viernes, 21 de septiembre de 2007

All the good things come to an end...

(Haciendo pucheros) -Maeeeee...snif... ¡¡¡que hemos acabao!!!


-Hola Rizos... síp, parece que llegó la hora de poner punto y final al concurso... Es una lástima, ¿verdad?


-Pues sí, una verdadera pena, que ha sido divertido. Pero en fin, ya lo dice Nelly Furtado... todo lo bueno se acaba :P


-Bueno, pues empezaremos por saldar cuentas pendientes. Lo primero, tal y como prometimos, es decir los nombres de cada texto rutinario. Aquí tenéis la lista, para saciar esas curiosidades traviesas:


-1: EINGEL


-2: ALIZE


-3: CHURRU


-4: PEGUI


-5: MIKIWIKI


-6: ALEMAMA


-7: EL ZURDO


-8: E.


-9: REINA MORCILLA


-10: ROBOTO


-11: ANDY


-12: ANTONIO JOSÉ


-Ahora, como datos extra (que os lo habéis ganado), os diremos sólamente los autores de los textos más votados de cada semana. Os diremos la autora del texto candidato a Miss mas votado y el del candidato a Mister.



-Primera semana: LA MALA SUERTE. Autores más votados: ALIZE Y CHURRU


-Segunda semana: EXPERIENCIAS, ANÉCDOTAS Y AMORES DE VERANO. Autores más votados: REINA MORCILLA y un empate entre E. y ANTONIO JOSÉ.


-Tercera semana: TEXTOS SENSUALES, PICANTES Y ERÓTICOS. Autores más votados:

REINA MORCILLA y EL ZURDO.


-Cuarta semana: RECUERDOS. Autores más votados: ALIZE y E.


-Quinta semana: RUTINA. Autores más votados: REINA MORCILLA y CHURRU


-Como habréis comprobado, el nivel ha estado bastante elevado durante todo el concurso... ¡qué bien escribís!


-Si, sorprendido me han. Con participantes así da gusto leer y releer tanto texto... En fin, que vayamos ya al meollo de la cuestión. Es decir.... ¡El ganador y la ganadora!


-Ays, qué nervios... ¿quién lo dice?


-Las dos, las dos. Y sin más dilación...


LA AUDIENCIA DE LA PRIMERA EDICIÓN DE MISS/MISTER BLOGGER 2007 HA DECIDIDO QUE LOS GANADORES SEAN:




(redoble de tambores)


......................REINA MORCILLA



....................................E.



-Por favor, un fuerte aplauso para ellos... Y para los demás, que todos os lleváis parte del mérito.


-A los ganadores nos queda informarles de que en unos días os enviaremos al correo los banners para colgar con orgullo en vuestros blogs, y que Mae y yo nos pondremos manos a la obra en la creación de los post-homenaje que os prometimos en nuestros respectivos blogs.



-Gracias a todos los participantes, a los desertores, a los lectores silenciosos, a los que han soportado sin rechistar nuestros mails recordatorios, a los que nos ayudaron con la plantilla del blog, a los que nos han animado desde el principio...


-A los que han ido por ahí con una libretita apuntando ideas para sus textos semanales y a los que ya nos están pidiendo otro concurso, porque gracias a ellos el esfuerzo y trabajo que lleva organizar algo así parece minúsculo... En fin, ¡que gracias a todos!


-Esperamos veros en las posibles ediciones siguientes del concurso (nunca se sabe :P)


-Cuidaos mucho, id por la sombra y no dejéis de escribir. Tanto el blog naranja de Mae como el mío estarán ahí para lo que necesitéis.




**************Besos para todosssss*************




jueves, 13 de septiembre de 2007

RUTINA

-¡Hola a todos! Otra vez, siguiendo con nuestra agradable rutina bloggeril, estamos aquí la chica de naranja y una servidora...



-¡Holitasss! Esperamos que esta rutina no apague el fuego del concurso y que sigáis pasándolo bien , jijij Bonitos textos nos habéis enviado esta semana, ¿eh?



-Y eso que la rutina es rancia...
Bueno, sin más espera os dejamos aquí los textos semanales para que votéis. Os recuerdo que después de votar os diremos de quién es cada texto, para que os quedéis con buen sabor de boca.



-¡Sí! Que ésto se termina, Rizos... Es una lástima... Pero en fin, habrá más concursos, ¿verdad?



-Por supuesto. Nos comprometemos a organizar algo más adelante si la peña se apunta ;) Ya sabes, Mae... siempre nos quedará Blogger xDDD



-Pues ale, de momento os recordamos que tenéis hasta el viernes 21 para votar y decidir, con éstos últimos puntos, el ganador y la ganadora del certámen Miss-Mister Blogger 2007.



-Muchísima suerte a todos y, sobre todo, gracias por participar y aguantar hasta aquí ;)



-¡Besotes!



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1

No hay dias de fiesta. No hay vacaciones. A media mañana cojo la bolsa con los cachivaches, me despido de la jefa y salgo al bosque.

Lo primero, a por las plantas. Hierbabuena, romero, regaliz, raiz de ciprés, setas varias... Aprovecho para recoger hormigas, mosquitos y luciérnagas. Como ha llovido por la noche, no tengo problemas en llenar el zurrón.

Después a las trampas. Para ratas y ratones, lo que iba a ser un delicioso almuerzo se ha convertido en su última cena. La jefa no estará muy contenta, hoy no habrá ni alas de murciélago ni ojos de tritón. Por supuesto, sabe que la culpa no es mía.

Y ahora, al riachuelo. Tengo que recoger agua para los filtros y para limpiar la marmita. Hoy tengo tiempo, asi que aprovecho para tumbarme un rato a la sombra. Los duendes están pescando, mientras las hadas juguetean en el agua, moviendo sus pequeños cuerpecitos de un modo que quita el sentido. Aprovecho para compensar la falta de murciélagos, y me dispongo a recolectar un poco de leche humana, que es muy necesario para muchos brebajes, incluidos filtros de amor. Por eso el ayudante ha de ser del género masculino.

Después de la ronda, de vuelta a la cabaña. A limpiar la marmita, a barrer la casa y a poner a secar las plantas. Cuando acabo con todo, estoy tan cansado que no me apetece hacer nada.

Y es que la gente no sabe la cantidad de trabajo que tiene ser el aprendiz de la bruja.

Y menos aún sabe que el trabajo de limpiador es muy aburrido, y la mente se pierde en mundos extraños.


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2


… Aunque no quisieras, pensabas que debían de ser muy felices juntos.
Formaban lo que se dice una pareja perfecta, así que todo el mundo a su alrededor se consumía lentamente en la ácida envidia de pensar en lo afortunados que eran.
Tanto él como ella eran jóvenes. Atractivos los dos, inteligentes. Bondadosos. Sus defectos –porque, sí, los tenían, aunque nadie en realidad supiera verlos- eran irrelevantes, en absoluto graves; y no hacían más que sumar puntos a su encanto.
Se complementaban como pocas veces se veía en una pareja. No se agobiaban; tampoco dejaban nunca de lado su relación. Los trabajos de ambos se confundían con sus respectivas vocaciones. Sus vacaciones coincidían inexorablemente y jamás alguno de ellos tuvo que reivindicar su espacio.
Conservaban amigos de la infancia, propios, compartidos, recientes… Y todos ellos reales. Tuvieron tres hijos alegres, vivaces; y los educaron bien. Colmaron de dicha a sus padres estudiando una carrera y consiguiendo una buena vida, tal y como ellos la soñaron alguna vez.
(…)
Y tras celebrar las bodas de oro, su matrimonio seguía unido y bien avenido. El ardor y la pasión de la juventud habían dado paso a una serena madurez y un profundo cariño entre ambos. Su amor era reposado y dulce como el aroma de los buenos vinos.
Así hubieran continuado los años que les quedaban.
… Hasta que un día él apareció con un ramo de rosas y unos billetes de avión. Ella lo dejó tras escuchar su loca propuesta de unas vacaciones sorpresa.
Se había acostumbrado tanto a la rutina de la felicidad sin incertidumbres, al bienestar firme y bien asentado, a la inenarrable seguridad de conocer los motivos de su tranquilidad, que no pudo soportarlo.
Y se fue con un divorcio bajo el brazo.
Él maldijo la nueva situación de su soledad, y la novedad de la soltería terminó por matarlo.


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3


Es Lunes. Me levanto a las seis y media, en ese momento de la mañana en que la única luz que se cuela en el cuarto es la de la farola que alguien puso criminalmente cerca de mi ventana. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua decide si despertarse o no.Alcanzo cómodamente el autobus de las siete, que va casi vacío. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol asoma tímidamente entre dos edificios de ladrillo visto. Interludio. Me gusta predecir lo que va a pasar al día siguiente.


Es Martes. Me levanto a las seis y media, en ese momento de la mañana en que la única luz que se cuela en el cuarto es la de la farola que alguien puso criminalmente cerca de mi ventana. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua decide si despertarse o no.Alcanzo cómodamente el autobus de las siete, que va casi vacío. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol asoma tímidamente entre dos edificios de ladrillo visto. Interludio. Me gusta predecir lo que va a pasar al día siguiente.


Es Miercoles. Me levanto a las seis y media, con la sensación de que me falta algo. Hay una oscuridad casi tangible en la habitación. Al asomarme a la ventana compruebo que la dichosa farola no funciona. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua decide si despertarse o no.Alcanzo cómodamente el autobus de las siete, que va casi vacío. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol asoma tímidamente entre dos edificios de ladrillo visto. Interludio. Me gusta predecir lo que va a pasar al día siguiente.


Es Jueves. Me levanto a las seis y media, la farola sigue averiada. No me gustan los dígitos del despertador, llenan la estancia de una luz roja enfermiza, que la farola difuminaba eficientemente. La rebanada de pan integral se convierte lentamente en carbón vegetal en el tostador, mientras el calentador del agua finalmente muere. Caliento una olla de agua para asearme. Pierdo el autobús de las siete pero consigo agarrar el de las siete y veinte. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real, cruzamos el río. El sol me ciega momentaneamente, y al girar la cara para protegerme, te veo. Interludio. Me duermo pensando en el día siguiente.


Es Viernes. Me levanto a las seis y media, la farola sigue averiada. No me gustan los dígitos del despertador, llenan la estancia de una luz roja enfermiza, que la farola difuminaba eficientemente. La rebanada de pan integral arde en el tostador, olvidada a un destino de incinerada indiferencia, mientras el calentador del agua ríe silenciosamente . Caliento una olla de agua para asearme. Pierdo el autobús de las siete a conciencia, esperando con impaciencia el de las siete y veinte. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real. Subes en Puerta Real. Tu presencia me ciega momentaneamente; torturo mis retinas con desesperado placer, mientras el sol calienta poco a poco mi nuca. Interludio. Me duermo pensando en el día siguiente. Pensando en tí.


Es Lunes. Me levanto a las seis y media, la farola vuelve a curiosear entre las cortinas de la ventana. La rebanada de pan integral espera en el supermercado con el resto del paquete, alguien olvidó comprarla. El piloto del nuevo calentador de agua parpadea desconcertado. Pierdo el autobús de las siete a conciencia, esperando con impaciencia el de las siete y veinte. Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real. Subes en Puerta Real. Tu presencia me ciega momentaneamente; torturo mis retinas con desesperado placer, mientras el sol calienta poco a poco mi nuca. Te sientas a mi lado. Con la excusa de pedirte el diario de la mañana, trabo nerviosa conversación contigo. Interludio. Me duermo pensando en el día siguiente. Pensando en tí.


Es Martes. Ha pasado un mes. Me despierto a las seis y media, en ese momento de la mañana en que la única luz que se cuela en el cuarto es la de la farola que alguien puso criminalmente cerca de mi ventana. Las rebanadas de pan integral se esponjan lentamente, con el rocío de la mañana. Te das la vuelta y deslizas tu brazo enroscando mi cintura. Te beso en la frente. Me murmuras que es hora de levantarse. Tomémonos el día libre, te sugiero. Es bueno romper las rutinas de vez en cuando.


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4


Me he perdido en tu sonrisa desde que dejaste que me adentrara en ella la primera vez.

Busco la forma de salir de la cárcel de tus ojos que me mantiene prisionero desde que se cruzaron con los mios en aquel amanecer.

Paso por tu calle todos los días deseando encontrar alguna pista que me lleve a ti.

Cojo el mismo autobús en el que coincidimos a la misma hora. Aquel que me dió la oportunidad de respirar tu perfume al sentarme detás tuya.

Persigo cada tacón negro con la esperanza de que seas tú la que lo calza.

Mi mundo se ha convertido en una búsqueda incesante del tuyo y empieza a preocuparme que mi rutina sea ello.

Pero no me cansaré. Existes, lo sé, y eso es suficiente para repetir paso a paso, mil veces si es necesario, lo que hice aquel día en el que supe como sonríe un ángel.


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5



El pesado mecanismo urbano se despierta con monótonos quejidos, como desperezándose con la primera energía del sol. Más o menos como yo, pero en mi caso, lo hago con el despertador marca "Hijo de Puta" y su pitido infernal que invita a acordarse de sus antepasados repetidamente. Siempre suena demasiado pronto. Y créanme que los amaneceres prematuros acaban por anidar en el contorno de los ojos y en las comisuras de los labios, excepto para unos pocos privilegiados de excepcional genética y la mayoría de los famosos televisivos, que como todos sabemos, tienen un pacto con el diablo (o sea, con un cirujano plástico).


Avanzo bamboleante por el pasillo, me bebo un vaso de leche templado, siento el frescor del agua en mi cara y mis manos (dejo correr el agua hipnotizado) y me visto con la ropa preparada la noche antes. No sabría decir en qué orden hago qué cosa. Con un poco de suerte lo habré hecho bien y pocos minutos después habré montado en el coche correctamente vestido como buen autómata programado para la rutina. Una idea obsesiva siempre ronda mi cabeza. Normalmente es un simple nombre o una canción. Parece querer decirme algo, pero es sólo cierta actividad de mi mente somnolienta, no hay que darle más importancia. Cuando arranco ya soy un glóbulo circulando por las venas de la ciudad, con el tiempo justo. Hay que darse prisa.


Me toca entonces cruzar la jungla en menos de 20 minutos. El humo, los impulsos, los frenazos, las esperas... aporrean a destiempo como en un piano de martillos insensatos. Todo es continuo amago de ritmo indescifrable, marea de toneladas que no encuentran su acomodo. Sólo tengo libres mis pensamientos. Los semáforos en rojo son verdaderos ladrones de tiempo, pero en ellos noto el palpitar de mi corazón. Mientras veo el pringao de la izquierda, el niñato sin casco, y la vieja pelleja cruzando (este lenguaje es fruto de mi mal humor mañanero, no me lo tengan en cuenta), me pregunto si le pediré hoy al jefe que me cambie de actividad, si me mirará Susana como el otro día, o si alguien entre nosotros, insensibles conductores encerrados en sus cabinas, añora aún -por ejemplo- el áura de la luna en una paradisíaca isla desierta, o cualquier otra cosa contraria al horror del tráfico... ¿Será?.. Pero no hay tiempo. Al salir es como si hubiera un gusano frenético que se retuerce chirriante bajo mi acelerador, aplastado sólo lo justo y necesario para no estamparme. Peatones y vehículos son notas impredecibles en un pentagrama rígido de carriles pintados, farolas y vallas equidistantes, semáforos y señales que apenas pueden contener un mar de cucarachas desbordadas. Y yo soy una cucaracha más.


Ya en el trabajo el tic tac me envejece imperceptiblemente. Los malos entendidos, los intermediarios que distorsionan las órdenes de trabajo (por si no fueran ya suficientemente confusas de por sí), los proyectos que no acaban, programas que no salen, la radiación persistente del monitor... también anidan en el contorno de los ojos, como los amaneceres. Alguna vez todo se hace una montaña que hago caer en un "pffffff" junto con mi culo en la silla y me quedo mirando de reojo, inmóvil, al poster de Honolulú de la pared. Pero hay que seguir. Rápido a acabar la tarea. Menos mal que, como las cuñas publicitarias, a veces tengo charla deportiva con Manolo, consumado entendido en tenis, los esquivos ojos de Susana (para alimentar secretamente mi fantasía maltrecha), los desternillantes comentarios -por lo descabellado- de Javi o el bocata mixto vegetal a media mañana con mi adorado jefe... Pero al final... Todo más bien es una cuenta atrás esperando la campana entre asalto y asalto, la hora del almuerzo, las 7 de la tarde, el viernes, las vacaciones de agosto... Y más a largo plazo ¿qué?.. No hay tiempo para pensar en el futuro, en mi vida, hay que acabar la tarea...


-Y no, mañana tampoco habrá tiempo para ello, Peláez, déje de mirar al póster de la pared y concéntrese...


Lo siento, ahora tengo que dejarles.



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6


Visita del pasado


Mientras el agua borbotea, corro a ver el correo. ¡Nada interesante! ni el spam, que es el mismo Cialis de siempre, que lata. Pero a ver, espera un momento, aquí hay uno de la Rosita, que va a venir después de todos estos años, ¡y yo con esta peluca de siete colores, impresentable, que me hace mayor de lo que soy!.... pero, nada, a ella también le han sumado los años; para nadie pasan en vano, vinieron como okupas, para quedarse, malditos sean.



Bueno, cambio de planes, anota: pe-lu-que-ría, cita urgente con François le sensualité, como dice que le decían en París y que ahora acá le dicen Pancho, el zaz. Tiene arte este personaje, de verdad, logra hacer de una cincuentona una joven de buen ver, ¡y vaya si lo necesito! no me gusta estar viuda, sola y más encima, desaliñada, fea y deprimida.



¿Qué será de Pedro, su hermano? supe que le ha ido regio en sus negocios pero en su vida privada más o menos; bien desgraciado que ha sido el bombón de nuestros sueños adolescentes. ¡Aaaaayyyyyyssss! Como que no quiere la cosa, le sacaré algo a mi amiga, si no se pudo antes, capaz que ahora quememos algún petardo. Bueno, manos a la obra.



Pasa la mañana, pasa la tarde, todo como siempre, pero el corazón camina más rápido, quién lo pensara, un recuerdo y todo cambia, aunque sea por un rato. ¿A qué hora vendrá la Rosita? ¿Atrasada como siempre? ¡qué nerrrviosss! ¡Ding-dong! ¡dong-ding! ya la tengo aquí, y está regia, regia, regia, flaca, buena ropa, elegante, como nunca, ha aprendido en estos años, bien por ella; ¿qué impresión le estaré causando? nos miramos como dos inquisidoras buscando arrugas disimuladas, cirugías, cejas tatuadas, postizos, presbicias, pero nada, está impecable.O no ha sufrido, ha estado en hibernación, o tiene un cirujano extraordinario. Casi no me atrevo a compararme, salgo muy mal parada. Ay, cómo no me quedé como cada día sorbiendo mi café, leyendo las noticias que suceden bien lejos de mi, donde basta con una lamentación abstracta, sin complicaciones que me involucren, mientras, sé cada paso de mi agenda aunque ni mire el reloj. ¿Quién me mandó a armar panoramas que remuevan el pasado que bien estaba bajo capas de cómoda rutina? Ahora ya he invertido en mi pelo; he trabajado extra para ordenar mejor la casa, a la que no le dedicaba una mirada de extranjera para mejorar los detalles --que de tan vistos ya no los veo--; me he pasado películas imaginarias con Pedro, en las que aún somos jóvenes con futuro --tan viejos no somos-- pero en realidad no tengo ni ánimo para el esfuerzo que implica una nueva relación, y menos si ni siquiera sé en qué está Pedro hoy.



¿En qué momento he renunciado por una tarde a mi rutina protectora ante los avatares; los años acumulados; las inseguridades ante nuevos desafíos; revolver recuerdos que creía dormidos y que con su despertar me hacen daño? Bueno, la Rosita ya se va, regresará a su hogar en el norte donde se conserva como en los recuerdos. De Pedro, nada, no vaya a ser que sea como ella: inmarcesible. No me atrevo a embarcarme ni en el intento, no digamos aventura.



Nos despedimos mientras se cierra la puerta. Nos dijimos lo que se esperaba que dijéramos, es buena y simpática, como siempre, soy yo la que se marchita, pero --mientras no tenga un espejo para comparar-- todo estará en el lugar de siempre, del que no debiera haber salido y del que seguramente no saldrá, pues yo se lo habré impedido.


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7

Que sí, que te quiero... Que pases buen día. Si no vengo a cenar te llamo... ¿Me da un metrobus? (los lunes)... Buenos días, parece que hoy podemos guardar el paraguas (o tenemos que sacar la ropa de invierno, o tendremos que ir con piedras en los bolsillos para no salir volando)... ¿Puedes venir? Tengo un problema con el Outlook (o me he quedado sin red, o si abro más de dos documentos se me peta el ordenador)... A ver Fermín, ¿con qué nos vas a envenenar hoy?... Hasta mañana, que será otro día... Nada de particular, ya sabes, lo de siempre... Que tengas bonitos sueños tú también.

Podría haber elegido más frases u otras. Son mis andamios de bambú con los que sustento mi rutina diaria, esa de la que reniego con la carótida hinchada pero de la que no me separo ni un milímetro, como esa calle paralela a la de tu casa por la que nunca has pasado porque dicen que hay gente con malas pintas.
Cada mañana suena el despertador a las 6:45. Mi mujer, sin abrir los ojos (sin despertarse diría yo) dice como cada mañana desde hace años: Buenos días, cariño, ¿aún me quieres? Yo contesto mecánicamente que sí, que la quiero, y ella se da media vuelta y sigue roncando. Me ducho. Desayuno. Beso a mi esposa y le digo al oído que pase buen día y que si no voy a cenar que la llamo (aunque siempre veo a cenar). Los lunes compro mi metrobus de diez billetes. A las nueve en punto entro en la oficina. Saludo al vigilante de seguridad con un buenos días y algún comentario alusivo al tiempo que hace. A media mañana, aproximadamente, llamo al de informática para que me resuelva algún problema de mi ordenador, con el que trabajo pero que no entiendo. A las dos, bajo a la casa de comidas para dar buena cuenta del menú del día. Bromeo con Fermín, el camarero de toda la vida, sobre el veneno correspondiente del día administrado en dos platos y postre. Me despido del de seguridad al acabar la jornada (esta acaba cada día a una hora dispar) con un hasta mañana, que será otro día. Llego a casa y mi mujer me espera con la cena preparada y un ¿qué tal el día, cariño? Mi respuesta: nada de particular, ya sabes, lo de siempre. Nos vamos a la cama. Mientras que leo un poco, ella apaga la lamparita de su mesilla de noche, me besa y me desea dulces sueños. Que tengas bonitos sueños tú también, le respondo. No volveré a decir una frase hasta el que sí, que te quiero de la mañana siguiente.
Siempre me consideré preso de la rutina hasta que conocí a mi compañero de despacho. Nunca habla, pero un día se arrancó y me contó algo que convirtió mi rutina en suaves raíles por los que caminar a diario:

Estaba harto de que a todas horas le dijeran que era un maniático, que era metódico hasta el ridículo, que era el ser más previsible que uno se pueda encontrar. Y estaba harto principalmente porque era verdad. ¿Lo ves?, era la frase que oía más a menudo a su alrededor. Gente empeñada en demostrárselo, como si él no lo supiera. Como si él quisiera ser así. Como si fuera tan sencillo dejar de serlo. Como si no lo deseara.
Fue maniático y metódico desde bien pequeñito, pero hubo un antes y un después. No recuerda qué provocó la reafirmación, pero sabía que algo pasó. Fue el hecho, por ejemplo, que le llevó a unos grandes almacenes a comprar ropa para los siete días de la semana multiplicada por diez, para garantizarse que durante una larga temporada vestiría igual cada lunes, cada martes, cada miércoles, cada... Los graciosos le decían que como engordara se le iba el negocio a freír espárragos. Él sabía que eso era imposible porque mantenía un régimen estricto, repitiendo el menú también por días, de lunes a domingo, desde hacía años y con revisiones periódicas de su endocrinólogo. ¿Un cambio en el metabolismo? Improbable. Todos los varones de su familia habían vivido y muerto flacos como astillas. Vivía solo desde hacía mucho tiempo. Nadie quería vivir con alguien que tenía la vajilla colocada al milímetro y que tenía controlada las vueltas de papel higiénico que quedaban para que se acabara el rollo. Él no quería vivir con nadie que en un descuido descolocara por milímetros la vajilla ni que descontrolara por aleatoriedad su control de las vueltas de papel higiénico que quedaban para que se acabara el rollo. Ninguna mujer aguantaba al lado de un tipo que era incapaz de sorprender ni en la frecuencia del parpadeo. Él no aguantaba ninguna sorpresa que pudiera interrumpir su frecuencia de parpadeo. Le costó encontrar un trabajo que no le tuviera con el alma en vilo por los sobresaltos habituales de cualquier trabajo. Le costó conservar los trabajos porque era incapaz de rendir cuando aparecía el más mínimo problema que le obligara a improvisar. Desde hace años trabajaba picando textos en un despacho para él solo, con temperatura constante, sin ruidos y sin mayores sobresaltos que los que le pudiera dar el ordenador. Pero eso también estaba solucionado. Tenía tres ordenadores iguales para no tener que interrumpir su trabajo si la informática le jugaba una mala pasada. Le pagaban muy bien porque era muy rápido y muy eficaz. Su jefe sabía que con él se cumplían los plazos y no había lugar a las erratas. Le quedaba algún amigo. Nunca quedaba con ellos porque ellos sabían dónde y cuándo encontrarlo. Los viernes de nueve a once iba al mismo bar, se sentaba en la misma mesa y tomaba las mismas tapas y el mismo número de cañas. Todos los viernes. Los sábados introducía una variante que podría parecer engañosamente un alarde de espontaneidad. Tenía cuatro bares para los sábados e iba cambiando. Con una pauta enrevesada que podría engañar a un conocido pero que no lo hacía con sus escasos amigos.
Estaba harto. Jamás quiso ir a un psicólogo. No quería pagar para que le dijeran lo que él ya sabía.
Estaba harto y algo tenía que hacer. Necesitaba introducir cambios en su vida para no volverse loco. Así que un sábado por la mañana cogió un taxi, se fue a unos grandes almacenes y se compró ropa nueva: ropa repetida para los lunes, para los martes, para los miércoles, para los... Pero eso sí, esta vez sólo compró cinco de cada prenda.

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8



A través del parabrisas sucio del coche, Gabriel observa a la gente. Es febrero y llueve en Madrid, y a menudo le viene a la mente el recuerdo de su padre esperándole en la esquina al salir del colegio, con una bolsita de piñones en la mano para él. Por encima de todo se acuerda de su olor a tabaco y madera, y de la calidez de sus manos curtidas que le agarran con firmeza y le parecen el lugar más seguro del mundo. ¿Qué has aprendido hoy en la escuela? Tienes que aprender mucho para ser una buena persona y sacarme de trabajar cuando te hagas mayor. Venga, que se hace tarde y Mamá nos espera.

Hoy no espera nadie en casa. Gabriel mira a una mujer que camina por la acera cargada de bolsas y se pregunta si a ella la estará esperando alguien, y se da cuenta de que su mirada no llega a traspasar sus ojos, sino que rebota dentro del cristal de sus pupilas y vuelve hacia sí misma de forma permanente, apagando la calle y la gente a la que esquiva de manera automática. La calle está vacía para Gabriel, es tan sólo una rutina inevitable. Al llegar a casa las llaves caen muertas sobre el mueble de la entrada.

Mira, chaval, cuando la madera se lija hay que hacerlo con firmeza, pero con cuidado de no astillarla, como las mujeres. Gabriel observa a su padre con una mezcla de devoción y entusiasmo, y su interés por el mundo parece acotarse a un pequeño taller cubierto de serrín por todas partes, y algunas figuras que el carpintero ha esculpido en sus ratos libres. Una de ellas representa el busto de un torero inclinado hacia un lado, tallada en dura madera de pino, y el padre le cuenta que los ojos del diestro tienen vida, y sufrimiento, y que la carne es como la madera, e incluso más dura a veces. "E incluso más dura a veces", -parece repetir el torero, con los ojos opacos, recorridos de estrías en las que se repliega una y otra vez la piel muerta que el carpintero arranca con un formón de hierro gastado, en una esquina del taller, ensimismado, entregado. Gabriel acompaña con pueril fruición el vuelo de cada viruta desprendida, y juega a reordenarlas en el suelo para imaginar nuevas realidades que brotan de retazos que al torero sobran, el negativo de su fotografía rasgado por la ira de quien esperaba tras la puerta. Un animal salvaje en postura defensiva, la mano de un sacerdote acariciando la frente de un niño, un billete de tren rasgado, la munición de toda una guerra vertida sobre la tierra yerma que no alumbrará descendencia.

La endeble anatomía del sillón de su modesto piso produce un crujido doloroso cuando Gabriel se sienta a ver la televisión. Ya no hacen muebles como antes, ya nadie imprime cariño en hacer nada, ahora el trabajo es un medio para ganar dinero y pagar alquileres solitarios. En la pantalla, personajes sin rostro mantienen una discusión absurda, y todo lo que le rodea le parece una mierda, un engaño. Su trabajo ya no le llena como antes. Cuando era joven soñaba con firmar brillantes columnas en diarios de tirada nacional, y le gustaba imaginar que sus palabras se convertían en misiles que estallaban contra la cara de los mentirosos. El problema es que ahora son los mentirosos los que pagan por sus palabras. Por eso un día decidió rebelarse, y a partir de entonces ya nunca ha vuelto a escribir de manera consciente. Cuando teclea una noticia en el ordenador se concentra para salir de sí mismo y hacerlo como si fuera una máquina la que escribiera, un ente sin voluntad que mancha páginas con titulares y entradillas que se repiten constantemente, cambiando tan sólo las iniciales para referirse al marido envalentonado de turno que decidió meter dos palmos de acero en la espalda de su mujer o colillas en los ojos que un día miraba con ternura, o la declaración entrecomillada de un político que desafía los límites del analfabetismo. Y qué más da, el mundo seguirá dando vueltas con o sin él, su pluma no deja rastro en un papel podrido, y la tinta que al principio vertía con verdadera pasión no ha fermentado en la mente de nadie, y todo sigue igual.

Al fondo del taller, su padre hace cálculos con un lápiz rojo y grueso que ha decidido rescatar de su oreja derecha por un instante. Los garabatos que plasma en la encimera de roble le parecen ecuaciones soberbias. El mueble es un regalo para su madre, y a Gabriel le divierte muchísimo toda la parafernalia que su padre lleva a cabo para intrigarla cada día que suben a comer. Ambos se cruzan una mirada cómplice cuando su madre les dice que haría falta un nuevo mueble para el salón junto al ventanal, y ella sonríe también. Ni siquiera le dolió demasiado cuando un día tuvieron que llevarle al hospital con la mano ensangrentada por una de las estacas que llevaban un mes torneando, por encargo de un hombre que las necesitaba para delimitar sus terrenos. La estaca quedó impregnada con su sangre muy roja y tibia, y cuando el terrateniente viera la mancha en ella pensaría en un zorro o algún animal que hubiese tratado de sortear sus vallados sin éxito, y su sangre estaría ahí para siempre. Por eso no le dolió tanto la sensación del palo mientras la punta de éste se hundía en su manita, madera y carne fundidas en un gesto de dolor que para él encerraba un matiz de heroísmo, una herida de guerra, como las cicatrices en las manos de su padre.

Las heridas de la conciencia duelen mucho más. Repetir un guión una y otra vez puede resultar asfixiante. Contemplar cómo se va diluyendo la ilusión sobre los poros de un tabloide, y no ser capaz de evitarlo. Componer día tras día pequeñas actas de lo vulgar, manifiestos huecos, espacios en blanco que siempre se quedan en blanco. Le habría gustado poder hundir el formón de acero de su padre en la pantalla fría y plana de su ordenador, y crear formas sin ataduras, figuras libres y verdaderas, auténticas, como la cara del torero. Pero el papel es madera prensada, un recipiente de verdad encorsetada, plana y monótona, y no da lugar a desplantes ni actos de ruptura. En la penumbra, Gabriel reflexiona y llega a la conclusión de que en ocasiones el vacío es lo único a lo que aferrarse, y aunque esto suponga una paradoja. Es difícil explicar la sensación que produce la ausencia de sensaciones, aunque sus efectos trasciendan de lo metafísico y se plasmen en el tapiz de lo cotidiano hasta diluirse y hacerse imperceptibles. Es entonces cuando el vacío hace mas daño, cuando se agarra al estómago y absorbe el impulso vital de manera inconsciente.

El vaso de whisky deja un cerco en el mueble que un día su madre encontró tapado con una manta en el salón, un círculo de humedad que resbala y no es capaz de traspasar el barniz envejecido. Tenía un olor intenso y muy dulce, mezclado con el agrio del disolvente cuando su padre lo extendía con una brocha deshilachada a lo largo del tablón. A Gabriel le fascinaba aspirar ese aroma, que llevaba consigo el final del trabajo y la obra terminada, como un enamorado que se pone perfume con esmero un momento antes de salir de casa en busca de unos labios recién descubiertos y que pronto absorberán el aroma y lo harán suyo. Ahora sus labios ya no besan a nadie. Eso es otra historia, pero probablemente se quedó sin ganas de hacerlo a partir del momento en que empezó a encontrarse sólo, perdido, y sus manos dejaron de ser sensibles a las caricias del mediodía y su boca no era capaz de percibir ningún sabor en la piel de nadie. Fue perdiendo la capacidad de comunicar, de transmitir su cariño. Probablemente por influencia de su trabajo empezó a considerar estas cosas como algo secundario, y repetía cada vez las mismas frases, los mismos gestos, las mismas caricias que cuando inciden sobre el mismo trozo de piel una y otra vez con idéntico movimiento ya no dejan la misma sensación.

La luz tenue y errática de una farola entra por la ventana del bajo donde Gabriel se esconde del mundo y de sí mismo. Tantos sueños, tantas ideas, para acabar perdido en el salón de su propio hogar, acompañado por el zumbido eléctrico que viene de fuera y que marca un ritmo quejoso y apesadumbrado. Hace frío, pero el viento sigue entrando en la estancia desde hace más de media hora, y hace crujir algunas cosas, como el endeble sofá que estaba en el piso antes de llegar él y que nunca le ha permitido sentirse como en casa. Gabriel nunca se ha sentido como en casa desde que llegó al mundo, con la excepción del taller cubierto de serrín donde a veces creyó vislumbrar la verdad de las cosas. Mañana tiene que estar en la redacción a las ocho de la mañana, para continuar dibujando un cuadro en el que no hay personajes, únicamente sombras sin rostro que deambulan perdidas por un lienzo blanco y poroso, una vida en dos dimensiones que brota de su propio miedo y se expande implacable por todos los recovecos de la realidad hasta hacerla estéril.

El cerco de whisky ha desaparecido del mueble de su padre, salpicado ahora por los restos de su conciencia mutilada, madera y carne fundidas en un gesto de cobardía

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9


Durante mucho, mucho tiempo he intentado que Rutina no consiga encontrar una neurona de alquiler en mi coco. A priori no era muy complicado, tampoco tengo tantas, pero en la fase práctica del asunto se jodía el asunto… La cabrona se aferraba a cualquier opción de compraventa o alquiler, aunque fueran precios desorbitados y parece ser que ha conseguido su objetivo, el encontrar alojamiento en mi cabeza, aunque todavía no se muy bien cómo.

La cosa estaba en que yo me dedicaba a acojonar a mi Pucherito de la siguiente manera; Neurona que le dejara alojarse o le permitiera entrar en ella ofreciéndole lo que fuera menester, neurona que yo, sin que me quedara más remedio por que en realidad las tengo en alta estima, emborrachaba a base de cervezas y gintonics con tal de que Rutina se quedara grogui y yo pudiera echarla a la calle, fuera de mí, antes de que despertara del letargo alcohólico. Las resacas eran monumentales y la tristeza por la pérdida de una de ellas también, pero era necesario. Otros métodos utilizados fueron subir el Euribor de mi mente a más de un 8% para ver si era incapaz de pagarse nada, extorsionar a las Ninfas Hipotalámicas para que no se les ocurra dejarla entrar a vivir con ellas por mucho que les prometieran nuevas actividades ludicofestivas por la parte del Cerebelo, un porrón de vidas extra o un apartamento en Torrevieja, e incluso, en mi insistencia por no vivir una vida Rutinaria por el pánico que me daba, fui capaz de tapiarme los párpados de forma desproporcionada para que fuera incapaz de entrar de forma visual y acabar con mi estado de vitalidad constante y de alegría reinante por el simple hecho de ser y estar.

Pero ha conseguido entrar, la grandísima hija de Satanás, la jodida Rutina de mierda ha conseguido colarse.

¿Saben cómo?
¡Pues por las orejas!

Así de fácil!

A través del Oído, puesto que Martillo se ha vendido por los Siete Clavos de Cristo.

¡Vamos, no me jodas!

Pues sí. Va a ser que sí. La muy hija de perra ha conseguido entrar en mí y crear en cero coma una especie de velo rutinario que propicia la falta absoluta de vigor y espontaneidad y ya ni comentarles el tema de la imaginación y la inspiración literaria.

Un fraude.

Y es que la Puta Rutina se ha alojado en el ala Este de mi cabeza, ¡Que igual se cree que es Angela Chaning o algo!... por que es que, además, resulta que me ha dejado en el hall todas sus maletas cargadas de hastío y cansancio, sus bordados absurdos de telas de araña y como no, su inseparable armamento de berberechos en escabeche a la espera de que venga el botones a buscarlo. También, creyéndose que todo el monte es orégano y toda mi cabeza jauja, me ha montado una sala de juegos estúpidos que me hacen perder la concentración en el lóbulo central. Ni que decir tiene que en un abrir y cerrar de ojos se ha apalancado justo, justo, al lado del cerebelo y ha invitado a su hermano Aburrimiento a que venga a visitarla cuando le apetezca, que seguramente será muy a menudo, por puro masoquismo hacia mi persona.

Dice que no piensa irse, es más, me chilla mientras patalea y ha conseguido que Memoria le haga más caso a ella que a mí misma a través de sus malas artes y se descojona cada vez que intento recordar qué narices tenía que hacer con urgencia y por qué narices llevo un lazo rojo atado en el dedo meñique en forma de recordatorio.

Me tiene frita.

Todos los días consigue que me de cuenta de que mis actos son similares y que nada nuevo nutre mi vida. Siempre está al acecho por si Novedad tiene a bien mandarme un correo electrónico también llamado mail, poder borrarlo convenciéndome de que es SPAM y que a mí, en realidad, no me gusta viajar, así que no vale la pena leer las ofertas que me mandan mis amigos. Ni me gusta conocer, que no soy curiosa y que, por ese motivo, es tontería apuntarse a nada que incentive el hacer algo con mi vida que no sea el levantarme, desayunar, ducharme, trabajar, llegar a casa, ver la tele y dormir. Y que lo más inteligente y lo más necesario para mí es, sin duda, seguirla a ella, todos los días, para siempre. Caer en ella. Vincularme a ella de forma inmediata y eterna.

Tener una Rutina instalada en mi cabeza que me haga ser autómata.

Y ¿Saben que les digo? Que no.

Que m, revelo..

Y que lejos de echarla, se va a joder. Va a tener dos tazas por querer una bien grande. Que en unos días Rutina va a morirse del asco y va a cansarse mogollón.

Que en unos días Rutina va a querer mudarse y no la voy a dejar salir, por lista.

Me voy a tapar los oídos con cera de aroma Canela y se va a tener que acostumbrar al cambio, movidito, dinámico y repleto hasta los topes de hiperactividad en estado puro.

Voy a adoptarla y la voy a hacer multiplicarse y mis Rutinas serán un ejército de actos curiosos que generen risas y estados eufóricos. De actos divertidos. De actos simplemente entretenidos que, no por ser diarios, vayan a tener que asquearme.

Por que Rutina no sabe en qué cabeza ha entrado.

No tiene ni idea.

Muajajajá.

Se va a joder.

Palabrita.

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-Ah rutina, destructora de pasiones, peso que al espiritu hunde, en la sima del abotargamiento. ¿Acaso deberia la rutina ser la via por la que transitan nuestras vidas? ¿No seria mejor acaso montar a lomos de la sorpresa y dejarnos llevar por los campos agrestes de la incertumbre?

- Anda niño, no protestes más y ve a sacar la basura de una vez, que estoy harta de aguantarte el mismo rollo todos los dias.

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Tiempo circular





Circular el tiempo
que pasando va




- por ti, por mí -




sin nosotros pasar

Así, regresando
al mismo lugar




- cada vez -




volvemos igual

Juega el ciclo
con lo irreal




- de la rutina -




de la verdad

Inalterable, eterno
suspendido está




- el amor -




el tiempo circular

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Rutinas.




Vuelve septiembre y con el la rutina de la vida cotidiana. Llega el momento de despedirse de los amores de verano, de las aventuras de una sola noche, de los aquí te pillo, aquí te mato. De los besos frenéticos en el asiento de atrás de un coche.




Vuelve el sonido del despertador a las siete de la mañana, la cara larga frente al espejo, los saltos en la ducha cuando se acaba la botella de butano, el tráfico de la ciudad. Llega el momento de dejar que Dark descanse en el fondo de algún cajón, hasta que, quizá, vuelva algún otro concurso literario que lo haga despertar.




Y vuelve el barullo de la oficina, el sonido estridente de teléfonos, impresoras y gente por los pasillos que viene y va. Las broncas del jefe a todas horas, la hora de encontrar las malditas ganas de trabajar. La pantalla en blanco de mi ordenador y tú. Sobre todo tú.




Vuelven tus piernas largas, tus ojos infinitos, tu sonrisa y el sonido de tu voz a mis oídos. Vuelve la hora de olvidar notas sobre tu mesa, de enviar correos a tu cuenta, de enredar miradas entorno a tu falda, de convocar reuniones en la sala de juntas, a las que sólo asistiremos tú y yo. De retomar esta historia que nunca empieza, pero que no acaba.




Vuelven tus labios a mi boca, tus manos a mi cuerpo, tu cabeza a apoyarse contra mi pecho.







Vuelven las noches de los besos dulces, de las caricias sin prisa, de desnudarte pausadamente, de besarte detenidamente. Vuelven las horas de hacer el amor al ritmo de tus caderas, de susurrarte las palabras que provocan tus besos improvisados, que aceleran el ritmo de nuestra respiración, las horas de verte dormida sobre mi colchón, de ser el guardián de tus sueños, de soñar que algún día ya no te querrás marchar.




Quizá después de todo, no eche tanto de menos el verano.

lunes, 3 de septiembre de 2007

De vuelta al trabajo, monotonía y rutinas varias

-¡Hola Rizos! De nuevo aquí y ya acercándonos al final del concurso, el fin de las vacaciones, vuelta al trabajo... ¿cómo pasa el tiempo, verdad?



-Hola Manda... sí, pasa volando. El último tema ya... es una lástima que termine el concurso, pero yo tenía ya ganas de que llegase Septiembre...



-¡Y yo! La verdad es que tú y yo hemos tenido mucho trabajo este verano, y aparte no soy de las que adoran el verano en general. Por cierto, tenemos que agradecer a todos los participantes el haber aguantado hasta aquí, ¿no?



-Cierto, cierto, que se lo han currao. Que sepan todos que ha sido un placer para las dos organizar este concurso, y que hemos pasado ratos muy divertidos y vivido anécdotas bastante curiosas, jijijij...



-Síii... Nos ha encantado y agradecemos vuestra participación y esfuerzo. Que además nos habéis soportado estupendamente, ¡con la lata que os he dado con los mails recordándoos las fechas de votación!



-Jajajja... pues sí, Mae, eres peor que la Rotermayer esa xDD Pero bueno, lo dicho. Que gracias a todos y que esperamos que hayáis disfrutado tanto como nosotras. Y bueno, pasemos al tema de esta ULTIMA semana...

Se me ocurre que con ésto de la vuelta al cole, al curro, al frío invernal... el tema está claro, ¿no? Adivina adivinanza... ¿qué es lo que mata relaciones, ilusiones, lo que más nos apaga y mustia a todos?



-Puesss te conozco poco, pero si no me equivoco te refieres a la RUTINA, ¿no?



-¡Premio para la chica de naranja! La RUTINA en general es un tema crudo pero del que todos tenemos mucho que decir, seguro.



-Sí... así que ale, todos a escribir los textos. Os recuerdo que tenéis hasta el jueves 13 para mandarlos, y que no tardéis mucho a ver si esta semana que es la última no tengo que ir a buscaros al correo :P



-Jajjaj... bueeeno... y también se me ocurre que ya que los candidatos y candidatas se han portado tan bien, deberíamos permitirles algún capricho, ¿no?



-¡Pues sí! Pero sin que sirva de precedente, que les malcriamos xD



- Vale, pues decidido. Que sepáis todos que al finalizar el período de votaciones de este tema (RUTINA) publicaremos los autores de cada texto, aunque solo sean los de esta semana. Para acabar con broche de oro, vamos...



-Sí, que bastante murga nos han dado con el tema del anonimato, seguro que les hace ilusión y no es plan de ser malas hasta el final :P



-¡Pues nada más! Suerte a todos y hasta la semana que viene, Manda :*



-Hasta pronto, Rizos :*