburrimiento o el crio de turno, hacia la orilla, para echarse una partida. Aquella mañana de domingo, yo era uno de esos.


Huyendo del insufrible acento de mis vecinos, accedí a jugar un poco. De pequeño habia sido tres veces campeon de la localidad, aunque lo más que habia ganado, habia sido un frigodedo, que me regaló un señor por darle un pelotazo (accidentalmente, que quede claro) a su suegra.


Tenia practica pues, y asi lo demostre en los primeros toques, hasta que una morena de cadenas cimbreantes, que hacia olvidar que sus partes menos soleadas estaban cubiertas por un minusculo bikini, pasó junto a mi. Persegui con mi mirada la trayectoria cadente del trasero de la sudodicha, en lugar de ocuparme de la raqueta, que en un descuido, se le habia escapado a mi acompañante (cuyo nombre no dire pues es en la actualidad artificiero) y que se dirigia hacia mi cabeza a toda velocidad. El resultado: un golpe que me dejó inconsciente sobre la arena mojada.

Cuando volví en mi, senti los carnosos labios de alguien, posados sobre los mios, no dude en besarlos e introducir mi lengua en su boca. Abri entonces los ojos, y me encontre la estupefacta mirada de una socorrista que hasta ese momento intentaba hacerme el boca a boca. Di gracias a dios por no tratarse de UN socorrista.

Recuperada de la sorpresa, y habiendo recuperado yo el conocimiento, me llevó al solitario puesto de guardia, donde me haria un completo examen para cerciorarse de que me habia recuperado por completo. Cerró con llave la puerta, bajo las persianas, y con un leve movimiento, que memorice para futuras ocasiones, se deshizo de su apretado bañador rojo. Me tumbó sobre la mesa y se sentó sobre mi "sombrilla" totalmente desplegada por la vision de tan trabajado cuerpo.

Empezó a cabalgar con tal frenesí, que pronto las paredes de la estrecha habitación comenzaron a temblar. En uno de sus saltos, la pared tembló tanto, que un reloj de cuco que colgaba de ella, se desprendió y golpeó mi dolorida cabeza, dejandome inconsciente de nuevo.



Cuando la conciencia retornó a mi, me sentí completamente mojado. <<¿Ya?>> pensé extrañado, pues de siempre he durado mucho, pero al abrir los ojos, comprobé que me encontraba tumbado en la arena, enterrado hasta el cuello en ella, mientras mi acompañante me sonreia divertido desde su tumbona, haciendome gestos con la pala.


Así que amigos, si jugais a las palas en la playa, un consejo: cuidado con los relojes de cuco!!!

Un beso!!!!


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6


Ojalá el calor fuera el culpable... Pero sólo ojalá.

Así pensaba él cuando Junio comenzaba a despuntar, al sentir el primer sudor veraniego.
Ojalá el verano no me recordara tantas cosas, insistía machacona su mente. Y al segundo otra vocecilla le hablaba de los placeres del estío, de los cuerpos que se destapaban al sol.
Y a él le dolía la cabeza.
Su bikini era negro. Su piel nívea, enrojecida en algunos puntos por algún que otro baño de sol. No era una diosa; ni mucho menos un cuerpo perfecto. Pero era ella.
Era como una cerveza fresca en medio de una larga caminata.
Su sonrisa no era fruto de la locura veraniega. Él sabía reconocer el amor, era su secreto. Y ellos se habían amado. Sí, aquello era de verdad, para siempre, para siempre, para…
Pero terminó; como también terminó el verano. Ella, con piel de gaviota, no podía vivir sin mar. Él, curtido y moreno, adoraba el duro suelo.
Se dijeron adiós.
Al año siguiente buscó en las playas sus sandalias, aquella sombrilla suya de propaganda. Jamás volvió a encontrarla.
Enloqueció. Terminó por creer que ella era una sirena.
Y cada vez que una ola rompía contra el pesquero en los largos meses de faena, odiaba un poco más el mar.


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7

Era el verano del 97. Yo era la primera vez que viajaba sola a pesar de los
impedimentos que me encontré en casa. Tenía solo 16 años, y unas ganas locas
de huir de todo lo que me rodeaba.
Después de interminables horas de viaje llegué a mi destino. Lo que nunca
imaginé era lo que allí me esperaba.
Acomodé mis cosas en casa de quienes me recibieron con los brazos abiertos y
me dispuse a comerme el día, la noche y lo que hiciera falta.
Todo transcurría como debía, hasta que tu mirada se cruzó con la mía.
De ahí en adelante todos mis planes dejaron de ser útiles. Ya solo pensaba
en ti, y sabía que tú lo hacías conmigo. No nos hizo falta presentación.
Pensábamos igual, actuábamos igual y sin darnos cuenta nos vimos los dos, en
plena feria, montados en un tiovivo imitando la escena de Mary Poppins. Me
hacías reír, por eso quizás me gustabas más aún.
Tú tenías 19, o 20, no recuerdo ahora mismo muy bien, el caso es que eras
mayor que yo.
Hablamos mucho, mas de lo que nunca había hecho con ningún otro chico. Sabía
que eras especial, y poco a poco, tus palabras me lo fueron confirmando.
Me enamoraste, y yo, estaba loca por robarte un beso, pero, aunque sabía que
igualmente tú, te morías de ganas por besarme, no veía intención alguna.
Una noche, creo recordar que la penúltima de mi estancia allí, al recogernos
después de una velada embriagada en risas y miradas por nuestra parte, tú te
apoyaste en un coche, y cogiéndome de la mano para acercarme a ti, abordaste
toda la pasión que llevabas dentro contra mis labios. Nunca lo olvidaré…
Ya solo me quedaba una noche a tu lado y yo no quería marcharme jamás, pero
me reclamaban y a esa edad, una debe de obedecer.
La despedida no puedo recordarla con más nostalgia de cómo la recuerdo cada
vez que vuelves a mi mente.
- “No te vayas” – me dijiste con lágrimas en los ojos. –“Cásate conmigo si
es necesario para que te pueda tener siempre”-
Hiciste que me sintiera la mujer mas querida del mundo y eso no lo puedo
olvidar.
Al regresar a casa, nada de lo que tenía aquí me llenaba. Solo quería volver
contigo, pero no tenía oportunidad.
Tu carta, la única que me escribiste, en la que me decías lo especial que yo
era para ti, la guardo junto con las cosas que considero “mis pequeños
tesoros” y a pesar del tiempo, aún hay días en los que la leo y te vuelvo a
sentir cerca. Al mes me enteré de que habías vuelto a rehacer tu vida con
una chica de la que me habías hablado. Yo me alegré por ti, pero no puedo
negar que también lloré.
Fueron muchas las cartas que te escribí, las veces que te llamé pero no
quería renunciar a saber de ti. Al final me tuve que dar por vencida, aunque
de vez en cuando llamaba a tu casa por si tú cogías el teléfono. No hubo
suerte.
Tu recuerdo aún me persigue aunque 10 años nos hayan separado.
Aquel fue el mejor verano de todos, la mejor experiencia y creo que tú
hubieses sido el mejor hombre para mi vida.
Hace unos meses conseguí hablar contigo. Me dijiste cosas hermosas. Aún
estabas con ella. Y de buenas a primeras te volví a perder.
En mi teléfono sonó un mensaje.
- “Perdona por no contestarte ahora ni antes. Soy un cobarde y lo reconozco,
pero se lo que siento por ti y me da miedo. Prefiero dejar que las ascuas
calienten mi existencia antes que reavivar un fuego imposible. No nos
conviene, ¿me entiendes, verdad?. Te quiero y siempre te querré!



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8

AQUEL PRIMERO DE JULIO

Te acuerdas? Vagamente... Uno de julio. Martes. En aquella época todo ocurría en martes. Ahora, ni eso.

Tú no me querías del mismo modo que yo te quiero. Aun así, aceptaste una salida de amigos. Prometí que no te arrepentirías, y para mí, estas promesas son sagradas.

Llegaste a las siete y media. Verte ahí era un sueño hecho realidad. Mi sueño. Dos besos de saludo, y comenzó la mejor tarde de mi vida.

Sentados en una terraza, saboreando la cerveza tostada, conociste al duende que hay dentro de ti. Un pequeño paseo por la ciudad, mientras hablábamos de nuestras vidas. Tomando un helado aprendimos nuestros gustos musicales. Una copa más... y el tiempo se acababa.

A medianoche, como Cenicienta, me negaste un beso y te marchaste. Y yo me quedé ahí... y ahi sigo.

Para tí, un día más. Divertido, si, pero nada más. Para mi...

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Han pasado más de cuatro años. Mis sentimientos no han cambiado. Por desgracia, los tuyos tampoco. Sabes que siempre lo he aceptado... que siempre he sabido dónde está mi lugar. Y ahora, que quieres empezar una vida nueva con otro... sólo puedo desearte lo que siempre he querido de verdad. Que seas feliz.

Te lo dije hace años. Y no me arrepiento de ninguna de mis palabras.

Pero es hora de seguir mi camino de una puñetera vez, de dejar el lago y volar en busca de algo que no sé si voy a encontrar, y ni siquiera sé si existe.


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9

Verano, sueño y muerte

El verano encaja mal en los sueños. Quizá sea por la luz, tal vez por lo que encierra de imprevisible una sonrisa mortal y hueca escondida detrás de un helado de limón, o de un cigarro moribundo. El verano es esa estación en la cual se agotan las etapas y se deja paso a todo aquello que sería impensable durante el resto del año; y se abre la puerta a realidades inabarcables, algunas definitivas, otras que se aposentan en el alma y la aplastan para siempre. Durante el verano, la muerte es más trágica que en cualquier otra época del año.

Tenía ocho años y un sueño me trajo el verano. Caminaba por el borde de una piscina, bajo un sol de esos que hacen entorpecer el ritmo de los relojes. Nunca pude soportar el tacto de la hierba mal cortada, que esconde entre su espesura objetos punzantes. Si alguna parte de mi cuerpo siento vulnerable ésa es la planta del pie, donde no tengo ojos. La piel se desgarra fácilmente, es como si pasas la punta de un cuchillo por una bolsa de plástico tensada entre las manos y a la menor presión ésta se abre en cremallera y queda torpemente mutilada, un asa en cada lado; figura muerta, inservible. Pensaba en cientos de hormigas desfilando por entre las hojitas verdes cuando una mano pequeña y blanca recogió un cigarro que no había sido apagado del todo y lo llevó a la boca del cuerpo que sostenía esa mano. Los labios sostenían el pitillo dentro de una cabeza enorme, del tamaño de una pelota hinchable, mayor incluso, peinada hacia un lado con pelo muy negro y brillante. Sonreía de una forma tal que podrían haber reventado en ese momento las cristaleras de una catedral cercana y sus pedacitos haberse vuelto a reordenar para dar vida a un elefante. El elefante comenzó a reír con sus ojos planos y rasgados, que provocaban prematuras patas de gallo bajo las sienes blanquísimas del paquidermo fumador, repletas de estrías, y reía sin motivo, moviendo rápidamente sus pupilas para controlarlo todo, para absorberlo todo, para devorarlo todo. Era un niño. Tenía no más de diez años y pantalones cortos. Su masa encefálica se precipitaba de un lado para otro sometida a un peso desproporcionado, y no dejó de clavarme una mirada que me arrancaba el aire directamente de los pulmones, haciéndome cosquillas que se convertían en úlceras. Su sonrisa era profunda y no tenía fondo; parecía el umbral de un abismo. El silencio era un fluido que hizo detener el tiempo y se coló por todas las rendijas hasta congelar la escena. Entonces resbalé, y caí, y no dejé que mis pies impactaran contra el fondo, flotaba y no notaba nada debajo. Desperté.

Pasados los días, mi estómago aún seguía portando una losa pesada y rancia, al tiempo que mi pecho se encogía al ritmo de aquella sonrisa, tajante y pálida, que nunca hubo de abandonarme. Quise dejarlo en el olvido y únicamente conseguí ahondar la grieta que se abrió entre mis costillas. La herida era invisible, pero abundante, y anticipaba sucesos que intuía y trataba de alejar de mi conciencia. Pensaba en pájaros que anidaban en las cornisas y en su descendencia cálida. Acto seguido las aves saltaban del nido, hambrientas y confusas por el calor, y se estrellaban contra el suelo, sucesivamente, hasta despoblar el nido que alimentó sus endogámicos delirios suicidas.

Un mes después bordeaba una piscina bajo un sol de justicia, y no encontraba a mi padre. El suelo quemaba, y yo tomaba un helado de limón, que se iba desvaneciendo por entre mis dedos, ajeno a cualquier asunto que no fuera la búsqueda que aliviara mi momentánea orfandad. Quise agarrarme el estómago con las dos manos y lanzarlo al agua, y despojarme del peso, y sentí una necesidad vital de apagar la luz del sol, ante la cercanía de un desenlace que se hacía más presente a cada paso. El reloj hacía tictac en mi pecho y lo iba reduciendo como se aplasta una pelota pinchada. Cerraba los ojos, tratando de negar con ello mi postura de cómplice observador en la escena, y mi vista atravesaba contra mi voluntad los párpados casi transparentes, y los achicharraba. Mis pies se adelantaban ágiles sobre la piedra hirviendo, y eché un vistazo rápido a la piscina, al otro lado, donde tres niños jugaban a deslizarse por un tobogán azul adosado al mármol. Reían, se empujaban, y chillaban casi al unísono con dos señoras que unos segundos después quedaron solas compartiendo un estruendo gutural, mientras se revolvían entre un agua oscura tocada con matices anaranjados al paso de la luz. Entre ambas sacaron del fondo –sólo asomaba la cabeza, negra, fucsia y brillante-, el cuerpecito del niño que ya no reía y ni siquiera fumaba, porque no le había dado tiempo a desvelar los efectos secundarios de la adolescencia. El impacto fue metálico y dejó paso a un silencio que ralentizaba la secuencia de forma gradual. Eran dos, el segundo emergió boca abajo con los brazos en cruz, como un pajarito que adorna el suelo, y ya no reían, porque su piel, manchada de un rojo intenso y pegajoso, les pesaba como nunca en sus pueriles arquitecturas de mazapán blando e inerte, mientras el tercero sonreía, plantado frente a ellos, con un cigarro entre sus dedos, mojado y recién recogido del agua. Entonces me miró, y me grabó la culpa en las pupilas, y yo encontré a mi padre, que me tapó los ojos y me sacó de allí en brazos para no volver jamás.

El verano es un ente indócil que ha de ser afrontado con la plena conciencia para que no haga daño, pues sabe cómo apoderarse de la mente de un niño. Los símbolos pueden ser mortales cuando son sometidos a una temperatura agresiva que los deforma y los derrite hasta convertirlos en el reverso del miedo, en figuras terribles y estremecedoras, en imágenes sinuosas, en calidez simulada que alberga un frío inorgánico cuando se le da la vuelta y se palpa el vacío en un instante. Quien comete el error de querer encerrar el verano en un sueño corre el riesgo de mancharse las entrañas para siempre.



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10


John McCaulay-Colkin no era una persona, digamos, popular. Y es que su vida no invitaba a ello: escocés de 300 kilos, albino, sexador de pollos y con ciertas filias políticamente incorrectas que no viene al caso enumerar aquí. Vosotros también tendríais pocas ganas de conocer gente sabiendo que probablemente vuestra sola presencia provocaría ganas de vomitar tropezones en vuestro contrario. Además, qué carajo, pese a su solitaria y rutinaria vida, John era feliz.

Sin embargo, cada verano nuestro amigo albino se armaba de valor para romper con su rutina y, en un esfuerzo por tratar de comprender qué era eso tan atrayente que sus compatriotas veían en la costa mediterránea, se echaba el petate al hombro, se montaba en un avión de Ryan Air y se plantaba en Málaga. ¿Búsqueda de sexo fácil? ¿Mera compañía? ¿Disfrutar de ese sol que siempre se le había mostrado esquivo? ¿Tratar simplemente de sentirse normal durante unos días? Sus motivaciones nunca estuvieron demasiado claras, pero el caso es que John cada año no sólo volvía a la misma ciudad, sino al mismo hotel, a la misma habitación, a la misma tienda de souvenirs (pese a que no tuviera nadie a quien comprarle postales) y al mismo centímetro cuadrado de arena en la playa. Incluso en tiempo de vacaciones, y tratando de escapar de la rutina, John caía en ella de nuevo. ¿Lo hacía de manera consciente?

Sin embargo, algo era diferente esta vez: McCaulay-Colkin no pudo reparar en fijarse en una bella hembra que estaba a lo lejos, en un chiringuito, tomando un delicioso Sandevid ante las miradas lascivas de los landistas de turno. Era la mujer más bella que había visto nunca, y sintió algo desconocido para él. No sabía muy bien qué era… ¿sería lo que la gente llama amor? John no estaba seguro de ello, pero sintió un irrefrenable deseo de acercarse a esa rubia y, como en las películas, decirle algo al oído con lo que dejarla impresionada, seguido de un beso de tornillo al cual todos los presentes no tuvieran más remedio que contestar con un aplauso de admiración. John McCaulay-Colkin, de repente, quiso ser otra persona. Y le gustó la idea.

Así que se armó de valor y decidió acercarse al chiringuito. Por el camino iba pensando: “¿realmente es inteligente que haga esto? ¿Tengo alguna posibilidad con ella? ¿Se reirán de mí?”. Cientos de preguntas asaltaban al escocés, pero no conseguían detener su ímpetu y poco a poco se fue acercando al chiringuito cada vez más convencido de sus posibilidades. El camino se fue convirtiendo en una carrera de obstáculos. Esquivar una mierda. Rodear un castillo de arena de estilo barroco. Sacarle el dedo medio a un vendecedés. Parecía como si el destino le hubiera dicho a John que no era una buena idea acercarse a esa rubia del chiringuito. Pero bebía tan bien su tinto de verano… tenía que intentarlo. Tenía que salir de su crapulencia, sentirse normal por una vez. Y mientras iba pensando, sin darse cuenta se encontró cara a cara con la rubia.

John se puso rojo de la vergüenza, y la rubia sandevidera se le quedó mirando con una mezcla de repulsión y curiosidad por ver qué le quería decir. Tras una gran batalla interior, McCaulay-Colkin por fin encontró las palabras que tanto tiempo llevaba esperando decir:

John: “Hi… ehm… you... my name... John...” ¡¡¡¡¡PUM!!!!!
Rubia: “¡OH DIOS MÍO, LE HA EXPLOTADO LA CABEZA!”
Camarero: “Bueno, a veces las cosas simplemente explotan. ¿Otro Sandevid, guapa?”





Homenaje a los Monty Python


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RIGOBERTA


Todo el mundo piensa que las estrellas fugaces mueren al caer.
Pues no. Osea, si. Todo el mundo piensa, en mayor o menor medida, salvo las excepciones y Jesulín, claro, pero por lo referente, así es. Y todas las estrellas fugaces caen, también, cierto, de un lado a otro y sin medida. Pero no todas las estrellas fugaces mueren.
Eso no.
Hay algunas, las que tienen más suerte, que al contacto con el agua marina, se salvan transformándose y pueden empezar una nueva vida.
Eso le pasó a Rigoberta.

Andaba un día por el estrellado cielo Marbellí cuando de un susto al ver a Julián Muñoz afeitándose los cojones, se tropezó, se dio con el brasero y acabó incendiándose y cayendo al vacío sin remisón, dándose de pleno con las aguas saladas de esas lindes.
Allí, lejos de desaparecer y conseguir olvidar tan horripilante imagen, se convirtió en Estrella de Mar y siguió teniendo clara la visión de los huevos depilados a navajazos del noviete chungo de la Pantoja.
Nos ha jodío - dijo ella misma - Además de tener que soportar durante eones la imagen de los mismísimos depilaos del Cachuli, tengo que estar aquí, gluglugueando y en pleno verano, con la caloraza que pega!! Ainnnnnnssssssss… con lo a gusto que estaba yo allí, encima de todo, oteando todas las televisiones desde mi atalaya personal!
Sniiiiif!

Y así andaba, tristona y quejicosa Rigoberta, haciéndose con el nuevo medio del líquido elemento cuando, de repente, apareció Rodolfo, seguido por un puñao de truchas y gambitas en edad de merecer (de merecer un buen planchado con su ajito y perejil, pero merecedoras igualmente) que lo miraban con ojitos saltones, como no.

Coño! - Dijo Rigoberta con cierto tonillo enfático – fanático a la nada o al todo acuático que la rodeaba – Pero si este es chipirón ese que salía en el anuncio del Pescanova Captain! Pero qué bocao que tiene, madre del amor, si no fuera estrella de mar te fecundaba yo todas las huevas pero a la voz de ya, pedazodeotrozode…!!!

Y no pudo acabar el piropo por que fue abatida de forma tremenda por un algo más grande que el culo de María del Monte que la dejó sin palabras, como suelen pasar en estos actos que sobrevienen sin verlos venir.
Sin palabras y confusa ante semejante placaje físico.
Al principio repudió ese contacto, pero sólo duró un segundo, enseguida se aclimató a esa sensación de calidez y se enamoró de ella.
Después, sintió que no podría vivir sin ese otro ser que la había agarrado de tal forma, con esa pasión, tan desde lo alto hacia ella sin ni siquiera verlo venir, con esa marejada, fuerte marejada que tan solo esos acontecimientos levantan.
Había encontrado la horma de su zapato. O mejor todavía, se había convertido en la horma del pie que calzaba el zapato que fuera menester. O la chancla, si el calor era insufrible.
El verano tiene ciertos aspectos que, en otras épocas del año no suelen darse. Más que nada por que poca gente tiende a darse chapuzones cuando hace frío y mucho menos, a irse a Marbella en época invernal.
Pero en verano sí. Por que el verano da cabida a calores y a un intento desesperado de sofocarlas.
Y en verano es la mejor época para que el amor surja, aunque sea temporal, que es a lo que tienden los encuentros con seres de diferentes estados geográficos. Aunque se prometa eterno, aunque este sea sinónimo de dos semanas de alquiler en un apartamento de tercera línea de playa con supermercado abierto hasta las doce de la noche abajo y después, al volver a la civilizada urbe o pueblo, olvidemos ese super y su almacén de bebidas gaseosas abierto a golpe de porrazo.
Y eso sucedió con Rigoberta y con el pie que la había pisado, besado y enganchado a sí, pero sin tiendas seven eleven ni bebidas de ningún tipo. Sólo contacto marítimo y amoroso hasta que un tercero en discordia, probablemente el dueño mismo del pie, decidiera deshacerse de ella y darle a su amado final de sí mismo un algo menos estrellado pero más cómodo. Chancla, creo que se le llama con la que el pie de esta historia acabó marchándose, obligado, eso sí.
Duró el amor lo que suelen durar estas cosas, ya lo digo. Fue poco, pero fue intenso, fue muy húmedo y chorreante, fue salado y con oleajes que jamás se podrían imaginar.
Fue doloroso, por que estas cosas siempre lo son un poco.
Sobre todo cuando Rigoberta decidió no ceder. Cuando aún a tirones, no quiso desengancharse, aún cuando confesó en su lenguaje y vió que era incomprensible, que quería demasiado a ese pie de talla 45 para que lo separasen, aún sangrando.
Qué egoísta el amor. Qué puro. Qué emotivo.
Pero qué entendible. Rigoberta había sido una estrella de cielo, siempre sola y titilante, jamás había encontrado nada igual, ni siquiera en semejanza. Sobre todo en semejanza!! Por que Pie tenía cinco dedos, como cinco bracitos tenía ella. Por que podían juguetear sin problema numerológico… Por que se querían, aunque acabaran de conocerse! O igual no, igual ese pie ya se había fijado en ella, cuando el dueño descalzo ponía los pies en el reposabrazos del banco del jardín y estos miraban esos puntitos brillantes allí en lo alto, suspirando por rozarlas siquiera. Pero en el amor, la crueldad está siempre al pie del cañón y en realidad, a cualquier pie, incluido el izquierdo de este señor que andaba bañándose, culpable absoluto del desprendimiento de esos dos seres que se amaban y que fueron separados en un verano caluroso.
Y fue esta crueldad de ese señor que prefería andar sin estrellas de mar enganchadas en su planta que, por motivos de estética, comodidad o simplemente razón de ser y lógica, desprendió a los enamorados dejando a Rigoberta en una papelera de cualquier centro de urgencia hospitalaria de playa Marbellí.

Y es así como yo supe de la historia de Rigoberta, puesto que fui a ver si alguien podía sacarme de encima el veneno que la jodida medusa me había metido vía encontronazo singular y me encontré mientras tiraba el chicle a la basura con una estrella mojada, fuera del mar que me contó la historia entre lágrimas saladas.

Y fue así como descubrí que el veneno de la medusa tiene algo de alucinógeno. Bueno, así exactamente no, me enteré de eso cuando le conté la historia que la estrella me había narrado al médico de urgencias y este me confesó que yo andaba fatal de la azotea pero que seguramente fuera por motivos de envenenamiento y psicotropía.
Y ¿saben qué?
Que qué polvo tenía el médico de urgencias, oigan!
Y qué guapo cuando se reía, que era bastante a menudo!
Y que qué bien cuando le dije que me parecía encantador con todo el subidón del veneno ( y los tres gintonics, pero eso fue secreto de sumario) y me propuso ir a cenar por que yo le parecía muy divertida (y seguramente por mi 95 de sujetador) con todas esas historias que le iba contando!
Y que qué alegría saber que de eso hace ya cuatro años y que ahora Rigoberta es mi mascota y le dejo chuparme los pies todas las noches mientras que el médico de urgencias me hace la cena, por que me quiere y se ha casado conmigo.

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12

Del mar


La brisa limpia del mar

trae la sal y la humedad,

del color de tus ojos infinitos

como mi soñar.


Me siento así a recordar

en su orilla tranquila,

en una mano mis recuerdos

y en la otra una caipirinha.

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13

A veces a Miguel y a Ivana le llegaba todo a la mente de golpe, y entonces casi dudan de que realmente ocurriera. Podía sucederles sacando al perro a pasear, o lavándose los dientes.

Recuerdan a veces la noche del descubrimiento; aquel pronunciado y retorcido camino, y el aroma penetrante del mar conforme vas bajando. Coinciden entonces que uno se siente muy solo dentro del coche, insignificante frente al gigante acantilado, junto los destellos lunares coronando las olas, y bajo el enorme espacio ingrávido. Entonces están de acuerdo en que llegar a aquella casa y aquella playa es como descubrir una perla escondida, un pedazo de paraíso solitario, de espaldas a la civilización.

Recuerdan que a la mañana siguiente, la luz terminó por desnudarlo y afilarlo todo, y el recuerdo se torna entonces como una foto de los años 70, de colores incendiarios, donde apareciera un grupo de jóvenes ansiando gritar libertad, con la inmensa playa virgen al fondo.

Y era el momento y el lugar. Ella era azafata de congresos y se llamaba Ivana. Con una sonrisa conoció a Miguel, músico profesional. Miguel a veces se recreaba con esa primera sonrisa, y ella con su forma de mirar. No hubo tiempo de cafés, ni de cines, ni de esperas entre semana hasta que llegara el viernes.

Recuerdan ambos que el sol febril calentaba sin quemar en exceso, y la piel se cocía casi sin querer, lentamente. Entre las rocas, unas plantas lacias, alargadas y húmedas atraían la atención de Miguel. Y también el agua, juguetona como notas musicales primitivas. Esta idea rondaba por su mente desde hacía tiempo y entonces cobraba más fuerza que nunca. El agua que corría entre los recovecos de las piedras y entre las caderas de Ivana. El agua que retrocede y embiste en la orilla. Las risas flotando en el aire, como el agua de los chapoteos. El agua cuando ella sale del mar hacia su toalla y entonces esos hilos lamen su cuerpo, rodeando sus pechos y confluyendo en su sexo. Esa misma agua cuando se reduce en sutiles gotas sobre su piel, hasta que ella llega a la altura de Miguel y terminan por caer lánguidas y calientes sobre su cuello...

Mientras conduce hacia el estudio, Miguel repentinamente recuerda a Ivana escribiendo una historia, echada boca abajo, sobre la arena. Miguel insistió tanto que al final ella la leyó en voz alta. Él escuchaba fascinado. La modulación de su voz, esa respiración levemente agitada, la explosión en las consonantes de sus labios -poderosos y tiernos a la vez en aquel trance-, el tema oscuro y misterioso... En ese instante la historia le parecía en carne viva. Miguel imaginaba las palabras escribiéndose en la amplia espalda de Ivana, correteando hacia su cintura, y quiso dibujarlas con sus dedos. Y así los sorprendieron el resto del grupo, justo cuando Ivana comenzaba a bajarse el bañador para que Miguel tuviera más espacio.

Ivana está uniformada a la puerta de una sala de conferencias, saludando a un director de una importante empresa, con aire cordial. Al mismo tiempo recuerda, repentinamente y sin poder evitarlo, cuando ella y Miguel se levantaron media hora antes que los demás, sin haberlo convenido previamente, y llegaron a la playa. Y recuerda también ella especialmente el agua. El agua frágil cuando le alcanzó con sus pechos húmedos e inquisidores, cuando buscaba sus labios y después su sexo y cuando entonces corrieron a la orilla y llegaron a un gran orgasmo en el mar, se lo bebieron hasta que hirvió y al final descansaron en la arena, como amantes exhaustos.

Miguel grababa esa mañana especialmente concentrado. Mateo le indicaba la señal de que podía comenzar con la siguiente canción. Ésta le recordaba inevitablemente el fuego que en la última noche de aquel verano del 96 los había reunido a todos en conciliábulo. A su alrededor se contaron hipnóticos secretos de niñez, mientras el goteo de mojitos y caipirinhas ahondaba en las horas tardías... Más allá de eso la noche se volvió casi indescifrable, y Miguel recordaba con dificultad los contornos iluminados de Ivana. En realidad la canción era eso, una búsqueda de aquella sensación, que no acababa de atrapar; la de sus curvas hinchadas creciendo por la danza de las llamas, y el perfil de su boca cuando contaba historias, bebiendo en el fuego.... Sus labios, en agua de fuego.... Su amor incierto, como un elixir... Se le escurría al final todo, como agua entre los dedos, pero ya entonces aquella canción había sido inquietud y movimiento, un quejido, como el mismo agua.

Ivana estaba ya tranquila cuando comenzó la conferencia. Había conseguido finalmente que los japoneses se sentaran donde debían, y aclarado la ausencia de los italianos con sus superiores. Ahora todo estaba a oscuras, excepto al fondo, donde una voz ligeramente ronca disertaba largamente sobre las perspectivas del turismo en la Costa del Sol este año.

Pensó en comprar a la salida una dorada en el super, para que Miguel la cocinara con su salsa de ajo y perejil, y ella después le daría su toque de hierbabuena. Ya llevaban año y medio de relación, y a menudo el recuerdo de cómo se conocieron aún le sorprendía, como un niño travieso que le hacía reir, jugando detrás de las cortinas. Con el impulso de un golpe afortunado su vida rodaba como una bola de billar, con plena energía.

Mateo felicitó especialmente a Miguel aquella mañana por su actuación. Había estado especialmente inspirado.
Al salir de la conferencia, el director de empresa comentaba con su compañero lo requetesimpática que era la azafata, y cómo su sonrisa le desbordaba los ojos tanto, tanto, que hasta le había resultado extraño.



3 comentarios:

Eingel dijo...

leidos

complicado votar, por dios

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Mae dijo...

si, esta semana me temo que está la cosa reñida. Suerte a todos...

Mae dijo...

se nota que estais todos de vacaciones eh??? Nadie quiere dejar un mensajito de ánimo para las que estamos trabajando??