viernes, 17 de agosto de 2007

DE CALORES Y ACALORAMIENTOS

Hola a todos. Como veis esta semana va la cosa picantona...
Bueno, no me entretengo mucho que no hay tiempo que perder. Paso a poner los textos que nos habeis ido mandando. xDDD. Gracias a todos/as por ser tan geniales.


1

A veces intentaba arrancarle al teclado melodías sin ser éste de piano. A veces no dormía; pensando una y otra vez en los ojos, esos ojos, sus ojos.
Quería y no podía. Sí, eso era lo que decían de él. Lo mismo escribía un gran párrafo insípido que dos míseras líneas ardientes. Se proponía atacar una novela y tan sólo conseguía un relato.
Entonces descorchaba una botella que no fuera de agua, buscando consuelo más que inspiración. Bebía. Cerraba los ojos, y la imagen le asaltaba de nuevo, espoleándolo. Y volvía a intentarlo.
Cuando tres cuartas partes de su sangre eran alcohol se le soltaba la lengua y solía decir que su musa era monja. Los demás se reían de la ocurrencia. Pero él pensaba que no había otro motivo posible por el que no pudiera escribir más de línea y media cuando se proponía describir los cuadros que pintaba en su imaginación.
Por las noches escribía febrilmente, y las horas se le iban buscando adjetivos. Las raras veces en que alguno de sus hallazgos parecía bastar para contener erotismo, lo apuntaba con entusiasmo en una libreta. Aquel cuadernillo tenía prácticamente la edad de su dueño, pero tristemente sólo había llenas dos hojas.
Dos hojas de éxitos. Miles de fracasos.
¿Cómo podría describir aquel placer, aquella sensualidad? Le hervía la cabeza. Deseaba encerrar su locura en unas letras para poder estar a salvo de sí mismo. Veía las curvas, los senos. Todo muy bello. Sugerente. Pero no podía expresarlo.
Y por ello se odiaba a sí mismo.
Un día se decidió. Sacó la libreta e hizo café. Se sentó. Lo pensó un momento y fue a buscar la botella. Leyó uno por uno sus tesoros, sus adjetivos, con avidez. Y comenzó a escribir.
Durante todo el día trabajó en lo que su mente se empeñaba en llamar la novela. Tecleaba sin parar, poseído por una extraña excitación. Presentía algo, como los perros huelen la niebla.
Y el resultado fue horrendo. Soez. Lo rompió en mil pedazos, tantos como añicos se había hecho su corazón de escritor.
Pero no se rindió. No hasta lograrlo.
Había quien lo llamaba perverso, degenerado. Pero él no hacía caso; y seguía escribiendo novelas porno de bolsillo, esperando que entre toda aquella mierda apareciera ella.






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2





Una historia picante En mi patria --para la gente fina-- el ajo, el ají y los aliños fuertes se encuentran proscritos socialmente y jamás se nos ocurre salirnos de esas reglas no escritas de la buena educación. Si alguien los usa --y no dudo de que así sea-- quedan amparados en la discreción que todos guardamos de algo legítimo, normal, pero no por ello es fino ni agradable ventilarlo en historias más o menos públicas. Se da por sabido, y fuera de la incumbencia de los que no son sus directísimos actores.


Comer especias picantes es optativo, y cada uno verá si le afecta la salud o la convivencia, pero si se sorprende a alguien siendo voyerista en estos temas es muy mal visto y deberá atenerse a las consecuencias que su vicio le traerá, porque andar mirando por las rendijas de los comedores para pillar a algunos in fraganti es francamente detestable, y leer historias de este tono es síntoma de debilidad sicológica o franca inmadurez y obviamente nadie lo desea, ¡ni que lo piensen!

Al escribir esta explicación, pues conste que NO estoy haciendo literatura de algo tan vulgar para tratar con extraños, siento que estoy tocando algo pegote, desagradable, y que conviene dar rápidamente vuelta la hoja, cosa que paso a hacer con mucho gusto: necesito ir al baño. Por algún motivo que no voy a declarar-- tengo ardores en el intestino.



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3



Juan estaba enamorado de la vecina de enfrente. Bueno... no era exactamente amor. Simplemente, ella muy guapa, y tenía un cuerpo que era capaz de excitar a los muertos. Entre eso, y que le gustaba andar por casa con poca ropa, y que solía olvidar correr las cortinas... no eran de extrañar los efectos que producía su visión en el cuerpo de un chico de quince años como Juan. Y saber que hacía algo que no estaba bien... sólo hacía aumentar el morbo.



Esa noche hacía mucho calor. Ana llegó a casa empapada en sudor. Entró en su habitación, dejó las cosas tiradas, y abrió la ventana para dejar entrar el aire. Disfrutó de la escasa brisa un par de minutos, y después se dirigió al baño, para darse una ducha.



Juan se encontraba agazapado tras la ventana de su habitación. Tenía el pijama puesto por si su a su madre le daba por entrar. Y esperaba que su amada saliera de la ducha mientras se prometía una vez más que esta vez sería la última.



Pocos minutos más tarde, Ana salía de la ducha con un albornoz muy corto como única prenda. Ni siquiera se había secado la piel para estar más fresca. Cuando regresó a la habitación, recogió las cosas que pocos minutos antes había dejado tiradas. Sentía la ligera corriente de aire rozas su cuerpo mojado, y le gustaba la sensación. Mucho.



Juan no necesitaba mucho más para ponerse a cien. Su pijama ya parecía una tienda de campaña, asi que se sacó el miembro y empezó a sacudirlo frenéticamente mientras veía a su diosa moverse por la habitación.

La brisa estaba excitando mucho a Ana, se metía por debajo del albornoz, como las manos de un amante juguetón. No quería hacerlo, pero sabía que antes de hacer nada, tenía que cerrar la ventana. Cuando se dirigió hacia ella, vio en la ventana de enfrente una cabeza medio escondida, y un movimiento de manos más abajo. Sentirse espiada, en lugar de enfadarle o cortarle, le gustó aún más.

Juan había terminado con lo que estaba haciendo, pero aun así no apartaba la mirada de la ventana de enfrente. En esos momentos le gustaría tenerla a su lado, y poderle hablar y decir lo que sentía por ella... Durante un instante, incluso, le pareció que ella le había mirado. Pero no, porque en lugar de cerrar la ventana, se dio la vuelta y se dirigió hacia la cama. Se detuvo, y lentamente, empezó a quitarse el albornoz. La visión de ese cuerpo perfecto, ese trasero que le encantaría taladrar, hizo que su cuerpo se rebelase otra vez.

Completamente desnuda, Ana se tumbó en la cama. Comenzó a acariciarse los pechos. De reojo, vio que los movimientos en la ventana de enfrente habían vuelto a comenzar. Eso le excitó todavía más. Se metió los dedos en la boca, para hacer que jugaran con la lengua. Cerró los ojos, pensando en su amante misterioso. Recorrió los dedos mojados por todo su cuerpo.

Juan se masturbaba como un loco mientras veía como la vecina hacía lo mismo. Le parecía que mientras ella metía sus dedos entre las piernas, miraba a la ventana fijamente, como si supiera que estaba allí. El miedo a verse sorprendido le ponía a mil.

Mientras jugaba con su sexo, Ana veía a través de la ventana que los movimientos que se producían en el piso de enfrente eran cada vez más frenéticos, más rápidos. El morbo de saberse deseada hizo que ella también fuera cada vez más deprisa, hasta que llegó a un violento orgasmo.
Pocos segundos más tarde, Juan llegaba a su segundo orgasmo de la noche, mientras veía cómo ella se levantaba de la cama, se ponía otra vez el albornoz, se acercaba a la ventana, y sonriendo hacia la suya, la cerraba. Cansado de una noche intensa, Juan se fue a la cama y a los pocos minutos, se durmió.

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Al día siguiente, Juan fue al supermercado para hacerle la compra a su madre. Cuando salía, cargado con tres bolsas, casi choca con Ana. Al ver quién era ella, casi se desmaya del susto y de los nervios. Ana le mostró una sonrisa pícara, y...

(CONTINUARÁ...)


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4


- Conozco la geografía de tu cuerpo, casi mejor que tú. Subo tus crestas, acaricio los pequeños pezones sonrosados de la cima, que se endurecen, trémulos al pasar la yema de mi dedo por ellos. Recorro tu valle, mi mejilla apoyada en la piel ardiente, huele a almizcle y a sudor limpio. El pozo de tu ombligo tiembla con cada latido de tu acelerado corazón. Me detengo al final de la vaguada, en tu bosque espeso y húmedo, donde escondes la cueva aterciopelada en la que quiero dormir esta noche...

... y descansar allípara siempre. Ah! Sus labios entreabiertos, el torso fuerte y protector, su sexo palpitando al ritmo de la respiración entrecortada, aquel brillo encendido en sus ojos ciegos, fijas las pupilas en un punto remoto del universo. Miraba sin mirar, incapaz de percibir luz o sombra alguna; pero en ese preciso momento en que nos uníamos en una misma carne, en el instante eléctrico, breve e infinito a la vez, Henry parecía ver un color extraño y misterioso que nadie más que é conocía...

... y admiraba. La señorita Deveraux encontraba sin embargo detestables aquellas largas y aburridas veladas en el Círculo de Poesía. Sentada durante horas, en aquella sala oscura, calurosa y deprimentemente victoriana. El corpiño presionaba inmisericorde sus pechos blancos y turgentes, encarcelados. Miró disimuladamente hacia atrás, hacia el sofádonde Jacqueline Allach se abanicaba perezosamente. La señorita Devereaux sintió un escalofrío lento y delicioso en la entrepierna, cuando Jacqueline la miró fijamente entre las plumas de marabú del abanico. La misma mirada que le había dedicado el día anterior, entre los rizos del vello púbico de su sonrisa escondida.

Carta íntima de Jon a Nora. 1984

Diario personal de Mark. 2003

Relato de un amor sáfico. 1849


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5



No me puedo quejar como hacen mis amigas. La verdad es que mi vida sexual es, siempre peor de la deseada, pero mucho mejor de lo esperada. Quizás la culpable de este optimismo sea esta sonrisita estúpida que se me ha quedado grabada a escoplo tras una noche maravillosa. Y es que luego dicen que sólo ponen tele-basura, pero ¡bendita tele-basura!

Claro, que no me entendéis. No me extraña. A ver si esta felicidad absurda que me invade me permite explicarme. Ayer mi marido y yo estábamos sesteando tras la comida, y entre el pequeño hueco que dejaban los párpados pude ver imágenes de una película que habían protagonizado Bárbara Rey y Rocío Durcal, una peli de temática lésbica del año 73. ¿Y qué tiene esto que ver para que todavía tenga las piernas temblorosas.



Remontémonos a un día concreto del año 73, cuando yo tenía... 17 años, ¡madre mía!, todavía me sorprendo de que alguna vez los tuviera. Había quedado con mi amiga Amparo, como todos los sábados. Me dijo que tenía una sorpresa preparada, y yo pensé que tendría que ver con ¡chicos!, porque era en lo único que pensábamos las dos. Y no me equivoqué, pero la sorpresa no se quedaba ahí. Al llegar al punto de encuentro ya estaba Amparo, acompañada por dos chicos algo mayores que nosotras. Resulta que Amparo había conocido a Arturo hacía un par de semanas (y por eso el sábado pasado me había dejado plantada la muy...). El caso es que el padre de Arturo era dueño de una sala de cine y nos iba a colar para ver una película un poquitín subidita de tono para la que no teníamos edad ni de coña. Así les brillaban los ojos a Arturo y a su amigo, convencidos de que harían buen uso de la fila de los mancos con nosotras. Bueno, Arturo y Amparo ya hacían buen uso de él sin sentarse todavía, camino del cine, mientras que Enrique, el amigo, y yo caminábamos detrás, con un silencio incómodo que esquivaba las miradas. Yo miraba al suelo y él directamente tenía los ojos clavados en mis tetas.



Llegamos al cine. Ponían una de Rocío Durcal, y ya me extrañó que nos pudiéramos calentar con una película de ella, virginal como solía salir la niña prodigio de la época. Nos sentamos en la última fila. De izquierda a derecha, Enrique, yo, Amparo y Arturo. La película empezó y enseguida me di cuenta de que la Durcal no iba a cantar precisamente. Amparo y Arturo empezaron a magrearse desde que se apagó la luz. Lo mismo hubiera dado que estuviéramos viendo Bambi que las últimas aventuras de Emmanuelle. Enrique enseguida se fue animando y sus manos fueron ganando terreno bajo mi falda a medida que yo iba cediendo. Su cara inclinada para poder maniobrar mejor con su lengua en mi boca no me impidió ver toda la película. Sí, ya sé que es poco romántico morrearse con los ojos abiertos, pero sinceramente, me gustaba más lo que veía que lo que me hacía el amigo de Arturo, que era más bien tosco. Cuando se encendieron las luces nos dio tiempo a recolocarnos las blusas a las dos y a ellos a intentar disimular el paquete henchido como buenamente pudieron. En un descuido le dije algo al oído a mi amiga y ella lo entiendo todo. Así que a la salida del cine les pusimos a los chicos toda serie de excusas y les dejamos con los penes erectos y la esperanza de rematar la faena en la caja de las masturbaciones.



Amparo y yo nos dirigimos a mi casa. En silencio. Una mezcla de vergüenza y de excitación nos hacía caminar deprisa y en silencio. Mis padres se habían ido a pasar el fin de semana al pueblo porque la tía Francisca estaba agonizando. Mi hermano mayor, que supuestamente me tenía que cuidar, se había ido con su novia hippie a no sé qué historia reivindicativa que probablemente acabaría en las cercanías de algún calabozo.




Tras la película sólo pensaba en Amparo. No podía quitármela de la cabeza. Mis pezones lo confirmaban intentando traspasar todas las capas de tela que quisiera ponerles. Y los de Amparo me decían que la película le había causado el mismo efecto. La delicadeza de esas dos mujeres besándose y tocándose contrastaba mucho con la rudeza de los chicos de nuestra edad. Ninguna de las dos era lesbiana, pero a las dos nos asaltó el mismo deseo.




Llegamos a mi casa. No hubo ni palabras ni miradas interrogatorias de “estás segura”. Estábamos decididas. Fuimos a mi habitación, demasiado infantil para estos menesteres, pero el tálamo matrimonial era territorio apache. Estaba anocheciendo. No encendimos la luz porque la luna llena dejaba intuir lo suficiente. Nos desnudamos deprisa. Nuestros vestidos de colegialas de la época no invitaban al erotismo de desnudar, sino a arrancar la ropa para llegar cuanto antes a la piel. Amparo era una chica gordita de grandes pechos que eran la delicia de los chicos del barrio, y ella los llevaba con más alegría de la que le gustaba a su señora madre. Y desnuda descubrí que los tenía grandes, firmes y con unos pezones rosaditos que me estaban esperando erectos. Yo en cambio tardé mucho en desarrollar y tampoco lo hice en exceso. En aquella época tenía unos pechitos turgentes que tenían toda su gracia concentrada en unos pezones oscuros y pequeñitos que siempre me jugaban malas pasadas.

Ya desnudas, nos tumbamos en mi pequeña cama. Durantes hora y media, Amparo tenía que estar en casa a las 10,30 en punto en su casa, recorrimos nuestra piel de arriba abajo despacito e incansablemente. Descubrimos cada poro, primero con los dedos y después con los labios. Nadie en la vida me ha besado con la dulzura que lo hizo ella. Nadie llegó con su punta de la lengua a tocarme en los puntos que lo hizo ella. Jamás he tenido un orgasmo tan largo y placentero simplemente con el roce de dos pieles. Sufrí mucho en los años posteriores porque siempre les pedía a los chicos que repitieran lo que hizo sentir Amparo, y lo hacían con desgana, con la urgencia de quererme penetrar cuanto antes y sin ningún acierto. Me enamoré perdidamente de la piel que en cinco centímetros a la redonda rodeaba a su pequeña y estrecha vagina. Mi mundo por hora y media se redujo a ese círculo. Bebí hasta saciarme. Me vertí sin miedo. Y no lo volvimos a repetir. Desde entonces fue nuestro secreto, que nos fue uniendo y separando según las circunstancias.



El recuerdo hizo que ayer pasara toda la tarde excitada, con una humedad permanente que hacía tiempo que no disfrutaba, con la piel tan sensible que el simple roce con mi marido hacía que se me fuera la cabeza. Se lo hice saber aunque no hubiera hecho falta, porque el deseo eyaculaba por mis ojos sin que yo hiciera nada por disimularlo. E hicimos el amor como sólo se puede hacer desde la madurez, con paciencia, dedicación, ternura. Su pene se convirtió en la más delicada de las lenguas y su lengua en la más delicada de las plumas. Y ayer mi marido encontró los mismos puntos que aquella lejana noche, tanto que grité con la cabeza sepultada en la almohada: ¡Amparo!




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6



Bésame, no seas tonto. Ahora soy toda para ti. Haz de mi lo que tu quieras.
Mira como me quito la ropa, ¿lo ves? , Aprovéchate mi amor, que hoy, solo por esta noche, mi deseo será saciado con tus besos y mi cuerpo encajará perfectamente con el tuyo acompañándote en un baile de caderas en el que solo tú y yo seremos los protagonistas.
Hazme el amor, no pierdas tiempo, ¿no te das cuenta de que mañana ya no habrá otra oportunidad?. Desahoga tu furia contra mi, que estoy dispuesta a aguantar tu embestidura.
Cómeme. Juega con tu lengua en mi cuerpo y convierte mi intimidad en tu juguete preferido para que jugar con el sea un placer para los dos y mientras, la banda sonora de mis gemidos te acompañará.
Déjame que saboree tu cuerpo, tu parte más sobresaliente, la que noto como va creciendo mientras te digo lo que te deseo.
¿Te animas?, ¿si? Pues empieza por donde tu quieras que desde ahora hasta que salga el sol soy tuya, solo tuya y me tienes a tu entera disposición.




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7

Aún recuerdo aquella habitación de hotel. Aquellas caricias tuyas no las podré olvidar.Todo empezó una tarde, un mes de Abril creo recordar.Hubo intercambio de palabras, de sentimientos y de mucho más durante todos esos años sin que nuestras miradas llegasen a cruzarse, pero lo que tanto deseábamos se hizo realidad. Entramos los dos juntos. Tú me mirabas con deseo y a mi me temblaban las piernas.Sin apartar tu mirada de mis ojos hiciste que me sentara en la cama, a tu lado.Me besaste. Tu beso me supo a gloria. Creo que es de los mejores que me han dado en toda mi vida, al menos es el que mejor recuerdo.Empezaste a desnudarme, sin apartar tu mirada de cada centímetro de mi cuerpo que quedaba al descubierto. Me sentía deseada y no puedo negar que me gustaba como lo hacías.Te tendí a mi lado y me dispuse a descubrir tu cuerpo. Cuerpo con el que tantas veces había soñado y el que tantas noches había besado en sueños.Era tal y como lo había imaginado.Mientras tú dedicabas nuestro momento a dejar marcada mi piel con tus besos yo cerré los ojos para no olvidar ese momento jamás en la vida.Te besé en los labios y te dije:“Perdona pero tengo que ausentarme un momento”Tú sonreías mientras yo bajaba por tu cuerpo acariciándolo con mi lengua mientras tu sonrisa se transformaba en gemido y tu cuerpo se estremecía de placer.Alcancé el punto que buscaba y el lugar al que tú deseabas que llegase.Lo lamí con ganas, con las ganas que había guardado durante todos esos años, mientras notaba como tu respiración cambiaba y tus ojos se cerraban abandonándose al placer que te provocaba lo que te hacía.Me volvía loca por sentirte dentro de mí, y no pude resistirme más.Quizás hubieras deseado que prolongara más mi ausencia, pero deseaba notar como penetrabas la humedad que me estabas provocando.Me subí encima tuya y con un suave movimiento de cadera conseguí que tu miembro entrase. Te fue fácil. Noté como sin dificultad llegaste hasta lo más hondo de mí.Te cabalgué con todas mis ganas. Notaba como disfrutabas y yo me excitaba por ello.Te sentía a punto y no quise que aguantaras.Noté como todo tu placer se derramaba en mi y eso hizo que me sintiera un poco mas tuya.Ni dos minutos pasaron cuando con una maniobra maestra me colocaste bajo de ti.Bajaste hasta donde momentos antes disfruté tu erección y acariciando mi clítoris con tu lengua, conseguiste beber de mi hasta saciar tu sed y mi pasión.Aún recuerdo aquella habitación de hotel. Aún conservo tu aroma y aunque el tiempo haya pasado y siga pasando mi piel seguirá llevando tu huella.




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8

Cuando estoy a solas el reloj de la pared de mi habitación ya no susurra ni habla ni respira.

Cuando estoy a solas, con las piernas enredadas entre mis sábanas y tu voz acariciándome los oídos al otro lado de la línea telefónica, tan sólo es el murmullo de mi respiración entrecortada el único tic-tac ahogado que retumba en mis sienes y que marca el ritmo del paso del tiempo.

Cuando estoy a solas tu voz es Dueña y Señora de mis deseos, y es capaz de endulzar la más amarga de mis tardes tan pronto como someterme a sus peores travesuras e ideas. Tus palabras resuenan en mi mente y en mi pecho incluso horas después de colgar el teléfono, estrictas, recordándome en lo que me he convertido que es, a fin de cuentas, lo que siempre fui. Tuya.

Cuando estoy a solas ya no soy esa mujer responsable que planea y prepara, que se apresura por no llegar tarde y que se esfuerza por resolver eficazmente los problemas. Ya no soy la que procura estar siempre en su sitio y que defiende sus ideas sobre todo y sobre todos, la que consigue tener bajo control cada situación cotidiana.

Cuando estoy a solas lo único que me apetece es modelar mis curvas y mi mente y convertirme en esa parte de tu alma que te hace gemir; transformarme en placer ( tu placer) y dedicarme íntegramente a lamer tus suspiros.

Cuando estoy a solas y escucho tu risa (grave, pausada, sabia) un cosquilleo recorre mi espalda y eriza mi piel desnuda sobre la cama. Me retuerzo y ronroneo abrazando la almohada y aguardo, atenta y obediente, durante cada uno de esos silencios que sueles adelantar a cada orden. Mis manos son las tuyas y se deslizan por mi vientre, por mi pubis, por mi alma, encadenándome aún más a ti; el sudor que cae por mi nuca es el calor que desprenden tus labios sobre mi cuerpo. Cuando estoy a solas y me ordenas " AHORA..." muerdo la almohada y el reloj de mi respiración también se detiene.



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9





Desde la atalaya de mi Mundo que es tu vientre, subo y sorbo y beso cada centímetro que lo conforma y asienta.

Y siento.
Siento tu respiración en él, acelerada por mi cercanía y el encuentro.
Y Encuentro. Encuentro la necesidad de rozarlo, de amarlo, de hacer mío el cuerpo que lo transporta, de unirme, de acercarme.
Y me acerco.
Rozándolo, mi índice se queda en retaguardia mientras yo, lentamente, me arrastro, camino de saliva que marca la pérdida.

Y me pierdo.
Deslizándome hacia el final de tu vientre, hacia el principio de mi locura, hasta la frondosa señal de llegada.
Y llego.

Mi nariz llega, mi boca se sonríe y se relame y yo, hipnotizado por el paisaje de tan preciosas lindes, voy absorbiendo los efluvios que tienes a bien, generosamente, ofrecerme.
Y fluye.
Mi lengua fluye. Y lame tu adorado bosque, cenit de mi vida, mi oscura obsesión, nuestra feliz encrucijada y tú te arqueas en una preciosa elipse.
Y me eclipsas.

Eclipsas mi cetro, reina mía, sol de mis días, que te señala mientras crece, erecto y me amorro al detalle sublime de tu universo, descuidando mi virtud en pos de tu centro.

Y me centro.
En tu calidez húmeda, me centro. Y relamo. Con soberana delicadeza, relamo el punto esencial de tu preciosa existencia y allí me quedo a vivir, donde la eternidad existe por un rato, mientras mi lengua, juguetona, crea música que mis oídos no pueden escuchar, bendito silencio, tapados como están por tus muslos aferrados a ellas, pero que tus movimientos, orquestarles y sensuales, consiguen hacerme intuir.

Y huir.
Huir cuando, a dulces y cálidos borbotones, tus gemidos se tornan fluidos y tu boca exige relamer tus propios restos de mis labios, siempre deseosos de complacerte.

Y me acerco.
Oyéndote, ahora sí, susurrarme caricias, me acerco.
Y me aproximo a tus valles, a las graciosas montañas que conforman tus pechos y hago un alto en mi viaje para contemplarte.

Y te observo.
Tu geografía en movimiento es mi Mundo en mayúsculas, quiero seguirte.

Y te sigo.
Y te resigo. Y vuelvo a enzarzarme en tu cuerpo, rozándote con mi lengua, recorriendo el camino de vuelta a tus labios dejando senderos de saliva y amor por tu cuerpo, que es mi patria. Mi dulce patria. Mi única patria.
Y concluyo la subida en tus labios.
Que beso.
Y que me besan.
A mí.
Me besan.
Y el pensamiento se disuelve y fluye y sólo queda la esencia del mismo;
El Mundo, mi Mundo, es un lugar maravilloso.
Y Mi mundo, mi bien, eres tú.




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10



No era la primera vez que la veía. Aquella tarde de verano llevaba un vestido adornado con motivos florales, la tela muy fina, que dejaba entrever la silueta de sus pechos, erguidos, sobre los que reposaba su pelo muy negro y rizado, que el viento mecía con delicadeza.
"20 euros por favor". La chica morena pagó el importe de la gasolina y se volvió hacia el coche, no sin antes devolverle una efímera y discreta sonrisa de soslayo, de esas que se dibujan en la cara de las mujeres que conocen los aspectos más indescifrables de la seducción. Mientras se alejaba, pudo mirar su cuerpo como otras veces, el movimiento rítmico de sus caderas, que suponían una incitación constante, como una danza salvaje y animal de algún lugar del planeta. Ella volvió a girar el cuello, mirando hacia atrás con aparente disimulo, mientras sujetaba con sus dos manos la manguera del surtidor, y la introducía lentamente en el depósito de su Wolkswagen rojo. Un litro, dos litros, tres litros… él casi podía sentir cómo el fluido iba pasando a través de las manos de ella, delgadas, pero que agarraban con firmeza la boca de la manguera. Estuvo durante medio minuto pensando en cómo sería el olor de su cuerpo desnudo, en una cálida tarde de agosto como aquella, las gotas de sudor recorriendo su piel morena, y pudo olvidarse un instante de todo lo que le asfixiaba, y de ese trabajo aburrido. Cuando ella hubo terminado, volvió a colocar la manguera en su sitio, se quitó los guantes de plástico con la punta de sus dientes y se frotó las manos con una servilleta de papel, pasándola por entre sus dedos, ceremoniosa. Desde el interior de la cabina acristalada pudo observar que era una mujer meticulosa, de esas que emplean la calma en todos los aspectos de la vida, regocijándose con frialdad en cualquier cosa. Tiró el papel a la basura y se dispuso a entrar en el coche cuando, de repente, cerró la puerta y miró por encima del techo, como si hubiese olvidado algo. Cerró con llave y se dirigió al lugar donde él se encontraba, donde acabada de pagar hacía casi un minuto. Caminaba con decisión pausada, segura de sí misma, sin retirar la mirada del cristal.
- Disculpe, caballero, creo que me he dejado el DNI.
Era cierto. Ni siquiera había reparado en que el documento reposaba sobre la repisa metálica, justo donde ella lo había colocado. Le observaba fijamente, con intensidad, mientras esperaba a que empujara el cajón metálico donde se dejan el dinero y la tarjeta cuando se paga en una gasolinera de autoservicio.
- Sí… Su DNI, está aquí… se lo iba a decir ahora mismo, que se lo había dejado olvidado… iba a llevárselo, porque no se puede ir sin documentación, ahora con el carné por puntos hay que tener cuidado, además nunca se sabe…
Accionó el mecanismo del pequeño cajón negro, ante la expresión de ella, casi cínica.
- Me parece que mejor me voy sin el DNI –dijo ella, esbozando una sonrisa.
El cajón se había encasquillado. Se puso nervioso y le propinó un par de golpes, pero no había manera. Le hizo un gesto, dándole a entender que no podía hacer nada. A las 9,26 de la noche aún había luz, pero la puerta del establecimiento estaba cerrada, por motivos de seguridad. Se puso nervioso, y no alcanzaba a adivinar por qué sus constantes vitales se aceleraban, y se le hacía un nudo en la garganta, que casi le impedía darle una explicación coherente. Ella miró de reojo su reloj fino de pulsera, con la correa de cuero, y le dio a entender que tenía prisa. Se dirigió hacia la puerta de la tienda y se quedó ahí parada, esperando a que él le abriera. Pero no podía ser, las normas decían que no podía abrir a esa hora salvo en casos de emergencia, y tenía que dar parte a la central de aquel incidente. Esperó unos segundos, empujando torpemente el cajón, y ella parecía impacientarse, con la misma mirada fija en él, en la que pudo adivinar un leve matiz de ira, sus ojos negros encendidos e intensos. Casi de forma automática pulsó el botón que tenía debajo del mostrador, y las puertas se abrieron. El aire entró en la estancia y le trajo de golpe un fuerte aroma a jazmín, mezclado con el olor de la gasolina y el suyo propio, tras una larga jornada laboral. Se quedó inmóvil, detrás de los botes azules de limpiaparabrisas, mientras ella se acercaba parsimoniosamente, con la expresión divertida, consciente de lo extraño de la situación. Puso la mano boca arriba en la encimera.
- ¿Me lo das o no? –le dijo sin mirarle, mientras tomaba una barrita de chocolate que se metió en la boca, inmediatamente, después de quitar el envoltorio de manera delicada, con los dientes, como hacía unos minutos se había desprendido del guante de látex. Él cogió el DNI y lo colocó encima del mostrador, y no tuvo tiempo de apartar la mano cuando ella ya había posado la suya, mirándolo fijamente, como siempre lo había mirado desde que tenía por costumbre ir a echar gasolina a esa estación de las afueras. El tiempo pareció congelarse en ese instante. La mano de ella comenzó a ascender por el brazo de él, fuerte y muy moreno, mientras mordisqueaba la chocolatina con lascivia. Él hacía rato que tenía sus ojos y su mente puestos en la seda de su escote, donde podía ver ahora el inicio de unos pechos oscuros, mientras ella se inclinaba hacia delante.
- Me gusta cómo te queda esa camisa azul claro, realza el color de tus ojos verdes, y tus brazos, morenos y fuertes. Es una pena que ahora todas sean de autoservicio, me gustaría ver cómo pones la gasolina, me gustaría que me pusieras siempre la gasolina. ¿Me harías ese favor? Sé que es un capricho, pero será mi pequeño privilegio.
- ¿Privilegio? ¿Qué le hace pensar que iba a concedérselo, señorita?
- Por favor –dijo cínicamente-. He notado cómo me miras cuando me acerco a pagar. Me miras los pechos, con lujuria, comiéndotelos con la mirada, y cuando me doy la vuelta me desnudas con los ojos, te imaginas mi cuerpo sin ropa, entregado a ti.
- ¿Pero que está diciendo? Yo… -balbuceó con dificultad-.
- ¿Quiéres ver mi cuerpo desnudo?
No hubo terminado la frase cuando se soltó una de las finas tiras del vestido, dejándola caer despacio desde su hombro izquierdo. Después el derecho, dejando a la vista de él sus dos preciosos pechos, de pezones morenos y puntiagudos, mientras daba la vuelta al mostrador y se desprendía de toda la ropa, quedándose únicamente con un pequeño tanga blanco de encaje.
Se agachó, abriendo sus piernas, y desabrochó lentamente, con la boca, los botones de su pantalón, quedando ante sus ojos un enorme y ancho pene, que parecía a punto de estallar. Lo cogió dulcemente pero con firmeza, como hacía con la manguera, y comenzó a acariciarlo de la base a la punta, con suavidad, con la punta de sus dedos.
- ¿Quieres que me la meta en mi boca? Sólo si me prometes que me concederás ese privilegio. Será nuestro pequeño secreto. Odio mancharme las manos con esa sucia manguera…
Comenzó a lamer de arriba abajo el miembro de él, firme y erecto, al principio lentamente y poco a poco con más fuerza, mientras se acariciaba su propia entrepierna, abierta y húmeda, a un palmo del suelo. Él no decía nada. Se encontraba sumido en la excitación y la sorpresa, y sentía cómo los labios y la lengua cálida de ella se deslizaban una y otra vez. Bajó la persiana metálica para no conceder un espectáculo gratuito a algún cliente ocasional, pero ella paró de repente, volvió a subirla y le dijo:
- Quiero que nos vean. Quiero que vean cómo te comes mi coño.
Se apoyó en el mostrador y abrió sus piernas, retirando a un lado la fina tela del tanga y agarrando la cabeza de él, que lamió su rajita como quien degusta un delicioso manjar. La tenía casi depilada, sólo con un estrecho hilo de pelo negro, que besó con desesperación, hipnotizado por el intenso olor a hembra mezclado con el jazmín. Metía su lengua una y otra vez, y mordía con cuidado la bolita, erguida y dura, de ella, que se estremecía de placer, arañándole la espalda. Acto seguido se puso en pie, le dio la espalda, apoyó sus brazos en la mesa y abrió sus piernas, dejando a la vista la imagen de su cuerpo desnudo, su coño muy abierto, como un apetitoso marisco. Él estaba a punto de reventar, y la penetró hasta el fondo, mordiéndose los labios, casi con furia, mientras amasaba con sus dos manos los pechos de ella, duros y empapados. Comenzó a embestirle como un toro embravecido, lamiéndole la nuca y los hombros, pasando la lengua por toda su espalda, al tiempo que entraba una y otra vez en ella, sintiendo su vagina templada y húmeda, sus espasmos de placer, arañando con las manos los brazos de él, que la sujetaban con firmeza y la aprisionaban como en una trampa maravillosa. Tuvo hasta tres orgasmos seguidos, antes de que él parase y ella se colocara en el suelo, de rodillas, sujetando con las dos manos su miembro caliente y durísimo, que se metió en la boca. Apenas bastaron un par de segundos para que sintiera cómo se hinchaba entre sus labios ante el paso del abundante caudal de placer, que regó su cara lasciva y traviesa, como si fuera la primera vez, como una ingenua adolescente en celo. Se relamió satisfecha, y volvió a mirarle, extasiada, con la misma mirada fija e intensa de siempre, con una media sonrisa juguetona y agradecida. Tomó su vestido del suelo, se secó el cuerpo con una toallita fresca que cogió de una estantería, y se vistió lentamente, con la mirada fija en los ojos de él. Se volvió a colocar el bolso, y entonces él pudo observar una marca de color morado intenso, como un ataque de un león furioso y salvaje, que le recorría el hombro izquierdo. Le había mordido, ebrio de placer. Quiso articular palabra, pedirle una tímida disculpa, pero ella no le dejó. Se giró en dirección a la puerta y, debajo del umbral, le miró por encima de su maltrecho hombro, tranquilizándole con la misma sonrisa de siempre, la misma mirada intensa e inteligente:
- ¿Mi hombro? No te preocupes, me pondré un chal de seda, aunque estemos en verano. Por cierto, me encantan tus artículos, una lástima que tu trabajo esté tan mal pagado y tengas que ganarte la vida en una sucia gasolinera apartada. De todos modos, creo que deberías luchar por tus aspiraciones, y seguir intentándolo. Cuando vuelvas a escribir, llámame, te he dejado mi número de teléfono escrito en la mesa, junto al DNI. Por cierto, puedes quedártelo. Está caducado.
Buenas tardes.





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11



Él se llamaba José María. Él, Mahamadou. Uno era de Madrid, el otro era de Mali. Uno blanco como la leche, el otro negro como el corazón de los hombres en estos tiempos intolerantes que corren. A simple vista no tenían mucho que ver y probablemente jamás habrían llegado a conocerse de no ser porque eran compañeros en un club de fútbol de renombre y tenían que convivir a diario, entre entrenamientos y tácticas.
Ambos jugaban en una posición en el campo parecida, por lo cual José María, el más veterano, se sintió en cierto modo desplazado cuando su equipo fichó a su competidor en color ébano. Y más aún con el dineral que había costado. Los celos y la desconfianza en su nuevo compañero eran algo inevitable en José María, por mucho que de cara a la prensa manifestaran que "cualquier refuerzo era bueno para el equipo". Pero, sin embargo, con el paso de las jornadas se fue viendo que Mahamadou no era el sustituto de José María sino que vino para complementarle, para hacerle mejor jugador.
Era una pareja imbatible, y de este buen juego que cada uno sacaba del otro, pronto surgió una buena amistad entre ellos. Tan cercanos se volvieron que incluso algunos compañeros de equipo, como Ruud, Iker o Sergio llegaron a sospechar que tras esa amistad de escondía algo más. Sospechas que quedaron confirmadas una tarde lluviosa de domingo: su equipo no estaba teniendo una buena tarde, y Mahamadou había sido expulsado a poco de comenzar el partido. El tiempo pasaba y, viendo que el equipo no carburaba, el entrenador decidió sustituir a José María, ante el enfado de la afición. Pero, sin embargo, él no parecía enfadado, y es que su mal juego esa tarde había sido intencionado: quería estar a solas junto a su compañero de mediocampo.
Al entrar en el vestuario y encontrarle allí, con su kilométrica extensión colgando, José María (un hombre casado y con hijos) no pudo contenerse y dijo: "REVIÉNTAME EL OJALS, NEGRO, QUE QUIERO CAGAR PELOS". A partir de ahí, sucedió lo que tenía que suceder y el vestuario se tiñó de color merengue por doquier. Sin embargo, lo que parecía una idílica relación acabó por descentrar a la pareja de mediocentros (qué ironía) y su juego se resintió (José María constantemente aducía lesiones rectales para no jugar), tanto que cuando llegó la siguiente temporada el presidente decidió vender a Mahamadou a un Tercera División esloveno, dejando solo al pobre José María sin su compañero de juegos, que tan bien le (com)penetraba. Y sin su mujer, una famosa y sexy presentadora de televisión que tras hacerse público este romance decidió dejarle y lanzarse a la vida alegre, saliendo a diario por discotecas fashion y fornicando alegre e indiscriminadamente con jovencitos y jovencitas. ¿Despecho? ¿Liberación? A saber. Si queréis se lo puedo preguntar en cuanto ella salga de la ducha. Ji.





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12



AHORA




Ahora... y no después…quiero perderme en tu beso
- violento sangrante dulce profundo.-
Ahora... y no después…quiero descubrir tu cuerpo
- completo caliente suave infinito.-
Ahora... y no después…quiero encontrar tu espíritu
- sincero brillante indomable mágico.-
Ahora... y no después…

…quizás también quieras…

…ahora…

…y después.


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13

- ¿Panzoni, tú has leido algún poema alguna vez?
- ....
- (Jejej, mira al Panzoni... cómo agarra su cerveza de litro como si se la fueran a quitar).
-¡Síii! Una vez, uno... de... "Fuckowsky".
- Será Bukowski...
- Algo de eso.. Hablaba de una coño. Joder.. ¡qué morbo!
- ¿Pero de qué iba?
- No me acuerdo bien... Pero me lo leí entero. Venía la palabra "coño" impresa trescientas veces.. Me imagino al ... ¿cómo es?...
- Bukowski.
- ... Me imagino al Bukowski ese, ya mayor, así con pinta de escritor, ya sabéis.. Con gafas de intelectual, así todo formal y aburrido, pero a altas horas de la noche se transforma, y escribe sobre coños y cosas por el estilo... El tío entonces se empalma... Jaja... Como un caballo. Debía tenerla enorme... Y entonces llega la secretaria jovencita, rubia, con minifalda, y él se la saca y se la cepilla mientras escribe al mismo tiempo como un loco.. ¿Os imagináis su letra? Con altibajos más pronunciados en los momentos de mayor "inspiración"... Jaja... No se entendería nada... Lo que pasa que al pasarlo a imprenta, ya no se notaría.
- Normal... A menos que el de la imprenta se estuviera follando a una morena en el momento de la impresión del libro...
- A lo mejor así el Panzoni entendería mejor los libros, al estar esa escritura más caótica cercana a la esencia básica animal.
- A lo mejor esta noche vuelves mejor escocido, al estar mi nabo más cercano al ojete de tu culo.
- Jaja, ¡qué cabrón!
- Se echa de menos al Miler. Él seguro que ha leído el poema ese de Bukowski.
- ¿quién es El Miler?
- Es el tío ese de gafas que saludé el otro día, ¿recuerdas? Yo lo conozco desde pequeño.. Es todo un personaje. El tío flipa con Henry Miller, se ha leído todos sus libros, ¿no? Pues a veces lo veo y creo que vive como él, o al menos se mueve en los mismos ambientes... El tío se droga, vive al dia y folla en los servicios, pero siempre habla con propiedad, parece a la última corriente en todo. Con sus gafas de pasta, y sus movimientos pausados, el tío resulta muy convincente, aparentemente, pero por debajo es caótico, se mueve a impulsos. La otra noche, por ejemplo, en plan de tranquileo, estábamos hablando de literatura y de viajes, porro va porro viene. Estaba también el nieto de este escritor famoso, malagueño.. ¿cómo se llama?.. Bueno, no recuerdo. El Miler parecía saberlo todo, como siempre. Te hablaba de cualquier autor, pais, de cualquier libro, lo que sea, pero eso sí, las copas y los porros rulando como locos. En esto llegó una china, una chica de la China, quiero decir. No sé de donde salió, la trajo un tío largo con aspecto de escocés, me parece, y eran del Erasmus, creo recordar... Pues bien, nos fuimos todos a un bar y el Miler este le ofreció una raya a ella y acabó follándosela en el servicio (además corroborado porque los sorprendieron). A mí no me extraña nada. La china esa estaba buena, pero tenía aspecto de desquiciada, no paraba la vista quieta en ningún sitio más de dos segundos. Era un garito peor que el del Fuqui, tios... Es como follar en un estercolero, en medio de ratas...
- Bueno, bueno, ya será menos... No te metas con mi garito, tío... Además eso tiene su encanto... Lo que tiene más delito de todo es follar sin echar el pestillo, eso sí que es de mal gusto...
- Al Miler ese lo he recogido más de una vez, amaneciendo en la Plaza de la Merced, cubierto de palomas o estorbando a los servicios de limpieza, como un zombi, o con la nariz rota, incluso, una vez tirado en una esquina de calle París.
- Tráetelo un día, y nos partimos el culo...
- Por mi genial, pero no intiméis demasiado, no vayáis a terminar en la cama con gonorrea...
- Que nos la pase, yo nunca he follado con una vasca...
- Jeje, qué malo... Panzoni, ese es otro que folla más que tú...
- Pero seguro que con menos polla.
- Yo ya había oído hablar de él. El Tronchi me contó que ha coincidido con él varias veces por ahí, de marcha. Un día fueron los dos solos a la curva porque él se empeñó en tirarse a una negra. El Tronchi esperaba fuera del coche y dice que ahí se dió cuenta de lo viejo que era. Dice que los amortiguadores estaban hechos polvo y sonaban como una cama vieja. Jeje.. Me rio porque dice que aparcó justo debajo de una farola y se veía todo. La gente que pasaba con el coche aminoraba para mirar el espectáculo. La negra dando botes encima del Miler, en el asiento de atrás, como una loca... El coche no es gran cosa pero dice que el techo acabó un poquillo abollado, y no es coña.
- Con razón veía ahora yo a las putas con casco de ciclista...
- Jeje, y después, mientras ella se ponia las bragas fuera del coche, y supongo que con dolor de cabeza, él le dijo al Tronchi que subiera corriendo, se puso en el puesto del piloto y salieron de allí zumbando... Un "simpa" en toda regla, conduciendo el Miler con los pantalones bajados y el condón puesto.
- Debe estar zumbado realmente... Conducir con condón me parece ya llevar el tema de la seguridad a lo demencial...
- Pero ahí no acabó la cosa, porque después el Miler tuvo remordimientos y volvieron para pagarle, pero en varias horas no la encontraron... El Miler acabó la noche suspirando y llamándole "Mi negrita".
- ¡Jeje, buena historia, MacFlai!.. Hablando de buenas historias, os recomiendo el relato de La máquina de follar, es buenísimo... Es de Bukowski, por cierto...
- Bueno, si acaso después... Ahora es feria y hay que fornicar, nada de leer... No distraigáis vuestra mente de ... "Lo Único".
- Pues... Lo mismo tiene su sentido... Lo leemos primero, y luego se pone en práctica, ¿no?
- Hablando de ferias y de máquinas de follar, ¿sabéis qué le pasó la feria pasada al Armani?
- ¿Quién es el Armani?
- Tú no lo conoces porque esta feria no se le vé el pelo, pero era habitual de las ferias, no faltaba ni un año. Daba asco, el tío. Es alto, moreno, ojos verdes, con un porte y elegancia impolutas y sonrisa automática, cautivadora, según ellas. Las tías siempre le entraban, varias en la misma noche. Ya sabéis que en feria es el único momento del año, junto con nochevieja, donde a veces las tías entran... Es algo que debe estar escrito en algún lado.
- Es un manual secreto enterrado en una isla desierta que sólo conocen las tías...
- Sí, y el plano lo tienen escondido en el fondo del coño.
- Este Panzoni siempre tan poético...
- ...Y más desde que lee a Bukowski.
- Bueno, pues como sea, la cosa es que tú al final te quedas como un tonto mirando y encima dándole consejos, porque el tío al principio no sabía qué hacer, nos preguntaba todo, incluso si a la pava la veíamos bien, si estaba buena.
- Pero eso fueron las primeras ferias, después él cogió seguridad y ya era el rey indiscutible, de acá para allá con las mejores chorbis y tú ahí sacándote los mocos. Después hacíamos recuento y él nunca bajaba de los 10 casquetes.
- Si... El hijoputa me decía a mí que era como La Tierra porque lo mío eran siempre dos casquetes como mucho y probablemente muy fríos...
- ¡Jaja, no contéis esos chistes delante del Panzoni, así sin subtitulos ni nada, que no se entera...!
- ¿Y si os ensarto a todos por el culo, cual pincho moruno, os "enterararíais"?..
- ¡Jeje, joder..! ¿Vas por el tercer litro ya, Panzoni?
- Bueno, ¿vais a contar de una puta vez lo que le pasó la feria pasada al Armani o no?
- Creo que se le puso mala la madre, ¿no? Estuvo meses sin dar señales de vida.
- Ya... Los cojones... Esa fue una versión que se dijo para los pardillos, pero yo sé muy bien lo que pasó, porque lo que pasó realmente es que tuvo un incidente con un tipo que fue compañero mío en guitarra y me lo contó todo.
- Yo sé también lo que pasó, pero quizás no deberíamos contarlo, MacFlai...
- Y una mierda. Esas cosas se cuentan. Yo creo que pasan nada más que con el objeto de que se cuenten, son para descojonarse por el resto de siglos, eras y eones...
- Pero vas a derribar el mito, es nuestro Dios...
- Pues será nuestro Dios hasta cuando pasó lo que voy a contar. Se lo merece. Si ha podido levantarnos una tía, lo ha hecho siempre, ¿no? A mí su reputación me la pela...
- ¿Qué decis de una "repuuta" en "acsión" que la pela? ¿"Cuántozz" cobra?
- Panzoni, calla ya, hombre... ¿Llevas ya 5 litros..?
- ... No, "dllevo sinco" o no "recueddo" muy bien...
- ¡Joder! Bueno, la historia es simple. Le partieron la nariz y acabó haciéndose la estética, como una guarra folclórica. Pero lo mejor fue cómo se la partieron, porque el chaval este me contó que estaba en un bar, ya eran casi las 7 de la mañana y empezó a sentir un refregón por el culo, de una cosa más o menos dura, y se dió la vuelta y se encontró con el Armani empalmao, poniéndose verde y de todos los colores. Porque por lo visto le había confundido con una tía. Aquella noche el hombre no había mojao, como era su costumbre. Ese día por lo visto tenía un herpes en un labio y no se le acercaban. Al final cayó más bajo que un borracho viejo verde. El tío este es un heavy de los buenos, de pelo largo muy moreno y lacio, así como los chinos estos de la mafia, y encima tiene un culo respingón, que yo se lo he visto, (aunque con el mismo efecto que una barra de hielo para mi líbido, que quede claro), y también tiene una gran habilidad para estampar jarras de cerveza en pleno rostro a quien lo merezca.
- Jaja, qué bueno... ¿Y tú qué, MacFlai, no has quedado con la Sonia y la Patri, so guarrón?
- ¡Qué va!... Están en un plan que dan asco... Todo el rato tonteando con tíos distintos para follar... Son lo peor, unas malas putas, paso de ellas...
- Pero están buenas, y si tú quisieras repetías con ellas, tú lo sabes.
- Ya, pero paso de ese rollo... ¡Joder!... Si sólo hablan contigo para llevarte a la cama... Así ya da asco... Oye.. qué buena está esa tía de ahí, la del vestido blanco... Me la follaba hasta por las orejas.
- Las tías con vestido nunca entran a garitos como este.. Prefieren los pijis...
- ¿Para mañana avisamos al Pedro?
- ¡Joder..! El Pedro... No sé.. Ese tío es muy raro y no sé si un poco gilipollas.. Al salir ayer me dijo algo así como que el sentido del humor era lo único que nos libraba de la mediocridad, el tío subnormal...
- Si... No sé de qué va... A mí el otro día me llamó troglodita, por toda la cara, pero bueno... (en tu caso se trataría de una definición, no de un insulto, Panzoni, ¡Joder! Ya ni habla...)
- Pues mejor, avisalo, y así nos partimos el culo todos de él.
En ese momento salí del servicio. María justo había salido delante mía y se fue cruzando entre medio del grupo, sin decir nada. Ella había estado cuidando de mí, mientras se me pasaba el mareo, y reposaba sentado en el báter, despues de vomitar 3 veces. Ahí, inmóvil y esperando que cesaran los sudores fríos, las voces de mis amigos sonaban como una voz en off que me permitió pensar con mayor claridad.
- Tío, Fran, ¿pero qué hacías ahí? No sabíamos que habías salido hoy... ¿Qué es de tu vida?
- Joder, igual que el Miler.. ¡Qué monstruo...!
- ¡Qué cabronazo! ¡Dos horas ahí "dalequetepego"!
- Fuqui... una cerveza para este hombre, que yo invito... Tú ahora te quedas con nosotros y nos lo cuentas todo con pelos y señales...
La noche se alargó varias horas más, en torno a las cervezas. Nadie se fijó en que yo siempre tenía la mía por el principio, sin beber nada, absortos todos en mis palabras... Decidí inventarme una última historia absurda, antes de perder de vista aquel garito por un tiempo. Por cierto, María es sólo una amiga.

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14

No habian tenido el mejor de los viajes. En realidad habia sido un desastre, una travesia por el infierno aderezadacon gritos y silencios a partes iguales. Una odisea capaz de terminar con una relacion o de fortalecerla. Segun las estadisticas, existian mas probabilidades de que todo terminara con un triste y solitario adieu, y todo hacia pensar que aquella, seria una mas de aquellas parejas que terminaban con su historia en comun tras unas vacaciones que no habian salido como lo esperado. Ella limpiaba la cocina, mientras el meditabundo contemplaba el televisor, sin prestar atencion a las tristes noticias de siempre. Tenia la mente en otro lugar, muy lejano, anclado en el pasado, repleto de momentos intimos acaecidos en ese mismo sillón desde el que, impotente, veia a su mujer trabajar sin descanso, liberando asi la furia que la carcomia. En su mente, las imagenes de pasión, se tornaron en otras de desesperacion, en las que su amada, se alejaba de su lado cada vez más, hasta fundirse con el horizonte. Llegado a ese punto, se dijo que no podia dejar que en unos dias, se echara a perder lo que habian construido juntos durante meses. Con paso decidido, y aliviado, pues sabia qué hacer, entró en la cocina. Su mujer terminaba de lavar la fuente de los macarrones de la cena. El suave pelo negro caia en cascadas por su espalda, ocultando gran parte del ajustado top que habia llevado durante el viaje y que delineaba sus sinuosas curvas, que tanto le gustaba acariciar. Se acerco lentamente sin hacer ruido. Acerco sus labios a su oido y le susurro: - Lo siento, he sido un estupido, no soporto estar asi contigo, te quiero. La hasta entonces tensa figura de ella, se relajo, y bajo los hombros receptiva a los besos de su marido, que pronto los recubrio de besos suaves. Sus manos se apoderaron de sus caderas y las atrajo hacia si, mientras sus labios iban dirigiendose a la nuca de su amor, que dejo la fuente en el fregadero, presa ya del incipiente placer que nacia en su bajo vientre. Apoyo sus manos en el borde de la pila y se dejo querer. El no cesaba de besarla y tocarla, colmandola de cariño. Su top pronto se perdio en el interior de la habitacion de al lado, lanzado en un arranque de frenesi por su amado, que la volteo hacia quedar cara con cara, pecho con pecho, sexo con sexo. Se abrazaron como si fuera la primera vez. Las lagrimas de él, surcaron sus mejillas mientras con un prolongado beso, expresaba todo lo que no podian sus palabras. Ella fue secando sus lagrimas, beso a beso. Se miraron fijamente y por primera vez en muchos dias, se sonrieron. Sus fuertes manos, la alzaron hasta colocarla sobre la pila. Ahora sus pechos quedaban al alcance de su glotona boca, que no tardo un instante en hacerse con sus pezones, para jugar con ellos hasta saciarse. Sus dedos contorneaban su estomago, acercandose al monte de venus, aun cubierto por una inoportuna falda, que no tardo en bajar, ayudado por ella, que, libre de tan inconveniente prenda, abrio sus piernas para alojar entre ellas a su amor. Pero este aun permanecia en sus senos,lamiendolos ritmicamente hasta que se pusieron bien duros. Entonces, con su lengua fue lamiendo lujuriosamente su pecho, bajando por su estomago, hasta llegar a la selva que precedia a la gran cueva de su amor. De un salto, atraveso el rizado bello, y cayó en medio de sus labios, introduciendose ligeramente en su vulva, pero lo bastante como para arrancar un gemido de ella. La lengua trató de zafarse de los labios que lo empujaban hacia el interior de la calida caverna, pero por mucho que se movia, no podia salir de alli. A medida que se hundia, ella se iba retorciendo de placer mas y mas, hasta que no pudo aguantar mas. - Te quiero dentro de mi- grito ciega de gozo. Solicito, él se incorporo. Acerco su miembro ya duro a su vagina, y lentamente fue abriendola centimetro a centimetro, sintiendo como esta lo engullia en sus entrañas, de las que no lo dejaria escapar. Una vez estuvo todo su pene dentro de ella, sus lenguas se entrelazaron en un salvaje juego de dominacion, que termino ganando ella, pero poco le duro la victoria, pues cuando él comenzó a sacar su pene de ella, para volver a introducirlo con mas fuerza aun, su boca se abrió en un quedo gemido, que se mantuvo durante unos segundos interminables, que terminaron cuando, tras la explosion de placer de su amor en su interior, le sobrevino el orgasmo mas intenso que habia sentido jamas.

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15

Dark llegó al hotel un día antes del inicio de la convención, e hizo su trabajo. A las ocho de la tarde todo estaba preparado. Las conexiones inalámbricas del hotel configuradas y funcionando. Cortafuegos y antivirus comprobados. Él era el responsable de todo aquel tinglado informático y durante aquellos tres días no quería un solo error. Pero todo aquello no empezaría hasta mañana. Así que decidió aliviar toda la tensión acumulada durante el día en el gimnasio del hotel, una hora de ejercicio y unos cuántos largos en la piscina le ayudarían a descansar mejor esa noche.
Julia llegó sobre las cuatro de la tarde. Sólo tenía veintiocho años, pero sus compañeros la habían elegido cómo oradora principal del "XXX Congreso de Odontólogos de España", todo un honor y toda una responsabilidad. Subió a su habitación, diez minutos después se encontraba frente a su portátil repasando por enésima vez su discurso inaugural. Cerca de las nueve, se convenció a sí misma de que ya no podía hacer nada más, así que decidió dar el trabajo por terminado y buscar algo en lo que entretenerse un par de horas antes de irse a dormir.
Julia deambula por el hotel sin un rumbo fijo, sus pasos la llevaron hacía una gran cristalera que daba a la piscina climatizada del hotel. En ese momento y por la puerta que conducía a la piscina desde el gimnasio una figura sudorosa entró en el recinto. Parecía distraído, inmerso en sus propios pensamientos, mientras se secaba el sudor con una toalla. Se dirigió hacía una de las duchas, la abrió y dejó que el agua comenzara a recorrer su cuerpo. Julia lo observó: tenía el pelo negro y largo, dos o tres dedos por debajo de los hombros, y un cuerpo bien cuidado, abdominales marcados y brazos y piernas bien definidos, pero nada de formas exageradas, sólo un chico al que le gustaba cuidarse. Sí un buen cuerpo decidió Julia. Comenzó a desear que aquellos brazos la rodearan. Sonrió para si misma, cuando de repente, al mirar su cara más detenidamente, le resultó familiar. Ahora salía de la ducha y se dirigía hacía las taquillas de uno de los fondos. No conseguía volver a ver con claridad su cara, pero cada vez estaba más segura de que conocía a aquel hombre, que en ese momento se recogía el pelo, mientras se ponía un gorro de baño y se lanzaba de cabeza a la piscina. Julia contemplaba cómo hacía un largo tras otro largo, con una brazada rítmica y poderosa. Mientras su cabeza no hacía otra cosa que intentar situar aquella cara en algún otro tiempo, aunque cada vez ese empeño era un poco menor y un poco mayor el ensimismamiento que le producía el ver los músculos de su espalda contraerse y estirarse con cada brazada. El deseo crecía y crecía.
Dark, apenas había reparado en la figura femenina que lo observaba a través del cristal, pero al salir de la ducha se dio cuenta que aún seguía allí. Mientras se ponía el gorro de baño, lanzó una rápida mirada y fue él quién la estudió en ese momento. Una chica joven muy atractiva, de generosos pechos, cabello rubio, largo y rizado, vestía un bonito vestido color crema, ceñido y corto, que dejaba al descubierto sus hermosas piernas, las zapatos con un ligero tacón completaban el hermoso cuadro. Justo antes de lanzarse al agua, le dirigió otro vistazo y en ese momento: la reconoció. Era la chica de ojos verdes del año pasado, la de las mirada furtivas que apenas duraban un segundo, antes volver sus mirada hacia el orador de turno. Rápidamente buscó un nombre en su cerebro, estos se sucedían en su cabeza a un ritmo vertiginoso, de repente se detuvo en uno y cómo si de una ficha, con foto incluida, en una pantalla de ordenador se tratase, la encontró, era ella: Julia. Y sintió que ahora era poseedor de una generosa y total erección.
Veinte minutos después seguía allí. No había parado de mirarla cada vez que sacaba la cabeza del agua y sus pensamientos ya iban muy por delante de los acontecimientos. No sabía porque ella no dejaba de mirarlo, pero se proponía averiguarlo.
Julia no era del todo consciente de que seguía con su mirada fija en él. Así que cuando él sonrió y la llamó por su nombre se sobre saltó. Entonces recordó: el informático. Maldita sea, era el mismo chico al no había dejado de mirar cada vez que se cruzaban por cualquier pasillo, o en mitad de alguna conferencia. No recordaba que se hubieran dirigido más de veinte o treinta palabras en tres días. Aún así él recordaba su nombre. Su nombre… Decidió que no importaba, ella ya tenía otras ideas en mente, para las cuales no hacía falta un nombre. Decidió poner en práctica todas las ideas que le rondaban la mente cada vez que lo miraba el año pasado.
Dark intentó hacer un par de bromas. Ella sin embargo se limitó a recordarle que se encontraba en traje de baño y que estaba dejando un enorme charco de agua fuera del recinto de la piscina, así que, directamente, le ofreció subir a su habitación a secarse.
El pequeño pasillo de la habitación les sirvió cómo primera parada. Comenzaron a besarse nada más cerrarse la puerta. Eran besos intensos, feroces, se besaban mientras sus manos recorrían sus cuerpos. Julia contra la pared, clavaba sus uñas en su espalda, intentando atraerlo más hacía ella, incluso cuando ya no había distancia lo seguía intentando. Entonces se descalzó en un solo segundo y comenzó a trepar por las piernas de Dark, las cruzó sobre su cintura y comenzó a agitarse. Dark la sostenía firmemente con sus brazos contra la pared y la empujaba suavemente hacía arriba cada vez que sus sexos se rozaban, cada vez de forma más frenética.
Julia apoyó sus pies en las caderas de Dark y los deslizó hacía abajo, llevándose a la vez el bañador de este, que quedó completamente desnudo. Julia volvía a estar sobre el suelo de la habitación, pero su mente estaba totalmente concentrada en el cuerpo de él, mientras le mordisqueaba el cuello y el pecho buscó con su mano el miembro, completamente erecto de Dark y comenzó a acariciarlo. Mientras él, se dedicó a hacer desaparecer de escena toda la ropa de Julia.
Mientras se acariciaban íntimamente, Dark describía breves círculos, con su lengua sobre los pezones de sus pechos, sentía su rigidez y notaba la piel erizada en todo el cuerpo de ella. El deseo los empezaba a devorar por dentro y sus movimientos sobre la cama y sus caricias, eran cada vez más rápidos, más rápidos, más rápidos. Los besos casi habían sido sustituidos por los jadeos y ella le instó a que era el momento de sentirlo dentro de ella. Él la complació. Volvieron los besos, mientras buscaban acompasar el ritmo de sus movimientos y una vez encontrado, ya no hubo prisa. Volvieron los jadeos de placer y sus cuerpos se movían al unísono. Se sucedían las vueltas sobre la cama, el intercambio de posiciones y su respiración se hizo más agitada. Dark la hizo girar sobre si misma e incorporarse sólo hasta la altura necesaria. La volvió a penetrar y ella gimió de placer, de nuevo buscaron el ritmo adecuado y los gritos y gemidos de placer no cesaron hasta el clímax final. Al menos de momento, porque la noche aún era joven y ellos no tenían ninguna intención de que acabara. La observó completamente desnuda y tan hermosa como era y sin pensarlo dos veces descorchó una botella de champán y lo derramó sobre su cuerpo, ella comenzó a reír y él a beberlo sobre su cuerpo.

6 comentarios:

Eingel dijo...

Leidos... (y es que mi cuerpo no queria que los leyera todos de golpe...)

Mae dijo...

Esta semana a mas de uno/a le está costando decidirse ¿eh?, ja ja ja.
Besos a todos.

Churru dijo...

Vaya tela :)Sudando estoy aún. Jajaja

Mae dijo...

ja ja ja..si es que entre la caló y los acaloramientos la cosa está buena por aqui...
Besos a todos.

La Rizos dijo...

Viva el verano y el calorcillo lalalaaaa XD

Eingel dijo...

por cierto... tenemos derecho a saber que textos pertenecian a las señoras jefas?

porque a mi me gustaria saberlo

Besoooos