lunes, 30 de julio de 2007

VIVENCIAS VERANIEGAS

(Más personas que se quedan fuera de concurso por vagos/as... aissss)
Bueeeno pues aquí estamos otra vez, más morenas y veraniegas que nunca... Esperamos que estéis pasando un buen estío y que, a pesar de que algunos textos enviados tengan un regustillo agridulce, la brisa marina y el olor a tinto con limón y a crema protectora de coco os esté sentando genial ;)

Os recordamos que tenéis hasta el viernes 10 de agosto para votar, así que no tardéis mucho.

Gracias por esos escritos tan chulos que hacen que no necesitemos comprar la Cosmopolitan para entretenernos xD


¡Besos para todos!





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1



Chris de Burgh resonaba en el jardín con su “Lady in red” y las pocas parejas que aún quedaban en la discoteca al aire libre del hotel, bailaban al son de la música. Entrelazando sus manos, susurrándose pequeñas confidencias al oído. Dedicándose cómplices miradas. Sonriéndose y abrazándose. Besándose en mitad de la pista, bajo la luna de Varadero. Bajo las estrellas. Junto al mar.

Dark observaba la bucólica escena con aire distante, aunque divertido. La canción era hermosa, los compases lentos, rítmicos, dulces. El clima perfecto, la noche esplendida. Y todo el mundo parecía feliz. Sí, todo el mundo parecía feliz. Pero para él, la noche sólo acababa de empezar.

Se volvió hacía la barra, le hizo un leve gesto a Miguel y este le sirvió un nuevo y generoso vaso de ron. Saboreó el primer sorbo e inmediatamente después, apuró el resto de la bebida de un solo trago.

Poco a poco los clientes, que aún quedaban en el jardín, fueron pasando al comedor, dónde en ese momento se servía la cena. Todo el mundo se sonreía y se saludaba. La mayoría apenas se conocían desde hacía unos días, pero se trataban como si fueran viejos amigos, que se reencontraran al cabo de unos cuántos años sin verse. Se sentaban juntos, hacían planes para el resto de las vacaciones y se intercambiaban direcciones, teléfonos y correos electrónicos, para seguir en contacto a la vuelta. Aunque lo cierto era, que la inmensa mayoría de ellos no volverían a verse nunca más. Claro, que eso era lo de menos, lo realmente importante era impresionar a los nuevos amigos. Mentir hasta decir basta, respecto al trabajo, la familia, las amistades que decían conocer, o el coche que decían tener. Y si era necesario, incluso respecto a ellos mismos. No. Sobre todo, respecto a ellos mismos. Todo aquello no era más que una mascarada, una charada. Todo el mundo fingía tener vidas que en realidad no tenía y durante aquel viaje querían ser, todo aquello que en realidad nunca serían.

Conocía el ritual. Hacía algún tiempo, él también lo había puesto en práctica. Iban a ser las mejores vacaciones de sus vidas. Llegaron con las maletas repletas de ilusiones, dispuestos a solucionar todos los problemas que tanto les agobiaban. La idea había sido de Marta, un día llegó muy tarde a casa con dos billetes de avión en las manos y una sonrisa que iluminaba su rostro. Esto es lo que necesitamos, le dijo, alejarnos de todo lo cotidiano, desconectar de verdad. Sin teléfonos que suenen a todas horas, ni problemas que no puedan esperar a mañana. Sin servidores de comunicaciones que se caigan un sábado por la tarde justo antes de entrar al cine, o de que nos sirvan la cena en “Casa Roberto”. Sin nuevas sucursales que deban estar operativas antes de año nuevo, o el día de nuestro aniversario. No dejaba de sonreír y hablaba sin parar. Estaba tan emocionada, y llevaba tanta razón que no supo, ni quiso decir que no. Alejarse de un trabajo que le ocupaba todo su tiempo, era justo lo que necesitaba en aquel momento, necesitaba descansar y recuperar a su mujer, porque sabía que la estaba perdiendo.

Pero el sexto día de aquellas idílicas vacaciones, el teléfono volvió a sonar. Hasta entonces todo había salido extraordinariamente bien, habían hecho de todo y todo lo habían hecho juntos. Habían pasado horas y horas tendidos en la playa, o chapoteando en el agua. Habían conocido gente nueva con la que salir a cenar. Habían bailado hasta el amanecer, al ritmo de las canciones de la orquesta del hotel. Habían hecho el amor hasta acabar rendidos, y él había vuelto a enamorase de ella. Sin embargo, aquella llamada lo estropeó todo. Le prometió que volvería al día siguiente. Volaría en un Jet privado, que la empresa había puesto a su disposición, solucionaría el problema y regresaría a su lado. Se lo juró. Y lo cumplió, pero cuando regresó, Marta ya no estaba.

Le dijeron que se había marchado en el primer vuelo de la mañana. Así que aquella noche, durante el primer descanso de la orquesta, y después de los tres primeros vasos de ron, se acercó a Raúl, le pidió que le dejara cantar un par de canciones con ellos, sólo para evitar seguir dándole vueltas a la cabeza. Raúl accedió, pero Dark, ya no se bajó del escenario. Habían pasado cinco años.



La cena había acabado y la orquesta estaba preparada. El público se fue acomodando alrededor de las mesas de la terraza y los camareros fueron a atender a sus clientes. El primer tema de cada noche, siempre era instrumental, así que se giró una vez hacia la barra y llamó la atención de Miguel, que le sirvió de nuevo. Liquidó la consumición sin contemplaciones, revisó su blanco esmoquin y deshizo el nudo de la pajarita, justo antes de dirigirse hacía la pequeña escalera. Aguardó a que cesaran los aplausos e inmediatamente después hizo su entrada en el escenario.

Laura observaba desde la puerta del comedor que daba acceso al jardín. Contemplaba de nuevo, esa extraña mezcla de elegancia desaliñada que le hacía tan atractivo a sus ojos. No dejaba escapar ni uno de los sus movimientos, por mucho que supiera que estaban estudiados y perfeccionados frente al espejo. Mientras se dejaba atrapar por su voz, que cómo cada noche le erizaba la piel y le hacía anhelar el momento de estar de nuevo juntos. Se habían conocido hacía casi cinco años. Ella se encontraba de vacaciones con su marido, hijo del presidente de una gran empresa española, que se pasaba el día con el ordenador portátil a cuestas, consultando cotizaciones de bolsa, o hablando a gritos por teléfono. La segunda noche de estancia en el hotel, lo dejó en la habitación discutiendo con alguien que se encontraba a miles de kilómetros de distancia y fue a escuchar tocar a la orquesta. Al finalizar la actuación, Dark la invitó a una copa. A la noche siguiente, se repitió la escena de la habitación y cuando la orquesta se despidió, ellos pidieron una botella entera de tequila, sal y limón. El domingo, cinco días después de su llegada, su marido tomó un vuelo hacía España, sólo será un día, le dijo. Aquella misma noche invitó al cantante de la orquesta a subir a su habitación. Su marido llegó tres días después.

Desde entonces siempre viajaban a Varadero en vacaciones, y su marido siempre tenía que viajar a Estados Unidos a cerrar algún tipo de negocio, o regresar algunos días a España, mientras duraba su estancia en el hotel. Pero esos días valían todo un año.

La descubrió justo cuando empezó a bajar las escaleras del jardín. Llevaba un vestido largo de noche, de generoso escote, la espalda al descubierto, y una larguísima abertura en su lado izquierdo, que dejaba al descubierto su pierna a cada pequeño paso que daba, bolso y zapatos de tacón alto a juego, de alguna celebérrima marca de París o Milán. Sin duda era la criatura más hermosa que había visto jamás. Ojos azules y sinceros, pelo largo y sedoso, piel de ángel y labios que formaban una sonrisa que, mientras la veía, le hacía olvidar.

Nunca se habían mentido y aquella noche mientras estaban en su habitación ella le dijo:

- Sé que esta es la última noche que nos veremos.- Él la interrogó con la mirada. – Sí, es la última. Porque me he enamorado de ti, y si te vuelvo a ver, sé que nunca me querré marchar.

Se incorporó de la cama, la besó y bajó lentamente la cremallera de su vestido. Los tirantes se deslizaron por sus hombros, el vestido cayó al suelo. E hicieron el amor.

Despertó antes que ella, recorrió de nuevo los lunares de su espalda y retiró la fina sábana que cubría el resto de su cuerpo. Laura despertó, cuando él comenzó a besar su cuello. Y supo que sería la última vez.

El avión comenzó a moverse, por la pista del aeropuerto. Dark miró su reloj, el vuelo despegaba a las diez en punto de la noche, hora de Cuba. Destino: España. Cerró los ojos, reclinó su asiento de primera clase, e intentó dormir. Las vacaciones habían terminado y Varadero quedaría, a partir de ahora, demasiado lejos.





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2


-¿Te acuerdas de la heladería del malecón?- pregunta María a Elena.
-Claro, mujer, no me voy a acordar... Rara era la tarde de verano que no parábamos allí a tomar un refresco, y nos repartíamos a los chicos de la clase, jajaja.
-¡Es cierto! No me acordaba de lo de los chicos. Siempre te pedías a Germán, aquel rubio de ojazos verdes, jajaja. A saber que fue de él.
-¿Y a mi no me rifabais?- interviene Manuel, metiendo la cabeza en el espacio entre las dos mujeres. Sonriendo, Ángel, que camina a su lado detrás de las chicas.
-A ti no te queríamos ni regalado- ríe Elena -y mírame ahora, aguantándote toda la vida, lo mío es masoquismo.
María se une a la risa de su amiga, y se retrasa unos pasos para agarrar a Ángel de la cintura.
-¿Que no me queríais ni regalado? Pero qué bien mientes, princesa... Os moríais por mis huesitos- se pavonea Manuel, elevando los brazos y dando saltitos graciosamente por la avenida.
-¿Cómo que “os”? En todo caso, habla por mí, tontorrón, que María siempre ha tenido mejor gusto que yo- suelta Elena, empujando a Manuel con un gesto burlón.
Ángel besa a María en la mejilla y se une a la conversación- Esta chica también sufrió de “Manuelitis” en su momento, me temo que era un virus muy común en el instituto-.
-¿De “Manuelitis”?- se gira Elena extrañada, pero a tiempo de ver el ligero codazo que le propina María a su novio. Ángel se sujeta el costado y mira a María confundido.
-Qué exagerado eres, Ángel- interrumpe Manuel-. Mujer, se refiere al verano antes de conocerte, que a Mari y a mí nos dio por tontear. Ya ves tú...
-Aclara eso porque me siento la tonta de la reunión- salta Elena, algo molesta-. ¿Desde cuándo habéis sido vosotros novios? Porque lo que es yo, me acabo de enterar.
-Uy, uy, novios. Elena, no vayas a pensar...- intenta explicar María, un poco azorada.
-Tonterías de adolescentes- añade Ángel, que se ha dado cuenta rápidamente de la situación-. Lo típico, ya sabes, mujer. El verano, las hormonas... Si no es nada, yo me reí mucho cuando María me lo contó.
-Pues venga, vamos a reírnos todos ¿no? Ja-ja-ja- silabea Elena, irónicamente.
-No hay nada que explicar, tontina. Si no te lo he contado es porque precisamente no tuvo importancia ¿verdad Mari? Pues anda, que si te tengo que hacer una lista de todos mis ligues antes de conocerte...-Manuel se ríe, quizás demasiado forzadamente, y agarra del brazo a su mujer. María no dice nada pero mira disimuladamente a Manuel, claramente incómoda con la situación.

Esa noche, Elena sigue enfadada con su marido.-Es que no entiendo por qué no me dijiste nada. María ha sido mi mejor amiga desde el instituto y me tengo que enterar por otra persona, que no la conoce ni de hace un año, de que vosotros estuvisteis liados. ¿Tú te crees que eso es normal?
-Mira, Eli, te lo he explicado ya veinte veces. Que no duró ni tres meses, que yo no te conocía aún, que María no te habrá dicho nada por lo mismo que yo, porque no pensamos que mereciera la pena, estás haciendo un desierto de un grano de arena. ¿Quieres dejar ya el temita?

Manuel está encerrado en su despacho. Sentado enfrente de la gran mesa de caoba, mira la foto de su mujer, que preside la esquina derecha del escritorio junto al pequeño marco de plata con el retrato de sus dos hijas. Delante de las instantáneas, hay un pequeño y amorfo pisapapeles. A simple vista, parece una especie de manualidad infantil de colegio, o un extraño objeto de dudoso gusto. Si lo analizas con mayor detalle, compruebas que es un trozo de cemento endurecido, con cinco curiosas marcas circulares, que conforman una suerte de semicírculo. Sin embargo, un lateral de la pieza se haya desportillado, como si le faltara al extraño pisapapeles un gran trozo. Manuel recuerda cuando se lo encontró así, roto, incompleto, encima de su escritorio, y su hija pequeña le confesó que se le había caído jugando. La niña había tirado los trozos rotos a la basura, asustada por el más que probable castigo. Manuel no castigó a la cría pero, si eres perspicaz puedes ver, todavía hoy, un rastro de honda tristeza en su mirada cuando manosea el pisapapeles roto.
En algún lugar, quizás en un vertedero alejado de la oficina de Manuel, yacen los trozos rotos de cemento, bajo estratos y capas de basura de años. Si tienes paciencia y los juntas, y luego compones el objeto completo, puedes ver la huella de un pie, tomada con cemento. Un negativo de lo que un día fue la huella de un pie en la arena; cinco elipses en arco que puntean otra curva más grande. Un pie menudo, quizás de un niño, o de una mujer bajita. En el reverso del cemento, una inscripción.M&M V69. Aquel verano del 69, piensa Manuel... Y tararea a Bryan Adams.




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3



Cuento de un verano lejano

Ronda con olor a frutas

Olor a frutas caídas y ya en descomposición. ¿Mal olor? No, sólo huele a recuerdos de mi verano quinceañero en el campo de mis primos, entre tardes largas de lentos atardeceres que nos impulsaban a buscar amigos que acortaran el “deporte” de contar moscas. Los amigos eran circunstanciales, pero ¡oh, maravilla! : tenían hermanas, y las hermanas primas que le cambiaban el ritmo a las desmayadas horas.

Marcela….¿qué será de ella? Casi no puedo evocar los detalles de su cara y, si me esfuerzo, más se me escapa; sus cejas se arquean y deforman como las nubes en el viento de la memoria. ¿Cómo eran?

Aunque no recuerde sus facciones, hay algo que permanece: el tacto, el toque de sus manos de dedos largos con uñas mordidas. ¡Cómo nos asimos con sorpresa en esa ronda de niños que inventó Josefa, para terminar comprobando que ya no lo éramos!

Tomé su mano, sólo una --la otra la tenía pescada con asco Miguel, mi hermano pequeño—y la acaricié por el dorso, por la palma, cada dedo entre mis dedos, donde mis nudillos se trababan.

Nunca hubo ronda más corta, de recuerdo eterno, donde el olor a la fruta pasada me lleva siempre de regreso a una edad marcada por la emoción recién estrenada de sentir la tibieza de unas manos.

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4

Me enamoré de ti nada más llegar a la playa. Fue el verano pasado. Te empezaste a desnudar despacio bajo la sombrilla y ya no pude apartar la mirada de ti. Se notaba que era tu primer día de playa, porque tu bikini negro dejaba en evidencia a tu piel láctea. La luz del sol filtrada por la sombrilla de vivos colores hacía un efecto de calidoscopio sobre esa piel blanca, que se convertía en una perfecta pantalla sobre la que se proyectaban formas imposibles. Me enamoré perdida e instantáneamente de tus ojos verdes y de tu pelo, aun más negro que la escasa tela de tu bikini. Siguiendo a tus manos descubrí las curvas de tu cuerpo mientras que te protegías de las quemaduras. Dejé pasar la primera mañana de playa perdido en tus largas piernas. Y descubrí que aún me podía enamorar más de ti cuando te vi salir del mar, con las gotas de agua escurriéndose de forma vertiginosa hasta la arena. Y aún más todavía cuando te vi salir del hotel por la noche, con un precioso y liviano vestido rojo. Los días se sucedieron deprisa, como pasan los días felices y tranquilos. Las noches fueron embelleciendo tu piel cada vez más dorada, con tus ojos cada vez más verdes y con la negrura de tu cabello cada vez más intensa. Y conmigo cada día más y más enamorado.
Las vacaciones se acabaron. Todo se acaba. Iba conduciendo camino de casa automáticamente, de esas veces que un sexto sentido se encarga de coger con firmeza el volante y la cabeza se entretiene en pensamientos lentos llenos de matices. Y pensé en cómo me había enamorado de ti, en ese flechazo nada más verte bajo la sombrilla, en tu piel cobrando color como en una película de esas de documental en la que se ve en un minuto el paso de un bosque por las cuatro estaciones. Al llegar a casa aparqué en el mismo sitio en el que estaba aparcado el coche antes de las vacaciones. Miré hacia la derecha. Estabas profundamente dormida. Con tu melena negra cayendo por tu hombro aceitunado, envuelta en el mismo vestido ligero y rojo de la primera noche y me volví a perder en tus largas y bronceadas piernas. Y pensé cómo era posible que me hubiera enamorado locamente de ti ese verano, después de llevar viviendo juntos más de cinco años.


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5


La playa puede ser un lugar mortal: mar picada y corrientes traicioneras en las que ahogarse, niños que arrojan arena a las gargantas descuidadas, suegras que hablan hasta quebrar la voluntad del infeliz que se tumba a su lado, ensaladillas pasadas que causan diarreas mortales, novios celosos que te hacen tragar la sombrilla por mirar más de la cuenta los pechos desnudos de su novia, balonazos que acaban con las ansias de paternidad de quien lo recibe... en fin, hay muchos modos de perder la vida o hacerse daño en tan ocioso y refrescante lugar.


En verano, la primera causa de accidentes estúpidos, es el juego de las palas. Ay de aquel que, desprevenido y ajeno a los dictados de la lógica, se deja llevar por el aburrimiento o el crio de turno, hacia la orilla, para echarse una partida. Aquella mañana de domingo, yo era uno de esos.


Huyendo del insufrible acento de mis vecinos, accedí a jugar un poco. De pequeño habia sido tres veces campeon de la localidad, aunque lo más que habia ganado, habia sido un frigodedo, que me regaló un señor por darle un pelotazo (accidentalmente, que quede claro) a su suegra.


Tenia practica pues, y asi lo demostre en los primeros toques, hasta que una morena de cadenas cimbreantes, que hacia olvidar que sus partes menos soleadas estaban cubiertas por un minusculo bikini, pasó junto a mi. Persegui con mi mirada la trayectoria cadente del trasero de la sudodicha, en lugar de ocuparme de la raqueta, que en un descuido, se le habia escapado a mi acompañante (cuyo nombre no dire pues es en la actualidad artificiero) y que se dirigia hacia mi cabeza a toda velocidad. El resultado: un golpe que me dejó inconsciente sobre la arena mojada.

Cuando volví en mi, senti los carnosos labios de alguien, posados sobre los mios, no dude en besarlos e introducir mi lengua en su boca. Abri entonces los ojos, y me encontre la estupefacta mirada de una socorrista que hasta ese momento intentaba hacerme el boca a boca. Di gracias a dios por no tratarse de UN socorrista.

Recuperada de la sorpresa, y habiendo recuperado yo el conocimiento, me llevó al solitario puesto de guardia, donde me haria un completo examen para cerciorarse de que me habia recuperado por completo. Cerró con llave la puerta, bajo las persianas, y con un leve movimiento, que memorice para futuras ocasiones, se deshizo de su apretado bañador rojo. Me tumbó sobre la mesa y se sentó sobre mi "sombrilla" totalmente desplegada por la vision de tan trabajado cuerpo.

Empezó a cabalgar con tal frenesí, que pronto las paredes de la estrecha habitación comenzaron a temblar. En uno de sus saltos, la pared tembló tanto, que un reloj de cuco que colgaba de ella, se desprendió y golpeó mi dolorida cabeza, dejandome inconsciente de nuevo.



Cuando la conciencia retornó a mi, me sentí completamente mojado. <<¿Ya?>> pensé extrañado, pues de siempre he durado mucho, pero al abrir los ojos, comprobé que me encontraba tumbado en la arena, enterrado hasta el cuello en ella, mientras mi acompañante me sonreia divertido desde su tumbona, haciendome gestos con la pala.


Así que amigos, si jugais a las palas en la playa, un consejo: cuidado con los relojes de cuco!!!

Un beso!!!!


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6


Ojalá el calor fuera el culpable... Pero sólo ojalá.

Así pensaba él cuando Junio comenzaba a despuntar, al sentir el primer sudor veraniego.
Ojalá el verano no me recordara tantas cosas, insistía machacona su mente. Y al segundo otra vocecilla le hablaba de los placeres del estío, de los cuerpos que se destapaban al sol.
Y a él le dolía la cabeza.
Su bikini era negro. Su piel nívea, enrojecida en algunos puntos por algún que otro baño de sol. No era una diosa; ni mucho menos un cuerpo perfecto. Pero era ella.
Era como una cerveza fresca en medio de una larga caminata.
Su sonrisa no era fruto de la locura veraniega. Él sabía reconocer el amor, era su secreto. Y ellos se habían amado. Sí, aquello era de verdad, para siempre, para siempre, para…
Pero terminó; como también terminó el verano. Ella, con piel de gaviota, no podía vivir sin mar. Él, curtido y moreno, adoraba el duro suelo.
Se dijeron adiós.
Al año siguiente buscó en las playas sus sandalias, aquella sombrilla suya de propaganda. Jamás volvió a encontrarla.
Enloqueció. Terminó por creer que ella era una sirena.
Y cada vez que una ola rompía contra el pesquero en los largos meses de faena, odiaba un poco más el mar.


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7

Era el verano del 97. Yo era la primera vez que viajaba sola a pesar de los
impedimentos que me encontré en casa. Tenía solo 16 años, y unas ganas locas
de huir de todo lo que me rodeaba.
Después de interminables horas de viaje llegué a mi destino. Lo que nunca
imaginé era lo que allí me esperaba.
Acomodé mis cosas en casa de quienes me recibieron con los brazos abiertos y
me dispuse a comerme el día, la noche y lo que hiciera falta.
Todo transcurría como debía, hasta que tu mirada se cruzó con la mía.
De ahí en adelante todos mis planes dejaron de ser útiles. Ya solo pensaba
en ti, y sabía que tú lo hacías conmigo. No nos hizo falta presentación.
Pensábamos igual, actuábamos igual y sin darnos cuenta nos vimos los dos, en
plena feria, montados en un tiovivo imitando la escena de Mary Poppins. Me
hacías reír, por eso quizás me gustabas más aún.
Tú tenías 19, o 20, no recuerdo ahora mismo muy bien, el caso es que eras
mayor que yo.
Hablamos mucho, mas de lo que nunca había hecho con ningún otro chico. Sabía
que eras especial, y poco a poco, tus palabras me lo fueron confirmando.
Me enamoraste, y yo, estaba loca por robarte un beso, pero, aunque sabía que
igualmente tú, te morías de ganas por besarme, no veía intención alguna.
Una noche, creo recordar que la penúltima de mi estancia allí, al recogernos
después de una velada embriagada en risas y miradas por nuestra parte, tú te
apoyaste en un coche, y cogiéndome de la mano para acercarme a ti, abordaste
toda la pasión que llevabas dentro contra mis labios. Nunca lo olvidaré…
Ya solo me quedaba una noche a tu lado y yo no quería marcharme jamás, pero
me reclamaban y a esa edad, una debe de obedecer.
La despedida no puedo recordarla con más nostalgia de cómo la recuerdo cada
vez que vuelves a mi mente.
- “No te vayas” – me dijiste con lágrimas en los ojos. –“Cásate conmigo si
es necesario para que te pueda tener siempre”-
Hiciste que me sintiera la mujer mas querida del mundo y eso no lo puedo
olvidar.
Al regresar a casa, nada de lo que tenía aquí me llenaba. Solo quería volver
contigo, pero no tenía oportunidad.
Tu carta, la única que me escribiste, en la que me decías lo especial que yo
era para ti, la guardo junto con las cosas que considero “mis pequeños
tesoros” y a pesar del tiempo, aún hay días en los que la leo y te vuelvo a
sentir cerca. Al mes me enteré de que habías vuelto a rehacer tu vida con
una chica de la que me habías hablado. Yo me alegré por ti, pero no puedo
negar que también lloré.
Fueron muchas las cartas que te escribí, las veces que te llamé pero no
quería renunciar a saber de ti. Al final me tuve que dar por vencida, aunque
de vez en cuando llamaba a tu casa por si tú cogías el teléfono. No hubo
suerte.
Tu recuerdo aún me persigue aunque 10 años nos hayan separado.
Aquel fue el mejor verano de todos, la mejor experiencia y creo que tú
hubieses sido el mejor hombre para mi vida.
Hace unos meses conseguí hablar contigo. Me dijiste cosas hermosas. Aún
estabas con ella. Y de buenas a primeras te volví a perder.
En mi teléfono sonó un mensaje.
- “Perdona por no contestarte ahora ni antes. Soy un cobarde y lo reconozco,
pero se lo que siento por ti y me da miedo. Prefiero dejar que las ascuas
calienten mi existencia antes que reavivar un fuego imposible. No nos
conviene, ¿me entiendes, verdad?. Te quiero y siempre te querré!



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8

AQUEL PRIMERO DE JULIO

Te acuerdas? Vagamente... Uno de julio. Martes. En aquella época todo ocurría en martes. Ahora, ni eso.

Tú no me querías del mismo modo que yo te quiero. Aun así, aceptaste una salida de amigos. Prometí que no te arrepentirías, y para mí, estas promesas son sagradas.

Llegaste a las siete y media. Verte ahí era un sueño hecho realidad. Mi sueño. Dos besos de saludo, y comenzó la mejor tarde de mi vida.

Sentados en una terraza, saboreando la cerveza tostada, conociste al duende que hay dentro de ti. Un pequeño paseo por la ciudad, mientras hablábamos de nuestras vidas. Tomando un helado aprendimos nuestros gustos musicales. Una copa más... y el tiempo se acababa.

A medianoche, como Cenicienta, me negaste un beso y te marchaste. Y yo me quedé ahí... y ahi sigo.

Para tí, un día más. Divertido, si, pero nada más. Para mi...

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Han pasado más de cuatro años. Mis sentimientos no han cambiado. Por desgracia, los tuyos tampoco. Sabes que siempre lo he aceptado... que siempre he sabido dónde está mi lugar. Y ahora, que quieres empezar una vida nueva con otro... sólo puedo desearte lo que siempre he querido de verdad. Que seas feliz.

Te lo dije hace años. Y no me arrepiento de ninguna de mis palabras.

Pero es hora de seguir mi camino de una puñetera vez, de dejar el lago y volar en busca de algo que no sé si voy a encontrar, y ni siquiera sé si existe.


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9

Verano, sueño y muerte

El verano encaja mal en los sueños. Quizá sea por la luz, tal vez por lo que encierra de imprevisible una sonrisa mortal y hueca escondida detrás de un helado de limón, o de un cigarro moribundo. El verano es esa estación en la cual se agotan las etapas y se deja paso a todo aquello que sería impensable durante el resto del año; y se abre la puerta a realidades inabarcables, algunas definitivas, otras que se aposentan en el alma y la aplastan para siempre. Durante el verano, la muerte es más trágica que en cualquier otra época del año.

Tenía ocho años y un sueño me trajo el verano. Caminaba por el borde de una piscina, bajo un sol de esos que hacen entorpecer el ritmo de los relojes. Nunca pude soportar el tacto de la hierba mal cortada, que esconde entre su espesura objetos punzantes. Si alguna parte de mi cuerpo siento vulnerable ésa es la planta del pie, donde no tengo ojos. La piel se desgarra fácilmente, es como si pasas la punta de un cuchillo por una bolsa de plástico tensada entre las manos y a la menor presión ésta se abre en cremallera y queda torpemente mutilada, un asa en cada lado; figura muerta, inservible. Pensaba en cientos de hormigas desfilando por entre las hojitas verdes cuando una mano pequeña y blanca recogió un cigarro que no había sido apagado del todo y lo llevó a la boca del cuerpo que sostenía esa mano. Los labios sostenían el pitillo dentro de una cabeza enorme, del tamaño de una pelota hinchable, mayor incluso, peinada hacia un lado con pelo muy negro y brillante. Sonreía de una forma tal que podrían haber reventado en ese momento las cristaleras de una catedral cercana y sus pedacitos haberse vuelto a reordenar para dar vida a un elefante. El elefante comenzó a reír con sus ojos planos y rasgados, que provocaban prematuras patas de gallo bajo las sienes blanquísimas del paquidermo fumador, repletas de estrías, y reía sin motivo, moviendo rápidamente sus pupilas para controlarlo todo, para absorberlo todo, para devorarlo todo. Era un niño. Tenía no más de diez años y pantalones cortos. Su masa encefálica se precipitaba de un lado para otro sometida a un peso desproporcionado, y no dejó de clavarme una mirada que me arrancaba el aire directamente de los pulmones, haciéndome cosquillas que se convertían en úlceras. Su sonrisa era profunda y no tenía fondo; parecía el umbral de un abismo. El silencio era un fluido que hizo detener el tiempo y se coló por todas las rendijas hasta congelar la escena. Entonces resbalé, y caí, y no dejé que mis pies impactaran contra el fondo, flotaba y no notaba nada debajo. Desperté.

Pasados los días, mi estómago aún seguía portando una losa pesada y rancia, al tiempo que mi pecho se encogía al ritmo de aquella sonrisa, tajante y pálida, que nunca hubo de abandonarme. Quise dejarlo en el olvido y únicamente conseguí ahondar la grieta que se abrió entre mis costillas. La herida era invisible, pero abundante, y anticipaba sucesos que intuía y trataba de alejar de mi conciencia. Pensaba en pájaros que anidaban en las cornisas y en su descendencia cálida. Acto seguido las aves saltaban del nido, hambrientas y confusas por el calor, y se estrellaban contra el suelo, sucesivamente, hasta despoblar el nido que alimentó sus endogámicos delirios suicidas.

Un mes después bordeaba una piscina bajo un sol de justicia, y no encontraba a mi padre. El suelo quemaba, y yo tomaba un helado de limón, que se iba desvaneciendo por entre mis dedos, ajeno a cualquier asunto que no fuera la búsqueda que aliviara mi momentánea orfandad. Quise agarrarme el estómago con las dos manos y lanzarlo al agua, y despojarme del peso, y sentí una necesidad vital de apagar la luz del sol, ante la cercanía de un desenlace que se hacía más presente a cada paso. El reloj hacía tictac en mi pecho y lo iba reduciendo como se aplasta una pelota pinchada. Cerraba los ojos, tratando de negar con ello mi postura de cómplice observador en la escena, y mi vista atravesaba contra mi voluntad los párpados casi transparentes, y los achicharraba. Mis pies se adelantaban ágiles sobre la piedra hirviendo, y eché un vistazo rápido a la piscina, al otro lado, donde tres niños jugaban a deslizarse por un tobogán azul adosado al mármol. Reían, se empujaban, y chillaban casi al unísono con dos señoras que unos segundos después quedaron solas compartiendo un estruendo gutural, mientras se revolvían entre un agua oscura tocada con matices anaranjados al paso de la luz. Entre ambas sacaron del fondo –sólo asomaba la cabeza, negra, fucsia y brillante-, el cuerpecito del niño que ya no reía y ni siquiera fumaba, porque no le había dado tiempo a desvelar los efectos secundarios de la adolescencia. El impacto fue metálico y dejó paso a un silencio que ralentizaba la secuencia de forma gradual. Eran dos, el segundo emergió boca abajo con los brazos en cruz, como un pajarito que adorna el suelo, y ya no reían, porque su piel, manchada de un rojo intenso y pegajoso, les pesaba como nunca en sus pueriles arquitecturas de mazapán blando e inerte, mientras el tercero sonreía, plantado frente a ellos, con un cigarro entre sus dedos, mojado y recién recogido del agua. Entonces me miró, y me grabó la culpa en las pupilas, y yo encontré a mi padre, que me tapó los ojos y me sacó de allí en brazos para no volver jamás.

El verano es un ente indócil que ha de ser afrontado con la plena conciencia para que no haga daño, pues sabe cómo apoderarse de la mente de un niño. Los símbolos pueden ser mortales cuando son sometidos a una temperatura agresiva que los deforma y los derrite hasta convertirlos en el reverso del miedo, en figuras terribles y estremecedoras, en imágenes sinuosas, en calidez simulada que alberga un frío inorgánico cuando se le da la vuelta y se palpa el vacío en un instante. Quien comete el error de querer encerrar el verano en un sueño corre el riesgo de mancharse las entrañas para siempre.



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10


John McCaulay-Colkin no era una persona, digamos, popular. Y es que su vida no invitaba a ello: escocés de 300 kilos, albino, sexador de pollos y con ciertas filias políticamente incorrectas que no viene al caso enumerar aquí. Vosotros también tendríais pocas ganas de conocer gente sabiendo que probablemente vuestra sola presencia provocaría ganas de vomitar tropezones en vuestro contrario. Además, qué carajo, pese a su solitaria y rutinaria vida, John era feliz.

Sin embargo, cada verano nuestro amigo albino se armaba de valor para romper con su rutina y, en un esfuerzo por tratar de comprender qué era eso tan atrayente que sus compatriotas veían en la costa mediterránea, se echaba el petate al hombro, se montaba en un avión de Ryan Air y se plantaba en Málaga. ¿Búsqueda de sexo fácil? ¿Mera compañía? ¿Disfrutar de ese sol que siempre se le había mostrado esquivo? ¿Tratar simplemente de sentirse normal durante unos días? Sus motivaciones nunca estuvieron demasiado claras, pero el caso es que John cada año no sólo volvía a la misma ciudad, sino al mismo hotel, a la misma habitación, a la misma tienda de souvenirs (pese a que no tuviera nadie a quien comprarle postales) y al mismo centímetro cuadrado de arena en la playa. Incluso en tiempo de vacaciones, y tratando de escapar de la rutina, John caía en ella de nuevo. ¿Lo hacía de manera consciente?

Sin embargo, algo era diferente esta vez: McCaulay-Colkin no pudo reparar en fijarse en una bella hembra que estaba a lo lejos, en un chiringuito, tomando un delicioso Sandevid ante las miradas lascivas de los landistas de turno. Era la mujer más bella que había visto nunca, y sintió algo desconocido para él. No sabía muy bien qué era… ¿sería lo que la gente llama amor? John no estaba seguro de ello, pero sintió un irrefrenable deseo de acercarse a esa rubia y, como en las películas, decirle algo al oído con lo que dejarla impresionada, seguido de un beso de tornillo al cual todos los presentes no tuvieran más remedio que contestar con un aplauso de admiración. John McCaulay-Colkin, de repente, quiso ser otra persona. Y le gustó la idea.

Así que se armó de valor y decidió acercarse al chiringuito. Por el camino iba pensando: “¿realmente es inteligente que haga esto? ¿Tengo alguna posibilidad con ella? ¿Se reirán de mí?”. Cientos de preguntas asaltaban al escocés, pero no conseguían detener su ímpetu y poco a poco se fue acercando al chiringuito cada vez más convencido de sus posibilidades. El camino se fue convirtiendo en una carrera de obstáculos. Esquivar una mierda. Rodear un castillo de arena de estilo barroco. Sacarle el dedo medio a un vendecedés. Parecía como si el destino le hubiera dicho a John que no era una buena idea acercarse a esa rubia del chiringuito. Pero bebía tan bien su tinto de verano… tenía que intentarlo. Tenía que salir de su crapulencia, sentirse normal por una vez. Y mientras iba pensando, sin darse cuenta se encontró cara a cara con la rubia.

John se puso rojo de la vergüenza, y la rubia sandevidera se le quedó mirando con una mezcla de repulsión y curiosidad por ver qué le quería decir. Tras una gran batalla interior, McCaulay-Colkin por fin encontró las palabras que tanto tiempo llevaba esperando decir:

John: “Hi… ehm… you... my name... John...” ¡¡¡¡¡PUM!!!!!
Rubia: “¡OH DIOS MÍO, LE HA EXPLOTADO LA CABEZA!”
Camarero: “Bueno, a veces las cosas simplemente explotan. ¿Otro Sandevid, guapa?”





Homenaje a los Monty Python


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RIGOBERTA


Todo el mundo piensa que las estrellas fugaces mueren al caer.
Pues no. Osea, si. Todo el mundo piensa, en mayor o menor medida, salvo las excepciones y Jesulín, claro, pero por lo referente, así es. Y todas las estrellas fugaces caen, también, cierto, de un lado a otro y sin medida. Pero no todas las estrellas fugaces mueren.
Eso no.
Hay algunas, las que tienen más suerte, que al contacto con el agua marina, se salvan transformándose y pueden empezar una nueva vida.
Eso le pasó a Rigoberta.

Andaba un día por el estrellado cielo Marbellí cuando de un susto al ver a Julián Muñoz afeitándose los cojones, se tropezó, se dio con el brasero y acabó incendiándose y cayendo al vacío sin remisón, dándose de pleno con las aguas saladas de esas lindes.
Allí, lejos de desaparecer y conseguir olvidar tan horripilante imagen, se convirtió en Estrella de Mar y siguió teniendo clara la visión de los huevos depilados a navajazos del noviete chungo de la Pantoja.
Nos ha jodío - dijo ella misma - Además de tener que soportar durante eones la imagen de los mismísimos depilaos del Cachuli, tengo que estar aquí, gluglugueando y en pleno verano, con la caloraza que pega!! Ainnnnnnssssssss… con lo a gusto que estaba yo allí, encima de todo, oteando todas las televisiones desde mi atalaya personal!
Sniiiiif!

Y así andaba, tristona y quejicosa Rigoberta, haciéndose con el nuevo medio del líquido elemento cuando, de repente, apareció Rodolfo, seguido por un puñao de truchas y gambitas en edad de merecer (de merecer un buen planchado con su ajito y perejil, pero merecedoras igualmente) que lo miraban con ojitos saltones, como no.

Coño! - Dijo Rigoberta con cierto tonillo enfático – fanático a la nada o al todo acuático que la rodeaba – Pero si este es chipirón ese que salía en el anuncio del Pescanova Captain! Pero qué bocao que tiene, madre del amor, si no fuera estrella de mar te fecundaba yo todas las huevas pero a la voz de ya, pedazodeotrozode…!!!

Y no pudo acabar el piropo por que fue abatida de forma tremenda por un algo más grande que el culo de María del Monte que la dejó sin palabras, como suelen pasar en estos actos que sobrevienen sin verlos venir.
Sin palabras y confusa ante semejante placaje físico.
Al principio repudió ese contacto, pero sólo duró un segundo, enseguida se aclimató a esa sensación de calidez y se enamoró de ella.
Después, sintió que no podría vivir sin ese otro ser que la había agarrado de tal forma, con esa pasión, tan desde lo alto hacia ella sin ni siquiera verlo venir, con esa marejada, fuerte marejada que tan solo esos acontecimientos levantan.
Había encontrado la horma de su zapato. O mejor todavía, se había convertido en la horma del pie que calzaba el zapato que fuera menester. O la chancla, si el calor era insufrible.
El verano tiene ciertos aspectos que, en otras épocas del año no suelen darse. Más que nada por que poca gente tiende a darse chapuzones cuando hace frío y mucho menos, a irse a Marbella en época invernal.
Pero en verano sí. Por que el verano da cabida a calores y a un intento desesperado de sofocarlas.
Y en verano es la mejor época para que el amor surja, aunque sea temporal, que es a lo que tienden los encuentros con seres de diferentes estados geográficos. Aunque se prometa eterno, aunque este sea sinónimo de dos semanas de alquiler en un apartamento de tercera línea de playa con supermercado abierto hasta las doce de la noche abajo y después, al volver a la civilizada urbe o pueblo, olvidemos ese super y su almacén de bebidas gaseosas abierto a golpe de porrazo.
Y eso sucedió con Rigoberta y con el pie que la había pisado, besado y enganchado a sí, pero sin tiendas seven eleven ni bebidas de ningún tipo. Sólo contacto marítimo y amoroso hasta que un tercero en discordia, probablemente el dueño mismo del pie, decidiera deshacerse de ella y darle a su amado final de sí mismo un algo menos estrellado pero más cómodo. Chancla, creo que se le llama con la que el pie de esta historia acabó marchándose, obligado, eso sí.
Duró el amor lo que suelen durar estas cosas, ya lo digo. Fue poco, pero fue intenso, fue muy húmedo y chorreante, fue salado y con oleajes que jamás se podrían imaginar.
Fue doloroso, por que estas cosas siempre lo son un poco.
Sobre todo cuando Rigoberta decidió no ceder. Cuando aún a tirones, no quiso desengancharse, aún cuando confesó en su lenguaje y vió que era incomprensible, que quería demasiado a ese pie de talla 45 para que lo separasen, aún sangrando.
Qué egoísta el amor. Qué puro. Qué emotivo.
Pero qué entendible. Rigoberta había sido una estrella de cielo, siempre sola y titilante, jamás había encontrado nada igual, ni siquiera en semejanza. Sobre todo en semejanza!! Por que Pie tenía cinco dedos, como cinco bracitos tenía ella. Por que podían juguetear sin problema numerológico… Por que se querían, aunque acabaran de conocerse! O igual no, igual ese pie ya se había fijado en ella, cuando el dueño descalzo ponía los pies en el reposabrazos del banco del jardín y estos miraban esos puntitos brillantes allí en lo alto, suspirando por rozarlas siquiera. Pero en el amor, la crueldad está siempre al pie del cañón y en realidad, a cualquier pie, incluido el izquierdo de este señor que andaba bañándose, culpable absoluto del desprendimiento de esos dos seres que se amaban y que fueron separados en un verano caluroso.
Y fue esta crueldad de ese señor que prefería andar sin estrellas de mar enganchadas en su planta que, por motivos de estética, comodidad o simplemente razón de ser y lógica, desprendió a los enamorados dejando a Rigoberta en una papelera de cualquier centro de urgencia hospitalaria de playa Marbellí.

Y es así como yo supe de la historia de Rigoberta, puesto que fui a ver si alguien podía sacarme de encima el veneno que la jodida medusa me había metido vía encontronazo singular y me encontré mientras tiraba el chicle a la basura con una estrella mojada, fuera del mar que me contó la historia entre lágrimas saladas.

Y fue así como descubrí que el veneno de la medusa tiene algo de alucinógeno. Bueno, así exactamente no, me enteré de eso cuando le conté la historia que la estrella me había narrado al médico de urgencias y este me confesó que yo andaba fatal de la azotea pero que seguramente fuera por motivos de envenenamiento y psicotropía.
Y ¿saben qué?
Que qué polvo tenía el médico de urgencias, oigan!
Y qué guapo cuando se reía, que era bastante a menudo!
Y que qué bien cuando le dije que me parecía encantador con todo el subidón del veneno ( y los tres gintonics, pero eso fue secreto de sumario) y me propuso ir a cenar por que yo le parecía muy divertida (y seguramente por mi 95 de sujetador) con todas esas historias que le iba contando!
Y que qué alegría saber que de eso hace ya cuatro años y que ahora Rigoberta es mi mascota y le dejo chuparme los pies todas las noches mientras que el médico de urgencias me hace la cena, por que me quiere y se ha casado conmigo.

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12

Del mar


La brisa limpia del mar

trae la sal y la humedad,

del color de tus ojos infinitos

como mi soñar.


Me siento así a recordar

en su orilla tranquila,

en una mano mis recuerdos

y en la otra una caipirinha.

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13

A veces a Miguel y a Ivana le llegaba todo a la mente de golpe, y entonces casi dudan de que realmente ocurriera. Podía sucederles sacando al perro a pasear, o lavándose los dientes.

Recuerdan a veces la noche del descubrimiento; aquel pronunciado y retorcido camino, y el aroma penetrante del mar conforme vas bajando. Coinciden entonces que uno se siente muy solo dentro del coche, insignificante frente al gigante acantilado, junto los destellos lunares coronando las olas, y bajo el enorme espacio ingrávido. Entonces están de acuerdo en que llegar a aquella casa y aquella playa es como descubrir una perla escondida, un pedazo de paraíso solitario, de espaldas a la civilización.

Recuerdan que a la mañana siguiente, la luz terminó por desnudarlo y afilarlo todo, y el recuerdo se torna entonces como una foto de los años 70, de colores incendiarios, donde apareciera un grupo de jóvenes ansiando gritar libertad, con la inmensa playa virgen al fondo.

Y era el momento y el lugar. Ella era azafata de congresos y se llamaba Ivana. Con una sonrisa conoció a Miguel, músico profesional. Miguel a veces se recreaba con esa primera sonrisa, y ella con su forma de mirar. No hubo tiempo de cafés, ni de cines, ni de esperas entre semana hasta que llegara el viernes.

Recuerdan ambos que el sol febril calentaba sin quemar en exceso, y la piel se cocía casi sin querer, lentamente. Entre las rocas, unas plantas lacias, alargadas y húmedas atraían la atención de Miguel. Y también el agua, juguetona como notas musicales primitivas. Esta idea rondaba por su mente desde hacía tiempo y entonces cobraba más fuerza que nunca. El agua que corría entre los recovecos de las piedras y entre las caderas de Ivana. El agua que retrocede y embiste en la orilla. Las risas flotando en el aire, como el agua de los chapoteos. El agua cuando ella sale del mar hacia su toalla y entonces esos hilos lamen su cuerpo, rodeando sus pechos y confluyendo en su sexo. Esa misma agua cuando se reduce en sutiles gotas sobre su piel, hasta que ella llega a la altura de Miguel y terminan por caer lánguidas y calientes sobre su cuello...

Mientras conduce hacia el estudio, Miguel repentinamente recuerda a Ivana escribiendo una historia, echada boca abajo, sobre la arena. Miguel insistió tanto que al final ella la leyó en voz alta. Él escuchaba fascinado. La modulación de su voz, esa respiración levemente agitada, la explosión en las consonantes de sus labios -poderosos y tiernos a la vez en aquel trance-, el tema oscuro y misterioso... En ese instante la historia le parecía en carne viva. Miguel imaginaba las palabras escribiéndose en la amplia espalda de Ivana, correteando hacia su cintura, y quiso dibujarlas con sus dedos. Y así los sorprendieron el resto del grupo, justo cuando Ivana comenzaba a bajarse el bañador para que Miguel tuviera más espacio.

Ivana está uniformada a la puerta de una sala de conferencias, saludando a un director de una importante empresa, con aire cordial. Al mismo tiempo recuerda, repentinamente y sin poder evitarlo, cuando ella y Miguel se levantaron media hora antes que los demás, sin haberlo convenido previamente, y llegaron a la playa. Y recuerda también ella especialmente el agua. El agua frágil cuando le alcanzó con sus pechos húmedos e inquisidores, cuando buscaba sus labios y después su sexo y cuando entonces corrieron a la orilla y llegaron a un gran orgasmo en el mar, se lo bebieron hasta que hirvió y al final descansaron en la arena, como amantes exhaustos.

Miguel grababa esa mañana especialmente concentrado. Mateo le indicaba la señal de que podía comenzar con la siguiente canción. Ésta le recordaba inevitablemente el fuego que en la última noche de aquel verano del 96 los había reunido a todos en conciliábulo. A su alrededor se contaron hipnóticos secretos de niñez, mientras el goteo de mojitos y caipirinhas ahondaba en las horas tardías... Más allá de eso la noche se volvió casi indescifrable, y Miguel recordaba con dificultad los contornos iluminados de Ivana. En realidad la canción era eso, una búsqueda de aquella sensación, que no acababa de atrapar; la de sus curvas hinchadas creciendo por la danza de las llamas, y el perfil de su boca cuando contaba historias, bebiendo en el fuego.... Sus labios, en agua de fuego.... Su amor incierto, como un elixir... Se le escurría al final todo, como agua entre los dedos, pero ya entonces aquella canción había sido inquietud y movimiento, un quejido, como el mismo agua.

Ivana estaba ya tranquila cuando comenzó la conferencia. Había conseguido finalmente que los japoneses se sentaran donde debían, y aclarado la ausencia de los italianos con sus superiores. Ahora todo estaba a oscuras, excepto al fondo, donde una voz ligeramente ronca disertaba largamente sobre las perspectivas del turismo en la Costa del Sol este año.

Pensó en comprar a la salida una dorada en el super, para que Miguel la cocinara con su salsa de ajo y perejil, y ella después le daría su toque de hierbabuena. Ya llevaban año y medio de relación, y a menudo el recuerdo de cómo se conocieron aún le sorprendía, como un niño travieso que le hacía reir, jugando detrás de las cortinas. Con el impulso de un golpe afortunado su vida rodaba como una bola de billar, con plena energía.

Mateo felicitó especialmente a Miguel aquella mañana por su actuación. Había estado especialmente inspirado.
Al salir de la conferencia, el director de empresa comentaba con su compañero lo requetesimpática que era la azafata, y cómo su sonrisa le desbordaba los ojos tanto, tanto, que hasta le había resultado extraño.



jueves, 26 de julio de 2007

Brisa de mar y caipirinhas

-¡Hoooola!... ¿se me escucha?

-Jajaja perfectamente, Mae... Buenas tardes a tod@s ;) ¿Qué tal tu semana, guapa?

-Bien, bueno...mucho trabajo... y esta semana he vendido más aritos de Durex Play que en toda mi vida xDD

-Juasss.... sí, es que dicen que ahora duran más... Jo, ¡regálame uno! Mira que tener una amiga farmacéutica y no aprovecharme xD

-Jijij....¿y tu semana qué tal, Rizos? Me dijiste que te fuiste de mini-vacaciones a Tarifa, ¿no?

-Sip... aisss ahora tengo depresión post-vacacional xD Ya sabes: mucho sol, mucha playa... Me llevaron a un chiringuito donde ponen unas caipirinhas impresionantes ^_^ Quiero volveeeer U_U

-Jo, qué asquerosa. Pero bueno... es lo que tiene el verano, que cuando se curra se curra mucho y cuando se descansa nunca es suficiente XD. Bueno, ¿y pensaste un tema para esta semana?

-Of course. Estando allí desparramada en mi toalla pensé que no hay mejor tema para finales de Julio que eso mismo, el verano, la época estival. ¿Te parece?

-Sí, me parece bien, pero concretemos un poco más...

-Vale. Pues el tema de esta semana será EXPERIENCIAS, AMORES Y DEMÁS ANÉCDOTAS DE VERANO. ¿Mejor?


-Perfecto. Antes de terminar, tenemos que echar la bronca seriamente a algunos participantes... Primero a los que no nos mandaron texto y quedaron fuera de concurso, y después a los que no han votado. Porque debéis saber que cuatro personas no han mandado sus votaciones, así que habrá menos puntos de los debidos.

-Vaya, así que con el calor nos ponemos vagos ¿eh? Pues que sepáis que como esta semana no mandéis texto, la que os escribirá un mail recordándolo seré yo... y soy menos amable que Mae :P

-Uysss cuidao con Rizos que viene peligrosa XD

-Jajaja naaaah, es por meter miedo, pero nunca cuela :P Bueno, pues listo. Que tenéis hasta antes del viernes 3 para enviarnos vuestros textos veraniegos. Por favor, mandadlos antes del jueves, que si no Mae y yo tenemos mucho trabajo el último día...

-Sería un detalle, sí.

-No se nos queda nada en el tintero ¿no, Mae? Pues voy a fregar los platos (toy de maruja hoy) y en un ratin escribo el post.

-Sé que sabes hacerlo bien...

-O_O Qué gran frase para terminar el post veraniego...

-Jajaja ¡no lo pongas!




¡Besos a todos!

viernes, 20 de julio de 2007

LA MALA SUERTE

Hola a todos y a todas. Hoy como estaba previsto pasamos a publicar los textos que nos han sido enviados. A pesar de ser 26, los /las participantes que en un principio se apuntaron, solo hemos recibido 17 textos (que no está nada mal)
Antes de que paseis a leerlos os refresco un poco la memoria con lo que teneis que hacer.
Primero, leer los textos, claro está xDD. Una vez leidos, teneis que votarlos. ¿cómo? Pues mandareis a nuestro correo vustras votaciones. Se harán de la siguiente forma.
Al texto numero ( x) le doy 5
al texto numero (y) le doy 4... y así hasta 1. Hay que repartir todos los puntos (en total 15) ¿no os recuerda esto a eurovisión? ja ja.
El número del texto es el que se encuentra justo encima del mismo, no debajo. vale?
Con cualquien duda mandad un correo que os ayudaremos gustosas.
Acordaros también de que las votaciones serán hasta el jueves próximo, es decir, 26/07, ya que el 27 se propondrá nuevo tema.
Teneis que recordar que no vale votarse a uno mismo. ok?
Creo que no se me olvida nada. Sólo desearos mucha suerte y sobre todo que lo paseis bien.
Ah, una última cosa. Los que no han enviado texto no podrán votar, ya que están fuera de concurso. Lo sentimos mucho, porque no sabemos el por que ha sido así, pero las normas las establecimos así, y se han de cumplir.
Suerteeeeeeeeee.
La Rizos os manda besos. Ahora mismo se encuentra ausente indagando por ahi cuel puede ser el próximo tema. xDD
Besos para todos/as.



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1


Papi, hoy he visto un gato negro. Lo intenté coger, pero trás arañarme los dos brazos se me ha escapado.De regreso a casa, no pude esquivar una escalera y al pasar por debajo me golpeó algo en la cabeza. Un señor en lo alto de la misma arreglaba un letrero de la fachada y se le debió de caer algo. La cuestión es que ni se enteró.Por culpa de eso y de ir mirando para atrás, he pisado y roto un espejo precioso que había en la acera en un puesto de los hippies. No me he cortado mucho, pero el médico me ha dicho que la cicatriz la tendré al menos durante 7 años. Eso me pasa por llevar sandalias. Además lo tuve que pagar.Al asusterme con lo del espejo dejé caer mi bolso al suelo, y sin darme cuenta me ha desaparecido el monedero, así que para pagarlo tuve que pedir dinero prestado a un amigo que vive por ahi cerca.Con el pie dolorido, debiendo dinero por algo roto, y un mosqueo de campeonato contunúo la vuelta a casa y con lo grande que es nuestra calle, pasan dos pájaros y uno me “caga” encima. Rebusco en mi bolso, pero no encuentro clinex, así que me limpié con los dedos. Total, ya estaba cerca de casa y me iba a poder lavar. Además no me creía con tiempo de que me pasara algo mas.Y ahora que estoy aqui, me dices que hoy a corte de agua general por lo de la sequía.

Papi, ¿que día es hoy?

-Viernes 13, ¿por qué?




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2



Nadie me lo dice abiertamente, pero yo nací con suerte.
Mi familia gozaba de una buena posición; y a mí y a mis hermanos nunca nos faltó de nada. Adinerados como eran, mis padres nunca rehuyeron sus deberes como tales; y rarísima era la noche en que no nos leían un cuento, como tampoco dejaron de sonreírnos, abrazarnos y, en definitiva, querernos y educarnos siempre.
El colegio también me gustaba, ¿veis la suerte que tuve? Mis compañeros me apreciaban, sacaba buenas notas sin esfuerzo e hice grandes amigos allí. Aprendí mucho; como persona y como estudiante, y cuando me llegó el momento mi mano no tembló: marqué la casilla para estudiar Derecho.
Me gustaba mucho mi carrera, y concentré todas mis energías en destacar por mis méritos, esforzándome al máximo. Los profesores no daban crédito, mientras yo acumulaba una matrícula tras otra. Ayudé a mis compañeros en cuanto pude, y más de uno aprobó gracias a mí. Conocí una chica maravillosa, inteligente, guapa y sensata, con la que hoy comparto mi vida.
Miro a mi alrededor y me empapo de mi propia buena suerte. Se ha enamorado de mí, y con eso me basta. Son diez los años que hemos pasado juntos, y muchos más los momentos.
Sin embargo, a veces una sombra extraña cruza sus ojos. Me mira y sin embargo no me ve. No sé, pero no importa. La quiero y basta. Y ella me quiere, sé que me quiere, como mis hijos… ¿No os lo he contado ya? Tengo dos niñas y un niño, que ayer me llamó “papá” por vez primera. Tienen los ojos de su madre, pero la nariz es mía.
¿Veis? Soy feliz. Lo era ayer, lo soy hoy y lo seré mañana. Ella, sin embargo, no lo verá. Está muerta. Veíamos la tele tranquilamente sentados hasta que dijo aquello. Sus ojos estaban anegados de lágrimas cuando se precipitó a abrazarme. Se derrumbó. No escuché mientras me decía que vivía una mentira, que no me quiso nunca. Estaba condenadamente hermosa mientras me decía que me odiaba, así que me zafé de sus suaves brazos, agarré un cuchillo y se lo clavé en la garganta.
No me pasará nada. Nunca me ha pasado. Tengo suerte. Con ella son cinco chicas que hicieron lo mismo conmigo. Me odiaron, y yo las maté. Pero nadie lo sabe. Ni lo sabrá.
Nunca.
Por eso, porque tengo tan buena suerte, he escrito esta nota junto a mi gato. Es inconfundible por su pelaje azabache, aunque con la edad cada vez brilla menos. Bueno, para sus trece años no está nada mal, juguetón como un cachorro.
Mientras me remango la camisa, me está observando. Ha maullado cuando saqué la navaja de mis años de scout, y saltó sobre mí bufando cuando el brillante filo mordió mi piel… Me gustaría acariciarlo, para que se tranquilice, porque claro… Él no sabe que yo nací con suerte.






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3







LA CAMISETA DE LA MALA SUERTE

Alguien me dijo alguna vez que ser supersticioso da mala suerte. No se... puede que tuviera razón. Así que por si acaso no soy supersticioso. Por eso mismo el 13 es mi número de la suerte, tengo un gato negro, y cuando veo una escalera me lanzo a pasar por debajo.

Claro que eso no significa que vaya rompiendo cada espejo que vea. Si acaban rotos, es por los efectos que producen los reflejos de mi fealdad... vamos, que los espejos se suicidan al ponerme yo delante.

Y lo que da mala suerte de verdad... es seguir diciendo estas tonterías. Más que nada, porque lo más fácil es que alguien te suelte un cachete para hacerte callar...

Es cierto que no soy supersticioso, al menos no mucho (creo que todos tenemos alguna superstición). El 13 es un número que me gusta, pero no hasta el punto de ser mi preferido. También es cierto que tengo un gato negro, y las escaleras... miro hacia arriba antes de pasar. Si están pintando, no paso por debajo. Si no usan nada que me pueda caer encima... no me preocupa.

Y manías... muy pocas. La más importante es comprar un décimo de lotería de navidad el 8 de septiembre. Eso si... aún no me ha tocado nunca.

Muchos tienen prendas de la suerte, Una camiseta, una gorra, ropa interior, calcetines... lo que sea. Algo que dicen que les da suerte, aunque si la da... es porque da confianza. Yo no tengo nada de eso...

Lo que si tengo es una camiseta de la mala suerte. Es lisa, de color verde oscuro. Naturalmente, yo no decidí que fuera la de la mala suerte... simplemente, cuando la llevo, las cosas no acaban bien.

Pero sigo llevándola. ¿Y por qué?, preguntaréis, ¿No es mejor tirarla o dejarla en el fondo del armario, para no llamar la mala suerte? Pues no.

Porque esa camiseta me gusta. Y que me dé mala suerte no hará que deje de ponermela. Porque no soy supersticioso, y aún espero que le cambie la suerte. Porque sé que la suerte le cambiará, nos cambiará. Ya lo veréis.


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4

La mala suerte… A través de los tiempos se ha especulado sobre eso. En algunas culturas el martes 13 era un día gafe y maligno (en otras culturas, el viernes 13). Y se ve bien por esas creencias anteriores, que en la gran mayoría de culturas el 13 es un número gafe. También se dice que si rompes un espejo, pasas bajo una escalera o un gato negro se cruza en tu camino, también es mala suerte. En otras culturas, acciones tan inverosímiles como abrir un paraguas dentro de casa, decir «buena suerte», ser zurdo, ver una urraca o dejar un sombrero en la cama también trae la mala suerte (entre acciones como matar una araña dentro de casa o una mariquita). Sin embargo, ¿acaso todas estas supersticiones son verdad? Debemos recordar que cuando el hombre creó estas supersticiones, la mujer era su esclava (o algo parecido) y creían que estaban creados por fuerzas y mentes más poderosas que las suyas e incluso que algunos humanos estaban designados por esas mentes “más poderosas” para dirigirles en las vidas. También creían que los pobres no tenían derecho y que los ricos eran los mejores (de fuerza, espíritu, etc). Por lo tanto, ¿acaso debemos creer en algo que el hombre inventó cuando creía que los ricos eran mejores que los pobres por el simple hecho de tener más dinero? Abordando el campo “científico” de la mala suerte, no hay ni pruebas ni fundamentos que demuestren que la mala suerte realmente exista. Siguiendo este criterio (sin pruebas totalmente sólidas) la mala suerte no existe. Pero, dejando de lado esos criterios, ¿qué es la mala suerte? La mala suerte es una superstición (creencia de que ciertas acciones voluntarios o involuntarias cambien el destino o la suerte de alguien) por la cual alguna acción (en su mayoría involuntarias) causa desgracia o tristeza. Pero yendo un poco más allá, nos damos cuanta de que la mala suerte existe de verdad. Pero no de la forma que pensábamos antiguamente. Y es que, observando un poco, nos damos cuenta de que las acciones para tener buena suerte son voluntarias, y las acciones para tener mala suerte son involuntarias. ¿Qué quiere decir esto? Que, mientras que la mala suerte se gana trabajando duro (acciones voluntarias, pero no las que se creen que dan buena suerte) la mala suerte se gana no haciendo nada. Sin esfuerzo, se consigue la mala suerte, con esfuerzo, se consigue la buena suerte.






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5


ARPA

Se llama Jeremías. O eso me dijo aquella vez. Es alto y desgarbado, delgado y anodino. Es gris, como su pelo; desaliñado pero no sucio.
Jeremías es un mendigo.
Me lo suelo cruzar en el camino de vuelta del trabajo pero, ahora que aprieta el calor, frecuenta parques y sombras. Hace una semana que no le veo.
Jeremías lleva una vieja boina de cuadros marrones y verdes, y se la quita educadamente para saludarte. “Buenos días, señorito. Deme algo, señorito”. No puedo dejar de sonreír ante semejante tratamiento, que siempre me hace deslizar los dedos en el bolsillo para rebuscar unas monedas.

A pesar de ser hombre de pocas palabras, un día Jeremías me contó una historia.

-Igual que los hombres no venimos al mundo con ropa, yo no nací pobre, señorito. Pero llegué desnudo a esta tierra, y desnudo me iré. Lo he ido perdiendo todo en el camino, ¿sabe usted? Y eso no es algo que se planee. Es sólo la mala suerte, señorito, la mala suerte que antes o después te llega. Eso de que nacen con estrella o estrellados no es verdad. El de ahí arriba nos regala un paquetito a todos, aquello que llaman alma. Ya puedes ver la luz envuelto en terciopelos o en un saco de papas, que todos tenemos alma. Y también nos dio el libre albedrío, señorito, que es la libertad para hacer lo que uno guste en cada momento; pero asumiendo las consecuencias. Ay, consecuencias. La mala suerte rehuye al alma, porque el alma brilla pura y blanca. Pero a poco que la mancilles, que la vayas manchando, la mala suerte te ronda.
-¿Quiere usted decir que las personas fabricamos nuestra propia mala suerte, Jeremías?
- No lo dude ni un segundo. Míreme a mí. Yo no he sido bueno en esta vida, señorito-Jeremías se seca el sudor de la frente con un pañuelo de color indefinido-. Y por eso las desgracias vinieron poco a poco, para cogerse luego de la mano y rodearme.
-Pero, escuche un momento- le interrumpo, entre divertido e interesado-. Debe haber alguna manera de limpiar el alma ¿no? Y no me refiero a confesiones, penitencias, y demás historias de sacristía. Si las malas acciones atraen la peor suerte, es de todo punto lógico que las buenas consigan alejarla. ¿Lo ha intentado?
Se quita la gorra y se peina los ralos cabellos con humildad, un gesto que me hace enrojecer por haber encontrado divertida la situación. -¿Me ha visto usted bien? Yo ya no soy nadie, no tengo nada. ¿Qué quiere que haga? Tengo yo poco remedio, ya. No cuento con muchos recursos para lavar mi pobre alma perdida. Lo único que me salva el día a día, que me da segundos de más en esta bola de barro, es apreciar las pequeñas cosas de mi alrededor. Esa es mi buena acción, señorito. Apreciar lo que nadie aprecia.
-¿Y qué tipo de cosas son ésas, Jeremías?
-Pues... no sé. Cosas- se le nota avergonzado, pero de repente se ilumina su mirada-. ¿Conoce a alguien que se pare a mirar la luz anaranjada de un semáforo? Yo lo hago. Tiene un color tan bello que se me clava justo aquí- y se señala el entrecejo-. También acaricio sombras. No me gusta pisar las sombras que tienen una forma bonita. Ni las hojas secas. A veces hago música con las baldosas, tal que así- y desliza con fuerza los pies por encima de las losetas abotonadas de un paso de peatones-. Esas cosas hago, sí señor. Y aquí sigo.

Este sábado, al fin, he visto a Jeremías deambulando por la Calle Mayor. Le sigo a una prudente distancia. Como me contó aquel día, se detiene en un cruce y mira ensimismado la luz ámbar del semáforo, que parpadea. Y parpadea. La gente pasa, lo esquiva, lo analiza de reojo, pero él mira. A la luz. Luz Naranja. Negra. Naranja. Negra. Naranja.
Al rato, continúa caminando, Voy detrás, aún a sabiendas de que, de alguna manera, invado su intimidad. Sus pasos lo conducen al extremo de un pequeño parque arrinconado en una zona solitaria, que se encuentra iluminado por algunas farolas y rodeado por una verja de barrotes de hierro forjado. Veo con asombro como Jeremías comienza a dar saltitos, ejecutando una extraña danza. Un pasito aquí, otro más adelante, brinco y vuelta a empezar. Al mirar hacia el suelo que recorre, observo las alargadas sombras de los barrotes de la verja, y cómo los pies de Jeremías evitan pisarlas, con suma delicadeza. Las punteras de las viejas alpargatas recorren el breve espacio entre los trazos oscuros con seguridad de años de práctica. Tan sólo se escucha el viento entre los árboles del parque, pero Jeremías está tocando música en un arpa fabricada de sombras, cada barrote una cuerda, sus pies hábiles dedos.
Al girar por el estrecho callejón, perpendicular a la salida del parque, le veo extender los brazos y juguetear con las manos. No puedo hacer mas que imitarle. Mimetizo sus movimientos, cómo extiende los dedos y parece atrapar invisibles hilos de telaraña. Entonces lo siento. La brisa corre rápida por la pequeña calleja, y se engancha entre mis manos. Ondas de viento suben y bajan, mis extremidades cabalgándolas con suavidad. Jeremías le hace el amor al aire. Y yo con él.
Pero se detiene. Otea allá en lo alto. Hay un lucero solitario, brillando en la noche, desafiando las luminarias eléctricas y estériles de la ciudad. Jeremías se gira y me sonríe.
Y yo comprendo.

Esta noche he limpiado un poquito mi alma de mala suerte.






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6




El reflejo doliente del espejo de la sala de estar proyecta la imagen de una mujer madura, sentada en una butaca mientras acaricia a un gato negro llamado Moisés. Lo recogió hace aproximadamente un año, en la esquina del mercado más próxima a su casa, cuando el animal se resguardaba de la lluvia bajo el toldo acartonado de una pescadería cerrada por defunción. Las bolsas cayeron al suelo y se impregnaron de barro, y sus miradas quedaron cruzadas para siempre, en una suerte de empatía mujer-gato que se produce de vez en cuando. En una milésima de segundo vislumbró en el animal todas las virtudes que adoraba y nunca encontró en el sexo masculino. Miró el reloj y decidió que era la hora de dar un cambio a su vida. Había escuchado en una tertulia vecinal que nada mejor que un animal de compañía para combatir lo que llaman depresión post-menopausia, pero en su momento no presto demasiada atención. Lo acurrucó en su pecho sin la menor resistencia por parte del felino, y recogió las bolsas, repletas de verduras y pescado, encaminándose hacia el rellano de la puerta de su casa, atravesado tantas veces con la indiferencia llenándole de un peso húmedo la parte que transita desde la nuca a los talones. Aquella mañana había llorado más de lo normal, con sus dos brazos cansados sujetando su cabeza, y éstos a su vez apoyados sobre la placa vitrocerámica manchada con los restos de la última cena, que nadie había recogido aún. Tomó una pastilla, y colocó otras dos en el fondo del monedero, por si acaso, por si olvidaba las llaves y tenía que quedarse en la calle esperándole hasta la noche, con el pescado desprendiendo un olor de ultratumba que le habría llenado la cabeza de indicios y asociaciones destructivas. “Llevo años, siglos, esperándote, y has aparecido hoy, justo cuando más te necesitaba. Te llamarás Moisés”.
Moisés parecía moverse con una perfección rítmica cercana a las danzas más ancestrales, y la hacía sentirse de nuevo parte esencial en el universo. Guardaba para él los mejores desperdicios del pescado –a veces le entregaba su almuerzo sin vacilar-, y pronto aprendió a leer en el negro opaco de sus ojos llenos de muerte y de fuerza. Podía pasar toda la jornada observando su especial forma de ubicarse entre las cortinas moradas del salón, y le entusiasmaba comprobar lo humano de sus gestos, sorprendida, halagada, cuando pasaba junto a ella y la rozaba un instante para impregnar a su hembra y acotar el terreno. Aquel día quiso ser gata, y comenzó a maquillarse de nuevo para ir al mercado, orgullosa, felina. A pesar de que solía dedicar no menos de dos horas seguidas a conversar con su vecina de enfrente, ya no hablaba tanto como antes; ahora prefería observar con detenimiento y precisión casi profesional el devenir del microcosmos vecinal, para después sacar sus propias conclusiones en la penumbra del salón, junto a él, recostado plácidamente en la alfombra, escuchando los sonidos que le eran tan propios, absorbiendo su olor y sus rasgos como se asimilan los gestos en una pareja de enamorados. Llegó a olvidar sucesos pasados, y las marcas del rostro comenzaron a adoptar formas sinuosas y elegantes, y ya le iban doliendo cada vez menos cuando, cada mañana, se situaba delante del espejo y se disponía a lamentarse, viendo cómo brotaban progresivamente una, dos, tres, cuatro, infinitas lágrimas transparentes y vacías que recorrían sus heridas y se precipitaban por el desagüe dejando un rastro invisible. Indiferente.
Su marido llegaba tarde y le hacía partícipe, una y otra vez, de la parte más ingrata del carácter de un hombre hastiado y escasamente cuidadoso. Desdeñaba su forma de dirigirse a ella, tan poco sutil, y comenzó a intuir en su figura rasgos simiescos que la divertían en secreto. Aprendió a repudiar su olor, su forma de pronunciar ciertos fonemas, y acabó por escribir en su cabeza un tratado propio de desprecio al ser humano. Cuando los puños se precipitaban sobre su rostro de forma repetitiva, ella únicamente empezaba a contar como doloroso el séptimo de los impactos, apartando en saco roto los siete primeros como vidas gastadas de un felino que cada día renueva su cuota existencial. Todo ello sirvió para ir aliviando progresivamente su penitencia silenciosa en la penumbra del salón, junto a Moisés.
A veces le respondía, no siempre, y en esos instantes ella descodificaba la sabiduría milenaria del animal en palabras de andar por casa. No dejaba de hacerle preguntas, mientras le confeccionaba una prenda para el invierno que él, lógicamente, no iba a necesitar, tras tantos inviernos en la intemperie, o quizá en otros salones, devolviendo miradas en forma de respuestas inefables. A cada “por qué”, el gato le devolvía una mirada cargada de cuchillos, que atravesaban sus sienes y le hacían sangrar la conciencia durante unos minutos sordos. Se enjugaba los restos de su miseria con un cojín deshilachado y a continuación le invitaba a acercarse, y le acariciaba mientras observaba el techo agrietado de la estancia.
- Maldito gato, ha vuelto a colarse en el salón, le voy a pegar dos tiros al hijo de puta, se pasea por mi casa como si fuera suya, porque está tan sucia que cualquier bestia haría de estas paredes un hábitat perfecto, ¿me estás oyendo? El salón es una pocilga perfecta para este bicho inmundo.
- Déjale, el animal anda vagabundeando de aquí para allá, pobrecito.

El suelo, las cortinas, el sofá, lucían impecables desde el primer día, aunque él gritara lo contrario, y Moisés no podía resistirse a invadir la hora y media de televisión del marido, que maldecía la pose altanera del felino cuando se desplazaba de un lado a otro del salón, delimitando su territorio. Después, saltaba por el balcón y se perdía en la negra intensidad de la noche, y el estómago de ella se encogía y se llenaba de alfileres puntiagudos, temerosa de que algún día no encontrara el camino de vuelta. Subestimando, sin duda, la capacidad del animal para orientarse entre edificios de monótona apariencia, volvía a estrecharlo entre sus maternales pechos cuando, a media mañana, el ronroneo se hacía más y más presente en el silencio del hogar, únicamente aderezado por el rutinario siseo de la olla en la cocina. Después, Moisés se separaba de ella mediante un salto brusco, casi violento, y recorría los cuatro extremos de la diminuta alfombra sin retirarle la mirada un solo segundo. Ella asentía avergonzada, vencida, sin nada que objetar, a la insidiosa postura del gato, inquieto e incómodo, reprochador.
Una noche, Moisés se coló por el balcón entreabierto, se desplazó sigiloso entre las cortinas, y se plantó con parsimonia frente a la butaca, ocupada ahora por un hombre de rasgos hoscos y pocas palabras. Tan sólo precisó de unos segundos para clavarle un puñal en el alma en forma de silencio felino y oscuro, y el hombre, con los puños doloridos, se irguió inesperadamente y lo estrelló de una patada seca y limpia contra el enorme espejo de la sala, que vio quebrada su anatomía con una grieta diagonal y profunda, que no llegó, sin embargo, a hacer saltar los pedazos. Y Moisés desapareció.
Desde aquel incidente, la mujer volvió a ocupar con abnegación el lugar que le era asignado en la estampa de su vida, y volvió a atravesar infinitas veces el umbral, convertido en guillotina, de la puerta de su casa, y las afiladas hojas le iban descuartizando el corazón hasta convertirlo en viruta espesa.
Unos meses después, mientras subía las escaleras con las manos apretadas en sus resentidos riñones, la sobresaltó un alarido en eco que llenó todo el edificio. Su vecina gritaba mientras dos operarios del servicio de emergencias retiraban la figura inerte de un hombre que aquella mañana no se había levantado para ir a trabajar. Ella ni siquiera había notado que él seguía en la cama cuando se despertó temprano para ir al mercado.
El reflejo deformado pero nunca más doloroso del espejo roto de la sala de estar. proyecta la imagen de una mujer madura, sentada en una butaca, sonriendo, con un gato negro en su regazo.


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7






Yo que siempre había alardeado de vivir a mi libre albedrío, y los últimos meses los he vivido como si formara parte de un enorme dominó en el que cada ficha empuja a la siguiente sin posibilidad de hacer frente a la inercia. La mala suerte, en la que nunca creí, hizo que un martes y trece se me cayera un tiesto desde alguna terraza del cielo en la cabeza, con tan buena suerte, en la que tampoco creí jamás, que tú estabas trabajando ese día en Urgencias. No te tocaba, pero tu compañera tuvo la mala suerte de ver un gato negro, y en el santiguarse se despistó y no vio el alcorque que daba cobijo al enorme plátano de paseo que da sombra a su portal, y metió el pie en él, mala pata sin duda, con el resultado de un esguince de rodilla y de que me curaras tú las heridas en vez de ella. La mala suerte del martes y trece propició la conversación mientras que me cosías el tiestazo de la sien. Tú creías en ella y yo, galante como pocas veces y valiente como casi nunca, te dije que para mí había sido una enorme fortuna ser diana del maligno, lo que me sirvió para provocar una sonrisa nerviosa por tu parte, para conseguir un zurcido picasiano por el tembleque consiguiente, que le da carácter desde entonces a mi cara insulsa, y para conseguir el número de tu móvil. Me dijiste que sería difícil que coincidiéramos y yo te contesté que menos de lo que te pensabas, que también era difícil hacer un ocho mil pero que si se llegaba al último campo-base el último esfuerzo merecía la pena. Te dije que si te llamaba y no contestabas, tiraría kilos de sal sobre la mesa, rompería todos los espejos de mi casa y espejos ajenos, y me iría al Leroy Marlin para pasar por debajo del mayor número de escaleras posibles, que así me garantizaría un buen accidente que me llevaría de nuevo a ti, ahora que creía por fin en la mala suerte. No me reconocía a mí mismo, dado como soy a la duda y a llegar tarde a todos los sitios. Lo achaqué al golpe; al golpe de suerte.

El caso es que el día acabó bastante peor de lo que empezó. Casi llegando a casa, me robaron el móvil mientras que te describía a un amigo por teléfono. Y mi suerte cambió y ya no ha vuelto a cambiar desde ese día. Probablemente todo sea más sencillo, pero quise recuperarte de la misma manera que te conocí, pero no hay manera. He hecho de todo para accidentarme, pero es como si tuviera una burbuja de buena suerte protegiendo mi perímetro vital. Cuento con mi pavor a los cortes, que me resta mucha eficacia, y con el vértigo que me impide lanzarme desde las alturas. Pero, tal y como están transcurriendo últimamente las cosas, estoy convencido que un buen tajo en la yugular cicatrizaría más rápido de lo que se sube una cremallera, y si saltara desde un quinto piso caería suavemente sobre una bandada de palomas o sobre el suelo almohadillado por una buena capa de su guano. La buena suerte no me abandona. He acertado todas las porras de la oficina completamente al azar, me han tocado un par de pellizquitos en la quiniela. Los coches me evitan como bailarines de hip-hop cuando cruzo sin mirar. Me tomé una buena dosis de pastillas y estaban caducadas, y sólo me produjeron una magnífica diarrea...

No sé, a estas alturas de la película estoy completamente desconcertado. Ya no sé qué es la buena o la mala suerte. Supongo que buena suerte fue conocerte. Estoy seguro de que mala suerte fue conocerte y no retenerte.






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8

Ataque de pánico
(De espejos rotos y gatos negros)

No llega nadie y es tan tarde, ¿dónde estarán, Dios mío? nunca me he quedado sola en la noche , y menos en el campo, lejos de cualquier ayuda y necesito del ruido de fondo que produce el quehacer citadino al compás de mis acciones, demasiadas veces febriles, y que, sin embargo, hacen que me sienta viva, con proyección.

Este silencio me agobia, siento mis palpitaciones como si fueran pasos de fantasmas, espíritus de esos seres que nos precedieron y no descansan en paz en las historias de este sitio que --con esta luz mortecina del cielo encapotado-- estoy a punto de creer que son verdaderas.

Me reí cuando la vieja Aurora me contó que el joven Alfonso ahogó a María Luisa con sus propias manos en el abrevadero de los caballos en los tiempos de las diligencias que recorrían estos páramos. No le creí, pero ya no son producto de mi imaginación esos chapoteos y resoplidos allá afuera... ¡Ay!, ¿cómo voy a creer ahora las supersticiones de las que me he burlado siempre? ¡si hasta hay un gato negro en esta casa que estoy aborreciendo! y el minino es tan tierno, pobre criatura, estigmatizado por la ignorancia...
¿o no? …me debato entre mi incredulidad moderna y los mitos y leyendas locales. ¡Cómo sufro mientras los minutos de angustia se acumulan como ceniza pegajosa sobre mis sentidos y mi razón! mi pulso se acelera y mi respiración se agita, voy a enloquecer.

Estoy encerrada en el dormitorio con el espejo al frente y tratando de no pensar en Drácula, el conde de Transilvania que no es visible en ellos, así tengo una perspectiva de lo que hay a espaldas mís mientras vigilo la puerta. Por la ventana no debiera venir el peligro numinoso, aunque.... ¿qué mueve las cortinas si todo está cerrado? ¡Señor, esto es hooo- rri- bleee, no pue....do sopor..tar..lo! ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOooooo! ¿Dóooo...oon..de están tooo...dooos? ....¡Ahhhhgggggggg! y está mojada, no, es sannnn...greee...

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Grabación encontrada al lado de María Dolores García Pérez, 36, muerta por un corte en el cuello, producido --aparentemente-- por un gran trozo de espejo que se rompió al tropezar con la alfombra y caer sobre el en circunstancias que se investigan.








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9






LA ISLA NOS PONE A PRUEBA

Tiene gracia que el primer post de este concurso trate sobre el concepto de suerte (o de mala suerte, para ser más concretos) y que tenga yo que dar mi opinión al respecto. ¿Por qué faceta de mi personalidad puedo empezar? Y es que, dependiendo de a cuál le preguntéis, os dirá una cosa u otra. Os puede hablar el forofo futbolero que constantemente achaca a la mala suerte cada vez que su equipo falla un gol clarísimo o encaja uno en el último minuto. Os puede hablar el maniático que actúa de manera casi ritual, colocando sus zapatillas niveladas al lado de la cama, volviendo a entrar en su piso cada vez que sale de él para comprobar que ha cerrado el gas o ha apagado las luces, o incluso haciendo las cosas un número impar de veces. Todas manías que, de alguna u otra manera, piensa que le pueden servir de talismán, al igual que mucha gente lo hace tocando madera o huyendo del 13 y el amarillo (número y color que me gustan mucho). O también os puede hablar ese discípulo de Murphy al cual le pasan infinidad de anécdotas tocapelotas, ya sea que se le cague una gaviota encima o teniendo que soportar cómo la chica que le gusta le humilla en el botellón en el que se supone que la iba a conquistar. Si a cualquiera de esas personalidades le preguntáis si existe la mala suerte, aunque sea en pequeñas dosis, os dirá irrefutablemente que sí.

Ahora bien, me gustaría puntualizar algo. Todos los “talismanes” que se inventa la gente para controlar la suerte son sólo producto de la angustia que provoca el pensar que no se posee el libre albedrío, que las personas no son dueñas de su propio destino. Destino, ésa es la palabra clave. Ahora es cuando va a dar su opinión otra de mis facetas: la de seguidor empedernido de LOST (Perdidos). En dicha serie aparecen dos personajes que representan muy bien estos dos conceptos: Locke y Hurley. Locke es un tipo que está obsesionado con el concepto de destino y en la “misión” que la Isla en la que viven le tiene encomendada a su persona, y que debe cumplir pese a todos los obstáculos que ésta le ponga por delante. Hurley, por contra, está obsesionado con unos números que cree que le traen mala suerte. En cierto modo estoy de acuerdo con los dos, aunque tengo mi propia teoría sobre el asunto: no existe el destino prefijado de saber que una persona será astronauta, político o minero nada más nacer. No, el destino pone el tablero de juego de lo que es la vida, y nosotros decidimos los pasos que damos en él basándonos en nuestro libre albedrío. Hay que saber adaptarse y no renunciar a tu sueño mientras te lo permitan las circunstancias, claro está. Y si no es así, busca un nuevo sueño y vuelve a empezar.





Los golpes de mala suerte son sólo pequeños contratiempos que no deben sino hacerte más fuerte y empecinado en conseguir tu objetivo. La buena suerte también llega cuando se la busca, y cuanto más la busques más probabilidades tendrás que ésta llegue. ¿Que tu delantero falla un gol a puerta vacía? Pues que siga trabajando hasta que tenga otra oportunidad, y que esa vez la meta por la escuadra. ¿Que me quedo sin poder estudiar lo que me gusta por una centésima? Lo volveré a intentar al año siguiente. ¿Que una chica te da plantón? Ya querrá volver a quedar si realmente le gustas, y si no, ya querrá otra. Estamos destinados a hacer grandes cosas, como diría el gran Locke, y la Isla nos pone constantemente a prueba. Demostremos ser dignos de su confianza.




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10





En la barra de un bar

Habia bebido más whiskies de los que su cuerpo era capaz de tolerar, pero eso no le impidió pedirle otra copa al camarero, en cuanto terminó la que tenia en la mano. Tenia la mirada fija en la pared, donde un enorme espejo, reflejaba a los ajetreados pasajeros, que pasaban frente al bar del aeropuerto camino de sus terminales.

Pero él no los veia, como tampoco vió al anciano regordete que se sentó junto a él y pidió una soda.

No bien hubo dado el primer trago, se fijó en el joven de aspecto deprimente, rodeado de vasos vacios. La curiosidad le picó demasiado como para mantener la atención fija unicamente en su vaso.

- Perdone amigo, ¿se encuentra bien?

Entonces se dió cuenta que no estaba solo. Miró al viejo de arriba a abajo. El típico provinciano del medio-oeste, que piensa que todo el mundo es como su pequeño pueblo.

- ¿Piensa que alguien que esté bien estaria sentado en la barra de un bar a las 11 de la mañana bebiendose el agua de los floreros?

La borderia no desanimó al anciano, que de inmediato comprendió qué sucedia.

- Es una mujer ¿verdad?

En circunstancias normales, se hubiera levantado y le hubiera dejado con la palabra en la boca, pero estaba demasiado borracho como para resistirse a contar su historia.

- Me casé hace diez años con la mujer más maravillosa del mundo. Al principio todo iba bien, pero pronto el trabajo comenzó a absorber gran parte de mi tiempo. Mis ausencias de casa eran cada vez más prolongadas y llegó un momento en que supongo, se sintió abandonada por mi.

- ¿A qué se dedica usted?

- Soy policia

- ¿Lo era antes de casarse con ella?

- Si

- Entonces su mujer ya sabia a que se exponia, no debió de pillarle por sorpresa.

- Supongo que una cosa es imaginarselo y otra, sentarse cada noche ante una mesa vacia a cenar. En cualquier caso, llegó un momento en que ella no pudo más. Cuando me trasladaron a esta ciudad, no quiso acompañarme. Necesitaba un tiempo para reflexionar, me dijo.

- Esas cosas pasan si.

- Tuve que dejarla allí, era mi obligación acudir a donde me llamaran. Ser policia es lo único que sé hacer, pero a medida que pasaban los días, me dí cuenta de que sin ella, no valia la pena vivir. Ayer la llamé, le dije que iba a dejar el cuerpo y que volveria con ella. No me creyó. No la culpo, no es la primera vez que se lo digo. Estaba recelosa. Me puso como condición para volver a intentarlo, que nos vieramos hoy a las...

Miró su reloj con cierta dificultad, el mundo parecia dar vueltas a su alrededor.

- Bueno, hace diez minutos que hubiera tenido que reunirme con ella en nuestra casa. Ahora pensará que me entretuve en un caso, o vaya dios a saber que, no me volverá a dar una nueva oportunidad.

-¿Y que ha pasado? ¿Por qué no está allí?

- Perdí el avión. Claro que antes, estuve retenido en el arco de seguridad durante diez minutos, en los que no dejó de pitar y el escaner manual estaba averiado, el unico agente masculino habia ido a buscar uno de repuesto. Hubiera sido un retraso aceptable, de no ser porque pinche una rueda de camino hacia aquí. Al ver que la grua no llegaba, corrí durante cuatro kilometros hasta que pude conseguir un taxi. Nada de esto hubiera sido un problema, pensaba llegar con dos horas de adelanto, pero se fue la luz en mi apartamento y no sonó el despertador.

El anciano bebió de un trago la soda que le quedaba y suspiró profundamente.

- Caray amigo, es la peor racha de mala suerte que he escuchado jamás. Por cierto ¿a que ciudad iba usted?

- A Michigan

- ¿Sabe usted que un avión que se dirigia hacia allí, se estrelló hace una hora? - comentó sorprendido

Miró al anciano con ojos vidriosos, clavó su mirada en la suya durante un largo y silencioso segundo, volvió a su copa e hizo un leve gesto con la cabeza, señalando al televisor del bar, donde se podian ver los restos llameantes de un avión, ardiendo sobre un campo de maiz.

- Sí, era el mio.






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Quiso la suerte….

Quiso la suerte que aquel sábado perdiera el tren que la iba a llevar a Vigo para pasar una noche de marcha con sus amigos de allí.

Quiso la suerte que al regresar a casa, y tras coger una pieza de fruta de la nevera, se sentara frente a su portátil con la sana intención de entretenerse con algún amigo del Messenger con toda la noche por delante.

Quiso la suerte que, siendo un sábado de primavera, todos sus contactos se hallaran como no conectados y se sintiera terriblemente sola.

Quiso la suerte llevarla a buscar entretenimiento en los blogs que tenían sus amigos enlazados.

Quiso la suerte que encontrara el blog de un chico que parecía simpático y agradable, que además tenía su dirección de Hotmail anunciada en su blog y que además la sugerente frase de ‘Siempre dispuesto a compartir palabras’.

Quiso la suerte que al agregarlo no recibiera respuesta por su parte, quizás también ausente en las calles de la noche, y siguiera sintiéndose sola.

Quiso la suerte ser mala con ella desde el principio, más quiso ser ella más fuerte que la suerte.

Quiso ella ser fuerte y acabó siendo mala, como la suerte.

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A José Marchena le llamaban de siempre “El Pepito”, y no era supersticioso. Decía que daba mala suerte. Para él, la suerte consistía en otra cosa. Porque él no se cruzaba con gatos negros, o pasaba debajo de una escalera, no. Eso era de principiantes. Él se cruzaba con el “Caraperro”, conocido como el navajero más peligroso del barrio, para dejarle sin su dinero conseguido con mucho esfuerzo a lo largo del día, o bien pasaba debajo del “Pitu”, el demoníaco niño del tercero que con doce años ya tenía ocurrencias como lanzar petardos a la cabeza de los que entraban al destartalado edificio.

Ya era mala suerte vivir en aquel bloque de sabandijas, en un lugar feo y apartado de Málaga, pensaban sus fieles clientes, pero Pepito sabía que en cierto modo estaba condenado a vivir allí, sin más bienes materiales heredados de sus difuntos padres que aquel ático inmundo, una capacidad para los estudios más bien escasa y una juventud de obligada dedicación al bar de su padre hasta que se fue a pique el dia del incendio.

Aunque no todo era malo. Había personajes, cuando menos, pintorescos. Por ejemplo, aquel barrio no se despertaba con los gallos, o con los rayos de sol, puesto que siempre estaba a la sombra de un monte, sino con “La Loli”. Era una mujer algo retrasada y generosa de carnes, pero con un tremendo torrente de voz. De bien temprano le daba por hacer un brillante repaso a la copla española. Con los ojos bizcos, y esa presencia suya poco agraciada, nadie de fuera se explicaba de dónde le venía tanto arte. Los de dentro del barrio no se lo preguntaban nunca, porque para ellos las cosas siempre eran como eran, sin más, excepto para “El Pepito”.

Él se levantaba temprano para seleccionar. Tenía un don para detectar al instante la mejor calidad, el mejor género, y entonces regateaba para conseguirlo más barato. Una vez en la plaza intentaba colocar sus boquerones frescos o su ramos de girasoles a aquella señora elegante de gafas, a la chica de la falda rosa, o a aquel hombre que parecía buscar algo para su mujer. Nunca atosigaba, y con un poco de paciencia sabía que encontraría a alguno de sus clientes habituales. Aquellos que sabía que le comprarían sin pestañear porque se fiaban de su habilidad para llevar siempre algo original y de calidad, a buen precio. Le preguntarían por su salud y él les diría que muy bien, con la mejor sonrisa que le permitían sus tres dientes afortunados.

Aquellas gentes de sombreros, elegantes trajes, maquillaje y finos modales sí que tenían suerte, pensaba él. Pero algo de esa suerte le tocaba de refilón estrechándole la mano y dándole una palmadita en la espalda, y lo que es más importante, le proporcionaba el pan para su subsistencia. Quizá a la hora de comer pensarían en la desgracia que les venía encima si derramaban un poco de sal, pero era mejor sin duda que romper accidentalmente una garrafa llena de aceite de oliva, perdiéndose por una alcantarilla, como le ocurrió el otro día.

A veces “El Pepito” se fumaba un Ducados desde su ático, viendo el atardecer tras los tejados, y entonces le embargaba una sensación extraña. Se sentía afortunado porque aquello tan simple le hacía feliz, pero por otro lado sentía nostalgia de ciertas cosas, como por ejemplo de las veces que brindó con agua. La mala suerte no era la que venía después. Era la de nunca tener champán.

Una tarde volvía de la plaza con la sensación de que era un día especialmente bueno. Tenía varias horas por delante y un generoso puñado de euros. En el momento que los contaba, “La Loli” le cogió inesperadamente del brazo, como para arrimarse a su pequeña fortuna, y emprendió la marcha, junto a él, sin saber adónde se dirigían. Él, enjuto y de andares menudos; ella, enorme y bamboleante. Caminaban por la acera haciendo una curiosa pareja. Al doblar la esquina, el “Caraperro” aguardaba sentado en el suelo, pero por suerte, se encontraba en estado comatoso tras una fenomenal borrachera, con los ojos entreabiertos.

- ¿Aónde vá tú, Pepito? – masculló entre dientes, con voz amargada.

- ¿Yo? A la calle Larios –repuso sopesando sus euros mientras miraba a “La Loli”-. A invitar a mi novia a merendar y después a una copa de champán.

Y entonces pensó que la suerte a lo mejor sí existía y aquella tarde le sonrió.






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Debió ser por la rutina del cántaro de la fuente
el caso es que se rompió el espejo.
no fue en los 1000 habituales pedazos, sino con una grieta ultrafea que distorsionaba los caretos en macilentos rostros paleados.
Y claro la culpa fue del gato, se lo tengo dicho a tu sobrino:
El gato se lleva en el coche junto a la rueda de repuesto y la llave de bujías.
¿Que carajo hacia en el cuarto de baño del garaje en ese extraño equilibrio sobre el terrazo?
Habrán ido a surfear y como no les cabían las tablas.....
¿A quien se le ocurre salir a la carretera sin gato?
¿Y quien paga el espejo?
A tu sobrino le tengo un mes lavándome el porche y que se olvide de que yo le voy a pagar la moto de agua, porque ya esta bien de que tenga que ser yo el que pague siempre los platos (¿espejos?) rotos y no quiero oir ni un maullido porque ademas....le estoy cogiendo gato


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Superstición, sabiduría… yo diría estupidez

A lo largo y ancho de esta gran bola azul, los hechos inexplicables han ocurrido desde tiempos inmemoriales, de sol a sol, sin parar ante tempestades o la caída de los mercados. Así, han creado el extraño concepto de la suerte, los objetos que atraen la buena, alejan la mala, y las acciones y fechas que se asocian a ella. Algunos de ellos han tenido sus bases en la típica recurrencia de sucesos, las sabidurías ancestrales e incluso la ignorancia popular sin sustento lógico.

Por ejemplo, mucho se ha hablado de los gatos, especialmente los negros, que si por desgracia cruzan nuestro camino, algo horrible ha de ocurrirnos. Lo cierto es que tanto en el antiguo Tibet como en Egipto, estos animalitos fueron venerados por su inteligencia, capacidad de comunicación telepática y sabiduría espiritual. Por ello, eran guardas de tesoros y documentos importantes y daban su aporte en la investigación de diversas materias de interés para astrólogos y sacerdotes. Luego, en la época medieval pasaron a menos por su asociación con las brujas, mujeres sabias que sí conocían los poderes ancestrales de los felinos y la utilizaban para su protección y ayuda. Tristemente, las capacidades bondadosas, beneficiosas y altruistas de los gatitos han caído muy bajo por la ignorancia del ser humano.

Por otro lado, tenemos el asunto de los espejos rotos y lo que debe hacerse con los restos de ellos para evitar influencias maléficas. En diversas culturas, los espejos aún son vistos como objetos que reflejan el alma de las personas y que al romperse, de alguna manera, representan el deterioro de quien se ha reflejado en ellos. De allí, la creencia original de que al romper un espejo se tendrá mala salud -cosa que no es ni tan descabellada si se piensa en el reflejo del alma- ha degenerado en la falsa creencia de los 7 años de mala suerte. Y 7 simplemente por su asociación cabalística y porque, nuevamente, la ignorancia de ser humano, ha generado algo simplemente improbable.

Finalmente, la prueba definitiva de individuos que siguen creencias populares absurdas se refleja claramente en el temido y lúgubre viernes 13. Poco o nada se puede asociar a esta fecha como cualquiera otra en el calendario más que un sólo suceso de la historia que conocemos.

Del reino vicio y la iglesia sometida
el rey hermoso y el papa clemente
en 1307, octubre, un viernes
a los caballeros trajeron muerte.
De la realeza y la santidad
la orden oscurecieron simplemente
callando los tesoros de sabios
para terror llevar a la gente.

Y de esta manera, se pueden enumerar muchas otras creencias con respecto a la mala suerte que por simple ignorancia y pura sugestión hacen al ser humano generarse a sí mismo esa energía negativa que atrae sucesos desventurados o se sincroniza con acciones pasadas cuyas consecuencias ha de afrontar. Por mi parte pienso que la suerte no es más que algo etéreo, inmaterial y poco comprobable, pues no es sino la fluidez positiva o negativa de las acciones propias de cada cual. Sea que provengan de superstición popular o sabiduría ancestral, tales creencias no reflejan más que la gran mala suerte que ha tenido el ser humano de tener una estupidez sin límites.


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De espejos rotos y gatos negros.

En su carné de identidad debería poner de profesión: gafe. Desde luego no se dedicaba a romper espejos, al menos no le pagaban por ello, pero la mayoría de los que se cruzaban en su camino acababan hechos añicos. Tampoco se dedicaba a buscar escaleras ajenas para pasar por debajo a propósito, aunque casi todos los días cruzaba por debajo de alguna. Y aunque odiaba a los gatos, cada día, uno se cruzaba varias veces en su camino, pero el hecho de que fuera negro no era lo que más le molestaba.

En el trabajo todos lo llamaban “Dark”, aunque el sabía que a sus espaldas, preferían llamarle “Capitán Gafe”. Así que al inicio de cada turno, justo antes de salir de los vestuarios, después de haberse enfundando en su traje amarillo, esperaba pacientemente a que el sargento le lanzara grotescamente el casco y le dijera:

- Dark, cómo sigas vistiendo así, nunca conseguirás acabar con tu mala suerte.

Las carcajadas inundaban entonces el vestuario, y la veintena de hombres y mujeres que se hallaban en el, comenzaban de nuevo a sentirse en casa. Siempre pensó que era una buena manera de empezar un turno de veinticuatro horas, así que siempre respondía:

- Entonces tendré que ir pensando en cambiar de trabajo ¿Verdad chicos? – Una discreta sonrisa se dibuja en su cara, y salía de la habitación dejando atrás las risas y burlas de sus compañeros.

El trabajo de bombero no es el más fácil de realizar, ni el más divertido, así que cuando las alarmas suenan todo el mundo debe estar listo para actuar. El entrenamiento y la rutina hacen la mayor parte del trabajo pero el instinto y las órdenes de un buen jefe, son las dos cosas que a la hora de la verdad pueden salvar una vida. Porque cuando el fuego te rodea por todas partes, y a pesar del traje sientes que la piel te empieza a arder, y el oxigeno apenas llega a tus pulmones y a tu cerebro, cuando todas las luces se apagan, y se apoderan de ti unas ganas terribles de salir corriendo en cualquier dirección, cuando la situación se vuelve completamente desesperada entonces, sólo puedes confiar en que la persona que tantas veces antes ha hecho lo correcto, vuelva a hacerlo. Por eso, durante esas veinticuatro horas, Dark, sólo era: el capitán, y sus órdenes, las palabras de un Dios hecho hombre, no se discutían, ni se ponían en duda, simplemente se obedecían. Sólo después todos volvíamos a ser iguales.

La brigada número 13 del cuerpo de bomberos tenía una costumbre. Al finalizar cada turno se reunían en “La taberna del pelirrojo” y antes de pedir la primera ronda esperaban a que llegara el capitán.

Dark, siempre retrasaba unos minutos su llegada a la taberna, en parte para dejar que los chicos empezaran a bromear sobre el “ritual” y así dejar que las tensiones vividas se fueran alejando, poco a poco de sus mentes. Pero también lo hacía por él, para poder desprenderse de la responsabilidad que durante todo un día había cargado sobre sus hombros, de la tensión acumulada e ir recobrando de forma paulatina su carácter jovial y despreocupado. Lo hacía para poder quitarse el disfraz de superman y convertirse en una persona real, para reencontrarse consigo mismo. Y cuando conseguía que su mente volviera a preguntarse si le habría dejado suficiente comida a “Merlín”, y por qué ese estúpido gato se había convertido en algo tan importante para él, a pesar de su arisco carácter y de que sólo lo dejara acariciarle cuando tenía hambre o ganas de jugar un rato. Cuándo, de nuevo, se preguntaba en que demonios estaría pensando Susana para regalarle a él un gato. Cuándo recordaba que ese había sido su último regalo, antes de hacer las maletas y largarse sin más despedida que una nota que decía que nunca encontraría un amigo mejor, ni una pareja peor. Cuándo sonreía al pensar que “Merlín” más que un regalo, había sido, quizá, una pequeña venganza. Cuándo la sonrisa se ensanchaba y se convertía en carcajada, sabía que estaba listo para iniciar el “ritual”.

Llegaba de buen humor, buscando con la mirada el rincón dónde se encontraban sus chicos y sus chicas, alborotando un poco más de la cuenta, mientras alguien se acercaba a la barra para pedir la primera ronda. El ritual había comenzado.

Se sentaba en la mesa y David lo hacía frente a él. Le mostraba los chupitos que le acababa de dar Jaime, uno en la palma de cada mano, los colocaba boca arriba sobre el sucio tapete verde y después sacaba el dado. Todos alrededor comenzaban a reír y a efectuar apuestas, que luego quedaban sólo en más risas, y se hacían comentarios de todo tipo, hasta que alguien avisaba, a voz en grito, que el “Capitán Gafe” volvía a tentar a la suerte. David apenas disimulaba su sonrisa y tampoco la hacía Dark, que con aire divertido, adoptaba la posición final. Cerrando los ojos lentamente, con gesto fingido de concentración. Entonces se hacía el silencio y los chupitos comenzaban a rodar por la mesa, el dado se encontraba dentro de uno de ellos y se oía claramente, en su ir y venir de un lado a otro, rebotar contra el cristal del vaso que lo contenía.

De repente el ruido cesaba y Dark abría los ojos, encontrando de nuevo los dos chupitos frente a él. Todo el mundo estaba expectante, esperando el momento, así que el capitán extendía el dedo índice de su mano derecha y señalaba uno de los pequeños vasos. David acercaba lentamente su mano hacía el objeto señalado, la ponía sobre el mismo y aguardaba unos segundos, las voces de sus compañeros lo increpaban para que se diera más prisa, pero todo formaba parte del ritual.

David levantaba el vaso y debajo de este no había nada. Todo el mundo comenzaba a gritar y reír a pleno pulmón, sin poder, ni querer contenerse. Dark sonreía mientras se echaba las manos a la cara y su brigada le daba palmaditas en la espalda y le daban las gracias. Una noche más, él pagaría la primera ronda.

Todo era como debía ser, pero esa noche, mientras bebía a pequeños sorbos su cerveza y disfrutaba con su verdadera familia de uno de los mejores momentos que la vida puede ofrecer, Dark pensó, que en casi dos años que el ritual permanecía inalterado, no había conseguido adivinar que vaso escondía el dado, ni una sola vez, y para que eso sucediera, no cabía ninguna duda, de que había que ser un poco gafe.

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Érase una vez un pueblucho sin mar una noche, después de un concierto, aunque este dato sea irrelevante en el tema, pero mola meter a Sabina en los relatos.

También se era, por que no puede dejar de ser para que el cuento sea cuento, aunque la realidad nos aborde y nos acongoje, un tal Gepetto que, lejos de ser el entrañable anciano que se esperaba y al que nos tenían acostumbrados, era un abuelo aburrido con problemas hormonales y un reloj biológico la mar de chungo.

Ante semejantes datos iniciales, ya pueden imaginarse el percal y la verdadera historia que Leyenda me contó un día tomando cañas y que yo voy a pasar a narrarles por que me resulta abrumadora y tenía que compartirla y por que, qué narices, es digna de ser explicada por ahí o en su defecto, aquí mismo.

Resulta que mientras el tal Sabina empezaba a beneficiarse a la tipa aquella de los ojos de gata, Gepetto empezó a beneficiarse algo también. Concretamente una cantidad ingente de chinchones que acabaron dando como resultado la conclusión evidente que, si Ancha era Castilla y nadie decía nada, él iba a ser ancho también. Ancho y papá por la gloria de su madre, por que tenía la necesidad y por que qué narices, el chinchón era fuertecillo y andaba el hombre animadote, animadote.

Total, que sin pensárselo demasiado fue, cogió un tronquito y se puso a engendrar algo a golpe de cincel como quién se pone a comer pipas.

Una vez acabado y con un pedal importante, llamó a gritos a Hada, que apareció a los cinco minutos subiéndose las enaguas y cagándose en todo lo que se meneaba en general y en el putoviejodeloscojones en particular.

- Gepeeee, qué coño quieres, que andaba yo con la varita del mago del cuarto tercera rimando y jugando feliz, joder!

- Uuhh… Hadaaaaaa, haaaaada, hics, necesito que me prestes la vaaaara esa un ratittitito… hics… uis, Hada,uish… qué bonicastastanosche…hic… no? Qué bonitos calcetines…

- Gepe, apestas a chinchón que-te-peich, chavalote! Y a tu petición, te la deniego, que te he dicho 20 veces ya que mi varita no te cabe, hostias. Que luego todo son quejas y puntos de cruz y ya cansa!

- Que noooooooooooooo, que noooooooo, dejarmehablarrrrrr, nomedejanhablarrrrr, que la quiero para que de un porrazo, le des vida al muñecote este que me he hechooooooooo…

- Que te has hecho un qué? Joder, cada día estás peor, Gepe, qué degenerao eres… ¿Y esa pedazo de nariz que le has endiñao ? Pero tio… ¿Además de borracho, pederasta? Qué nivel… Maribel…

- Buaaaaaaah, quiero ser papuchiiii, buaaaaaaaah! Aaaanda, se buena… venga… Mira que como no me lo hagas ya no te hago más varitas de esas especiales con rugosidades, eh…!!!

- Uaaala, pero qué cabrón eres! Eso es Chantaje, eh!!
- Po zí. ¿Cuelaaa? En serioquestásguapiisisisima… hics… vaaaa… Si? Eh? Si, si, eH? Cuelaaaaa???

- Cuela, mamón, cuela… te vas a cagar… y que sepas que la próxima la quiero que quepa en un vasocubata, eing! Estamos?! Pos eso!


Y así fue como Gepetto se hizo papá mientras a Sabina le daban las diez, las once y hasta las doce menos cuarto.

El resto de historia y el final de la canción ya se conoce… Gepetto llamó Pinocho al crío y este fue haciendo de las suyas y tal, a Sabina le dieron puerta un año más tarde… esas cosas.

Lo que no saben por que el cuento real no lo explica ya que va detrás de la ingesta de las felices perdices es que Gepetto no tuvo en cuenta es que las maderas, como todo lo demás, crece. Y se expande.
Y que aquel pequeño pinocho de simpáticas facciones también creció por que el tiempo, señores míos, pasa. Joder que si pasa. .

Y que Pinocho llegó a la edad de merecer, a la edad de la revolución, a la peor de las edades… a la pubertad y demás edades eroticofestivas.

Entendió entonces por qué Hada, al nacer, le había dicho que iba a tener unos problemas de narices en cuanto creciera.

¿Ustedes han visto Garganta Profunda?
Pues Pinocho tenía cierto parecido, pero nasal.

Y es que la historia no narra, por que sería demasiado triste que Pinocho se enamoró perdidamente de una joven rama de nudos bien puestos, ojos pintados a brocha gorda y corazón tallado a navaja con dos nombres extraños dentro que tenía cierto domino comiendo Palodul que lo volvía loco y que ella accedió a salir con él por motivos de raíces.

Y que un día, andando por la calle, llegó el otoño sin llamar a la puerta cual señorita de Avón.

Y que, mientras ella en un acto de amor dulce y garrapiñao le pedía a Pinocho que le fuera siempre fiel a cambio de su amor verdadero parasiemprejamás, Pinocho tuvo la desgraciada idea de coger aire y levantar su cabeza de madera de alcornoque al cielo… viendo así como millones de árboles se deshacían de sus hojas para él y le mostraban sus turgentes ramas de preciosos y nudos. Que todas las ramas de los árboles habían decidido desnudarse para él y dar así cabida a la mayor fantasía sexual que Pinocho habría podido imaginar nunca.

Casi creyó oír en el aire que las ramas ululaban su nombre y le hacían proposiciones indecentes tales como sonarle la nariz durante horas…

Evidentemente, y como son cosas de la edad, Pinocho se puso pinocho. Bruto. Cachondo perdido… y fue incapaz de disimularlo.

Por que la nariz, ante semejante espectáculo, le empezó a crecer y crecer y ponérsele tiesa y evidente.
Fue imposible hacer entender a Rama que las palabras de amor le ponían a mil, no coló.

Ella entendió que Pinocho sería como su padre, un Ramero adicto al chinchón y decidió dejarlo y eso mismo hizo, Snif, snif.

Fue así como Pinocho, por culpa de un millón de ramas en pelotas, un otoño por sopresa y una imaginación desbordante, perdió la oportunidad de casarse con la primera Rama con la que había estado, de palantar semillas y tener hijos con hojas a borbotones, de ir a comprar en chándal al Carrefour todos los sábados y de comer los domingos en casa de Doña Urticaria, la que hubiera sido la perfecta suegra de manual, picores incluidos de serie.

Y qué lástima y que… ¿Mala suerte? Sic!






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La mala suerte:



Aun me quedan diez minutos para intentar escribir algo, pero no puedoo, mi jefe me pide que le sume el millon de talones que tiene que llevar al banco. Para colmo una excursión del inserso acaba de entrar en la tienda...Dios mio entre todos ellos deben de sumar la edad del mundo biblico, seis o siete mil años por lo menos.

Quieren el vino que yo vendo, lo que me faltaba, una reunión de momias borrachas...Pero un momento, se supone que en la oficina no pueden entrar. Uno de ellos dice que está sordo y que le tengo que hablar más fuerte.

Y he allí yo, dandoles más vino a ver si me dejan escribir el texto de la mala suerte. Parece que por fin puedo escribir el primer parrafo, esto va bien, aun me quedan seis minutos para enviarlo.

Oh, ¿y ahora que quieren? ¿Más vino? Lo siento señores y señoras pero se han bebido todo el vino de degustación. Otra vez entra el sordo en la oficina -Oiga señor que le he dicho que no puede entrar.

¿Por qué abre la boca de esa forma? ¿No ve que se le van a caer los dientes? Pero oiga, que les he dicho que no entren ¡¡¡ Intento quitarmelos de encima, los empujo, pero aunque los pies artrosicos les fallen, sus huesudas manos tienen mucha fuerza, supongo que ellas han lavado muchos años en el rio, y ellos debieron de trabajar en la mina, tantos años de trabajo les ha dado sus frutos en la vejez.

Escribo estos textos desde mi agonia, uno de los viejos me ha dado un bocado diciendo que con el vino tinto él siempre come algo de carne. Otro viejo me ha mordido un deo y lo veo salir chupeteandolo como si fuera un alita de pollo. Unas abuelas se estan poniendo las botas a base de cortarme trozos de culo con el cuter de la oficina.

Ya solo me queda un minuto y medio desangrada les ruego que, al menos me dejen escribir las últimas lineas.

Y estas son. Espero que aunque el texto llegue un par de minutos fuera de su hora, sepan apreciar estos "mis últimos momentos".

Los viejos casi han desaparecido, aunque ahora ya no son aguelos.

La mujer que me arranco el dedo indice, parece más joven que yo. Se ve que mis carnes los han devuelto a la juventud y lo que antes fue una reunión del inserso, ahora es una ambietada reunión de jovencitos y muchachas con ganas de juerga.

Solo espero contagiarle mi alergia al polvo.